Relato 39 - Veneno

 

Ante la inminencia de la explosión, con el rostro desencajado por la sorpresa y la impotencia, las paredes del laboratorio se convirtieron para el profesor Nikola en la peor de las prisiones posibles, el más aterrador de los cadalsos, justo castigo a su ambición y su egoísmo. La imagen del otrora compañero y amigo, el doctor Derek Seamus, seguía inmóvil en la pantalla del monitor, después de haber terminado su breve explicación con un frío “lo siento, amigo mío, no tenía más remedio que tener previstas todas las posibilidades”.

Un estallido brutal, que terminó afectando a las casas de toda la manzana y provocando un cráter de tres metros de profundidad, hizo desaparecer todo rastro de los dos científicos, sus experimentos y el registro de todos los acontecimientos que los llevaron a aquel dramático final. Los bomberos y la policía tuvieron poco trabajo que hacer en el 27 de Ramdom Drive, pues únicamente hizo falta una excavadora para rellenar el cráter y allanar la parcela donde seguramente en muy poco tiempo se alzaría una nueva casa en la que alguna persona, pareja o familia podría echar raíces y llevar una vida normal.

Todo había empezado dos meses atrás, cuando el doctor Seamus había mandado un mensaje personal a su colega, el profesor Robert Nikola, años atrás catedrático en bioquímica de Harvard y que ahora compartía con él laboratorio en una sección especial del M.I.T. (en Grove St., Boston, entre el cementerio y el parque Fillipelo) en la que se experimentaba sobre enfermedades víricas sin restricción legal ni moral alguna. Por supuesto, el M.I.T. no era conocedor de lo que se cocía en aquel edificio. El mensaje rezaba: “Me tengo que ausentar una semana por un tema familiar urgente que me ha surgido, Rob. Espero que mi marcha no te retrase mucho. He sugerido al doctor Pretzel que te tomes tú también unos días libres para no dejarte solo con los experimentos que estábamos preparando. Nos pondremos las pilas en cuanto vuelva. Ya te contaré. Que disfrutes del descanso.”

Efectivamente, el doctor Pretzel, director de proyectos de la sección, acababa de mandarle también un mensaje en el que le sugería que se tomara unos días de descanso mientras hacían una pequeña remodelación en los despachos contiguos a los laboratorios. ¿Qué significaba todo aquello? Robert se rascaba la cabeza preguntándose qué diablos se traía entre manos Derek y por qué el estirado, antipático e intransigente doctor Pretzel le recomendaba un descanso con todos sus parabienes. Derek, que frisaba los 50, jamás había faltado al trabajo ni había tomado más de tres días de vacaciones seguidos en los cinco años que llevaba trabajando con él, ni tampoco tenía noticia de que lo hubiera hecho en los cinco años anteriores, en los que había trabajado para un compañero suyo, el doctor Andrews, en una investigación secreta sobre aceleradores de la división del ADN nuclear. Robert tenía diez años menos, pero envidiaba el aspecto saludable y la fortaleza física de su ahora mentor y compañero. Derek le había mostrado su aprecio personal en innumerables ocasiones, aunque en el laboratorio trabajaban sin descanso, codo con codo, intercambiando apenas unas frases sueltas mientras desarrollaban su proyecto. Éste se centraba, grosso modo, en la manipulación del ADN humano para alterar algunas características físicas de los individuos. Llevaban ya varios años dedicados a probar distintas formas de alteración molecular, gracias a las innovadoras ideas de Robert, cuyos conocimientos sobre catalizadores y aceleradores de reacciones químicas daba alas a las inconcebibles manipulaciones del ADN que llevaba a cabo el doctor Seamus. Derek estaba ahora enfrascado en un estudio del ADN viral, empecinado en que Robert consiguiera sintetizar la enzima que aceleraba el proceso de reproducción de un virus mediante la invasión de células sanas. Llevaba ya semanas mostrándose taciturno y algo arisco, hablando poco con Robert, y marchándose a casa algo antes de lo habitual. Y ahora esto. ¡Unas vacaciones! Inaudito. ¡Maldito cabezota!

 

                          *          *          *          *          *          *

Robert se pasó un par de días arreglando la casa, haciendo limpieza, ordenando papeles. Buena falta le hacía. Durante el fin de semana, aprovechó para ir al cine y viajar a Quincy Bay para ver a su hermano Stan y a sus sobrinos, a quienes no veía desde la trágica muerte de Elsa un año atrás, a causa de un virus que ni él mismo había conseguido identificar. Se sentía tan culpable como si le hubiera inyectado la enfermedad a su cuñada. Su hermano se empeñó en que se quedara también el lunes, así que no regresó a Boston hasta el martes.

