Relato 3 - Agua de rosas

Carmen anheló sostener un cigarrillo rubio entre los dedos índice y corazón para poder lanzar la colilla al suelo con un gesto grave y con un movimiento de tacón apagarlo. Pero no llevaba cigarrillos en el bolso, tan solo un paquete de pañuelos, la tarjeta de identificación, la del seguro médico y la del transporte, sin contar  un pequeño monedero con algunas monedas y dos billetes de bajo valor.

En verdad, había dejado de fumar al inicio de su primer embarazo, cincuenta años atrás, y no había sentido la necesidad de recuperar el vicio tras el parto. Siempre que lo pensaba se reía de si misma. Había empezado a fumar cuando no estaba bien visto que las mujeres fumasen, aún recordaba los pitillos fumados a escondidas de su padre y ahora que nadie la señalaría con el dedo, allí estaba, chupando un caramelo de eucalipto.

Respiró hondo para darse ánimos antes de entrar en el edificio. No era fácil dar el paso, malas ideas recorrían su mente, pensamientos negativos. Siempre había pensado que hablarlo antes de tiempo era llamarla.

Saludó al portero con un “buenos días”, quien respondió a su vez mientras seguía rellenando el boleto de una lotería que no esperaba ganar, pero que rellenaba religiosamente todas las semanas. Carmen se encaminó hacia el ascensor, situado cuatro escalones más arriba. Una vez delante del mismo sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la falda para pasárselo por la cara, se sentía sofocada; el pegajoso calor de julio tampoco la ayudaba. A su edad no debía caminar tan deprisa, no sin consecuencias. Sabía perfectamente que debía haber salido antes de casa y no demorarse hasta que ya era demasiado tarde para llegar puntual a la cita. Y es que ya no era la joven que salía a correr todas las mañanas. Esa Carmen ya había dejado de existir. Como tantas otras.

Pulsó el botón de llamada. Llegaría tarde. Ya llegaba tarde.

Un desconocido se colocó detrás de ella. Carmen se apartó levemente hacia su derecha y el hombre aprovechó el espacio para avanzar un paso y colocarse al lado de Carmen.  Los dos se miraron de reojo, pero no se saludaron pues era la primera vez que se veían.

El ascensor se detuvo escupiendo a los cinco ocupantes que transportaba casi encajonados. Carmen los miró con un suspiro de alivio. Nunca le había gustado subir en ese ascensor atestado, siempre temiendo que el viejo ascensor no aguantase el exceso de peso. Por suerte, en ese viaje solamente eran dos, el desconocido y ella misma. Entraron, Carmen primera y el señor detrás.

—¿A qué piso se dirige, señora? —preguntó el señor de cabello blanco y zapatos de marca, con la mano levantada a pocos milímetros del panel con los botones que indicaban los pisos en los que paraba el ascensor.

—Al décimo, gracias —contestó ella.

El compañero de viaje pulsó el botón correspondiente, el que estaba situado más arriba.

—¡Qué casualidad! Yo también voy a ese mismo piso —comentó el hombre, esperando una respuesta que no iba a llegar.

Silencio. Carmen no despegó los labios. No tenía ganas de hablar. No pensaba decir nada, bastante nerviosa se encontraba ya. Quince pisos más arriba le esperaba su abogado, el que había sido el abogado de la familia desde… desde siempre, se podía decir. Antes que él su padre había sido el abogado de la familia de su marido. Había llegado la hora de formalizar sus últimas voluntades. No tenía ganas de vivir. Ya no tenía por lo que vivir. Su amado había muerto siete meses atrás y sus dos hijos vivían demasiado lejos. Nadie a quien cuidar. Nadie que la cuidase. Pocos amigos quedaban ya, la mayoría ya había zarpado definitivamente. Creía con firmeza que pronto ella también embarcaría en un viaje sin retorno y prefería dejarlo todo bien atado, no le fuese a ocurrir como a su amado Carlos, muerto de la noche a la mañana. Una mañana de domingo, justo después de finalizar las fiestas navideñas, Carlos no había despertado a la llamada de su mujer, que lo esperaba en la cocina con el desayuno puesto, dos tostadas con mermelada y un café con leche de avena.

 —¿Sabe? Yo voy al matasanos —dijo el hombre interrumpiendo sus pensamientos—. Sé lo que me va a decir, ese sinvergüenza. Dirá que tengo que cuidar de mi corazón, ya lo estoy viendo. ¿Sabe? De joven fui un bala perdida, ¿sabe? Y ahora lo he de pagar. Es lo justo. Todo se paga en este mundo, tarde o temprano.

