Relato 35 - Inmaterialidad

 

Inmaterialidad

 

 

Abkan había descendido un momento a la zona común. No veía a nadie conocido hasta que alguien le habló:

 

-Abkan, dónde estabas.

-Sacerdotisa. Estuve envolviendo provisiones con el vehículo. No deja de fascinarme su funcionamiento. Y afuera hay muchas presas disponibles.

-Abkan, tenemos una misión, al fin. Será esta noche. Los han reunido a todos para clarificar nuevamente los objetivos.

 

-Es importante aprovechar la tormenta, ayudará a avanzar con rapidez. Cada equipo deberá llega a uno de esos edificios e infiltrarse. Esta vez nuestros vehículos son seres orgánicos con bastantes habilidades, habéis estado en entrenamiento al menos durante un ciclo vital de uno de ellos. Son seres simples y sencillos de manejar. Aprovechad esta virtud que aprendieron de nuestros telépatas. Dentro de poco se podrán someter las voluntades de las criaturas más grandes, hasta la más grande. Pero es esta especie intermedia la que nos interesa, que no es la más grande y sin embargo domina a todas. Esta misión es importante porque nos podría colocar más cerca de nuestro objetivo y estudiarlo con más detalle. Del grado de complejidad de estos especímenes dependerá si resultan sometibles o no.

 

Abkan pasó el resto de la tarde meditando en suspensión. Ningún equipo había regresado de sus misiones a bordo de los vehículos orgánicos. Los primeros prototipos eran voladores y era fácil criarlos en el agua. Se enviaron miles sin obtener respuesta. Esta primera etapa estaba costando demasiado, al final siempre se terminaba discutiendo sobre lo vano de las tareas en el planeta. Siglos desarrollando procesos bajo la tierra y aún no se podía adaptar la especie a la exposición del ambiente sin estar protegido por un tipo de vehículo orgánico. Era un planeta imperfecto. No existía en su atmósfera el argón suficiente como para el desarrollo evolutivo correcto. El resultado, la especie dominante del planeta era apenas de origen animal. Ellos debían establecer un diálogo con estos seres y ofrecerles algunas herramientas útiles. Luego entablarían una alianza conveniente a los intereses de la misión: trasladar la capital imperial, enterrada. Habían encontrado una especie sobre la cual dominar y soportar la atmósfera.

 

El traslado hacia los cuerpos era la única esperanza de volver a engendrar a la población perdida. Jamás se llevó la cuenta de las misiones dirigidas, de las que jamás se supo nada, lo cual no puede afirmar ni que fracasaron, o que lograron el objetivo y se rebelaron, aislándose. Los antepasados de Abkan lograron su independencia de un imperio anterior, pero eso había ocurrido mucho tiempo atrás; ahora ellos se habían vuelto el imperio más grande conocido de su especie, los inmateriales, lo que los volvía más concientes de que eran susceptibles a fragmentarse. Por eso era importante recuperar la población, el número. Sometiendo a la especie dominante del planeta podían acondicionarse espacios en la superficie para que vivan millones. Lugares especiales que los mismos sometidos cuidarían e incluso, como prueba de la fidelidad, los volverán sagrados mediante una serie de prácticas y rituales, que a su vez fortalecerían esos cuerpos, sus voluntades, espíritus, o como se le llamase a su desconocida capacidad de relación neuronal. Era un intercambio donde a ambos les iría bien, cuidando que cada parte permanezca en su lugar. El ansiado orden, los equilibrios en los que la mente en suspensión puede determinar una conducta inalterable, que instalada en cantidades significativas de individuos sometidos se vuelve una cultura, una forma de vida transmisible y plena en sus parámetros.

