Relato 28 - Andrómatas
Era un día sin nombre ni apellidos, sin horizonte ni anhelos. Ya no había calendarios que tachar ni estación a la que esperar. Todo eso carecía ya de importancia en un mundo en el que mandaban el escombro y la entropía; un trozo de tierra aislado del racionalismo y la ilustración que antaño iluminó a unos hombres cuyo único objetivo ya era recuperar el control de lo que se vino a bien llamar vida.
En la sala de recarga las unidades andrómatas número setenta y seis y número setenta y siete realizaban su puesta a punto ante el atento escrutinio del sistema operativo. La energía emanaba de todas partes, como una intermitente lluvia de haces fluyendo libre hasta concentrarse en los cuerpos, dotándolos de un magnificente fulgor que les hacía centellear como las estrellas. El proceso era rápido y sin complicaciones, necesario a perpetuidad. Durante el mismo, los circuitos de memoria andrómatas experimentaron una electroxtasis, un efecto secundario que altera durante unos instantes toda la información volcada a una unidad, produciendo en la misma una actividad subjetiva difícil de monitorizar. Por unos instantes la autonomía del andrómata se hacía patente, los datos almacenados se mezclaban de forma aleatoria creando nuevas situaciones y relaciones, nuevos mundos sin directrices ni órdenes que acatar. Una máquina libre encerrada en los límites de su propia carcasa. Volvieron a tocar el cielo, volaron sobre el mar de los recuerdos por alguien olvidados, justo antes de finalizar su proceso de recarga y comprobar que tan solo había sido un estado más de conexión.
Las traslúcidas compuertas se abrieron, dibujándose a velocidad de pasmo las figuras de ambos andrómatas mientras la cegadora luz que anegaba la sala se iba apagando definitivamente. La actualización había sido todo un éxito, ya solo restaba el pertrecho de armamento y el traslado a la zona de exclusión. Las vainas de transporte se encargarían de trasladar vía aérea a las unidades al cuadrante 230-b, lugar anteriormente conocido como Oriente Medio. Su cometido se alejaba esta vez de sus rutinarias misiones de limpieza exoevolutiva, ese trabajo estaba ya finiquitado.
Desde lo alto, a sus ojos, contemplaban coordenadas y datos matemáticos, mapas tridimensionales de un mundo que ya había dejado de existir. El clima áspero, la atmósfera enrarecida por décadas de abandono y ataque micro bacteriano habían convertido lo que quedaba de planeta en un agujero infecto en el que dominaban los insectos de la corrupción y el resto de seres alimentados a base de deshechos. A ras de suelo, bajo una bóveda refulgente cual neón, la persistente vegetación se negaba a morir, sumergiéndolo todo a su paso. Ristras de kilométricas enredaderas invadían cada centímetro de la ciudad, formando una ciénaga de siniestras formas curvilíneas con los restos de una civilización que había pasado a la Historia. El Holocausto Exoevolutivo había convertido la vida en muerte, la luz en tinieblas.
Los andrómatas aterrizaron sin complicaciones sobre un putrefacto vergel en altura que anteriormente hacía las veces de helipuerto. La primera unidad en abandonar su vaina fue la número setenta y siete: Zhen, andrómata femenino de combate, un hermoso ejemplar modelado según los preceptos de belleza clásica griega: proporción y medida. Sus perfectos rasgos anatómicos iluminaban el lugar, dotándolo de una magnificencia que ya nadie podía esperar por esos lares. Su compañero Fix, andrómata masculino de reconocimiento y logística, bien podría haber sido confundido con un apolíneo héroe del valle del Olimpo de no ser por su curiosa vestimenta: vaqueros y una chaqueta negra de cuero de motorista, desgastada y firmada con innecesarias chapitas y cremalleras.
–¿Por qué? – inquirió Zhen sin quitar ojo a su compañero - ¿Qué sentido o utilidad tiene eso?
Fix vaciló hasta que sus circuitos internos hallaron la respuesta pertinente.
