Relato 42 - La caza del tesoro
Perry se encontraba frente a una construcción sin igual, unos ciclópeos muros se alzaban hasta alcanzar los seis metros de altura, cercando aquella casa por los cuatro costados. Atrás dejaba un largo puente, única entrada a pie a la casa, en ninguno de los lados se podía distinguir puerta alguna, las paredes eran lisos por todos los lados. Aparentemente no había forma de entrar, sin embargo, Perry conocía la manera. Alzó una pequeña piedra de obsidiana, con una runa tallada y tocó aquella extraña muralla, en aquel preciso lugar apareció una apertura, por donde asomó un ser de lo más extraordinario: un elemental de aire. Resulta difícil describir a un elemental de aire; son criaturas vivas, pero al mismo tiempo no lo son. Su aspecto es cambiante, aunque suelen presentar una forma vagamente antropomórfica, se trata de jirones de viento girando a altas presiones, en este caso sus piernas eran un pequeño torbellino y su tamaño no superaba los dos metros, aunque Perry lo había visto alcanzar con facilidad los cinco metros. Ese elemental era el mayordomo de su amigo, pero ejercía las veces de capataz de los esclavos de la mansión.
El elemental lo observó o eso le pareció a Perry, porque ni siquiera sabía si realmente tenía ojos; de todas formas la piedra vibró ligeramente y el guardián se hizo a un lado dejándole pasar. Mientras entraba pudo observar como el elemental se desvanecía y el muro se sellaba de nuevo, haciendo imposible determinar donde había estado la entrada. A Perry siempre le había fascinado aquella mansión, la mansión de un mago donde cada puerta podía llevar a tesoros inimaginables: Poderosos artefactos, pociones mágicas, montones de oro… pero sin la llave adecuada aquellas puertas solo llevaban a una muerte segura. Perry sabía, porque el mismo mago se lo había dicho, que terribles maldiciones aguardaban a los intrusos. No era curiosidad lo que hacía que Perry se preguntara como burlar las guardias y los hechizos de protección, no, era puro interés profesional. Él era lo que muchos llamaríamos un ladrón, aunque Perry prefería considerarse un “suministrador de objetos únicos”, lo hacía para sus clientes que solían ser ricachones, en este caso era algo diferente, no es que el mago no fuera rico, lo era, y mucho, lo que ocurría es que poseía objetos únicos y de gran utilidad. Teniendo en cuenta que el robo parecía descartado sino quería acabar convertido en cenizas por una bola de fuego, solo le quedaba un limpio y pingüe comercio.
La entrada daba paso a un claustro, en cuyos pasillos se exponían verdaderas obras de arte: Cuadros, esculturas, tapices… Pero la verdadera joya era el jardín del interior: Diferentes especies de flores de todo el continente formaban caprichosas y hermosas formas geométricas, ancianos y nudosos árboles daban sombra al pequeño camino que llevaba a la torre ubicada en el medio, Perry sabía que allí estaba el Sancta Sanctórum de su amigo, la torre estaba hecha de obsidiana, en ella no se veían ventanas, remataba la estructura en un tejadillo de color rojizo. En la base podía observarse una pequeña puerta, pero Perry sabía muy bien que era una argucia del mago, si alguien abría esa puerta se encontraría con un pequeño vórtice que lo absorbería a otra dimensión, sin posibilidad de retorno; pasó de largo de la puerta y se dirigió a una pequeña muesca en la pared, donde apoyó su piedra rúnica. El mago le había explicado, que al colocarla allí sonaban unas campanitas arriba y entonces solo tenía que abrir un portal, — un invento que no me importaría tener en mi casa —pensó Perry—. Tras una pequeña pausa un portal azulado se abrió y el pícaro accedió a la habitación del mago.
