Relato 31 - Misión: Matar a Dios
MISIÓN: MATAR A DIOS
El recuerdo más antiguo que tengo es el de los agentes de la D.P.I. derribando la puerta de mi insalubre casa en el este del viejo São Paulo. Quizá existan otros recuerdos aun más viejos, más felices, pero la imagen de mi madre siendo brutalmente abaleada por los emisarios de Dios los opacó para siempre, relegándolos a un rincón inalcanzable en mi memoria. Eran siete, recuerdo perfectamente el número, las contexturas, las voces distorsionadas por los parlantes, estaban fuertemente armados, ataviados con esos trajes negros antimotines que inspiraron todas las pesadillas de mi infancia. Los cascos de visores oscuros ocultaban el rostro de la muerte, soldado industrialmente sobre las facciones perdidas de los asesinos.
Vi los tres cuerpos danzar en el aire, al ritmo impuesto por las ametralladoras de Dios, hasta caer como sacos sobre la enmohecida cerámica del piso. Mi sangre estaba ahí, ganando terreno rápidamente, saliendo de los cuerpos inertes de los míos, hasta cruzar el umbral del armario donde me ocultaba y rodear las suelas de mis maltrechos zapatos. Mi madre, mi padre y mi hermano mayor volvían a mí.
Eso ocurrió en el año 82, doce años después de que se declarara la última Yihad y siete desde que seis mil millones de personas perecieran durante el día del jubileo del Primer Dios, ahora el único dios.
Nosotros mismos habíamos marcado las pautas de nuestra propia extinción. Cuando los hombres se enfrentaron finalmente en una guerra sin justos en el nombre de un mismo dios, con diferentes nombres y los mismos profetas, se sellaron indeleblemente los destinos de la especie. La guerra sumiría al mundo en el mayor de los silencios, en la hambruna y en las tinieblas. Seis años, un millar de muertos, ciudades devastadas, etnias “paganas” erradicadas para siempre, paradigmas reducidos a la nada.
Todo en el nombre de algún gran arquitecto del universo del que hoy no quedan ni los libros sagrados. Ya nadie adora a esos dioses, nadie debería, nadie está interesado. Hay un único dios, el primero, el dios que existió miles de años antes de que YHWH y Alá fuesen creados a imagen y semejanza del hombre.
En el año setenta y seis apreció EL CULTO, una secta extremista de origen desconocido, sin estructura sacerdotal ni lugar geográfico definible, ondeando la bandera de la unidad de los hombres bajo un mismo credo, pregonando el resurgimiento de un dios primigenio y corpóreo, pero del que nadie había escuchado hablar en miles de años registrados de historia y al que nadie podía ver. EL CULTO aseguraba haber hallado los restos fósiles del primero de todos los dioses en la garganta de Olduvai (la extinta Tanzania) y que éste nunca había muerto, simplemente había abandonado su cuerpo bajo los sedimentos del cañón. Al principio nadie le prestó atención a esta secta de ideas tan extrañas, desestimando el poder de tan reducido grupo en una guerra de dioses. Un año después EL CULTO se convertiría en la única religión permitida, después de que el castigo del Primer Dios cayera sobre una humanidad corrompida por sus odios, excusados en figuras celestiales que todo lo podían, pero que poco querían hacer para imponerse definitivamente.
El catorce de octubre del año setenta y siete se liberó el virus, el veinte de ese mismo mes la humanidad había perdido al ochenta y dos por ciento de sus especímenes. EL CULTO había neutralizado al arma más poderosa de la última Yihad: el ser humano.
El mayor ataque terrorista de la historia fue documentado como “el día del jubileo del Primer Dios”.
Los dioses no son genocidas, simplemente son purificadores.
Nací durante la guerra y crecí entre los cadáveres que la División de Purificación de Infieles iba dejando a su paso en las calles derruidas del viejo São Paulo, renombrada como “la ciudad central”, el mayor de los últimos tres asentamientos humanos libres del virus asesino.
La organización responsable de la liberación del virus se anunció como “los emisarios de Dios”, la facción ideológica de EL CULTO con una doctrina basada en la purificación de la humanidad hasta alcanzar el grado de pureza inicial de la especie, antes de que le diésemos la espalda al Primer Dios. Esta purificación no era optativa, o te purificabas y adorabas al Primer Dios, o morías en un acto de liberación del alma por medio de la muerte del cuerpo.