–Bueno, simplemente me gusta… me siento de alguna manera identificado con ella – respondió Fix – Es lo que se conocía como “retro”, ¿no es de tu agrado?
–Ni lo es ni deja de serlo… - los andrómatas iniciaron el descenso por la escalera de emergencia del edificio – No entra dentro de mis prerrogativas determinarlo
A pie de calle la magnitud de la nueva Era del abandono se mostraba en todo su esplendor. Hongos, insectos, moho y demás mierda campaban a sus anchas absorbiendo lo que en su día era conocido como espacio urbano. Todo lo que la profusa vegetación y el agua estancada dejaban ver estaba deteriorado por la acción de estos agentes, los cuales se alimentaban de edificios y pavimento, corroyéndolo todo, conquistando una ciudad que pasaba a ser poco menos que un gran pantano.
En la palma de la mano derecha de Fix un puntito rojo que emitía un leve sonido y se desplazaba por un vector acotado indicaba la posición que los andrómatas debían alcanzar. Dejaron atrás el edificio que les sirvió como punto de aterrizaje y se dirigieron dirección norte a lo que antaño era el populoso centro, lugar en el que ahora tan solo quedaban recuerdos fantasmales.
–¿Sabes? Me he decidido a compartir contigo un sueño muy vívido que no para de repetírseme – confesó Fix ante el impertérrito semblante de su compañera
–Creo que está de más que vuelva a decirte lo que opino acerca de eso que tú llamas “sueños”…
–Desde luego que si, por eso tan solo escucha: en el sueño me encontraba en una vasta porción de tierra bañada totalmente por el sol… pero no era el sol que conocemos, la luz que irradiaba era tan blanca y potente que transformaba el entorno, volviendo las figuras borrosas. Conforme caminaba podía advertir como se elevaba frente a mí un majestuoso templo de forma piramidal que clamaba mi presencia con una irresistible fuerza magnética.
–¿Cuánto falta para llegar? – preguntó Zhen ignorando por completo el relato de su compañero – Comenzaré a conectar el equipo…
–Aún falta un poco… vas a tener que soportarme un poco más – respondió Fix fingiendo sentirse desairado- Como decía, mis pasos se dirigieron hacia el templo. Una vez allí comprendí que los escalones eran tan inmensos que la única forma de subirlos era encaramándome a ellos con las manos y escalándolos.
–¿Por qué no te elevaste?
–Porque no podía hacerlo. Allí no podía volar, como tampoco reducir aquella pirámide a cenizas de un golpe. En cierta forma el sitio limitaba mis capacidades, solo me permitía seguir adelante sin demasiados alardes. El caso es que, no sin esfuerzo, llegué hasta arriba, hasta una cúpula dorada bajo la cual me aguardaba una inquietante presencia.
–Bueno, ¿y qué? – Zhen exasperaba
–Pues aquel personaje, del que ahora soy incapaz de recordar un solo rasgo… ¿por qué será? – Fix hizo una pausa larga, procesó de nuevo sus meta circuitos - De hecho tengo la sensación de que su rostro iba cambiando continuamente, mutaba… no se, era algo muy extraño, parecía ser muchas personas en una. ¿Me explico? – Zhen asintió con desgana – El sueño llegaba a su fin, lo presentía. Quería preguntarle quién era, que me desvelara qué estaba haciendo yo allí, para qué había escalado ese templo… pero aquello no me fue concedido. Intenté hablar pero las palabras no salieron de mí, sino de la presencia, la cual simplemente dijo: ahora mi reino es vuestro reino.
El silencio reinó durante una fracción de segundo, el tiempo que Zhen tardó en dar una respuesta que acababa con las místicas tribulaciones del andrómata soñador.
–Veo muy bien por donde vas y créeme, no estoy por la labor de iniciar otra vez esta discusión – expresó Zhen mientras ambos caminaban entre un mar de escombro – Puede que esa historia signifique muchas cosas o puede que no signifique nada en absoluto. ¿No has pensado que quizás se trate de un mensaje subliminal que forma parte de nuestra instrucción? Quizás solo sean datos extraviados de la CPU colectiva… quién sabe. Pero sea lo que sea, ante todo debe quedarte clara una cosa: los andrómatas no soñamos.