Cuando se encontraba deshaciendo el equipaje en su casa de Spurr street, cerca del estadio de Harvard, un timbrazo insistente le precipito escaleras abajo para petrificarse ante la visión que le ofrecía la mirilla. Su jefe. William D. Pretzel en persona. Parecía sonriente, así que Robert se atusó el flequillo y abrió la puerta.

–¿Acaso esperaba dejarme fuera toda la maldita noche, Nikola? Por todos los santos, está usted pálido como una vela. ¿Esperaba a otra persona?

–Yo… eh… si, digo ¡no! Es un placer inesperado, doctor. ¿Qué le trae por aquí?

El semblante del doctor Pretzel se tornó serio y furibundo. El de Rob, desencajado y con un tic nervioso debajo del párpado izquierdo.

–Tenemos un grave problema, Nikola. En la remodelación de los despachos hemos encontrado documentación que compromete gravemente al doctor Seamus y, por ende, a usted. No sé si sabe a lo que me refiero.

–Le juro que no tengo ni la menor idea de lo que me está hablando, doctor…

–Tiene que ver con sus investigaciones. Usted y el doctor Seamus han estado trabajando secretamente en un nuevo tipo de arma bacteriológica a espaldas del resto de la sección. Como comprenderá, de confirmarse este último término, la gravedad de los hechos podría llegar al mismísimo Pentágono.

–Yo… No es posible… ¡Debe haber un error! Usted sabe todo lo que sucede en cada uno de los laboratorios de la sección. No sería posible hacer nada a sus espaldas. Yo…

Su temperatura corporal había fluctuado unos diez grados, desde la hipotermia, con temblor de barbilla incluido, a la fiebre con chorros de sudor goteando por patillas y cogote. En ese momento, mirándole fijamente a los ojos con una carga de ira insoportable, el doctor Pretzel rompió en sonoras carcajadas mientras se llevaba las dos manos a su enorme barriga cervecera, aunque una úlcera le impedía beber desde hacía años. Con el rostro desfigurado por las muecas, contracciones y rictus inherentes a tan incomprensible y grotesca situación, Robert se llevó la palma de la mano derecha a la boca y la de la izquierda a la cadera. Sacudió la cabeza como para desembarazarse de la sensación de absoluto ridículo y empezó a hipar nerviosamente, aunque no sabía si como preludio a la risa o al llanto.

–¿Qui..quiere decirme que todo esto ha sido una broma?

–¡Siiiiiiiiii! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Es una puta broma, pallinaama! ¡Deberías verte la cara!

Si no se hubiera tratado de su jefe, le hubiera estrangulado con sus propias manos y hubiera pateado el cadáver después, pero el apelativo utilizado lo dejó atónito. Sólo Derek lo llamaba “pallinaama”, en finlandés. Tenía los músculos agarrotados y no podía mover más que los ojos, desorbitándose de perplejidad.

–No entiendo nada. ¿Qué significa todo esto, señor?

–¡Señor! ¡Ja! ¡Incluso con tratamiento añadido! ¡Soy yo, maldita sea, soy Derek! ¡Tu compañero de fatigas con el mejor disfraz del mundo!

Robert no daba crédito a lo que oía y veía. ¿Qué clase de disfraz incluía la mismísima piel de la persona a quien se quería imitar? Por un momento pensó estar delirando o sufrir una alucinación, pero entonces llegó la aclaración de quienquiera que tuviese delante.

–Te lo debo todo, Robert. Sin tu ayuda y conocimientos jamás habría conseguido manipular un virus con material genético de una célula humana y que éste se reprodujera a gran escala. Mírame. Me he inoculado un virus con el material genético del doctor Pretzel y se ha propagado durante una semana hasta sustituir todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ahora soy un clon perfecto de Pretzel. ¿Te das cuenta de lo que esto significa, viejo amigo?

–Creo que no se encuentra bien, doctor Pretzel. Voy a llamar a su mujer…

–¡Escucha, jilipollas, soy yo Derek! ¿Tengo que decirte acaso con quién tuviste una experiencia homosexual a los quince años? ¡Me lo contaste una noche de borrachera hace años! Nadie puede saberlo más que yo… Bueno, yo “Derek”, no el gordo de Pretzel.

