Relato 34 - Locura
Sobre el rugir de la tormenta, el estruendo de los truenos, el repiqueteo de la lluvia, el silvido del fuerte viento, se escuchaban unos golpes. La casa, en medio de alguna ciudad, estaba fría. El sótano, escondido bajo un suelo de madera, estaba oscuro. Los golpes se sucedían, unos más fuertes, otros más rápidos, todos arrancaban quejumbrosos gemidos. Una voz reía, otra callaba. Un hombre se divertía, una joven soportaba. Tanto tiempo… tantas noches… tantas mentiras… acabaron por volverla loca. Si ella contaba, ¿quién la creería? Él era suficientemente listo como para golpear en el mismo sitio, en lugares que no se viesen normalmente, pudiendo decir que fue un accidente de la chiquilla descuidada. Su espalda, sus brazos y su estómago ardían, era capaz de sentir su pulso palpitante bajo los moratones templados. Si el hombre tenía un mal día, ella lo pagaba. Si él estaba cabreado con su novia, ella lo pagaba. Si él se aburría y no encontraba otra ocupación, ella lo pagaba. Incluso las noches que llegaba borracho, desgraciadamente tenía fuerza para arrastrarla por el cabello fuera de la cama y de manera sorprendente dirigir los golpes al mismo sitio. Podía decirse que llevaba una vida infernal… pero nunca se quejó, nunca dijo una palabra en contra.
Dana, nuestra pequeña huérfana, sobrelleva la vida con su padre adoptivo como buenamente puede. Nadie sabe, nadie ve, nadie. Sus amigos viven en un mundo feliz donde romper la dieta, estudiar en verano, hacer tareas de la casa o perderse una superfiesta es el fin del mundo. Pero ella no habla, no admite, no dice nada. En el instituto saca buenas notas, es una alumna silenciosa y atenta, aunque intenta no sobresalir de la media. En este tiempo, en que lo diferente es más común que lo normal, ella no sabe lo que es.
Llega entonces el destino y, por una vez, le sonríe. Aunque claro, después de tantos golpes, ¿quién se dejaría engañar? El chico de ojos negros se acerca decidido hacia ella. El pasillo está vacío, todos se han marchado ya excepto los dos estudiantes. Dana, apoyada contra las taquillas, espera nerviosa la llegada del joven. Sintió desde el primer día de curso, desde la primera mirada que cruzaron, que aquél que se plantaba tímido frente a ella tendría mucho que decir en su vida.
Nuestra joven sigue con la espalda contra las puertas metálicas, le duele un poco, pero así puede cruzar los brazos y tobillos aparentando más fuerza y seguridad de la que tiene. Por fin, el chico de ojos negros abre los labios.
-Dana.
Su voz dulce la envuelve por un momento antes de contestar.
-Dime.
El joven parece indeciso, su mirada pasa de ella al suelo, a sus manos que abre y cierra constantemente, al techo y de nuevo a ella. Intenta buscar las palabras, pero no parece encontrarlas, suelta sus pensamientos como los tiene en su cabeza.
-Te quiero.
La chica respira despacio, preguntándose si esas palabras que ha escuchado verdaderamente han sido dichas. El joven la observa, esperando su reacción. Quisiera ver una sonrisa, una respuesta brusca o incluso alguna salida irónica, pero no ese horrible silencio que lo desespera tanto. Cuando no tienes palabras es mejor callar, ella aprendió eso hace mucho. Separa sus muñecas, desenlaza sus tobillos, lo mira. Se pone de puntillas, rodea su rostro, lo besa. Entonces llegan las palabras a su cabeza, deja un pequeño espacio entre sus labios y susurra:
-No quiero que acabes mal, pero si aun así deseas intentarlo… no te lo impediré.
Es extraño, se siente fuerte ahora. Quizá no la han tratado bien en otras relaciones, pero él la atrae de una manera distinta, y decide darle una oportunidad. Tan solo espera no dañarlo, no romper su corazón como otros hicieron con ella.
-Lo deseo realmente.-susurra el joven.