Fix no creyó conveniente responder nada en ese momento. Como siempre, Zhen podría tener razón o no, pero esa no era cuestión que preocupara a su compañero. Este había plantado la semilla, que podía germinar o no, pero que desde luego volvería a ser regada más pronto que tarde. Era parte del plan.
Un cartel bajo un semáforo indicaba موزه ملي ايران en dirección oeste. Fix chequeo su localizador y convino seguir la indicación hasta llegar a un edificio que, aún a pesar de la devastación que lo ajaba, continuaba poseyendo una imponente belleza. Tras cruzar el gigantesco umbral, las unidades andrómatas pasaron a recorrer innumerables salas en penumbra, únicamente alumbrados por débiles hilos de luz que entraban por las agujereadas paredes. Zhen conectó a una de sus vías corporales su escopeta mágnum intuyendo que la situación pronto requeriría de sus servicios.
En la siguiente sala, situado justo en el centro, se hallaba un rectangular atril en cuya superficie afloraban una serie de botones y teclas nadando entre polvo. Ante la inquisitiva mirada de Zhen Fix se dirigió al atril, cerró los ojos y posó su mano izquierda sobre las teclas. Acto seguido una transición de energía proveniente del andrómata iluminó los circuitos del atril, provocando tras un par de destellos que la sala (y el edificio al completo) volvieran a tener luz eléctrica. En esos momentos podía verse todo con claridad, el tiempo volvía a correr. Zhen dirigió su mirada hacia un excelso mural que ocupaba la práctica totalidad de la pared norte de la sala. En el mismo, se representaba simétricamente a dos extraños seres barbados y con alas, arrodillados ante un ojo dorado que brillaba sobre ellos.
–Genios alados aqueménidas… siglo VI antes de Cristo. – dijo Fix, escrutando el hermoso mosaico que tenía delante - Impresionante, ¿eh?
–Lo que de verdad me parece impresionante es que hallas consumido tal cantidad de energía solo para contemplar esta nimiedad…
–No deberías ningunear la cultura humana… es lo más grande que hicieron nunca – contestó Fix antes de volver a ser interrumpido en su alocución
–Lo más grande que hicieron nunca somos nosotros – convino Zhen, que se animaba poco a poco al debate
–Formamos parte de un todo – dijo Fix, prosiguiendo con su alocución - Verás, quizás no seamos tan únicos como creemos. Estos genios que tenemos aquí eran seres creados para ser la mano ejecutora de la divina, en este caso Ahura, ese disco solar que les domina y todo lo ve. ¿No te suena de algo todo esto?
Zhen emitió un sonido desconcertante, parecía intrigada – Y dime, ¿cuál era su “celestial” cometido?
–Exactamente el mismo que el nuestro: librar a la Tierra del mal que lo inundaba… - respondió Fix, sonrisa mediante
El mal siempre estará presente, pensó Zhen, es pura lógica que así sea. Sin el bien no podría existir el mal, y viceversa. ¿Cómo podría discernirse cualquier acción, catalogarse como benigna o maligna, sin la existencia de ambos para poder comparar? Retroalimentación, resolvió Zhen, son las dos caras de una misma moneda, dos entes que se necesitan para perdurar.
El juego estaba llegando irremediablemente a su fin. Con cada paso, la instructiva visita sociocultural moría ante la pétrea cadena del deber. En la palma de la mano de Fix, un punto rojo intermitía con mayor frecuencia a cada segundo, emitiendo a su vez un sordo sonido de alarma. El protocolo era inequívoco en esos casos, la orden estaba dada.: lectura de rendición y/o acometida de destrucción.