O crees, o mueres, nada nuevo.
Para esta fecha las únicas luces que develan las frías noches en las favelas de São Paulo son las de los patrulleros, esas esferas mecanizadas flotantes todo tiempo-todo terreno con visor 360 integrado que detectan a cualquiera que deambule por las calles durante las horas de oración o toques de queda. Si un patrullero te detecta, en menos de quince segundos tendrás un vehículo aerotransportado de la D.P.I. bombardeando toda la maldita favela. Pero claro, eso ya debes saberlo.
Es el terror hecho verdad, los monstruos debajo de la cama de cada niño de la ciudad central. Dios está en todas partes, Dios todo lo ve, Dios todo lo purifica.
Logré sobrevivir a mi orfandad, comiendo de los residuos rancios que encontraba en las bolsas de basura en la avenida paulista, saqueando las casas vacías de los recién purificados, mendigando, robando, siendo convenientemente fiel al Primer Dios, odiándolo profundamente. Un nómada, hijo del hambre y de la mugre. Recuerdo de aquellos días de indigencia las enormes concentraciones de personas colmando las calles principales de la ciudad, bajo aguaceros ácidos, entre la oscuridad de un planeta condenado a perecer y la estridencia discursiva de un predicador que anunciaba más y más purificaciones subido a una inmensa tarima, proclamándose como la voz del mismísimo Primer Dios, escuchado por una multitud autómata, sin mayores indicios de vida que la acción mecánica de respirar el smog de la ciudad central. Los enormes altavoces hacían imposible huir de la prédica, esa voz carrasposa, de un hombre al que ni siquiera se le podía ver el rostro, llegaba a cada rincón de la ciudad, a los teme-temes, las favelas, el alcantarillado. Nuestra canción de cuna, las amenazas de un dios insaciable, las advertencias de un nuevo jubileo, las amenazas de un mundo peor.
Mundo peor. Nunca he creído que sea posible.
Ni siquiera tenemos mundo.
Muchas veces estuve entre esas gentes, simulando devoción al Primer Dios, respeto por sus profetas, aferrándome a una vida inútil, insignificante. Muchas otras veces preferí arriesgarme a ser detectado por los patrulleros antes que autoflagelarme bajo la lluvia contaminada de estos cielos malditos. Fue durante esos escapes que aprendí a abrir los ojos y a afinar el oído. Escuché muchas cosas indecorosas en las calles, así que también aprendí a mantener la boca cerrada, a no llamar demasiado la atención, a seguirles el paso a las ratas a las orillas de la Marginal Tietê para escapar de la D.P.I. y de sus máquinas de muerte. A los quince años de edad escuché hablar por primera vez del ejército de los santos, grupo cuya existencia EL CULTO se esforzaba en desestimar.
Ese era el mensaje oficial, en el teatro de operaciones real todos los agentes de la D.P.I. estaban dispuestos a la captura y purificación de los miembros del ejército. Siempre atrapaban a alguien, aunque no perteneciera precisamente al “ejército del mal”.
Por las cosas que se decían del ejército de los santos, sus integrantes no tenían ninguna relación con la santidad clásica ni la moderna. Casi de inmediato me sedujo el modo de actuar de éste grupo: matar a los emisarios de Dios.
El ejército sólo me aceptó como miembro de las fuerzas de campaña cuando fui capaz de disparar una bazuca sin salir volando diez metros hacia atrás. Para aquél entonces yo no sabía muy bien en qué me estaba metiendo, lo único que me impulsaba era la posibilidad de asestarle un golpe a ese Primer Dios que me lo había quitado todo. Después me hice menos egoísta, fui entendiendo los verdaderos móviles del Ejército. No era un cúmulo de individuos traumados buscando venganza, no era un montón de nostálgicos del viejo orden religioso.
El Primer Dios era enemigo de la existencia humana, el Primer Dios debía ser erradicado de las mentes aleccionadas.
El ejército de los santos lucha por un derecho inalienable que se nos otorga con el nacimiento: el derecho a existir. Todas las criaturas de la tierra luchan a diario por hacer valer ese derecho, nosotros no deberíamos estar exentos. La vida es nuestro único dios.
