Relato 44 - La hora de la verdad

 

La fama es efímera. Así lo prueba el hecho de que, con la excepción de un puñado de expertos y estudiantes, apenas nadie recuerde el nombre del Doctor Gilbert J. Swanson, descubridor de la transformada de Swanson e inventor del transcodificador de series finitas, hallazgos que lo hicieron merecedor el premio Nobel de física, hace ya seis años, pero baladíes en comparación con los efectos que de su aplicación se derivaron y que han cambiado el mundo como ninguna otra cosa lo ha hecho.

El Doctor Swanson dirige, desde hace doce años, el departamento de electromedicina de la universidad de Illinois. A pesar de esto, a él le gusta decir de sí mismo que es un matemático que se equivocó de oficio. Su principal descubrimiento, la transformada a la que da nombre, es una operación matemática que se aplica a una señal eléctrica y la convierte en otra de propiedades diferentes, algo similar a lo que sucede cuando se realiza una radiografía: desaparecen algunos detalles, pero otros nuevos se hacen visibles. El propósito de todo este aparato matemático, y su mayor pasión, es el análisis de las complejísimas señales generadas por el cerebro y que captan los electroencefalógrafos. Para ello inventó el transcodificador, un sofisticado computador que realiza la transformada en tiempo real sobre cualquier señal.

Durante cuatro años, tres desde que recibiese el Nobel, se dedicó a investigar estas señales sin otros resultados concluyentes que media docena de patrones cerebrales asociados a raras enfermedades degenerativas, descritos en otros tantos artículos, unánimemente aplaudidos por el mundo académico. Debido a este relativo fracaso, a pesar del prestigio del galardón recibido, no pudo negarse a cambiar la línea principal de investigación de su departamento cuando un patrocinador privado le hizo una cuantiosa propuesta a la universidad. Se trataba de una empresa de seguros médicos que quería desarrollar un sistema de telediagnóstico que permitiese, a partir del sonido telefónico de la voz de sus clientes, detectar posibles patologías.

Con este propósito, el Doctor Swanson alistó un ejército de becarios que, grabadora en mano, se dedicó a recorrer todos los hospitales del estado y a registrar entrevistas a enfermos de los principales tipos de dolencias. Estas conversaciones, después de ser convenientemente filtradas para equipararlas a una señal telefónica, eran convertidas por el transcodificador y después procesadas por una batería de superordenadores en búsqueda de patrones identificativos. Tras un año de ingentes esfuerzos de todo el departamento, apenas habían conseguido identificar el esquema de la afonía común y una curiosa perturbación, que habían bautizado como “la anomalía de Sally”. Consistía en un tren impulsos que aparecía de cuando en cuando, pero con especial frecuencia cuando hablaba una de las entrevistadoras, la becaria Sally Sommerfield.

Un viernes, después de salir del laboratorio, delante de la cuarta jarra de cerveza, el Doctor Hunter sacó a colación la anomalía. Los Doctores Chen y Varma se enzarzaron en una académica e inútil discusión, cada cual defendiendo sus infundadas hipótesis. La disputa llegó a acalorarse bastante y, durante una pausa en la que ambos contendientes se quedaron sin argumentos, intervino Jennifer Cuevas, una de las becarias más brillantes.

— Yo creo que la anomalía se debe a que Sally miente: es una mentirosa compulsiva; en vez de limitarse a formular sus preguntas, siempre se está inventando las excusas más inverosímiles.

Tras anunciar que el departamento se hacía cargo de la cuenta de las cervezas, el Doctor Swanson proclamó que se dirigía de nuevo al laboratorio para verificar la que denominó “hipótesis Cuevas” y fue secundado por el resto del equipo.

Las primeras pruebas consistieron en la grabación de enunciados absurdos del estilo de “Estamos en hawai, tomando el sol”, que permitieron verificar que se hacía patente la “anomalía de Sally”. En poco más de veinte minutos, el Doctor Varma programó una subrutina que detectaba automáticamente la anomalía y, cuando se hacía patente, emitía un pitido. Analizaron de nuevo las viejas grabaciones de Sally y comprobaron que, sin excepción, la anomalía estaba asociada a evidentes mentiras. Lo mismo ocurrió con las otras grabaciones en las que se había registrado el fenómeno.

Probaron de múltiples modos la hipótesis. Se formularon entre ellos preguntas comprometedoras y se evidenció que, cada vez que uno de ellos se desviaba de la verdad, se acababa oyendo el pitido. Consiguieron convencer a un famoso ex espía, concurrente habitual de los “talk show”, que presumía de ser capaz de engañar a los polígrafos, para que probase a hacerlo con detector de la “anomalía de Sally”. A pesar de que el departamento lo contrató sólo por una semana, cegado por su amor propio, estuvo casi tres meses tratando, en vano, de engañar a la máquina. Incluso se probó, mediante anuncios colocados por toda la universidad, a ofrecer una recompensa de diez mil dólares a aquel que consiguiese burlar a “Truthful Sally” (Sally la veraz), que fue como acabaron llamando a la máquina, sin que ninguno de los más de trescientos candidatos lo lograse ni una sola vez.

Con estos resultados plasmados en un espectacular estudio, que se resumía en un tríptico de papel couché, y una versión de “Truthful Sally” que se reducía a algo similar a una caja de zapatos conectada a un ordenador portátil, la universidad trató de rentabilizar el descubrimiento,  pero sus logros se limitaron a once unidades vendidas a distintos departamentos policiales y una veintena a opacas agencias gubernamentales.