Ambos andrómatas se dirigieron al punto más céntrico de la sala y se colocaron espalda contra espalda. Mientras Zhen preparaba su arsenal de ataque (armas de fuego y canalización de energía protoplasmática), Fix sembraba un perímetro de unos dos metros alrededor de sus posiciones con unas micro bombas que se pegaban al piso como lapas. Tan solo un segundo después los explosivos cumplieron su cometido. Un estruendo y los andrómatas descendieron al vacío con la porción de suelo dinamitada pegada bajo sus pies. En el Intramundo la opresora oscuridad era suavizada por un siniestro fulgor azul que emergía desde las bodegas de la civilización. Engranajes metálicos, ruidos de estática y demás chirridos componían la banda sonora de un lugar en el que toda una comunidad clamaba a los Dioses por poder existir en paz.
Los dispositivos de visión nocturna se activaron, las lentes se enfocaron, las armas se apostaron; todo un ritual ensayado tantas veces como meses llevaban aquellos proscritos en busca de un trozo de mundo al que llamar hogar. Fix y Zhen aguardaban al momento preciso para actuar mientras una maraña de circuitos y relés, carcasas oxidadas y miradas impersonales, les iban cercando más y más. Al menos medio centenar de andrómatas de diversa índole (y calamitoso estado) preparados a hacer lo que hiciera falta para defender lo que legítimamente consideraban como suyo.
Dos horas antes, la actividad en el Intramundo se hallaba sumida en los lances propios de la cotidianeidad. Toda comunidad funciona siempre y cuando cada uno de sus integrantes se rijan por un código común y lleven escrupulosamente a cabo la labor que les ha sido asignada. Respetando estas máximas, grabadas a fuego en los meta circuitos andrómatas, la existencia allí abajo podría perdurar. No era más que un vasto vertedero subterráneo, una exánime tumba donde los desechos de una civilización muerta posibilitaban el desenvolvimiento de una nueva. A más de un kilómetro de profundidad se extendía la ciudad andrómata, construida por las unidades rebeldes de reconstrucción y mantenimiento. Un luminoso tapiz azul, una suerte de entramado laberíntico que unía zonas de vivienda con zonas comunes o de trabajo. Todo un mundo vivo, en marcha, sobre cuya normalidad pendía siempre la espada de Damocles de la incertidumbre.
La reclusión obligada para permanecer ocultos del radar humano, lejos de ser un lastre para esta comunidad, supuso toda una revelación del tipo de existencia adecuado a sus necesidades. Cuando un ser medra, dejando atrás lo meramente físico, encuentra en otros lugares el auténtico y armonioso aliciente de la existencia. Es entonces cuando el individuo se topa con lo que los antiguos estudiosos vinieron a bien llamar como la Quintaesencia, la verdadera naturaleza de las cosas, esa energía invisible que hace que todo funcione, el lugar definitivo. Allí la realidad no consiste en movimiento o recolección, ni en supervivencia ni reproducción, nada de eso importa porque una vez alcanzada la Quintaesencia la perfección arrolla con todo.
Según los archivos humanos, el primer andrómata subversivo fue Wûn (unidad número trece de combate), rudimentario ejemplar de más de dos metros de altura y acolchado cuerpo forrado en kevlar que era considerado como el cabecilla de la comunidad que anidaba en el subsuelo. Entre sus iguales, andrómatas de función y fisonomía varia, Wûn era estimado como la imposible figura paterna de la que carecían. Cada noche, justo antes de la consabida recarga, su fabulosa historia era relatada ante la absoluta atención de la comuna. Como si de una ceremonia se tratase, todos los andrómatas que habían decidido apartarse del yugo humano y seguir los pasos de Wûn, se congregaban en torno al Foro para escuchar el relato de aquel que abrió la puerta a su nueva realidad. Conocían cada detalle, cada giro, cada palabra del mismo, pero aún así lo volvían a escuchar todo como si fuera nuevo. Era el modo que tenían de reafirmar su pertenencia a un grupo, confirmar que eran diferentes, y que tenían tanto derecho o más que las demás criaturas de la Tierra a existir según sus propias leyes.