Empecé como todos, en las calles como espía, eso era lo que mejor sabía hacer. Debía dar parte de todo lo que escuchara, verdades y mentiras, al jefe de seccional del ejército en el distrito Cidade Tiradentes, el lugar en donde fui reclutado. No era el más complejo de los trabajos, bastaba con pararse en una esquina a observar y a escuchar, pero de ello dependía la expansión del ejército, siempre en búsqueda de potenciales reclutas. La gente no hablaba mucho, EL CULTO había secuestrado todas las viejas ideas de la humanidad, incluyendo aquella farsa de la libertad de expresión. Como ya dije, lo mejor era callar, nunca se sabía quién era un agente de la D.P.I. o cuán cerca estaba un patrullero. Pero a medida que me fui adentrando en los tugurios más peligrosos de la ciudad, fui descubriendo nichos de pensamiento, los escondrijos de aquellos que de día adoraban al Primer Dios como cualquier aleccionado, pero que de noche perdían los antifaces y conspiraban, conspiraban pensando por sí mismos, remembrando aquellas épocas anteriores al segundo oscurantismo.
Con el tiempo me fueron fijando labores internas menos interesantes, ayudante de cocina, limpiabotas, mantenimiento de armas, vehículos. No me quejaba, me gustaba servir en el ejército, era mejor que comer basura en las calles.
Luego fui asignado a las rondas nocturnas, labor bastante peligrosa y que implicaba ganancia de estatus dentro de la organización. Era un trabajo solitario, aunque muchos otros miembros del ejército desempeñaran la misma función en otros distritos de la ciudad. Se me dotó con un arma, explosivos y un localizador, éste aparato marca la trayectoria de todos los patrulleros que rondan las calles durante la noche. Yo debía minar el camino y hacer estallar las bombas en el momento exacto en que pasaran los patrulleros. Logré destruir veintisiete máquinas yo solo, por lo que no tardaría en llegar mi siguiente ascenso.
Al enterarse de mi desempeño en las rondas, el jefe de seccional me recomendó al edecán de uno de los cabecillas del ejército, cuyo nombre permanece en absoluto secreto, incluso para los oficiales medios. Fui puesto bajo el mando directo de éste edecán, capitán muy joven y encargado de las tropas de comando. Yo tenía diecisiete años cuando entré a las fuerzas de infiltración, el capitán tenía veintiuno.
En el año 89 nos ordenaron asesinar al jefe local de la D.P.I., el profeta Yuri Steklov, el hijo de puta que firmó la sentencia de mi familia luego de que un vecino y chivato nos denunciara con EL CULTO por no asistir a la segunda oración de la tarde.
Cuatro de mis compañeros fueron asesinados durante la operación, otros dos capturados, dados igual por muertos. Al entrar a las fuerzas de comando se hace el juramento de silencio absoluto, cosa imposible de lograr en vida. Los torturadores de la D.P.I. cuentan con medios de sustracción de información muy superiores a la voluntad humana, como el “delator de sueños”. A los prisioneros se les interna durante días en la “incubadora”, un recinto cilíndrico que gira eternamente en torno a un origen, no un eje. Al desgraciado se le administra una dosis constante de tranquilizantes, mientras el cableado adherido a su cráneo extrae toda la información que la D.P.I. considere pertinente. El prisionero bien puede ser mentalmente rehabilitado para usos indecibles, o ir directamente a la sala de purificación. Por esta razón, si se es capturado, morir es la más plausible de las opciones. Dadas las circunstancias, sería ofensivo hablar de suicidio, prefiero pensar en la dignificación de la muerte.
A pesar de los pesares, logramos asesinar a Steklov frente a su esposa y sus hijos mientras cenaban en un restaurante de la nueva ciudad. Era un duro golpe para el ideal supremacista de EL CULTO, los emisarios de Dios también podían morir.
Le disparé seis veces en la cabeza, hasta que los gritos de su mujer me regresaron a la realidad. Debía huir de ese lugar, mi uniforme impregnado con la masa encefálica del profeta era la única prueba que tenía para sustentar los eventos de esa noche. Sí había ocurrido. Un profeta había muerto. Yo mismo lo había asesinado.
Y de allí a una percepción superior de la vida y de la muerte había sólo un paso. No tardamos en convencernos de que ni siquiera un dios podría escapar de la muerte.
Lo asumimos como una verdad irrevocable, ese era nuestro verdadero rumbo, no bastaba con el asesinato selectivo de unos dementes que se habían atrevido a exterminar a su propia especie, tampoco era suficiente la reeducación de nuestros hermanos, cegados por una doctrina abusiva que apenas les dejaba tiempo para pensar en qué comer. No importaba a cuantos hombres de EL CULTO pudiésemos suprimir, había que acabar con la fuente de toda la insania humana: el Primer Dios.
