Relato 33 - Previsión ante todo

Previsión ante todo.

 

Carmen de la Cueva, después de haber llorado toda la noche, salió de su casa cabizbaja, vestida con una falda y blusa negra, sin una gota de maquillaje y portando unos amplios lentes oscuros que cubrían parcialmente su rostro. Tomó un taxi, ya que no se sentía con ánimo para conducir y le dio instrucciones al chofer que permaneció callado durante todo el trayecto, el medidor marcó la tarifa que fue pagada con un billete de mayor denominación, Carmen le indicó con un gesto que conservara el cambio, solo entonces, el conductor habló.

—Señora, lo siento mucho.

Una ligerísima sonrisa que pudo haber pasado desapercibida se dibujó por un breve instante en el rostro de la enlutada mujer.

—Gracias.

La funeraria era un sólido complejo de arquitectura modernista, cuatro generaciones dedicadas a atender las necesidades especiales de los familiares que perdían a un ser querido, habían consolidado una pequeña fortuna familiar y buena parte de esta se había reinvertido en la infraestructura del lugar.

Carmen dio su nombre a la recepcionista y se sentó en la pequeña sala de espera, añoró en ese momento un cigarrillo, pero había dejado de fumar desde el momento en que se casó, su marido nunca había soportado el humo.

Un afable y joven gerente de corta estatura, biznieto del fundador del negocio de inhumaciones salió solícito a recibirla.

—Doctora de la Cueva —lamento mucho su pérdida. Dígame, ¿en qué podemos servirle para hacer más fácil esta dolorosa transición?

Carmen inspiró y soltó bruscamente el aire, mientras veía la punta de su zapatilla negra.

—Tome asiento señora mía, por favor… disculpe que le pregunte, pero… ¿podría decirme para quien son los preparativos?

Carmen escrutó la mirada de su interlocutor mientras asentía suavemente con la cabeza.

—Sí, claro, son para mi marido.

—Doctora, cuanto lo siento. Recuerdo que apenas hace una semana coincidimos en el día de campo del club rotario y los vi tan alegres juntos. Eran una pareja tan hermosa. ¿El deceso fue algo súbito?

Carmen, ya sentada, oscilaba la cabeza en un movimiento de negación, sin decir palabra.

Su imaginación voló y recordaba a Laura, una de sus amigas diciéndole, “no te cases, tu novio es demasiado rígido y controlador, hay algo en él que no me late”.

—Perdón si la incomodé. Dígame ahora que es lo que necesita. ¿Tenía contratado un plan con nosotros?

—Así es, poco después de casados, el insistió en que compráramos un plan integral, con cremación y criptas en la capilla, ya todo está pagado.

—Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para aligerar su dolor Doctora, cuente con ello.

—Sobre los trámites, ¿qué es lo que se requiere?

—Solo el certificado de defunción.

— ¿Puedo expedirlo yo? Soy médico cirujano.

—Sin ningún problema, permítame obsequiarle un formato.

Con mano aún temblorosa la Doctora Carmen de la Cueva empezó a llenar el certificado de defunción de su marido.

Salvo breves momentos en que su esposo perdía la paciencia, ella había sido muy feliz en su matrimonio.

—Quiero lo mejor para mi marido. ¿Me entiende? Por mis hijos, quiero que tengan una bella memoria de su padre. Estoy seguro que vendrá toda su familia desde la capital y sus amigos políticos, quiero una caja de caoba, elegante, digna. ¿Será necesario comprarla?

—No se preocupe, tenemos lo que usted busca para nuestros clientes que optaron por la cremación, la caja no tiene que adquirirla, solo le haremos un pequeño cargo que incluirá el café y las galletas, la sala y los traslados están cubiertos.

La doctora terminó de llenar el documento, estampó su firma y lo deslizó sobre el escritorio.

—De acuerdo Doctora, todo en orden, nosotros nos encargaremos de tramitar el acta de defunción ante el ayuntamiento.

—Gracias.

— ¿Dónde tenemos que recoger el cuerpo? ¿En algún hospital?

—No, a nuestro domicilio, la información está en el formato.

El joven gerente leyó los datos a través de sus gruesas gafas y asintió de conformidad.

—Solo un último detalle mi señora, perdón por importunarla, pero es un servicio que ya está incluido, ¿vamos a embalsamar a su marido? Después de un tiempo el cuerpo empieza a descomponerse y de esta manera nos permite contar con más tiempo.

—No creo que sea necesario, pero adelante.

Los ojos expertos del hombre recorrían por último el documento y pudo detectar una omisión.

—Perdón, pero no llenó el recuadro de la hora del deceso. ¿Quiere que lo haga por usted?

—De acuerdo.

— Entonces, ¿cuál es la hora del fallecimiento?

Carmen se quitó los lentes y miró fijamente al pequeño hombrecillo, al descubrirse se pudo apreciar que sus ojos estaban morados por los golpes recibidos y su antaño bella nariz, deformada y parcialmente rota.

—No lo sé exactamente, será…dentro de un momento, en cuanto llegue a casa.

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