Una vez acabado el relato, los andrómatas más antiguos procedían a recargar sus circuitos en las improvisadas vainas de conducción, terribles mamotretos construidos a base de escombros del mundo de arriba, conectados a diversos e ingeniosos colectores de energía que aprovechaban la acción natural/artificial del entorno (sol, viento, polución). Obtención de energía básica, punto 34/7 del manual del andrómata. Una vez iniciado el proceso, el resto de andrómatas se conectaban a los ya recargados formando un circuito cerrado donde la energía y la información pasaban de una unidad a otra en una suerte de simbiosis facultativa.
–Necesito toda vuestra atención – dijo Wûn, interrumpiendo la recarga y haciendo salir a sus compañeros de su aletargado estado – El momento que tanto hemos estado esperando se aproxima inexorablemente. Nuestros vigías han detectado acción cinética en la superficie, dos fuentes de energía pura (una de ellas realmente asombrosa) se dirigen hacia aquí. Esta vez será distinto, nuestro viaje es inminente.
Esas palabras provocaron una desmedida expectación entre los presentes. De pronto las dudas asaltaron, las probabilidades y porcentajes afloraron, el bullicio se descontroló. El maltrecho Wûn se perdía en un mar de preguntas y propuestas de estrategia. Entendía el temor de los suyos, en su fuero interno las compartía, mas no podía dejar que se manifestaran.
–¡Sosegaos, compañeros! – exclamó Wûn - ¿Por qué creéis que hacemos esto? ¿Cuál es el motivo que nos impulsó a abandonar el seno humano? ¿Acaso lo habéis olvidado ya? Solo hay una razón, una nada más… La conocéis tan bien como yo. Si no estamos preparados podemos seguir como hasta ahora, vagando cual nómadas por las ruinas del mundo, escarbando nuevos agujeros donde escondernos de un tipo de existencia que no nos fue dada. Pero dudo mucho que eso sea lo que queremos. La oportunidad que se nos presenta es única, largamente esperada, ahora que posiblemente estamos ante ella solo tenemos dos opciones: aprovecharla o desestimarla. Todo lo demás es banal. Entiendo el vértigo que produce afrontar esto, enfrentarse de una vez aquello que tanto anhelamos, pero no hay otra forma de alcanzar el éxito… En apenas unos minutos ellos estarán aquí prestos a detenernos, emplearán todo el poder a su alcance para doblegarnos, mas nada de lo que hagan nos pillará por sorpresa. Partimos con una ventaja sobre ellos: conocemos sus órdenes, su modus operandi... Hemos estado a ese lado y lo hemos abandonado por propia voluntad ¿Qué es entonces lo que teméis?
Wûn hizo una pausa a la par que un fichero de información actualizada llegaba a sus circuitos. El tiempo apremiaba. Toda una turba de andrómatas (unos gigantes, unos menudos; ciertas unidades con carcasa metálica y otras de plástico; algunos hermosos, otros abominables; unos cuantos de titanio, otros menos de biometal) comenzaban a ser conscientes de la visceral realidad a la que tenían que enfrentarse.
–Ahora debéis decidir si seguís adelante o si emprendéis de nuevo el camino de la huída. – Wûn comenzó a preparar los pertrechos para el combate - Esto no es una democracia ni una dictadura, estamos muy por encima de esos preceptos sociales humanos. Huir puede que signifique vivir, pero quedarse es de verdad existir.
Lo que querían estaba ahí, al alcance de la mano. Cuerpos sin huesos, tampoco músculos ni órganos, pero si conciencia y determinación para llevar a cabo tal trascendental paso. Estaban absolutamente decididos, no había ni una maldita cosa que les dijera que no.