La operación fue organizada directamente por el buró central del ejército. Para el invierno del año 90 nuestros infiltrados en la D.P.I. habían descifrado suficiente mensajería de la secta como para confirmar la existencia de una sala de adoración principal en la ciudad de oriente, a la que nadie tenía acceso y que se había reforzado dramáticamente conforme fue creciendo el número de profetas asesinados. El Primer Dios, fuese lo que fuese, estaba en Nairobi.
El éxito en el asesinato de Steklov me garantizó un lugar en la operación.
Sabíamos que las probabilidades de salir con vida eran muy bajas, pero no tan bajas como las probabilidades de tener éxito. Además, no teníamos la certeza de lo que encontraríamos en Nairobi. Si era o no un dios, ya me iba dando igual, pero no podía hacerme el indiferente ante los obstáculos que debíamos saldar para llegar al centro de adoración. EL CULTO tenía resguardado el lugar con miles de agentes de la D.P.I., patrulleros, cazas, tanques, de todo, la forma más hacedera de acceder al sitio era durante una confrontación militar, pero el ejército de los santos aún no contaba con la fuerza necesaria para aventurarse a una campaña de ese tipo. Tendríamos que jugar a la infiltración.
La sede principal de EL CULTO y palacio de gobierno, el Kenyatta International Conference Centre se erigía desafiante entre las ruinas de Nairobi, la antigua capital de Kenia, actual capital religiosa del mundo purificado. Una ciudad gobernada con puño de hierro, ferozmente militarizada y condenada al eterno estado de sitio. Su población está mucho más aleccionada que la gente escurridiza de la ciudad central, la oración es su único instante de existencia, repetitiva, una maquinaria entregada a la adoración. Terminados los ciclos de oración, todos desaparecen, como si jamás hubiesen estado, una pesadilla gasífera, el más profundo de los abismos, la nada. Los Keniatas, desde hace más de medio siglo, no tienen color de piel, no tienen lengua ni historia. Son gente de todo el antiguo mundo, confinados en una ciudad incapaz de soportar los éxodos de tantas décadas. El flujo de personas la sumió en la enfermedad, la extrema miseria y la anarquía, la guerra la devastó, EL CULTO llegó para fundirla.
El Kenyatta International Conference Centre, el aposento del Primer Dios. Tendría que haber sido una tarde normal en Nairobi, el tercer ciclo de oración estaba programado para las dos de la tarde, y hasta que la desgarradora voz del director de adoración local no se escuche en cada esquina de Nairobi, las calles permanecerán desiertas, inmersas en la inmundicia de la soledad.
Los patrulleros abundan, son miles, São Paulo jamás ha caído bajo ese nivel de subyugación, en Nairobi es literalmente imposible no pensar en el Primer Dios. Están en todas partes, rondan a toda hora, como estrellas asesinas, levitando entre los residuos óseos de la inanición.
Desde que EL CULTO se asentó en el poder, Nairobi ha sido una ciudad silenciosa, imperturbable, rígida como una barra, y quebradiza ante la aplicación de los más mínimos esfuerzos. Nairobi no sabía que esa tarde aparecerían las primeras fracturas, evidencias de la insostenibilidad de la tiranía teística.
A las dos con treinta minutos empezó a escucharse el silbido, el presagio de una brisa asustadiza. Dos minutos después el estruendo de una explosión.
Es nuestra distracción. Probablemente el capitán 10 ya esté muerto, él lo sabía, todos lo sabíamos.
A diez capitanes se nos ha encomendado la supervivencia de la especie, y todos entendimos desde un principio que no podríamos disfrutar de esa supervivencia.
Para esta operación tan crucial nos dirige el capitán 1, nativo de la extinta Mombasa, hijo adoptivo de Nairobi desde su infancia así que conoce mejor la ciudad que cualquiera en el ejército. Un hombre al que conocí hace unos pocos días, pero que se ganó inmediatamente mi respeto y admiración. El capitán 1 no exigía nada que él mismo no estuviese dispuesto a hacer. Nos guió a través de los conductos sanitarios de Nairobi, el foco de toda pestilencia, en dirección al palacio de gobierno. Era obvio que bajo las calles también hubiesen patrulleros, estábamos preparados para enfrentarlos.