Sí. Sólo Derek podía saber aquello. Robert hubiera dado cualquier cosa por no estar viviendo tal paranoia, pero cada vez lo veía todo con más claridad y, conociendo como conocía a su compañero Derek, empezaba a darse cuenta de que estaba haciéndole partícipe del descubrimiento científico más grande de la historia. Se relajó y se dispuso a salir de dudas.

–Siéntate y cuéntamelo todo con detalle. De ello dependerá que te crea o no.

–Eso está mejor. Bueno, allá va…

 

                          *          *          *          *          *          *

Después de contarle cómo inicialmente había experimentado sus virus alterados con animales, Derek le pormenorizó los detalles de la experimentación consigo mismo y de la transformación sufrida durante toda una semana, hasta conseguir el aspecto que ahora tenía.

–Todavía hay cosas que no entiendo. El virus se propaga por contagio. Podrías haber causado una epidemia de Pretzels por toda la ciudad. Por otra parte, si todas tus células han cambiado, también deberías tener la personalidad de Pretzel. Si el núcleo de tus células neuronales tiene el código genético de nuestro amado jefe, tus neuronas deberían tener su información personal también.

–Estás en todo. Me encerré en el sótano durante toda la semana hasta que se completó el proceso. Tomando las debidas precauciones, no hay problema. Con respecto a lo segundo, cometes un error, amigo mío. La psique es adquirida. Todas las vivencias, los recuerdos, las características de la personalidad, las manías… todo ello se va conformando al vivir, con la experiencia. Es un flujo constante que se mantiene viajando a velocidades inimaginables por el entramado neuronal y nada lo puede mover, cambiar o “capturar”. Sólo se acaba con la muerte. Es nuestra “alma”. Personal e intransferible.

–¿Quieres decir que nuestra esencia es un “fluido” intangible pero real, en el que almacenamos todas las sensaciones, las vivencias, los sueños a lo largo de nuestra vida?

–Exactamente. Y pasa durante el proceso infeccioso a las neuronas del nuevo cerebro. Pero ese es otro asunto que en estos momentos es secundario para nosotros. Ahora debes ayudarme. Debo volver a inocularme otro virus con mi propio material genético para volver a ser yo físicamente. Serás testigo de la transformación, pero tendrás que cubrirme ante Pretzel, ya que tardaré otra semana en volver.

–¡Lo que sea, con tal de ver lo que me estás contando que voy a ver! Pero… ¡Espera! Has estado usando mis enzimas para ralentizar el desarrollo de un virus y así buscar una vacuna o, al menos, ralentizar su avance hasta bloquearlo; sin embargo, se te ha olvidado que también sé cómo acelerar el proceso. Podemos utilizar catalizadores que dupliquen la velocidad de propagación del virus. ¡Podrías volver a ser tú mismo en tres días!

–Vaya, parece que de repente ya te crees mi increíble explicación, ¿no?

–Sólo sé que no puedes ser Pretzel de ninguna de las maneras. No me queda otra opción. Cuando lo razonable no es posible, entonces lo imposible es la única opción.

–Lógica aplastante. Sabía que podía confiar en ti. Pronto trabajaremos juntos en un virus que complete el proceso de infección de un cuerpo humano completo en 24 horas. El Nobel se va a quedar corto para reconocer este descubrimiento. ¿Te imaginas? ¡Podríamos hacer que un enfermo terminal volviera a ser la misma persona sana de siempre, tras reinyectarle el virus con su ADN limpio de nuevo! ¡Un virus podría ser la cura universal de todas las enfermedades incurables!

–Hay algo más. ¿Cómo has sacado material del laboratorio sin que lo hayan detectado?

–Fácil. No hay nada metálico. Todos los experimentos los hacía dentro de nuestro laboratorio, a tus espaldas. Luego sacaba las muestras en el tacón hueco del zapato. Nada extraordinario ni sorprendente.

–Pero a veces nos hacen quitarnos los zapatos y los pasan por el escáner.

–Una de cada diez veces. Y he sacado material un par de veces. Pura cuestión de estadística y azar. He jugado con la suerte. Y he ganado.

Robert palideció un poco, y asintió con la voz quebrándosele en la garganta. Los dos se fundieron en un abrazo del que les costó separarse por miedo a lo que les esperaba por delante.