Los dos sonríen, los dos se miran, y en alguna parte de ella, la esperanza nace.
*
Despacio comienzan a conocerse, a llamarse, a acariciarse, a besarse… Caminan con los dedos entrelazados, o muy juntos con ella bajo su abrazo, o solo uno al lado del otro. Sus amigos se alegran por ellos, sus familas también, en parte al menos. El padre de Dana tan solo responde con un desganado “felicidades” y ya está. Ella nunca llevó a casa a ningún chico por miedo a lo que él haría, pero a veces, cuando sabía que su padre trabajaba o volvería tarde por estar con su novia, le gustaba pasar un rato con Ewan juntos en el sofá viendo la tele. Se preguntó varias veces porqué nunca había conocido a ese hombre, pero probablemente tenía que ver con la anterior vida de Dana, el accidente de sus padres, los orfanatos y casas de acogida. No quería levantar recuerdos dolorosos.
-Ewan.
-¿Sí?
-No tenemos nada que hacer, y esta tarde llueve. ¿Quieres venir a casa? Haré tortitas.
Era la palabra mágica, tortitas. Le vuelven loco, y si es con ella más, y en una tarde lluviosa de esas que solo apetece estar en la cama leyendo un libro, el plan es perfecto. El padre de Dana tenía que trabajar esa tarde para cubrir el turno de otro compañero, así que cogió la oportunidad.
*
El cielo es negro, dando la sensación de clamar el fin del mundo. Un fuerte aire hace vibrar las ventanas, y la casa está algo fría. Ambos se acurrucan como animalillos en el sofá después de tomar unas deliciosas tortitas. Y les basta con eso, estar así es sencillamente lo que les llena, estar juntos sin que el mundo los interrumpa. Pero el mundo es cruel… Se abre la puerta de golpe, entran el frío y la lluvia, entra una figura. Ambos se levantan del sofá y de pie, observan al hombre borracho que murmura empapado hasta los zapatos.
-¡Dwna!
Ella corre a su lado y lo sujeta del brazo, intentando ayudarle a mantener el equilibrio.
-¿Qué ce él quí?
Le cuesta entender sus palabras pero constesta rápidamente algo para escapar.
-Ya se iba.
Ewan se acerca despacio y la mira confuso.
-Vams.-le dice el hombre empujándola hacia el sótano.
Dana se gira un momento. Niega con la cabeza ante la expresión cabreada del joven, le ruega con los labios “vete”. Los dos desaparecen escaleras abajo, y ella reza, suplica en su mente, por que no se quede, no escuche, no conozca. Esa noche podría ser una repetición de otras, una copia, pero hay algo distinto, y es que nuestra chica siente la fuerza en su interior. El amor y la esperanza que van creciendo en ella día a día siembran pensamientos en su mente que nunca antes había tenido. No teme a los golpes o a los gritos, tan solo le asusta perder ese brillo, ese motivo por el que seguir, perderlo a él. Sin embargo Ewan obedece, y no sabe, no sabe de esa vez ni las demás, hasta tiempo después.
*
Se suceden las noches y los ciclos lunares, y los dos se mantienen unidos. Aumenta su amor por el otro, su urgencia, su incapacidad de estar apenas separados. Entonces llega el momento. Sentados en el escritorio de Ewan terminan de estudiar, y él se despereza en la silla, se levanta y se tira en la cama. Dana se ríe y se levanta también, mirándolo desde arriba. Él abre sus brazos, haciéndolo parecer uno de esos niños pequeños que en invierno les gusta tirarse en la nieve y dibujar ángeles.
-Ven.-dice con voz cantarina.
Ella lo mira, seria, pensativa. No se da cuenta de su expresión asustadiza hasta que escucha esa melodiosa voz que tanto la enamora preguntándole qué ocurre. Las dudas aumentan, el miedo a perder lo que tiene, a volver a estar sola. Después de tantos meses debería confiar en él, pero es difícil si todos te han traicionado, es difícil si guardas un secreto. Sus ojos negros la atraviesan, clavándose en sus recuerdos fuertemente. Son esos ojos los que la empujan, son los que le dan fuerza, la calman.