 

Los pasos a seguir estaban memorizados. Ni bien comenzara a oscurecer saldrían de dos en dos, un macho y una hembra de la especie que utilizaban de vehículos. Con eso podían asegurarse una generación más, que era lo que calculaban les llevaría someter a su objetivo. Los dos vehículos irían algo separados, uno cubriendo las espaldas del otro, por turnos. Con el viento de la tormenta irían algo más rápido, habían constatado de acuerdo al peso y distribución del diseño del vehículo. Lo único que los preocupaba era la fragilidad de estos vehículos, que no presentaban ningún tipo de estructura con la dureza suficiente como para soportar alguna colisión; para eso había que aprovechar las múltiples patas y la capacidad de escalar paredes algo rugosas. Entrarían en las guaridas de sus objetivos y comenzarían lentamente a reproducirse. Bastarían unas siete noches, según las cláusulas imperiales, para torcer una voluntad de una criatura setenta mil veces mayor en peso y volumen que los vehículos, si es que la ubicación era favorable y se mantenían cerca de su cabeza.

 

Como muestra de que era posible, existían viejos tratados que Abkan y sus compañeros estudiaron desde que se iniciaron: grandes contingentes de criaturas gigantes elaborando espacios para ellos, en zonas alejadas, junto a sus muertos, o en medio de una de esas ciudades casi infinitas. Fueron tiempos de multiplicación y en cierto modo de bendición, pero las fragmentaciones fueron volviéndose masivas, y muy pronto las criaturas dominadas comenzaron a luchar entre sí a causa de los intereses de cada colonia imperial. Desde aquel tiempo remoto de guerras brutales ellos habían escapado y sobrevivido bajo la tierra, no sin la sospecha de que ya otros estarían colonizando el planeta. Quizá estarían inculcando otras costumbres en sus sometidos, las necesarias para no sobresalir ni aparecer señaladas ni descubiertas. Esa incertidumbre debía quedar atrás, la supervivencia estaba en juego.

 

Rumbo a los vehículos, la compañera de Abkan era la sacerdotisa. Ambos subieron en silencio y casi sin que lo advirtieran ya estaba en las criaturas, en esa escasa porción de su cerebro primario, como dos conciencias.

 

-Abkan, ten cuidado- le dijo ella a su mente, una vez que comenzaban a moverse por el pasto del jardín de la casa- Si muere el vehículo nos disolveremos en el aire, no lo olvides. Mantente a una distancia prudente detrás de mí, que soy más grande.

-De acuerdo. Oye, cuando estemos allá, busquemos hacer nuestra propia comunidad. Sabes que hace tiempo que no nos identificamos con los nuevos estándares, y no quisiera que la siguiente generación tenga que sufrirlos. ¿Estás de acuerdo?

-Sí, Abkan. Sabes que estoy de acuerdo. Cuántas veces nos descubrimos pensando lo mismo, cuántas veces lo disimulamos con otras imágenes, con palabras sueltas. Salir en esta misión es liberarse, para prevalecer o para disolvernos y desaparecer. Eso sí, Abkan, si lo logramos no haremos la guerra ni estableceremos ningún imperio. Será una comunidad abierta, pacífica y generosa.

-De acuerdo.

Luego se despidieron y dejaron de usar la telepatía. Antes, Abkan pensó en besarla y ella sonrió.

 

***

Félix aplastó a la araña que parecía seguir a su amigo, porque ni bien lo hizo pasar, cuando iba a cerrar la puerta, la araña buscaba entrar a la casa. Luego sacó el pie y vio la mancha informe. Se limpió la suela del zapato en el felpudo, cerró la puerta y se dirigió por el pasillo al living.

-Recién maté una terrible araña en la puerta. Con este viento norte aparecen de repente y de todos lados. Hace un rato maté una más grande en el mismo lugar. Siempre andan de a dos.

-Yo en mi casa las dejo ir, casi que convivimos. Creo que les inspiro confianza. Debe ser porque últimamente me da por meditar. Eso me relaja.

-Es cierto. Vos no eras así. No sé qué bicho te habrá picado.

-Los tiempos cambian.

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