Relato 4 - El heredero

Lord Millicent había servido a Eric I, el Elector de Sajonia, cobrando impuestos y batallando en la guerra. En el saqueo y el pillaje nadie le aventajaba. En las acostumbradas salidas al campo de su señor, en los alrededores de su vivienda en Leipzig, en el valle del rio Mulde, Lord Millicent comandaba su guardia personal, patrocinando las canalladas a las que se rendía su amo y luego solucionando los inconvenientes y obedeciendo a la retardada conciencia de Eric, que se despertaba siempre al día siguiente a sus aventurillas, junto con la resaca ¡Cuánto dinero había tenido que repartir entre los desafortunados campesinos y a cuántos recién nacidos había llevado al cuidado de los monasterios, obligando a los monjes a jurar silencio! Su brutalidad lo convertía en un natural de las armas y su habilidad en indispensable servidor de su señor, pero era su capacidad de sacarlo de apuros lo que le proveía su favor. Había logrado una posición de comodidad en el electorado con su incansable trabajo y su ciega lealtad a Eric, y el Elector lo había recompensado con tierras y castillos, con cientos de siervos y varias aldeas. Todo, por supuesto, se había perdido una vez muerto Eric, cuatro meses atrás.

Pues si Lord Millicent era hábil en la guerra, las intrigas cortesanas lo superaban. No despertaba simpatía en los grandes señores y menos aun en el heredero, Eric II, el nuevo Elector de Sajonia, que lo despreciaba por su cercanía a su padre. Los grandes señores se aprovecharon de la situación e instaron al nuevo Elector a expulsar a Lord Millicent por supuestos cargos de traición y a repartirles sus posesiones. Con la celeridad de una liebre, Lord Millicent se encontró de camino al exilio, con sólo su caballo de guerra, una vieja espada y cuatro de sus más fieles hombres como compañía. Y ahora, al norte de sus tierras robadas, en el camino que de Lubeck llevaba a Hamburgo, Lord Millicent se preparaba para su primer día como bandido.

Todo estaba planeado y no era la primera vez que organizaba una emboscada desde el lindero de un bosque sobre un camino. Sin embargo, montando su caballo, su mano sobre la empuñadura de la espada hacía el intento de temblar. Era media mañana cuando se oyó el inconfundible traqueteo de una carreta. Sobre una pequeña colina al noreste se perfiló una vieja yegua, tirando de un carro con vagón amplio, un monje y un niño viajaban en él y llevaban al parecer, bastante equipaje.

Sus hombres se mostraban ansiosos, Lord Millicent se volvió y contempló sus rostros, una mescla de tensión y anticipación se combinaban para causar un frenesí contenido. Habían pasado meses desde la última aventura armada y estaban ávidos por volver a sentir el éxtasis de la violencia. Sabían, sin embargo, que valían más los raptados vivos que los muertos; se contentarían con el dinero del rescate, y con dar un par de golpes. Por fin la carreta estuvo en posición, desde los arbustos sobre el lindero se abalanzaron dos de los hombres, uno de ellos golpeó al monje de lleno, rodando ambos por el suelo, mientras el otro, desde el vagón, donde había aterrizado, se hacía con el niño. La vieja yegua hizo amague de emprender la carrera, pero Lord Millicent y el resto de sus novatos bandidos bloquearon el camino y contuvieron al animal.

La victoria no era heroica, pero una vez la situación se hizo clara, incluso el botín resultó decepcionante. El monje, ahora atado de pies y manos sobre el suelo, pertenecía a la Orden cisterciense, su hábito blanco lo delataba. El niño resultó ser un enano, que maldecía a los bandidos con la desfachatez de un noble. El primero no pronunciaba palabra y el descuido de sus cabellos y de su vestimenta hacía obvia su desgracia. El enano, por otro lado, vestía con ropas finas pero viejas y sucias, como las de un principito que se extravía en el bosque por varios días. Mientras sus hombres registraban el vagón por algo bueno para robar, Lord Millicent interrogó a los prisioneros.

—Soy Millicent, señor de este camino, ¿Cuáles son sus nombres?—el caballero se dirigía al monje, éste mantenía la mirada gacha, escondiendo su cara, el enano fue quien respondió.

— ¡Soy Zelig, sucio bandido! ¡¿Tienes el descaro de hacerte llamar Señor del Camino?! ¡Rapaz, alimaña, hijo de la más grandísima…!

Una patada en el estomago detuvo la diatriba. Lord Millicent volvió a dirigirse al monje, el rostro del cisterciense permanecía oculto y el Señor del Camino empezaba a exasperarse.

— ¡¿Quien eres?! ¡¿Cuál es tu nombre?! ¡Habla!

Zelig, habiendo recuperado el aliento, respondió.

—Él no habla

— ¿Cómo que no habla?

—No lo hace, nunca lo ha hecho, creció en un monasterio, parece que nadie se molestó en enseñarle. Su nombre es Otis.