-Quiero contarte mi pasado… a cambio de que seas mi futuro.
-No pienso separarme de ti cielo, no voy a dejarte escapar, y mucho menos dejaré que caigas, no sin mí al menos.
Eso arranca una sonrisa de sus labios, aunque el joven sigue serio. Sus delgadas manos suben, sus dedos finos se mueven, y despacio, muy despacio, va desabrochando los botones de su camisa. Cuando la deja caer le asusta la mirada de Ewan, desenfocada, casi en shock. Sus hombros están verdes, el estómago violáceo, y un moratón en el pecho que se adivina por el borde del sostén ya empieza a amarillear. Quizá os suene cruel pero, casi parecía el ataque de ira de un pintor en tonos otoñales. El joven abre sus labios, luego los cierra, y así un par de veces. Nada sale de su boca sino su respiración costosa y pesada. Ella aparta la mirada, los ojos vidriosos conteniendo las lágrimas, los puños apretados conteniendo el temblor.
-¿No vas a decir nada?-exige, mientras su esperanza se va rompiendo.
Un movimiento, un rápido giro y él está de pie junto a la cama, se acerca. Desliza su mano por la cálida mejilla de la chica rozando con la yema de sus dedos la raíz de sus cabellos. Apoya su frente contra la de ella y respira contra sus labios.
-Te amo.
*
Vuelve tarde esa noche, pero no le importa lo que le espere, no ahora que Ewan la conoce, ahora que la hizo suya y le dio una fuerza que no tenía. Es como si fuera nada hubiese cambiado, pero dentro nada siguiese igual. Entra despacio por la puerta, respirando calma antes de la tormenta. En la mesa del salón está su cena, fría, solitaria.
-Siéntate.
El hombre aparece de repente, toma el cuenco de puré y lo recalienta en el microondas mientras la mira peligrosamente. Ella obece, deja la maleta a un lado y se arrima. Suenan unos pitidos, la puerta del aparato, y la cena humeante está frente a la joven. Toma la primera cucharada, pero está demasiado caliente y la deja en el plato. Mira absorta la masa de color parduzco cuando se sumerje en ella. Una mano fuerte y brusca presiona su rostro contra la comida, apenas dejándola respirar. Su rostro arde, puede sertir el borde de la cuchara dejando marca en su mejilla, mas nada sale de su boca sino su aliento. Ningún grito, ninguna palabra, ninguna súplica o murmullo desesperado.
-¿Te ha gustado? ¿Eh? ¿Sentiste que eras importante? No vales una mierda.
Cierra los ojos y respira, tan solo respira. Puede soportarlo, sabe que puede, ella es fuerte, en su interior es fuerte.
-Maldita zorr… ¿De verdad piensas que te desea? No tienes nada, no eres nadie.
Los insultos se suceden, las amenazas, el calor en su rostro y el dolor en su mejilla. Pero no se mueve, no se resiste, solo aguanta, respira.
Dana, respira, respira.
*
A la mañana siguiente él la espera en la puerta, echado sobre una columna de piedra que decora el edificio. Lo primero que hace al verla es correr y abrazarla, después separarse y observarla. Le pregunta por la noche anterior, por su padre, por lo que ocurrió. Despacio y costosamente, al igual que esa tarde en su cuarto, le relata las barbaridades y los golpes de aquel hombre. De nuevo se abre a él, confía en sus ojos y en sus palabras, se abandona a su amor y su cuidado.
-No dejaré que vuelva a tocarte, voy a…
-Ewan.
Sus miradas se encuentran y sus pensamientos se reconocen.
-Ya basta, no mereces esto, él no puede seguir torturándote.
-Déjame intentarlo, quiero enseñarle que soy fuerte. Si tú estás conmigo sé que puedo con todo.
Él toma su mano, la estrecha con cuidado y la besa, transmitiendo la resignación a través de aquellos ojos negros.
