Relato 35 - José Manuel
Esta es la historia de José Manuel. En principio podría parecer que su vida no es merecedora de ser contada, pero incluso la historia de una hormiga puede tener momentos importantes o emocionantes.
Ahora tiene 35 años y vive solo en un pequeño piso desde hace unos meses, la única gente que ha visitado su piso han sido sus familiares más cercanos y porque le ayudaron con la mudanza. Podría parecer que lleva una vida aburrida, algo gris y solitaria.
Ya desde pequeño mostró cierta animadversión hacia el escándalo, las reuniones con mucha gente o el alboroto de los espacios abiertos. Mientras que sus padres le obligaban a ir con ellos, por encontrarse en una edad temprana, conoció algo del exterior; a regañadientes los acompañaba cuando éstos salían a cenar o a tomar algo con los amigos, pero cuando tuvo edad suficiente como para quedarse solo en casa reclamó vehementemente su derecho a no tener que acompañarles a todos los sitios.
Aun así, sus progenitores intentaban que saliera a la calle con ellos de vez en cuando previendo que estaba entrando en una rutina poco sana. No os confundáis, no es que no tuviera amigos, los tenía; jugaba al fútbol y al baloncesto en aquella época, pero no cultivaba demasiado las relaciones con los otros chicos de su edad. Podría decirse que era bastante aséptico; bajaba al parque, hacía lo que había bajado a hacer y se subía a casa a la hora exacta en la que emitían por la tele alguna de sus series preferidas.
Poco a poco fue perdiendo amistades que, aunque ya eran efímeras desde un primer momento, llegaron a ser inexistentes. Sobre todo cuando cambió de centro escolar. Casi sin darse cuenta dejó de relacionarse con los demás y se le veía cada vez más enfrascado en sus cosas, sus libros, su música, el deporte que le gustaba ver por la televisión sin que nadie le molestara con forofísmos o algarabías…
Sus padres mientras tanto seguían insistiendo, aunque cada vez menos, que les acompañara a tomar algo, a cenar, o incluso de vacaciones, pero la respuesta era siempre la misma aunque en diferentes versiones: estoy ocupado, no me apetece o ir vosotros solos que ya he planeado yo otra cosa; en definitiva: un claro no.
Y mientras seguía viviendo en su mundo, en el que quería estar solo y nadie le dejaba; parecía que la gente tuviera la firme convicción de apartarlo de sus pensamientos, arrastrarlo al medio de ruido y estar rodeándole siempre.
En la última época de sus estudios conoció a gente como él, o al menos, más parecidos a él que el resto de la humanidad. Quizá por los gustos y aficiones, o por la futura profesión que iban a desarrollar todos, tenían ciertas semejanzas que les hacían estar a gusto mientras estaban juntos, y que nadie se molestara cuando querían ir por libre.
Se encontraba cómodo en soledad, le gustaba… hasta cierto momento.
Sus padres, sus familiares más cercanos, e incluso sus amigos, si es que tenía a sus conocidos por tal, dejaron de intentar sacarle de su burbuja temiendo la negativa tantas veces escuchada.
Y ahí fue cuando empezó a echar de menos las oportunidades que le habían ido brindando en el pasado. Encontró lo que tanto había ido buscando y no le agradó el resultado, la soledad no era plato de buen gusto. Se dio cuenta, aunque tarde, de que debía haber actuado de otra manera en el pasado.
Intentó cambiar el curso de su vida pensando que no era tarde. Intentó salir de su zona de confort, que cada vez se había ido reduciendo más y más.
En su vida profesional se había caracterizado por una gran autosuficiencia, quizá obligado porque no le gustaba tratar demasiado con los demás compañeros, así que intentó potenciar esa cualidad para salir a tomar algo, sin compañía alguna, e intentar hacer amistades.
Se arregló lo justo, salió a la calle y fue a la zona de copas más cercana. Entró en un bar que no parecía demasiado lleno y pidió una cerveza.
—¿Cómo va la noche? —Le preguntó a la chica de detrás de la barra.
—Son cinco euros —recibió por respuesta.
—Veo que os contratan con facilidad de palabra. Ahí están los cinco euros —contestó malhumorado por el desaire de la camarera y cogió el tercio para darle un trago que le aliviara la tensión que llevaba encima por estar en un entorno poco familiar.
Se apoltronó en la barra durante tres horas intentando entablar conversación con cualquiera que se pusiera a su lado, pero los resultados fueron negativos durante toda la noche.
—Ponme la última, simpática —le dijo a la camarera.
—Son cin…
—Sí, son cinco euros, me lo has dejado claro las cuatro veces anteriores, no hace falta que me lo repitas —la interrumpió—. Supongo que no hay ronda de la casa en éste tipo de locales —dijo mientras ponía un billete de diez sobre la barra.
—Aquí están las vueltas, gracias —respondió la camarera dejando un usado billete de cinco junto al tercio de cerveza.
—¿A que éste es el mejor sitio para estar solo? —Le preguntó un cliente que se había situado junto a él en la barra.
—Eso parece —contestó fríamente José Manuel dejando pasar la posibilidad de entablar una conversación. Dio trasiego a la cerveza y salió por la puerta pensando en lo que había ocurrido durante la noche.
No cejó en el empeño de conocer gente nueva y repitió varias veces el experimento durante el siguiente mes, siempre sin resultados positivos; también probó a entablar conversación en otros lugares y situaciones pero no daba con la tecla correcta.