Lo primero que llamaba la atención del estudio del mago era lo desmesuradamente espacioso que era. Sin duda era más grande por dentro que por fuera, podía parecer imposible, pero cuando uno tiene relaciones con magos debe apartar los prejuicios sobre las leyes de la naturaleza. Lo segundo era el desorden, de una cabeza privilegiada como la de aquel hechicero cabría esperar un pulcro estudio, con los libros ordenados alfabética y cromáticamente, pero no era así, ni mucho menos. El estudio del que era considerado el mejor mago de todo el país era un total y absoluto caos: en cada rincón había montones de libros, la cama no podía distinguirse entre las túnicas y pergaminos y en el escritorio varios candelabros desparramaban ríos de cera sobre toda la superficie, donde además alguna poción filtraba su corrosivo y burbujeante contenido al suelo. Entre la muralla de libros asomaba un barbudo rostro.
— Querido Perry, ¡cuanto tiempo hacía que no me visitabas!— Mientras hablaba dejó el libro que estaba leyendo en uno de los montones de la mesa y se levantó—. Si supiera que ibas a venir abría recogido esto un poco— Lo dijo mirando con cara de disgusto la sala.
— Gran mago Elthray, no quería molestaros más de lo necesario— Acompañó sus palabras de una reverencia.
— Déjate de tonterías, sabes que entre nosotros no hay lugar para títulos ni frías cortesías. Cuéntame que última travesura has cometido, ¿me has traído algo o quieres otro de mis preciosos juguetes?
La cara del mago mostraba una mueca de diversión, Perry siempre resultaba refrescante y entretenido, además la mayoría de las veces traía objetos que merecían la pena. Pero lo que más divertía al mago era ver como trataba de sacarle información sobre la mansión y sus defensas, entre la palabrería de Perry había pequeñas trampas destinadas a sonsacar cualquier dato útil. Elthray lo sabía y se divertía entregando pequeñas migajas al astuto ladrón.
—Oye Elthray, estoy preocupado por tu mascota, cuando abrió la puerta se desvaneció, ¿no estarán tus pertenencias desprotegidas?— Su cara mostraba una sincera preocupación, pero ambos sabían que solo quería saber si el elemental patrullaba normalmente.
— No te angusties viejo amigo, tendría que atender alguna cosa y viaja más rápido sin forma definida, tampoco te preocupes por mis cosas, el elemental no tiene ordenes de protegerlas, para eso basta con los hechizos de protección, solo el portador de la piedra maestra puede abrir las puertas—Al decir esto el mago sacó un colgante con una piedra roja en el medio— Y sabes bien que yo nunca me separo de ella.
—Ya me siento mucho más tranquilo— Empezó a sacar un paquete que llevaba dentro de la chaqueta—.Querrás saber que regalo te trae está vez el bueno de Perry.
Los ojos del mago brillaron con avaricia, hacía tres meses le había hecho un encargo, pero pensaba que aún tardaría como mínimo otros dos.
— No puede ser… es el amuleto de…
— Exacto, el amuleto de Arrenvila— Le cortó Perry.
Elthray estaba impresionado, Arrenvila era otro gran mago, que aunque no era tan talentoso como él mismo se defendía muy bien, pero aquel amuleto mágico era una reliquia familiar muy por encima de los poderes de Arrenvila, realmente le había hecho un favor quitándole esa carga de encima.
— ¿Cómo podré devolverte un favor tan grande?— Pero mientras lo decía ya estaba rebuscando por toda la habitación.
— Con lo acordado bastará, gracias.
El mago volvió a junto de Perry con un cuchillo de apariencia simple en la mano.
— Añadiré unas monedas de oro por la premura mostrada y como acordamos, una daga invisible excepto para ti— Le mostró el arma a Perry—. O lo será en cuanto active el hechizo, sintonizándolo con las tus ondas cerebrales.
Le puso una mano en la cabeza mientra con la otra sostenía la daga, pronunció un breve ensalmo y el cuchillo desapareció, aunque Perry aún podía verlo y no estaba seguro de si el encantamiento funcionaba, pero Elthray nunca lo había engañado, además pronto lo probaría.
—La de cosas que se podían hacer con un cuchillo invisible—Pensó—Definitivamente tener un mago como colega era rentable.
