Relato 33 - Ignorancia

-¿Sí? Soy yo (…) No sabes las ganas que tenía de hablar contigo, nena. (…) Tengo ganas de verte. A ver cuando ...

Papá está hablando con una mujer. Habla animadamente; parece feliz. Eleva la voz y, a pesar de encontrarse en otra habitación, es como si quisiera hacerme partícipe de su felicidad.

Minutos antes, me había dicho que le marcase ese teléfono. El otro día lo intentó dos veces él mismo, pero en las dos ocasiones la única respuesta que obtuvo fue la de aquella grabación que informa de que el número es erróneo o no existe. También me obligó a acompañarlo hasta aquella casa, pero a medio camino, después de haber tomado hasta dos autobuses, reconoció que no se acordaba dónde estaba. Sin saber a ciencia cierta por qué, aquello me hizo suponer que esa mujer ni siquiera existía. Pero hoy he podido oír su voz. Parecía todavía joven y, por su tono moderado y más bien aterciopelado, me permite suponer que es una persona educada y con un nivel cultural superior al resto de mujeres de mi entorno.

Tengo que reconocer que hoy me había sentido tentado a marcar erróneamente ese número a propósito, pero no he podido. No soy tan débil que no sé mentir.

Ha terminado de hablar con ella. Sale de la habitación con una sonrisa en la boca que exhibe con el único propósito de poder herirme. Pretende demostrarme que hasta tiene ganas de decir tonterías, de gastar bromas. Incluso llega a sentarse a la mesa donde me encuentro practicando partidas de ajedrez y trata, en vano, de jugar una partida conmigo. Pero a pesar de que antes era él quien sabía jugar y yo apenas mover las piezas, al primer movimiento, he sentido tentaciones de hacerle jaque mate. Pero reflexiono y le advierto, en cambio, de sus errores. En realidad, es como si jugara conmigo mismo. Siento lástima por él y le ayudo en cada movimiento. Es una partida absurda, aburrida, tanto como la compasión que me inspira su vejez y su ignorancia sobre sí mismo, sobre su propia salud. Incluso siento tentaciones de hablarle sobre aquel… aquella maldita enfermedad. Y es justo en ese momento cuando aquel pacto entre mis hermanos y yo pasa de ser tan solo un recuerdo a ser ley: “He hablado con el médico y le he pedido que no le diga nada a papá”, aún puedo recordar con el mismo abatimiento que sentía aquel día las palabras de mi hermana.

Aunque trato de no pensar siquiera en ello, lo único que realmente me haría feliz sería incumplir aquel pacto. Pero pienso en las consecuencias que tendría ese hecho y me contengo. Disimulo y procuro, en cambio, que no me hable de aquel asunto que tanto me molesta, de aquella mujer. Para ello trato de desviar su atención. Intento explicarle sin que, por cierto, me preste demasiada atención cómo mover de forma lógica los alfiles, los caballos, la dama y las torres. También le digo que es posible coronar un peón como una dama. Todo con el propósito de que no me hable de aquella otra dama a la que no quiero conocer.

Todo esto me duele. Un dolor que se ceba con esa sensación de que en el fondo sabe que me hiere su felicidad. La misma felicidad de la que se sirvió para hacerle daño a mamá cuando estaba aquí. Porque aquella mujer es la misma con la que hablaba hace diez años cada vez que mamá hacía algo que le molestaba o, simplemente, porque ni siquiera pudiera comer ya como nosotros, llegando incluso a no poder controlar sus esfínteres. Ahora, aquellas conversaciones telefónicas llenas de halagos y piropos pero carentes de pudor y de vergüenza han vuelto para hacerme sufrir a mí.

Tras la partida preparo la cena. Algo de pan, salchichón, queso, cerveza. Como por comer, sin ganas. Pues en vez de hambre siento asco. Es como si me sintiese obligado a comer en presencia de un cadáver que es obligado a oír y a presenciar, en contra de su voluntad, una traición, un agravio a su memoria. Tan solo han pasado veinte días desde que ella se marchó, y va a ser el desprecio quien, ante mis ojos, descomponga el recuerdo de mi madre con más celeridad que la podredumbre ha descompuesto su carne.

A cada bocado de pan trato de engullir mis nauseas y mi rabia mientras trato de aislarme en mi silla de cuanto me rodea: de los vasos, los cubiertos, del televisor que emite palabras y sonidos que no soy capaz de comprender ni me importan en absoluto, pero sobre todo de él.

Por un momento llego a pensar que nos hemos olvidado el uno del otro. Que nos ignoramos aunque sin rabia, sin rencor, simplemente como dos seres que mastican y beben en silencio para cumplir con una especie de rutina diaria.

-Se ha puesto muy contenta-y antes, incluso de que llegue a decírmelo, vuelve a aflorar la misma sonrisa embriagadora en sus labios.

-¿Quién? ¿De qué me estás hablando?- le respondo secamente, con una violencia que llega a sorprenderme a mí mismo. En realidad, a pesar de que es un anciano, es como un niño que vive encerrado en su propio egoísmo. Se hace el sordo, no se da por aludido. Y a su alrededor, y sin que signifique nada para él, mi mundo y, tal vez, el suyo se encuentra hecho pedazos por su cruel indiferencia.