Mis pies se humedecen, los fluidos ya fríos se cuelan por mis botas, debemos seguir la estela de ratas muertas.
Aceleramos el paso, si bien la bomba en la torre de comunicaciones de Nairobi ha desviado a los patrulleros superficiales, no tardarán en descubrir que se trata de un truco, reforzarán el edificio.
Los planos del edificio están en nuestras mentes, los hemos memorizados todos, cualquiera de los capitanes puede llegar al salón en donde muy probablemente esté Dios. Si Dios es corpóreo, entonces debería poder morir. Sea lo que sea que los fanáticos de EL CULTO escondan allí, su objeto de adoración debe ser destruido.
El capitán 3 cae a mi lado, la bala le atravesó el cuello. No sabemos de dónde vino, pero rápidamente nos replegamos, tomando posiciones para contrarrestar el ataque. Se escucha una ráfaga de ametralladora, el destello de los disparos revela la posición del tirador. El capitán cinco dispara hacia la oscuridad, protegiéndose detrás de una mohosa pared de alcantarilla. Yo miro desde el suelo, resistiéndome a la corriente de aguas negras que viajan en contra flujo. Se escucha un ruido metálico, la ametralladora ha caído al suelo, el tirador ha de estar muerto. El capitán 1 hace la seña de avanzada, toma la posición delantera, caminando cautelosamente entre la oscuridad de la caverna. Sabe que hay más, que los vigías ya están alertados de nuestra presencia, y si no lo estaban, ese agente debió informar de la infiltración antes de disparar o antes de morir.
El primer capitán sigue avanzando, con paso precavido pero decidido, no hemos llegado tan lejos como para retirarnos por causa de una resistencia programada. Veo los cuerpos en negro y diferentes tonalidades de verde, oscilando entre la penumbra de los conductos. El primer capitán se detiene, observa su detector, instintivamente le echo un vistazo al mío. Patrulleros, tres de ellos moviéndose en direcciones aleatorias, pero que tarde o temprano terminarán confluyendo hasta nuestra ubicación. Al parecer la D.P.I. no ha sido avisada, los patrulleros hacen una ronda común, de lo contario estarían viajando directamente hacia nosotros adrede.
La destrucción de los patrulleros activará todas las alarmas, tenemos dos opciones: evadirlos y retrasar lo inminente o destruirlos y asumir las consecuencias inmediatas.
La decisión debe ser tomada pronto, dos de los patrulleros se aproximan, llegarán con tres segundos de diferencia, uno viene desde el centro de la ciudad, el otro levita a través del ducto 47, ambos desembocarán en el ducto 45, en donde estamos.
El capitán 1 hace la seña de rigor, su mano cerrada en un puño se abre en el aire. Haremos explotar a esas malitas máquinas de dios.
Corro hacia el ducto 47, el primer patrullero llegará por ahí. Se precisa una sola explosión para acabar con los dos. Los chapoteos de mi carrera rompen el silencio, el comando de infiltración desaparece bajo la fina capa de agua tiznada mientras yo activo los explosivos justo entre las dos salidas. La luz roja del reloj no es tan fuerte como para iluminar los ductos. Me doy la vuelta y me reúno con los capitanes.
El detector brinca entre mis dedos, se aproximan, cinco segundos, cuatro, tres, dos… uno…
La luz tuerta del primer patrullero desnuda las grafiadas paredes del desagüe, al parecer no somos los primeros en transitar por esos apestosos rumbos, las paredes garfiadas con mensajes de odio hacia el Primer Dios nos dejan una grata lección: no somos los únicos.
No podíamos ser los únicos. En el preciso instante en que el segundo patrullero aparece el contador de la bomba se pone en cero. La explosión es atronadora, toda la estructura tiembla mientras los patrulleros se derriten el uno contra el otro, fundiéndose en una agónica advertencia de invasión. Es hora de desaparecer. La D.P.I. ya sabe que hay alguien en los ductos.
El capitán 1 da la orden de despliegue, hay tres entradas que dan hacia el alcantarillado interno del edificio.
Nos separamos en tres grupos, yo y el octavo capitán seguimos al cabecilla de la operación a través del ducto 14, que da directamente al edificio, los otros cinco se dividen en dos grupos, tomando el ducto 12 y 13 respectivamente.