—Hay algo más que quería mostrarte, Elthray, es una cosa que estoy seguro que te interesará, lo encontré en la biblioteca del propio Arrenvila durante mi pequeña incursión— Desplegó un ajado pergamino en la mesa del mago—. Se trata de un mapa que muestra la localización de un tesoro, y bueno… también la de su dragón protector.
El mago, que no había parado de juguetear con el amuleto, le prestó súbita atención al oír la palabra dragón.
— Perry, si algo he aprendido en mi larga vida, es a no jugar con dragones—El mago parecía molesto, casi enfadado—. No me interesa el tesoro de un dragón y deberías saberlo.
— ¡Ah!, pero seguro que el de este sí, mira las anotaciones de Arrenvila— El hechicero contempló el mapa con detenimiento
— ¡El libro de hechizos de Farrashar!— El mago estaba visiblemente emocionado— Pero no es posible, se perdió hace dos siglos…
Elthray enmudeció.— No era imposible—pensó— Si tuviera que hacer una lista con los posibles lugares donde podría encontrarse el grimorio, “tesoro de un dragón” figuraría muy arriba, junto a “en el fondo del mar” o “quemado”. El libro tenía un valor incalculable y escondía poderes arcanos inimaginables con los que no se habría atrevido ni a soñar, pero luchar con un dragón para conseguirlo no le parecía un buen plan.
— Enfrentarse a un dragón, Perry, no es ir de excursión precisamente.
El joven ladrón lo miraba con una sonrisa en la cara.
— ¡Si no has escuchado lo mejor! Si las anotaciones que hizo tu colega de profesión son correctas, este dragón en particular propone un curioso reto a todos los que se aventuran hasta su cueva, ¡un concurso de ingenio y cultura!— La idea parecía divertir mucho a Perry—. Si ganas tú te quedas el tesoro, si gana él te come, o al menos es lo que se supone, lo sé, es de risa pero parece hecho para ti.
Un concurso de cultura, no era de extrañar, todo el mundo conoce el gigantesco ego de los dragones, lo malo es que en la mayoría de los casos es merecido, la mente de un dragón suele estar muy por encima de la de un humano, además, un dragón nunca olvida nada que haya aprendido. Sí, sería un reto estimulante para su ingenio, estimulante pero también peligroso, sin embargo el mago poseía algo con lo que el dragón no podía contar, el orbe.
El orbe era la obra maestra del hechicero, le había llevado años crearlo… o darle vida, ya que en ciertos aspectos contaba con consciencia propia. A simple vista no era más que una pequeña esfera de veinte centímetros de diámetro, despedía una tenue luz azulada. Pero era mucho más que una esfera, era un verdadero almacén de sapiencia donde Elthray había introducido todo su conocimiento. Y aún más, había viajado en busca de los mejores pensadores de la época “invitándoles” a compartir su elevada sabiduría. Asimismo, el orbe poseía un espíritu de otra dimensión, lo que dotaba de una pseudoconciencia, que unida a todos los conocimientos que contenía, había logrado una inteligencia artificial capaz de aumentar por sí misma su erudición, mediante un autodidactismo sin precedentes; convirtiéndose en una herramienta de consulta imprescindible para Elthray. Le había sido muy útil en sus investigaciones, pero también para aumentar su posición en la torre de magos e incluso en algún enfrentamiento, para aquella ocasión parecía la herramienta perfecta.
—Elthray, sabes mejor que nadie que si algo aprecio es mi pellejo y el de mis clientes, pero esta vez creo que deberíamos arriesgarnos, el premio es muy grande— Perry parecía deseoso de convencerlo—. Y tu has vencido antes a algún que otro Draco. Además, puede que ni siquiera tengas que hacerlo, con el orbe todo será mucho más fácil.
Aunque el mago no estaba del todo convencido, su sed de conocimientos siempre había guiado sus pasos; y la ocasión de posar sus manos sobre los hechizos del propio Farrashar era algo que no se podía rechazar.
— ¿Y qué si era un dragón?—meditaba Elthray— Como decía Perry, ya había vencido a unos cuantos, además un reto intelectual como aquel no se presentaba todos los días.