*
Se acelera todo, desde ese momento, al ritmo de su corazón. Sus dedos aprisionando la muñeca del hombre, sus ojos mirándolo desafiante, su figura en pie frente a la de él. Sus labios, sus palabras.
-No más. No más.
El tiempo continúa inexorable y ellos están quietos. Se miran y respiran.
-No más. No más.
Corre. Fuera de aquel lugar, sin intención de volver. Corre. Hacia donde está su fuerza, donde realmente la esperan. El tiempo también corre y se acelera, pulsa como la sangre por sus venas, dando vida y al mismo tiempo arrebatándola. El aliento escapa y la urgencia la llena. Un golpe. Una llave. Una puerta que se abre.
-Dana.
Dos miradas. Dos sonrisas. Dos labios que se besan. El tiempo corre deprisa y solo espera por aquellos que lo quieren todo. La toma en brazos, la acaricia suave, la protege. En aquel mundo inventado, en aquel mundo que les pertenece a ellos donde ambos se pertenecen, nadie puede hacerles daño. Por fin las preocupaciones, los miedos y el dolor se deshacen entre las sábanas de noche y oscuridad que tejen. Por fin las estrellas de sus cuerpos ocupan el cielo. Nada puede contra ellos, nada acabará con ese mundo, no mientras estén juntos.
*
El tiempo bombea rápido. El corazón marca tic tac. Es hora de irse Dana, toca despedirse. Aún todos duermen, pero los segundos siguen. El timbre suena, ellos abren.
-¿Quiénes son?-pregunta Ewan adormilado.
Uno de los hombres de blanco responde.
-Encargados del psiquitátrico local, venimos a llevárnosla.
Sus ojos se abren mientras la sangre del secundero se escapa entre sus dedos.
-¡Por encima de mí!
Dana, corre.
Sube las escaleras deprisa, intenta esconderse tras una puerta, pero es inútil. Aunque él logre mantener a uno en el suelo quedan otros dos, y la persiguen por el piso de arriba hasta conseguir asirla por los brazos. El tiempo sigue, pronto ella está atrapada en la parte trasera de un furgón y él golpea las puertas mirándola, gritando, llamándola. ¿Qué consuelo les queda a los muertos cuando les arrebatas su razón de vida? Nuestra chica lo había dado todo… y está a punto de no tener nada. El vehículo se pone en marcha, uno de los hombres sentado junto a ella, con una libreta delante. La mira como se mira a esos pobres animalillos de laboratorio a los que sabes que van a hacerle cosas horribles y ninguna ley justa lo impide, porque este mundo nunca ha sido ni será justo.
-Autolesión, delirios y bipolaridad en grado medio.-dice leyendo la libreta.
Ella respira, respira el aire lleno de tiempo que sigue corriendo acelerado. Respira para calmarse y a la vez llenar su cabeza de oxígeno, y no pensar, no pensar qué ocurre, qué son todas esas palabras, qué son esos hombres de blanco que la rodean.
*
Un golpe directo al ojo.
-¡¿Se puede saber qué haces niñato?!
-¡Tú la has mandado allí! ¡Tú los has engañado!
-Haré lo mismo contigo si no te controlas.
Ewan aprieta los dientes, y aunque sus ojos son de un profundo negro sus lágrimas son cristalinas como el agua. Y en ellos puede leerse un odio tan extenso…
-Esta sociedad está tan podrida como tú.
-Te equivocas, yo soy un santo comparado con la mierda en la que vives.
-Lo que le has hecho a Dana no tiene nombre.
*
Los pasillos grisáceos, los monos blancos, las luces brillantes. Aquel mundo no era el suyo, no era el suyo. Ella estaba tranquila por fuera, pero dentro el miedo la iba comiendo. El miedo que sintió era el mismo que aquel día mirando el coche destrozado, mirando cómo los enfermeros sacaban los cuerpos de sus padres. El miedo de estar sola, de ser olvidada, de caer ella también… No. No está sola, Ewan es su fuerza, él la ayudará, la llevará de vuelta a ese mundo que ambos comparten. Solo tiene que resistir un poco.