Se escucha la alarma, el ruido viene desde la calle, la D.P.I. no está acostumbrada a los ataques en Nairobi, si las dos explosiones hubiesen ocurrido en la ciudad central ya estaríamos rodeados. Tenemos la señal codificada, nuestros comunicadores están sincronizados con la onda exclusiva de la segunda comandancia de la D.P.I., por desgracia la primera comandancia es la encargada el resguardo del palacio, pero al menos sabemos que los agentes asignados a la pacificación de la torre de comunicaciones han recibido la orden de regresar al palacio.
No es un consuelo saberlo, pero es mejor saberlo.
A la mitad del catorceavo pasadizo hay una escalera, da con la tapa de registro del estacionamiento del edificio. Sabemos a dónde vamos aun cuando nunca hemos estado allí.
Tercer piso, los laboratorios centrales de EL CULTO.
La luz del estacionamiento nos recibe sin agresiones, nos abalanzamos hacia las escaleras, debemos cruzar unos veinte metros de sótano.
Las botas rechinan, mi cuerpo exuda adrenalina, mi corazón late desenfrenadamente, estamos cerca, estamos en el epicentro de la hecatombe mundial.
Podemos matar a Dios…
Allí está el umbral, uno, cinco, diez escalones, en el primer descanso aparece la D.P.I. El enfrentamiento es inevitable, El capitán 1 me ordena seguir otra ruta. No existe otra más que el ascensor, y probablemente al abrirse la puerta me reciban con una lluvia de disparos. Los dos capitanes se quedan en las escaleras, van a morir, eso es seguro.
Llamo al ascensor, es una locura, una estupidez. A mis espaldas las sombras oscilan, escucho los pasos azarosos, disparos, pero no son para mí. El tercer grupo ha alcanzado el estacionamiento, sirven de apoyo a mis dos compañeros, el primer capitán da la orden de que alguien me acompañe, luego de eso es atravesado por una bala, veo su cuerpo desplomándose escaleras abajo. La puerta del ascensor se abre, yo aguardo a un costado, mi nuevo compañero, el capitán 6, hace lo mismo a la derecha. Ambos nos ponemos frente a la puerta apuntando nuestras armas.
Mueren dos laboratoristas y un agente de la división de purificación de infieles. No nos molestamos en retirar los cuerpos, el olor metálico de la sangre nos acompañará hasta el tercer piso, pero antes, debemos ser más astutos que nuestros enemigos.
Yo tomo la bata de uno de los laboratoristas, el noveno capitán el uniforme del agente. Carnet de entrada, resguardo armado. Marcamos el piso tres, pero está bloqueado. El capitán 6 me hace señas, recordándome que el cadáver del laboratorista aun nos puede ser de utilidad. Lo levanto, no sin esfuerzo, pongo su ojo frente el detector, su mano ensangrentada contra la placa traslucida de verificación dactilar.
Identidad confirmada: Doctor Robert VanWattum, laboratorista residente. Permiso concedido. El ascensor se cierra, la luz azulada se cierne sobre nosotros, la sangre en las paredes se torna purpúrea, la muerte de quienes están a favor del Primer Dios no nos conmueve.
La voz de una mujer anuncia nuestra llegada, las puertas se abren para develarnos una locura generalizada.
La gente va de un lado a otro, corriendo como si se tratase de un ataque nuclear. Tal parece que nuestra infiltración ha despertado los mayores temores de EL CULTO.
Mi compañero y yo avanzamos a través de los pasillos atestados de laboratoristas en huída. Los soldados entran y salen de los incontables laboratorios. Sólo vemos puertas a los costados, sabemos que una de ellas da con el centro de adoración, donde se oculta Dios. Nadie ha notado aún que no pertenecemos a ese lugar, hasta que se escucha el grito de alguien que ha encontrado los cadáveres en el ascensor.
Un contingente de soldados pasa junto a nosotros, en dirección al lugar de la tragedia.
No tarda en aparecer el infaltable “son ellos”.
Sacamos nuestras armas y comenzamos a disparar, sin saber bien a quién.
Tomo un rehén como escudo, no me importa de quién se trate, sólo sé que tiene una bata blanca y que se va a morir. En efecto, los agentes de la D.P.I. pasan por alto su pertenencia a la organización y abren fuego. Las balas no atraviesan el cuerpo del laboratorista, pero no es fácil usar un cadáver como escudo. El sexto capitán no ha tenido tiempo de realizar esta maniobra, se desploma, vencido por las balas. Estoy solo, y ellos están en todas partes, la alarma se ha activado, pronto vendrán más. Veo el cuerpo del capitán 6 retorciéndose en el suelo, víctima de los espasmo de un sistema moribundo. Me mira directo a los ojos, y yo llevo mi mirada hacia su mano derecha.