Finalmente, el mago cedió y acordaron viajar a la mañana siguiente. Irían ambos, el mago se enfrentaría a la prueba del dragón y si fallara, utilizaría sus encantamientos para inmovilizarlo, entonces Perry que estaría escondido, saldría para distraerlo con una ballesta mágica, impidiendo así que el dragón conjurara hechizos (Algo que comúnmente no se tiene en cuenta es que los dragones son avezados hechiceros). Elthray sabía que hacía la mayor parte del trabajo, pero la ayuda de su amigo podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Perry había aceptado ayudarlo si podía tomar lo que quisiera del tesoro exceptuando el libro, pero a Elthray no le importaba, ese objeto era todo lo que necesitaba.
Cuando estuvieron listos, el mago abrió un portal hacia las llanuras de Caléstery, a media hora de distancia de la guarida del dragón, si el plano de Arrenvila era correcto. Tenían tiempo de prepararse y estirar las piernas, no era recomendable enfrentar tamaño desafío con los músculos entumecidos. Al cabo de unos minutos, el mago sacó dos viales de unos de sus múltiples bolsillos, uno llevaba un líquido verdoso y espeso como el limo, Perry conocía el contenido, era una pócima de lucidez, no volvía más listo al receptor, pero hacía que sus pensamientos fluyeran sin distracciones, haría que el hechicero estuviera totalmente concentrado en el desafío. El otro emitía un resplandor dorado y nunca había visto algo así.
— ¿Qué te estás tomando?—Inquirió el ladrón—- Esto, Perry, es la madre de todas la pociones, solo grandes alquimistas pueden hacerla, incrementa el poder mágico de quien la toma por unas horas, pero tiene un terrible precio, acorta en un par de años la vida del que la bebe.
— ¿Pero… lo crees necesario…?— El pícaro mostraba una cara de preocupación.
— No hay lugar para discusiones, Perry, no pienso jugármela con un dragón. Allí veo la cueva, pongámonos en guardia, no hables más y escóndete cerca de mí.
Aunque aún no podían ver al dragón, a medida que se acercaban el verde paisaje iba dejando paso a otro mucho más tétrico. El suelo se volvió paulatinamente más árido, con negruzcas manchas de incendios; esqueletos de gigantescos animales jalonaban el camino, animales que ninguno de nuestros amigos habían visto en su vida, debían habitar tierras muy lejanas, el vuelo de un dragón es rápido. Empezaron a sentir pequeños temblores de tierra y un rugido gutural comenzó a oírse en las inmediaciones, ahora veían la cueva de la cual comenzaba a salir una gigantesca y aterradora figura.
Muchos autores han descrito a los dragones, pero la mayoría de ellos nunca han visto a uno de cerca. Cuando uno está ante la presencia de uno de estos colosos, no puede pensar en cuanto mide su cola, si sus garras pueden cortar el diamante o cuantos hechizos pueden reflejar sus metálicas escamas. La envergadura de sus alas tampoco llama tu atención, solo hay dos cosas en las que uno puede fijarse, una es su colosal tamaño, estar frente aun dragón es como estarlo de un dios, te sentirás minúsculo, insignificante, o más bien te darás cuenta de tu pequeñez. La otra cosa que uno no puede parar de contemplar cuando esta frente a un dragón son sus ojos, los ojos de un dragón se clavan en tu alma como la más afilada de las espadas, muestran una inteligencia y una malicia como no se verán en ningún otro lugar. Algún estudioso ha llegado a teorizar sobre las características hipnóticas de los glóbulos oculares del dracus communis, explicaba que mientras uno queda embelesado con los ojos de uno de estos titanes, estos aprovechan para asestar un golpe certero. El dragón que podían ver ahora, no escapaba de estas características comunes, eso sí, su color era extraño, nunca habían oído hablar de dragones violetas, por lo demás igual que cualquier otro dragón: Garras, cuernos, cola, alas y un aliento capaz de fundir las murallas de una ciudad, citando a un draconiólogo de prestigio “…un dragón es la encarnación de la destrucción y la visión de la propia muerte”, una muerte violeta en este caso, pero muerte al fin y al cabo.