-¿Ésta es la nueva?
-Sí
Un hombre con bata impecable se acerca, agarra sus cabellos y tira de su rostro hacia detrás para mirarla a los ojos. Una mirada divertida y triunfante, de superioridad, que derrama sobre ella. Con los labios en su oído susurra:
-Vas a darme diversión, ¿verdad, pequeña?
-¿Quieres pelear? Te traeré una guerra.
Él sonríe satisfecho y se adelanta por el pasillo. La galería está vacía. La galería está vacía… Llegan al cuarto que será suyo por tantos días y la dejan sola. Sola, con las personas que la observan a través del cristal en la habitación contigua. Dana sigue respirando el tiempo. Ni siquiera los que la observan están seguros de cuánto estuvo allí parada, de pie, mirando al suelo sin ver nada. En un momento determinado, acabados quizá sus pensamientos y resuelto el misterio de todo aquello, se mueve. La joven se sienta de piernas curzadas en el suelo, con la espalda reposada en la pared, mirando desafiante hacia el espejo. No hace nada más entonces, no hace ni dice nada más. No come, no duerme, ni pide por un momento salir para ir al baño. Escucha a los guardias pasar junto a su celda por la pequeña ventana acristalada con agujeros que está en la parte superior de la puerta. Escucha también a los científicos que estudian a todas aquellas personas y que las tratan sin saber lo que sienten, lo que han vivido, todo por lo que han pasado y les ha convertido en lo que son. Pasan algunos días, y aunque cansada, ella continúa su silenciosa batalla contra los ojos que la observan en el cuarto de al lado. La puerta se abre. Probablemente sea otro de los cuidadores que viene a llevarle comida inútilmente, o tal vez aquel hombre que le hace preguntas buscando divertirse como dijo, y solo obtiene ausencia de respuestas. La figura se planta frente a ella, bloquea su visión del espejo. Se arrodilla, enfoca sus ojos.
-Dana.
Las lágrimas caen por sus mejillas y los jadeos comienzan a salir de entre sus labios. Él guarda despacio el pequeño rostro de la joven entre sus manos y después de examinarla con aquellos ojos negros besa con cuidado cada trocito de piel que forma esas expresiones, esas facciones de esa cara que aparece cada noche en sus sueños.
-Te he añorado tanto…
-Lo sé, lo sé cielo, yo a ti también.
-Pensaba que te había ocurrido algo, que no te permitían venir.
-Te prometí que no te dejaría escapar. Incluso si nos separan estaré siempre contigo, eres tan parte de mí como yo lo soy de ti.
Los segundos corren, los minutos se suceden, las horas pasan. Un guardia los avisa, se acaba el tiempo de las visitas.
-No somos más que un experimento del mundo.-dice ella con voz asqueada.
-Entonces muéstrales los resultados que buscan, aguanta hasta que consiga una escapatoria.
-Pero Ewan…
-Por favor, confía en mí. Tan solo sobrevive. No es como si no lo hubieras hecho antes, ahora estoy contigo.
Dana asiente, comienza a calmarse, y tras un doloroso beso de despedida y el horrible sonido de la puerta cerrándose, ella se levanta. Camina insegura hacia el espejo con las piernas dormidas después de algunos días sin moverse. Apoya las manos en el frío cristal y observa su reflejo desaliñado. Decide… decide darles los resultados que quieren.
-Tengo hambre.
*
Ewan está sentado en la sala de espera, con el rostro escondido entre sus manos, tomando fuerza para volver. ¿Hay realmente alguna manera de salir de allí? No solo de ese lugar, sino de esa ciudad, de ese país, de ese mundo. En cualquier parte habrá un hombre como el que golpeaba a Dana sin compasión, en cualquier sitio habrá personas peores aún, y él no es fuerte para defenderla. Solo puede animarla a luchar contra los monstruos que los separan, y eso… ¿no los converte a ambos en monstruos también?
-Esta realidad es asquerosa.