Entiendo el mensaje, antes de que los agentes me alcancen, una nube roja se apodera del recinto, yo me pongo mi mascarilla de resguardo para las campañas en el mundo contaminado. El gas avanza rápidamente, y yo debo hacerlo también, el capitán 6, en plena agonía, me ha dado una última oportunidad de acceder al salón de adoración.
Y corro hacia el laboratorio 235.
Voy a matar a Dios.
Me abro paso entre los cadáveres envenenados de los agentes y los científicos. La puerta se ve como todas las otras, nadie creería que ocultan allí su mayor tesoro. Está cerrada. No tengo tiempo para pensar, coloco un detonador en la placa de reconocimiento, la voz mecanizada me advierte de la prohibición de dicha acción, pero es interrumpida por la explosión.
La puerta ya no existe, ahora no es más que un enorme boquete, que da acceso al salón más grande que jamás mis ojos hayan visto.
Es un enorme cuarto oscuro, quién sabe qué tan alto estará el techo, pero el eco de mis pasos podrían darme una idea, ocuparía al menos unos cuatro pisos del edificio.
No hay nada allí, más que una línea verde fulgurante que se extiende desde el suelo hasta al menos unos tres metros de altura. Al acercarme más tomo conciencia. Se trata de una cápsula de reconstrucción, y lo que está cociéndose en los líquidos de depuración no es un dios.
Entre millones de burbujas, en un líquido verdoso y brillante, está inmersa la figura de nuestro origen.
No es un dios primitivo, es el primer hombre.
De sus fósiles han reconstruido su cuerpo.
Todo éste tiempo nos han obligado a adorarnos a nosotros mismos. Quizá tenga algo de lógica, darle la espalda a los dioses para centrarnos en el hombre como la máxima deidad, nosotros creamos a los dioses, nosotros somos Dios.
Y aun en medio de la insania colectiva y el juego de los grandes titiriteros, atravesado por un rayo de raciocinio repentino, cargo mi pistola con una bala de máximo poder y la levanto para disparar.
En ese preciso instante, presa de un instinto de supervivencia forjado durante miles de años, el primer hombre, un inicial homo sapiens, abre sus ojos y me apuñala con su mirada.
No veo en él más que al núcleo incontrovertible de toda la maldad. Sus ojos inyectados, llenos de temor y odio, no son suficiente disuasión. Disparo hacia el cristal, y la última expresión del Primer Dios es la de un niño que está a punto de llorar.
La explosión me quema parte de la cara, pero del Primer Dios no han quedado ni las cenizas.
Lo hicimos. Logramos matar a Dios.
Por desgracia, sólo ahora puedo estar seguro de que siempre fuimos unos ingenuos. Matar a ese hombre original no nos salvará de la opresión.
Existe una razón por la cual no me quité la vida inmediatamente cuando los agentes de la D.P.I. irrumpieron en el salón.
De todos mis compañeros sólo yo pude llegar al salón de adoración, ver lo que escondía EL CULTO, mirar al Primer Dios directo a los ojos. Yo lo hice estallar en mil pedazos, destruí la única evidencia que quedaba del punto de partida de nuestra especie como hoy la conocemos. Y todo para nada, porque EL CULTO seguirá oprimiéndonos, con o sin un dios. Pero me queda un pequeño consuelo, casi nulo, pero sé que allí está.
Siempre culpé a los hombres por las desgracias que históricamente cayeron sobre ellos mismos. Si Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios, eso ya no importa nada. La única verdad que nos ha acompañado desde el alba de nuestra existencia está oculta en nosotros, pero no somos lo suficientemente introspectivos como para olvidarnos por un instante de los demás y mirar hacia nuestro interior. La religión de otro, el color de otro, las costumbres de otros, todo nos molesta, porque no encontramos satisfacción en nosotros mismos.
Y no encontramos porque no buscamos.
En unos minutos seré trasladado al delator de sueños, luego probablemente seré purificado. Pero no permitiré que eso pase. Así como cuento con éste dispositivo de grabación, cuento con una píldora de la muerte cocida a mi piel.
Sólo espero que cada prisionero que pase por esta celda pueda encontrar este archivo, y descubra esa verdad interna antes de morir.