Perry se escondió detrás de una roca antes de que el monstruo saliese de su cueva, Elthray se situó enfrente a la gruta a escasos metros de Perry. El mago no sabía muy bien como dirigirse al dragón, cuando la gran sierpe tomó la iniciativa.
— ¡Un aventurero! Que oportuna es tu presencia, estaba pensando en salir a buscar mi sustento cuando de repente un dulce aroma se dirige hacia mi cueva ¡un mago, por todos los dioses! Cuánto hace que no paladeo una exquisitez de ese estilo.
El dragón paladeó inhalando profundamente, produciendo un ruido desagradable, pero Elthray no se amilanó, dio un pasó enfrente y habló.
—He oído que te gusta demostrar que eres la criatura más sabia de toda la tierra.
—Te equivocas, mortal, lo que me gusta demostrar es lo estúpidos que sois vosotros— El dragón había parado de paladear y prestaba toda su atención al pequeño humano que tenía delante, casi podría decirse que sonreía, si eso fuera posible—. Así que no has venido a luchar, si no a jugar, el resultado es el mismo, te lo advierto, aún así los dragones somos justos. Habrás oído hablar de nuestro honor y que una palabra dada por un dragón es sagrada. Las reglas son simples mago, responde a todas mis preguntas correctamente y el tesoro que guardo es tuyo, falla y muere.
La contestación de Elthray fue rápida y concisa
—Adelante— No había asomo de duda en su voz.
— ¿Qué reino invadió Rineo en la Cuarta Era de los Dioses? ¿Dónde se encuentra hundido el “Orgullo de Rafael”? ¿Qué se obtiene al mezclar una poción de sabiduría con una de fuerza? ¿Cuáles son las tres reglas básicas de la nigromancia? ¿Cuál es el culto más extendido en las lejanas tierras de Parrinox? ¿Quién es el autor de Los Cantares a Aistair?
Pregunta tras pregunta, el dragón no detenía su interrogatorio, el cuestionario abarcaba todos los campos, sin criterio alguno más que el capricho del dragón, sobre magia, historia, literatura…Una tras otra el mago las contestaba correctamente, a veces sin necesidad de consultar el orbe, otras solo se había salvado por usarlo, la mayoría de las veces lo consultaba para asegurarse. Contestaba tan rápido que era el dragón el que tardaba en pensar la siguiente pregunta, tratando de encontrar el punto flaco del hechicero, pero no parecía tener ninguno, realmente ambos contrincantes disfrutaban del reto que forzaba a sus cerebros a trabajar al cien por cien. Sin embargo, una duda carcomía al mago, ¿hasta cuando tendría que responder? ¿Cuánto más podía durar aquello? Era cuestión de tiempo que fallara y entonces no le quedaría otra que estar preparado para luchar, además estaba seguro de que el dragón no le iba a permitir ganar. Por ello llevaba desde hacía una hora preparando un hechizo, era complicado, porque tenía que hacerlo en silencio, mientras su cerebro era bombardeado por agudas preguntas y tratando de ocultar el rastro mágico. Cuando estuvo listo sonrió, llevaban dos horas, no podía faltar mucho, sino él mismo cortaría el estúpido concurso, convencido de que era una engañifa, estaba tan seguro de tenerlo todo bajo control, que cuando el dragón hizo su siguiente pregunta se sobresaltó.
— ¿Cuál es el hechizo que acabas de preparar?—El dragón estaba claramente disfrutando poniendo en jaque al hechicero.
Elthray no sabía que responder, estaba totalmente seguro de haber sido cauteloso, ¿Qué podía hacer? Si respondía la verdad perdería toda la ventaja, al dragón le bastaría con hacer un contra hechizo, si no lo decía perdería el concurso por lo que el enfrentamiento se produciría, la única solución era mentir, pero tenía que hacer que el dragón se lo creyera.
— Una bola relampagueante junto a una maldición— Mintió el mago.
— Mentiroso— Bramó el dragón—. Puedo oler el tufo de magia elemental de piedra.