Un día en el autobús, cuando iba a casa desde el trabajo, se encontró con unos antiguos compañeros del colegio que iban hablando amigablemente como si no hubiera cambiado nada en los últimos veinte años.
—Hola Tomás, Carlos ¿cómo estáis? Cuanto tiempo.
—Hombre, ¿qué tal? —Respondió uno de ellos con cara de apuro por no recordar su nombre, aunque sí ligeramente su cara.
—Bien, ¿cuánto ha pasado desde el colegio?, ¿veinte años? —Dijo José Manuel sin darse cuenta de que no se acordaban de él.
—Sí, mucho tiempo, ¿verdad? Nos bajamos aquí, a ver si nos vemos otro día con más tiempo y nos tomamos algo —dijo el otro sin demasiada convicción.
—Sí claro, cuando queráis. Adiós.
—Adiós Alberto —dijo el primero de ellos probando con el primer nombre que se le pasó por la cabeza mientras salía por la puerta del autobús.
—Ni siquiera había un Alberto en nuestra clase —pensó José Manuel mientras que se daba cuenta de lo que había pasado en los últimos tres minutos.
No se acordaban de él, ya no es que tuviera dificultad para conocer gente nueva, sino que pasaba desapercibido ante la gente que había conocido en el pasado. Le habían olvidado, estaba experimentando un tipo de soledad diferente al que conocía; un tipo nuevo y más doloroso. Los recuerdos que guardaba del colegio habían sido pisoteados en unos instantes al darse cuenta que bien podía no haber vivido aquellos momentos, porque la gente con la que los había compartido le había olvidado.
Llegó a su pequeño piso, tiró el abrigo sobre el sofá y fue a beber algo de agua para pasar el mal trago. Fue al baño y se quedó mirándose al espejo casi sin reconocerse; no le solía prestar mucha importancia a su propio reflejo.
—Estás solo, amigo —se dijo a sí mismo—. El último mes ha sido una pérdida de tiempo y dinero, salir por ahí no ha servido de nada, nada más que para llevarse disgustos.
—Algo tienes que cambiar, salir a conocer gente nueva no ha servido para nada hasta el momento —le respondió la imagen del espejo.
—Algo debo de estar haciendo mal. Estoy seguro de que soy una persona agradable, que puedo mantener una buena conversación cuando se me da algo de tiempo y puedo saltar sobre mi timidez.
—¿Hace cuánto que no hablas con alguien con franqueza? —Preguntó inquisitivamente el reflejo mirándose a sí mismo directamente al alma—. ¿Hace cuánto tiempo que no tienes una conversación de verdad?
—No es fácil, uno no se puede abrir así como así con gente desconocida, hace falta un tiempo.
—Tu falta de confianza con los demás te ha traído a éste momento, ya no es sólo tu timidez, es que no confías en la gente y crees que por salir de bares los fines de semana vas a encontrar a alguien con quien congenies. ¡Tú has visto muchas películas!
Durante un rato bastante largo, José Manuel se dijo cosas y se replicó a sí mismo frente al espejo sin llegar a buen puerto. De hecho, cada vez se encontraba peor con su situación, consigo mismo. No había tenido una conversación personal más larga en su vida, y estaba solo. Estaba mal, lloró desesperado, se rió como un loco y volvió a la calma después de una hora de diálogo. Se acostó sin llevarse nada al estómago esperando que amaneciera en un día mejor.
Hay ocasiones en las que la almohada te lleva a reflexiones que estando despierto eres incapaz de llegar, y ésta fue una de esas contadas veces.
Cuando José Manuel se despertó se encontraba mejor, más relajado. Mientras desayunaba echó la mente atrás e intentó averiguar dónde y cuándo estaba la raíz del problema que le había llevado a ésta situación. Vio las negativas que había repartido a familiares y amigos cuando éstos intentaban que se abriera al mundo. Vio lo mal amigo que había sido cuando sus compañeros de clase le venían a contar sus cosas, chiquilladas en aquellos tiempos, y él decía que no tenía tiempo para tonterías. Reconoció lo mal hijo que había sido al despreciar las invitaciones de sus padres cuando éstos intentaban sacarle de casa para tomar el fresco y un refrigerio en alguna terraza.
Vio claramente los errores que había cometido y que le habían llevado a estar solo, a sentirse solo, a hablar solo.
No quería volver a cometer los mismos errores en el futuro. De hecho, quería reparar, en la medida de lo posible, los errores del pasado.
También vio sus errores más cercanos en el tiempo, no necesitaba conocer gente nueva, tenía que reconectar con gente de su pasado. Tendría que empezar por el principio.
Al siguiente sábado fue a casa de sus padres a media tarde, subió y tocó al timbre. Su madre abrió la puerta.
—¿Te pasa algo, hijo? —Preguntó preocupada ante la inesperada visita.
—Hombre, chaval, ¿qué te trae por aquí? —Dijo su padre que se había acercado a la puerta.
Entraron en el salón.
—Sólo he venido a ver qué tal os iba, hacía ya un tiempo que no me pasaba a veros.
—¿Seguro que no te pasa nada? —Volvió a decir su madre—. Te noto algo más flaco de lo normal.
—Que no, que sólo venía a veros. ¿Os apetece salir a tomar algo? Hace buena tarde.
Sus padres cruzaron miradas por un instante, podría decirse que a los dos les brillaban los ojos.
Sin pensarlo un momento cogieron sus cosas y salieron por la puerta con su hijo por delante que, por primera vez en 35 años, había tenido la iniciativa para invitarles a salir a tomar algo.