 

                          *          *          *          *          *          *

Durante los tres días siguientes, Robert fue testigo de cómo el “doctor Pretzel” se transformaba de nuevo en Derek gracias al proceso infeccioso inducido por la inyección  -ahora mejorada con sus propias enzimas- del virus con el material genético nuclear original del doctor Derek Seamus. Robert regresó a los laboratorios y entretuvo como pudo al verdadero doctor Pretzel con excusas de un doctor Seamus totalmente abatido por la pérdida de un familiar cercano, pero con la promesa de un regreso inminente con todas las fuerzas repuestas. Pretzel aceptó a duras penas las explicaciones de Robert, haciendo algún que otro comentario despreciativo por la poca calidad del trabajo desarrollado hasta entonces por los dos colegas. A Robert le daba igual, con tal de que se tragara el anzuelo. Derek estaba a punto de volver, y juntos iban a desarrollar el experimento biológico más extraordinario de la historia.

Sin embargo, en esos días, mientras asistía a la desagradable metamorfosis de su compañero, Robert cambió su actitud. Algo estaba quemándole por dentro y, finalmente, estalló.

–El descubrimiento va a ser sólo mío. No compartiré la gloria con ningún fracasado sin ambición. Sólo yo sabré cómo gestionar este triunfo y sacar el mejor partido.

Y luego:

–¿Y si me transmutara en la persona más rica y poderosa del mundo, pero con mis conocimientos y mi ambición? Nada podría detenerme.

Para concluir:

–Tengo que deshacerme de Derek.

 

                          *          *          *          *          *          *

El proceso terminó, tal y como estaba previsto, la noche del tercer día. El camastro que Robert había usado para sujetar al doctor Seamus con correas e inmovilizarlo durante el proceso de desarrollo del virus se encontraba lleno de manchas y restos gelatinosos de tejido muerto. 

Robert lavó a Derek con una esponja esterilizada y administró a su amigo un suero reconstituyente para ayudarle a estabilizar los procesos vitales. Derek, nebuloso y aturdido aún, se dirigió a Robert con voz lacónica.

–¿Cómo ha ido todo, Robert…?

–Creo que perfectamente. Eres tú otra vez. Sólo tienes algo de mal aspecto y la piel pálida.

–No me extraña. Me siento como si me hubieran apaleado. Como si hubiera ingerido veneno. Al fin y al cabo, eso es lo que significa “virus” en latín. Estoy sin fuerzas. ¿Estás preparado para lo que se nos avecina a partir de mañana? El proceso viral no me ha hecho olvidarme de nuestros planes. El Nóbel está esperándonos.

–Ahora eso es lo de menos. Quiero tener tiempo de pensar en las implicaciones de lo que vamos a hacer, y en el alcance que tendría TU descubrimiento de caer en las manos equivocadas.

–Derek percibió la amarga ironía en la inflexión de su voz. No tenía fuerzas para discutir, así que decidió tranquilizarlo.

–Vamos a hacer esto juntos. Sin tu ayuda no habría podido acelerar el proceso. Pronto seremos capaces de transformarnos en 24 horas en cualquier persona de este mundo. Viva o muerta.

 

                           *         *          *          *          *          *

Las semanas subsiguientes fueron dedicadas por completo a desarrollar todos los aspectos del proyecto “en secreto”, dentro del secretismo de los proyectos secretos que se llevaban a cabo en aquel laboratorio de cuya existencia sólo el Pentágono tenía conocimiento. Robert y Derek se dedicaron en cuerpo y alma a desarrollar la técnica que permitiera insertar material genético en una cepa de virus totalmente diseñada por ellos para resistir cualquier ataque de anticuerpos o retrovacunas y cambiar en no más de 24 horas hasta la última célula de un organismo por otra nueva con el material genético deseado. Antes de plantearse siquiera el siguiente paso (alterar conductas), empezaron a sopesar las implicaciones de lo que estaban diseñando: en caso de conflicto militar, por ejemplo, podían propagar un virus que modificara tan solo una parte de la cadena de ADN en el genoma, de forma que los nuevos individuos, tras el periodo de incubación del virus, podrían terminar sin brazos, con atrofias musculares, ciegos… ¡lo que se le ocurriera al gobierno en posesión de tal biotecnología!