Lord Millicent bufó y se dirigió donde sus hombres, quizá el botín compensara por los prisioneros.

—No lo hace—le dijo uno de los suyos—es basura.

—Un tambor, bolas de colores, disfraces para enano, cuatro títeres y su teatro…—enumeraba otro de ellos.

— ¿Y la yegua? ¿Y el carro?—preguntó Lord Millicent desesperado.

—Muy vieja y mal alimentada, por el carro quizá nos den algo, pero no sería mucho ¿qué hay del enano y el monje?

Los cinco hombres se dirigieron a donde reposaba la última esperanza de sacar dinero de la batida. Se plantaron en frente, con semblante amenazante. La frustración estaba por desencadenar su ira.

— ¿De dónde vienen?—interrogó el Señor del Camino.

—Lubeck, allí nos presentábamos—respondió Zelig.

— ¿Si no estuvieran, quién los buscaría?

—Nadie.

—Mentir sólo les traerá más problemas…—amenazó Lord Millicent.

—Digo la verdad, si nos secuestran, sólo se procuraran un estorbo, un monje idiota y un enano bailarín, nadie pagaría un rescate por nosotros.

— ¿Eres un saltimbanqui? ¿A quien sirves?

—A mí mismo.

—Las ropas que vistes, sólo pueden ser el regalo de un amo.

—Así es, pero la desgracia me ha echado de su casa. Disfrutan que los hagas reír, pero no que pretendas a sus hijas.

— ¿Y él?— espetó uno de los hombres y señaló al monje— los monasterios tienen dinero, por él pagarán.

—No—repuso Zelig—no lo harán, a Otis lo echaron de su monasterio, lo acusaron de impureza, les da igual si vive o muere.

El descontento se apoderó de los bandidos, uno de ellos no se rendía a la desesperanza.

—No le creo—exclamó y dirigiéndose a Lord Millicent siguió—mi señor, el saltimbanqui es hábil, está mintiendo, démosle unos buenos golpes, seguro nos dirá el nombre de su amo, déjamelos a mi y haré hablar al monje mudo, nos suplicará piedad mientras grita el nombre de su monasterio.

Lord Millicent consideró la golpiza inútil, pero conocía a sus hombres y sabía de su necesidad de desahogar su frustración.

—Adelante—y un ademan les confirmó el permiso.

Zelig chilló mientras se debatía en el suelo, al ver acercarse a los bandidos. El monje, por primera vez alarmado, levantó el rostro, mientras contemplaba la escena con terror en el semblante. Dos de los hombres tomaron a Zelig por los pies, elevándolo en el aire, el regordete hombrecillo revoloteaba desesperado.

— ¡Ha!—exclamó uno de los agresores— ¡lo estamparé contra un árbol!

— ¡Un momento!—gritó Lord Millicent— ¡Deténganse!

Sus hombres lo miraron extrañados, Zelig seguía revoloteando en el aire. Lord Millicent se acercó entonces al monje Otis, el cisterciense no sostuvo su mirada, pero el Señor del Camino levantó su rostro empujando con sus dedos su barbilla y lo contempló consternado. Rápidamente preguntó.

 — ¿Cuál monasterio? ¿Cuál es el nombre del monasterio?

—Mulde, a las afueras de Leipzig—susurró Zelig, extenuado y todavía de cabezas.

— ¡No puede ser!—exclamó Lord Millicent y una sonrisa se dibujó en su boca y sin volverse a ellos, manteniendo los ojos fijos en el monje, ordenó—bájenlo y desátenlo.

El Señor del Camino hizo otro tanto con Otis, que se mostraba confundido. Sus hombres obedecieron a regañadientes, Zelig no cabía de su alegría y con dificultad evitó ponerse a bailar una vez estuvo libre de sus ataduras.

—Déjenlos montar y devuelvan lo que han tomado—siguió ordenando lord Millicent—les permitiremos seguir.

Sus hombres, aun combativos, se debatían por seguir sus órdenes, vacilaban. Una mirada asesina de su amo los regresó al orden. Zelig, sin saber cómo, se vio de nuevo sobre su carro, con Otis a su lado y todos los géneros de su espectáculo con él. El Señor del Camino se le acercó, había duda en su semblante.

— ¿Qué tan tonto es?—inquirió Lord Millicent, señalando con la barbilla a Otis.

—Lo suficiente—respondió con una sonrisa Zelig—pero se mantiene con vida, se asea y se procura comida, maneja el carro y toca el tambor en el espectáculo. Entiende mucho, más de lo que la gente piensa.

Lord Millicent sonrió con amargura, antes de acercarse al monje, que lo miraba con expresión idiota.

—Cuídate y ten un buen viaje—el Señor del Camino lo contempló de nuevo con asombro, sin comprender la razón de tal coincidencia, y terminó su despedida— un placer conocerte, hermano Otis.

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