En una cena de jefes de departamento, el Doctor Swanson le explica la incomprensible falta de éxito a un colega, especializado en marketing, y este se ofrece a ayudarle. Con unos cuantos estudiantes de marketing y otros de periodismo, idea dos programas que vende a cadenas locales de televisión por cable. El primero es un espacio diario en el que se hacen pasar las declaraciones de los políticos locales y nacionales por el veredicto de “Truthful Sally”, que arranca teniendo un contenido político pero que, a los pocos días, acaba asumiendo un neto cariz humorístico. El segundo programa, semanal, que rubrica y da validez al primero, se llama “El desafío de Truthful Sally”; en él se reta a los espectadores a que engañen a la máquina y se ofrece una recompensa de cincuenta mil dólares al que lo logre. Se preparan una veintena de preguntas, que son investigadas por detectives para ratificar su validez, y su respuesta se guarda en sobres sellados por un notario; el concursante va respondiendo mientras que se abren los sobres para verificar su veracidad y, si consigue engañar una sola vez a la máquina —algo que no acontece nunca—  el dinero es suyo. En caso de que fracase, varias personas, casi siempre amigos, las parejas o familiares de los concursantes, tienen derecho a hacerle otras veinte preguntas, sin excepción escabrosas, también contrastadas por “Sally; esta sección viene a constituir la parte del programa que más le agrada al público.

Rápidamente, ante el fulgurante éxito local, ambos programas son adquiridos por una cadena nacional y varias de satélite y cable; pasan a ocupar las portadas de los diarios y las cabeceras de todas las tertulias televisivas. Un par de meses más tarde, apenas un año después de su descubrimiento, un fabricante de teléfonos móviles compra a la universidad la patente por una cifra astronómica. En agradecimiento, el Doctor Swanson es compensado, como gratificación extraordinaria, con un deportivo que es la envidia de todos sus colegas.

Unos tres meses después, salió al mercado el primer modelo comercial: era del tamaño de un walkman, costaba mil quinientos dólares y el procesamiento de la transformada era un poco chapucero, por lo que algunas veces fallaba. Seis meses después apareció otra versión, fiable por completo y del tamaño de un teléfono móvil. En la actualidad, los comercializan varias compañías —que han desentrañado su funcionamiento mediante ingeniería inversa o espionaje industrial— está completamente miniaturizado y no llega a costar treinta dólares.

Los fundamentos de su funcionamiento son de dominio público —están disponibles en internet— y miles de especialistas de toda clase: psicólogos, físicos, ingenieros y médicos de multitud de ramas; se han dedicado a especular sobre los motivos que originan la anomalía, sin que ninguno haya podido probarlo de modo concluyente. Por todas partes surgen personajes que presumen de  ser capaces de engañar “Sally” por medio de los métodos más variopintos: gracias al yoga, empleando lenguas muertas, mediante moduladores de voz o, incluso, cantando las respuestas como una soprano, pero, cuando se les somete a su dictamen, la máquina siempre se muestra infalible.

Al principio su uso se extendió como una especie de juego para las reuniones sociales, algo similar al programa “El desafío”, en el que amigos y parejas se hacían preguntas comprometedoras bajo el escrutinio de “Sally”. A medida que su precio se fue abaratando, su uso se generalizó y ahora era prácticamente imposible escuchar un par de minutos de una conversación entre varias personas sin que esta fuese interrumpida por un pitido.

Hace apenas seis meses, el Doctor Swanson se sentía orgulloso por haber contribuido a erradicar la mentira del mundo, pero ahora no está demasiado seguro de que lo que ha hecho sea de veras positivo para la humanidad. Es cierto que ha eliminado las calumnias y difamaciones, los infundios maledicentes y los comentarios tendenciosos, pero también ha acabado con la mentira piadosa y la falsedad cortés, incluso con la hipérbole que tanto adorna las narraciones.

Como confirmación, acaba de leer en el diario los resultados de un estudio, según el cual, el número de separaciones, asesinatos y suicidios se ha multiplicado: no es sencillo enfrentarse a nuestras miserables existencias sin el barniz protector que nos facilitaban las ahora imposibles mentiras. La verdad se ha convertido en una tirana implacable que solo los muy fuertes o los absolutamente estúpidos son capaces de soportar.

Se han acabado los debates televisivos, y las intervenciones de los políticos se limitan a una interminable y patética petición de disculpas a sus electores por los errores cometidos y las promesas incumplidas.  Pasaron a la historia los videntes, los tahúres y las partidas de póquer, así como las declaraciones de amor, los propósitos de enmienda y los arrepentimientos sinceros. Se tuvieron que instalar detectores específicos para impedir la entrada de los aparatos en teatros  e iglesias.

Mientras que pensaba en esto, El Doctor Swanson apresuró el paso, pues llegaba cinco minutos tarde a clase.

— Buenos días, en primer lugar pedirles disculpas por el retraso, que lamento con toda sinceridad…

Una treintena larga de aparatos pitando al unísono interrumpieron su disertación y le llevaron al certero convencimiento de que su trabajo había sido el más letal y nocivo para la humanidad de toda la historia de la ciencia, por delante de la bomba atómica.

 

PD: Sally Sommerfield se ha convertido en una estrella televisiva, habitual de todos los programas de telebasura. Acostumbran a enfrentarla a uno de los artefactos a los que, sin querer, dio nombre y, al parecer, el público encuentra irresistiblemente cómico el modo en que logra que el aparato esté continuamente pitando.

 

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