-Teresa, la Teresita-y al emplear aquel diminutivo me hace dudar. Ya no sé si lo que pretende es seguir humillándome o, por el contrario, tratar de que tanto él como esa desconocida se hagan acreedores de mi simpatía.

No me siento con fuerzas para proseguir aquel maldito diálogo y callo. Pero también pienso que mi silencio podría ser considerado como un síntoma de debilidad, una forma de claudicar ante su indignidad. Y con la misma temeridad que un soldado cobarde y malherido se revuelve contra un enemigo sobradamente fuerte en un último asalto, trato de romper aquel silencio de eternos segundos.

-¿Teresa? ¿Esa quién es? ¿La conozco yo?

 -Tú no la conoces- y de nuevo su rostro vuelve a enrojecerse en una carcajada de placer.

Terminamos de cenar. Y mientras recojo la mesa, reflexiono sobre mí mismo. Tengo cuarenta y seis años y aún vivo con aquel viejo. ¿Qué puede importarme lo que pueda hacer con el escaso tiempo que le queda? Hasta dudo de mí mismo y llego a pensar que soy un cobarde egoísta.

 Aquellos pensamientos parecen aliviarme al tiempo que me ayudan a afrontar aquella situación como algo carente de importancia. Pero al dirigirme a la cocina para dejar los vasos, vuelvo la vista hacia el televisor y toda mi atención se desvía de la pantalla al pequeño retrato de diez por quince de mi madre que se halla en un pequeño estante junto a un pequeño galeón de corcho sintético. Se trata solo de una fotografía, uno de esos instantes que otra persona, furtivamente, nos roba para conservarlo durante décadas o hasta que el olvido lo vuelva un objeto inútil.

De nuevo, vuelve a cegarme el odio y las ganas de romper cuanto se encuentra a mi alrededor. Ella no merecía que la tratasen así.

Me detengo un momento sin que él llegue a darse cuenta y procuro reponerme de esa cólera. La rabia solo consigue cegarme y lo que necesito, en cambio, es ser fuerte, aparentar que no ocurre nada. Necesito actuar con una frialdad que me resulta odiosa por su indiferencia.

Al continuar recogiendo la mesa me doy cuenta de que junto a una servilleta de papel hay un pequeño papel. Es el número de teléfono de aquella mujer. Lo copio a escondidas y lo guardo en el interior de un libro de inglés que repaso a menudo.

Al día siguiente procuro descansar. En realidad, no me apetece hacer nada. Sin embargo, hago un pequeño esfuerzo y le doy una ojeada a ese libro. Por casualidad, reparo en  aquel número garabateado por mí y lo contemplo durante diez minutos con la misma clandestinidad con la que  un niño atesora una revista pornográfica, pues aquello es igual de inmoral.

Aunque la sola idea de entablar una conversación con ella me produce una mezcla de asco y terror, me siento seducido a teclear ese número. El simple hecho de imaginar los instantes previos al sonido de su voz me embargan en una sensación indefinible como sería el vértigo y la lujuria siente alguien que se precipita desde un puente.

Al marcar el número, tras un par de tonos, vuelve a escucharse la misma grabación que se emplea para las llamadas erróneas. Han sido los nervios los que me han llevado a pulsar dos veces el cinco en vez de un seis cinco.

Repito la operación, y esta vez es mi cobardía la que, incomprensiblemente, la que me inspira la esperanza de que haya incurrido de nuevo en aquella equivocación.

-¿Sí?

La pregunta vuelve a escucharse dos veces más, pero lejos de poder hablar lo único que puedo hacer es simplemente escuchar el ritmo acelerado de mis palpitaciones. Cuelgo. Y al volver a marcar lo hago no solo más decidido sino asegurándome de no cometer ningún error como la vez anterior.

-¿Sí?

-¿Teresa?

-Creo que se ha equivocado.

Aquella respuesta aún me infunde más valor y la serenidad suficiente como para poderle preguntar si aquel número es el que he marcado.

-Sí. Es mi número de teléfono. Pero aquí no vive ninguna Teresa.

-Disculpe, pero el otro día llamé a este mismo número y ….

A pesar de sentirme seguro, pienso que con aquella respuesta he ido demasiado lejos. Es más que posible que aquella mujer no quiera compartir conmigo o, tal vez, con nadie aquella relación con mi padre. Pero por otra parte es absurdo considerarla como un secreto dado que mi padre ya no está comprometido con ninguna otra persona.

-Oiga, ¿su teléfono es el seis…?

 Desde luego que no me sorprende que sepa mi teléfono; hoy en día los números de las llamadas entrantes, por lo general, quedan registradas en la mayoría de teléfonos. Lo que me deja perplejo y sin fuerzas para poder contestarle, es que me diga que todas las veces que ha tenido una llamada desde mi número el responsable de esa llamada haya colgado de inmediato sin mediar siquiera una palabra con ella.

Papá vuelve a hablar con esa mujer. Su conversación es igual que animada que siempre. Mientras él habla en la otra habitación, yo me encuentro en la suya. Abro el cajón de su mesita y encuentro algo que buscaba desde hace dos semanas. Una hoja de papel de color amarillo claro donde, entre un sinfín de palabras incomprensibles para mí, tan solo puedo reconocer una que me es terriblemente familiar: cáncer. 

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