Relato 40 - Navidad
Navidad
“Estaría bien que estas navidades no fuesen como las del año pasado. Tantas prisas. Tanto trabajo. Tantos disgustos. Sí. Estaría bien que estas navidades fuesen distintas…”
Y con estos pensamientos, Pedro se quedó dormido.
Le despertó la alarma aguda y repetitiva del reloj despertador. Sacó su brazo de debajo de la manta y lo apagó de un manotazo, brusco, como si de un último martillazo a un clavo rebelde, que se resiste a clavarse, se tratara. Las ocho de la mañana. Hora de levantarse. Estiró sus piernas fuera de la cama. Se puso las pantuflas. Anduvo unos pasos al frente. Encendió la radio: las noticias, el tiempo. Se giró a la izquierda. Tomó el pasillo en dirección al cuarto de baño, dando tumbos, apoyando sus hombros en las paredes. Se lavó la cara. Se miró al espejo. Abrió y cerró los ojos varias veces. Se dio media vuelta para salir. Entró a la cocina, preparó la cafetera y la puso sobre la vitrocerámica, al 9.
Desayunó. Se vistió, con ropa de abrigo. Se caló su gorro de lana, abrió la puerta, llamó al ascensor, bajó al portal y salió a la calle. Un inesperado sol le zarandeó la cara y le quemó los ojos. ¿Qué era esto?
Rápidamente volvió a su casa, cerrando la puerta tras de sí, con la espalda apoyada en ésta, apretada contra ésta. “No puede ser”, pensó Pedro, “estamos en diciembre, es invierno, ayer mismo helaba de frío”. ¿Qué era esta broma?
Dentro de su casa seguía haciendo frío; sin embargo en el exterior… Pedro encendió el televisor, angustiado: las noticias, el tiempo; no había novedades: la borrasca seguía sobre el país. Entonces, ¿qué significaba el calor que había sentido al abrir la puerta de su casa?
Pedro se quedó pensativo, cruzado de brazos, con la palma de su mano derecha sobre su barbilla, con sus dedos índice y corazón sobre sus labios, acariciándolos. Y oyó una voz, su propia voz, familiarmente lejana: “navidades… distintas… navidades… distintas”
Pedro se quitó toda la ropa de abrigo y regresó a la calle, vestido con el uniforme de trabajo: un pantalón de hilo negro y un polo de manga corta color turquesa; caminaba ligero, estirado. Un transeúnte, abrigado hasta las cejas con una bufanda a cuadros, se cruzó con él; miró de arriba a abajo a Pedro y exclamó: “¡te vas a helar!”; dos mujeres mayores, que iban por la acera de enfrente, embutidas en sendos abrigos de astracán, le observaron con atención, boquiabiertas, y después cuchichearon entre sí.
El caso es que Pedro esperó el autobús, como siempre, se subió en éste, ante la mirada atónita de los pasajeros, se apeó en la parada de siempre y dirigió sus pasos hacia el Ultramarinos El Nuevo Mundo, su centro de trabajo.
Al entrar al local, como había calefacción en su interior, ni María, que estaba despachando mantecados y roscos y mazapanes a unos clientes, ni sus otros compañeros, atareados como estaban limpiando y reponiendo y ordenando los estantes que ocupaban todas las paredes del ultramarinos, notaron nada extraño. Al que sí pareció extrañar ver a Pedro por allí fue a su jefe, Don Ramiro, que, justo en el momento que Pedro entraba por la puerta de la tienda, salía de su oficina, al fondo del local.
“¡Pedro!”, le llamó en voz alta, “¡venga usted a mi oficina ahora!”. Pedro avanzó y entró en la oficina. “Siéntese Pedro”, invitó cortésmente Don Ramiro, que ya se había arrellanado en su silla cómodamente, frente a su mesa llena de papeles y calculadoras; “¿Qué hace usted aquí, Pedro?”, preguntó, “usted está de vacaciones”, aseguró Don Ramiro, y, apoyándose en las palmas de sus manos sobre la mesa, se elevó con sus brazos, acercó su cabeza a un palmo de distancia de la cabeza de Pedro y agregó: “De verano, usted está de vacaciones de verano”.
El reloj despertador sonó agudo y repetitivo. El televisor estaba encendido: las noticias, el tiempo. Pedro abrió los ojos y, sobresaltado, con la rapidez y la agilidad de un tigre que se abalanza sobre su presa, se precipitó hacia la ventana de su dormitorio, empujó con la palma de su mano una de sus hojas, entreabriéndola, sacó su brazo arremangado al exterior, y comprobó que hacía un frío helador.
Al punto sonó su móvil: era María, su compañera. “¡Buenos días dormilón, si te arreglas pronto te llevo en coche… y nos vamos juntos al nuevo mundo, ja ja!”, le soltó María con aire festivo. “¡Ah, hola María!”, contestó Pedro. “vale, vale, ya me preparo, ya me preparo… ¡no sabes el sueño que he tenido esta noche María… ahora te cuento, ahora te cuento!… ya bajo, espérame”.