Carmen no abrió la boca. ¿Por qué iba a hablar con un desconocido en un ascensor? De nada lo conocía, incluso se sentía molesta por el vocabulario del tipo, ¿qué era eso de hablar de un doctor con tan poca educación? ¡A saber los antecedentes de “ese”! Verdaderamente, ella no le había dado confianza para que le dirigiese la palabra como si fuesen viejos amigos. ¿Es que no se daba cuenta de que ella necesitaba paz? Frunció el ceño levemente, acusadora.

—No me siento orgulloso de mi pasado —continuó, aunque sin comentarlo se había dado cuenta de la actitud de ella—. Casi no me arrepiento de nada, solamente de una cosa. Ya se sabe que las cosas del corazón son las que nunca se olvidan. ¿Verdad?

De joven herí a una dama. La abandoné. Salí corriendo como un cobarde cuando ella me dijo que nos teníamos que casar lo antes posible. ¿Casarme?  Esa palabra sonó como una sentencia de muerte para mí. Yo deseaba vivir, ser libre y no atarme de por vida. Sesenta años han pasado desde la última vez que la vi. La última vez que la besé. Aún recuerdo su fragancia. Recuerdo ese perfume que yo le regalaba por su cumpleaños. Estaba con hermosa con él. No necesitaba nada más, solamente agua de rosas.

El corazón de Carmen dio un vuelco involuntario. Un suspiro nació en sus labios. ¡Cuántos recuerdos! Jamás olvidaría la última vez que su marido le había regalado un frasco de agua de rosas, en esa última Navidad. Su último regalo. 

De pronto el ascensor se detuvo bruscamente entreplantas. Un pensamiento raudo cruzó la mente de Carmen. ¿Iba a cumplirse su miedo justo antes de arreglar los papeles? ¡El destino no podía ser tan malvado!

—Creo que los dos llegaremos tarde a nuestras citas. A mi no me importa, lo que me va a decir ya lo sé, pronto estiraré la pata. Lo sé —dijo el compañero de ascensor golpeándose el pecho— y no tengo prisa por oír al doctor decir que si me porto bien viviré muchos años más. Eso no sería vivir. 

_¿Cree que tardará mucho? —preguntó Carmen casi sin voz.

—¿Yo? Lo cierto es que no lo sé con certeza.

—El ascensor, quiero decir —aclaró Carmen con las mejillas ardorosas — ¿Sabe si tardará mucho en ponerse en marcha a otra vez?

 

—No lo creo, señora. ¿Va usted al médico, también? He de decirle que no parece enferma, aunque la veo algo alterada. Este calor no siente bien a nadie.

—No, no voy al doctor —Carmen no dijo una palabra más, no era necesario. En ese décimo piso únicamente había dos opciones, la ley y la salud.

Cinco minutos después el ascensor volvió a ponerse en marcha. Carmen se volvió a pasar el pañuelo por el rostro para que absorbiese el molesto sudor. El perfume de agua de rosas se deslizó por la limitada estancia. Él aspiró con deleite. Ella volvió a enrojecer a su pesar.

 —Yo también lo utilizo, mi marido me regalaba un frasco todas las navidades —dijo ella sin entender porque le daba una explicación.

Él la observó. Todavía era una mujer guapa, de joven debía ser una belleza. Llegaron al décimo piso y el ascensor se detuvo. Se miraron. La puerta se abrió. Los dos salieron al rellano, Carmen debía dirigirse a la derecha y Daniel a la izquierda, pero por unos segundos ninguno se encaminó hacia su meta. Ahora, allí arriba, Carmen deseo ser aquella joven atlética y no una vieja que temía la muerte. Finalmente, Carmen avanzó hacia su vecino de viaje, vio como él volvía a inspirar, como la recorría con los ojos. Y ella se sintió mujer, con un sentimiento olvidado ya, enterrado en años de un matrimonio feliz pero monótono.

—Perdón —pidió Carmen al pasar por su lado.

—Me llamo Daniel —se presentó él cuando ella ya estaba situada a su espalda.

Carmen se giró hacia él.

—Yo me llamo Carmen —dijo ella y siguió caminando hacia su cita.

Daniel hizo lo propio. Al llegar a la puerta de la consulta médica no pudo evitar girarse para ver como ella entraba en el despacho legal. Se prometió salir a tiempo para bajar con ella en el ascensor. No podía perder de nuevo a una mujer que vestía agua de rosas. Ese error no lo podía cometer de nuevo.

Veinte minutos después el doctor le atendía, tras sentarse en la silla Daniel sonrió con picardía para decir:

—Buenos días, doctor. Dígame que debo hacer para vivir cincuenta años más. Le prometo que le obedeceré. Tengo una buena razón para vivir al otro lado del pasillo.

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