Disimularon su investigación con la producción de una sustancia que producía una inmediata parálisis muscular en ratones, algo que ya tenían inventado pero que reservaban para un efecto sorpresa en su jefe en caso de regañina. Cuando tuvieron preparados varios virus con distinto material genético -el de ellos mismos, del jefe Pretzel, JFK, Walt Disney… incluso Bin Laden- empezaron a pensar en cuál sería el golpe de efecto mayor ante la comunidad científica. Las opciones eran todas espeluznantes y a cual más efectista, sorprendente o descabellada. Pero Robert ya tenía la suya: se inocularía el ADN de Derek Seamus y haría “suicidarse” a un Derek inoculado con su propio material genético. Muerto “Robert”, reinaría “Derek”, el dios de la ingeniería genética. Le bastaría un día de experimento y luego pergeñar un falso suicidio o muerte súbita para, tras un prudente periodo de “luto”, sacar a la luz sus investigaciones, con un agradecimiento póstumo a su querido compañero, el profesor Nikola. El plan perfecto. Por supuesto, tendrían que engañar de nuevo a Pretzel, pero eso ya estaba arreglado. Habían solicitado asistir al V Simposio de Avances sobre Ingeniería Genética, que se celebraría en Washington durante tres días a finales de ese junio. Les habían dado el permiso. El mismísimo Pretzel les había dado la autorización en mano con una mueca de desprecio que le torcía el labio. Un golpe de suerte más y sacarían los virus del laboratorio sin que sus zapatos pasaran por el escáner.

                          *          *          *          *          *          *

Llegó el día. Robert apenas había pegado ojo la noche anterior. Cuando Derek le abrió la puerta de su casa, él también parecía cansado. Estaba algo decaído o desilusionado, tal vez. Por un momento, Robert sospechó que se había dado cuenta de que había cambiado las muestras de virus que se iban a inyectar, con las que iban a reaparecer ante el mundo como Albert Einstein y Alexander Fleming respectivamente.

–¿Te encuentras bien, Derek? Tienes mala cara.

–No te preocupes. No tengo tus nervios de acero. Creo que tengo un poco de miedo a lo que nos espera. Solo eso.

–Es normal. Yo, aunque lo disimule, también tengo un cosquilleo en el estómago. ¿Preparado?

–Preparado. Te voy a inyectar el virus. Tu proceso terminará primero, y así podrás ayudarme a recuperarme. Eres el más fuerte. 

–¡Ah, sí! “The survival of the fittest”. Lo que tú digas. ¡Nobel, allá vamos!

Derek inyectó a Robert el contenido de la jeringa; Fleming, pensaba él, aunque Robert sabía que el virus le convertiría en Derek. Luego, le inyectaría a Derek el virus Einstein/Robert para, al despertar, administrarle su personalísima droga de producir infartos, que llevaría a Derek a terminar ocupando su puesto en el mundo de los muertos. Al terminar con el proceso, se miraron con gesto grave y asintieron con la cabeza antes de amarrarse con las correas a las camillas.

                          *          *          *          *          *          *

Cuando Robert despertó del proceso infeccioso, tras 24 horas de fiebre y convulsiones, empapado de fluidos y restos de tejido, ya era Derek Seamus. Y Derek, aparentemente inconsciente en la camilla, ya era Robert Nikola.

Robert/Derek se acercó a su compañero y presionó la aorta con dos dedos. No tenía pulso.

–¡Maldición! ¡Derek! ¿Qué te ha pasado? ¡Dios mío, está muerto!

Una voz le respondió desde una pantalla de ordenador encendida. Era Derek en una grabación o transmitiendo en videoconferencia.

–Lo siento Robert. Me temo que el que tienes delante de ti, tu propia imagen, es un pobre desgraciado sin hogar al que libré de sus miserias por un día. Yo, como ves, sigo vivo. Ahora somos dos “Derek”.

–¿Qué demonios significa todo esto? ¿Qué es lo que pretendes? ¡Has matado a un hombre!

–¿Y qué pretendías tú, mi buen amigo? Descubrí tus planes casi desde el principio, y no me lo podía creer. ¡Estabas alterando algunos de mis experimentos a mis espaldas! Creo que deduje el porqué en seguida. Cuando te empeñaste en preparar las dos últimas jeringas, no me quedó ninguna duda de tus intenciones. Solo que yo hice lo mismo, desbaratando así tu plan.

–Claro. Toda la gloria para ti. Tenía que haber imaginado que ibas a pensar lo mismo que yo. ¿Qué piensas hacer?

–El sótano ya está sellado a todos los efectos. No puedes escapar. Una bomba hará explosión en cuanto termine la transmisión. No podía arriesgarme a que esto siguiera adelante por ambición. Lo siento, amigo mío. No tenía más remedio que tener previstas todas las posibilidades.

–Maldito cabrón…

La imagen de la pantalla se quedó fija. Derek ganaba la partida, se quedaba con todo, se convertía en un Dios del Olimpo. Mientras esperaba la explosión, Robert no pudo evitar elucubrar sobre la identidad con que Derek se mostraría al mundo cuando el Nobel estuviera al fin en sus manos. ¿Einstein? ¿Bill Gates? ¿Benjamin Franklin?

Él lo tenía muy claro.

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