Se habían acabado las tonterías, era hora de luchar.
Elthray no esperó una invitación, desató el hechizo que había preparado justo debajo del dragón, unos brazos gigantescos de piedra comenzaron a brotar buscando asirse con fuerza a sus miembros. Esto era imprescindible, si el dragón conseguía levantar el vuelo, estaba perdido. Las patas, las alas y las fauces fueron inmovilizadas, aprisionando a la bestia contra el suelo. Un fuerte temblor sacudió la ladera y se levantó una pequeña nube de humo, el dragón enfurecido trató de escupir fuego, pero los pétreos brazos se lo impedían, así que se revolvió golpeando con su poderosa cola, arrancando grandes esquirlas, uno tras otro los brazos caían. El dragón mostró sus poderes mágicos, una lluvia de meteoritos calló en el lugar donde se hallaba Elthray, pero con un gesto el mago creó una cúpula donde los meteoritos se desintegraron, entonces activó uno de sus artefactos, un anillo de invocación, de repente un Golem de piedra de nueve metros de alto cargó contra el dragón, su única función era ganar tiempo.
El mago había comenzado los ensalmos de un poderoso hechizo con el que contaba ganar la contienda, una corriente de aire gélido se arremolinaba encima del mago, creando la imagen de una lanza de hielo que crecía por momentos.
— Perry, ahora necesito que lo distraigas, no puede interrumpirme—El mago parecía exhausto, pero en ese mismo momento estaba en trance, por lo que sus palabras apenas eran un susurro—. Sino, estamos perdidos.
El ladrón salió de su escondite, con la ballesta en una mano se acercó al mago, —estaba hecho— pensó el mago. En pocos segundos la lanza de hielo atravesaría el corazón de la bestia que aún se debatía con el último brazo y su fiel Golem. Perry apuntó con una mano y con la otra buscó apoyarse en el mago, de repente Elthray sintió una punzada en el costado, miró aterrorizado y vio su sangre escapar de su cuerpo, miró a Perry sin entender.
—Sí que funciona bien el cuchillo, viejo amigo, como siempre un trabajo de primera— La cara del ladrón mostraba una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Por qué…?— Preguntó el mago, que no podía creer aquella traición.
— Siempre me ha gustado tu casa, Elthray. Y ahora es mía— Mientras lo decía, con una mano sacaba el puñal de su costado y con la otra el colgante con la piedra maestra.
Elthray calló muerto y sus hechizo se disiparon, Perry se colocó el amuleto con la piedra maestra y el dragón, tras sacudirse un peñasco de encima que parecía la cara del Golem, cogió el orbe y lo examinó.
—Tenías razón, un trabajo exquisito, será una de mis mejores piezas, al final dudé por que lado te decantarías, Perry—Aunque la idea de la posible traición no parecía importarle, seguía mirando el orbe—. No entiendo como haces para que esas personas confíen tanto en ti.
—Por la misma razón que tú confías en mí, querido amigo, porque Perry siempre os trae regalos.
El dragón rió, sabía que algún día tendría que matarlo, pero de momento ese humano era muy divertido y la mayoría de sus mejores piezas las había traído él.
— ¿Cuál es el siguiente, el paladín?
—Sí, traerá la espada de fuego con él, quedará muy bien en tu montaña de oro.
— ¿Cómo convenciste a ese? ¿Fama quizás?— Preguntó el dragón mientras contemplaba el orbe
— No, el paladín piensa que secuestraste a una princesa de un país lejano, también lo convencí de que quizás puedas aceptar un rescate, por lo que traerá un millón de pesos de oro— Perry miró a los ojos del dragón—.Convendrás conmigo que es una recompensa justa por las molestias que sufro, ya sabes.
Ambos rieron y cada uno tomo su camino, uno hacía su guarida y el otro hacia su nueva casa. Mientras caminaba, Perry pensó lo muy útil que resultaba tener a un dragón como socio, más incluso que un mago, pero esos pensamientos pronto abandonaron su mente al recordar los tesoros que le aguardaban en su nueva casa.