*
Dana duerme en ese colchón incómodo que le han dejado como cama. No era lo que quería al principio ya que no se sentía segura, pero luego se dio cuenta de algo: ella era el experimento, y la mantendrían con vida mientras les fuera útil. Así que se ocupa de obedecer lo que le dicen, come y duerme, responde preguntas sin importancia y otras más privadas, es la muñeca perfecta. Entonces se despierta. Hay alguien frente a ella, tiene el puño levantado, grita. Se encienden las luces y todo se ilumina. La figura no es más que un cartel dibujado, sin embargo su mente le hizo ver por un momento la sombra de su padre. Cuando el hombre de la bata aparece por la puerta y se asoma ella no duda en avalanzarse sobre él. Pueden quitarle el sustento, pueden quitarle el sueño, pueden quitarle la esperanza, pero no permitirá que vuelvan a traerle miedo. Él se esconde tras la puerta cuando la joven lo alcanza. Tan solo consigue arañar su rostro pero lo suficiente para que sangre, y eso la satisface. Sonríe a traves del cristal que los separa, mirándolo, mientras lleva la punta de los dedos hasta sus labios y limpia la sangre con su lengua. ¿No dijo que quería divertirse? Ahora le tocaba a ella jugar. Los siguientes días son los más entretenidos. Espera hasta que le traen la comida y la esparce por el espejo con las manos, riendo de manera infantil. Después de un par de días deciden sacarla para limpiarlo todo, y al ver que encuentran la solución inventa otra cosa. La devuelven a la sala, mira a través del cristal donde el hombre con bata y otros cuantos deben de estar observándola, y entonces comienza a gritar. Grita todo lo que puede, y aunque hace mucho que ha perdido la noción del tiempo es bastante rato lo que tardan en entrar unos guardias e inmovilizarla, cubriendo su boca. Ella sigue riendo.
-¿Por qué…? ¿Por qué haces esto?
El científico la mira asustado. Incluso estando atada produce en él un miedo escalofriante.
-Porque el mundo me ha hecho así.-susurra.
*
Pasan semanas y meses, pasan lentamente. Ewan vuelve a estar en la pequeña ventana de la puerta, mirando frustrado la figura que duerme sedada en la cama, con correas que aseguran que no se moverá. Entonces el hombre de la bata sale del cuarto de al lado y lo mira.
-Está completamente loca.-le dice.
-Todos tenemos un monstruo dentro.
-Debes de estar loco también.
-Estoy loco por ella.
El hombre suspira exasperado y abre la puerta. Ewan lo mira extrañado.
-Quiero ver su reacción por ti después de tanto tiempo.
-No somos más que un experimento, ¿verdad?
No hay respuesta, aunque tampoco la esperaba, ya la sabía. El chico se acerca a la joven adormilada y la despierta, le susurra, la besa. Ella sonríe y olvida el mundo de fuera, volviendo a hundirse en sus ojos negros.
-Dana… escapemos de este mundo.
-Contigo me da igual el lugar.
-¿Realmente podrías?-su mano tiembla cuando deja la fría hoja en su garganta.
-Hazlo.
-Te quiero.
Unas lágrimas caen de sus ojos, pero ella no llora, curva sus labios en una sonrisa y respira. Respira el tiempo por última vez, respira el aire, la vida…
-Yo también te quiero.
Y todo termina. Los dos huyen, los dos regresan a ese mundo que les pertenece, los dos mueren como personas, monstruos, simplemente juntos. Porque nada importa en esta vida muerta sino aquello que tú deseas que te dé la vida.
*
Y ese hombre que te golpea, sea día o noche, nieve o llueva, es tan solo tu vida. Y ese joven de ojos negros que te salva, que te ayuda y te levanta, no es otro que la causa de que sigas soportando heridas. Y esa jaula, ese cristal en que unos ven y callan, ¿no es nuestra sociedad? ¿No somos todos violentos y sumisos? ¿No somos en algún momento ese motivo por el que alguien lucha? ¿No vemos horrores y callamos? Todos tenemos un monstruo dentro... Solo algunos consiguen vivir con su locura y la del mundo.