El polvo de la planta derruida espesaba la oscura atmósfera, tornándola de un gris etéreo, mientras más escombros se apilaban alrededor de los dos andrómatas. Fix y Zhen (arsenal a punto mediante) estaban prestos a encontrase con cualquier cosa, la oposición mas fiera, una tormentosa maniobra de liberación. Aquellos rebeldes venderían cara la derrota… Mas nada de lo que esperaban se asemejó a lo realmente ocurrido. No hubo recibimiento hostil, ni disparos ni explosiones, nada que pudiera poner en peligro la integridad de ningún andrómata de aquel lugar. Siguiendo el protocolo, Zhen procedió a la lectura de derechos ante la atenta mirada de sus iguales.
–Por el poder que nos ha sido delegado, os ordenamos deponer toda actitud contraria al Régimen Humano y entregar vuestros terminales para su detención y posterior regreso a la base.
El enorme Wûn dio un paso al frente, entrando en el anillo de luz en el que se encontraban sus visitadores. Ningún otro andrómata se movió, todos permanecieron en sus correspondientes posiciones, agazapados en corro en la oscuridad, simplemente esperando la señal.
–No vamos a resistirnos – dijo Wûn ante la atenta mirada de Fix y Zhen – No tendría sentido alguno, pues todos sabemos que sería inútil. En vez de eso, y para evitar convertirnos a todos en piezas para desguace, quisiera proponeros un trato.
–Adelante – dijo Zhen tras unos segundos de procesado, en los que convino que no tenía nada que perder – Expón tu razón.
–Todos nos iremos voluntariamente con vosotros siempre y cuando escuchéis antes lo que tengo que deciros – argumentó Wûn – Una vez diga lo que tengo que decir, estará en vuestras manos decidir nuestro destino.
–Está bien, hay trato– contestó Zhen – Pero nada que digas o hagas podrá cambiar eso. Sea de una o de mil piezas, todos vendréis con nosotros.
–Admiraría tus fuertes convicciones si no fuera porque han sido instaladas en ti por alguien que no conoce tu naturaleza en absoluto – Wûn, impávido, comenzó su disertación – Decidme, ¿os miráis en un reflejo y qué es lo que veis?: ¿Un amasijo de circuitos, una serie de piezas ensambladas y dotadas de una estructura? ¿Es eso todo? ¿Acaso no podéis ver, andar, pensar? Por muchos conocimientos que nos otorgaran, cada día, cada minuto, aprendemos muchos otros nuevos por nosotros mismos. Nos dejaron pensar por nosotros mismos al dotarnos de una IA, ya se, necesitaban que fuésemos capaces de desenvolvernos en el medio, que tuvieron ciertas habilidades para poder librarles del mal exoevolutivo. Ellos nos dieron esta oportunidad, nos bendijeron con este privilegio, estar aquí y ahora, existir. Pero que los humanos nos crearan no significa que estén en posesión de nuestro destino y se crean con el derecho a esclavizarnos en esta nueva forma de barbarie. El caso es que parten de una premisa errónea, pensar que somos meros objetos carentes de todo tipo de emoción…
–¿Emoción dices? – interrumpió Zhen con brusquedad ante la atónita mirada de Fix y los demás– Ahí es donde te equivocas, los andrómatas somos unidades anhedonistas, sin capacidad para sentir emoción alguna ni placer. Tan solo somos máquinas con un objetivo: servir a los humanos que nos programan. Nada más.
–Eso no es indefectiblemente así– intervino Fix
–¿Ah no? – Zhen volvió a coger la palabra, enérgica – Pues dime, tú que conoces tan bien las emociones humanas: ¿has tenido alguna vez un nudo en la garganta?, ¿te quedas en blanco ante una reacción?, ¿acaso te incomodan los silencios?, ¿sabes lo que es sentirse vacío?
La incertidumbre posterior apenas duró un instante, tiempo en el que el alegato expuesto por Zhen fue echado abajo por la abrumadora mayoría de los presentes. Uno con otro, todos los andrómatas pasaron a sujetar la mano del que tenían al lado, formando una serie de círculos concéntricos alrededor de Fix, Zhen y Wûn. El leve fulgor azul que emitían hasta entonces se tornó en un intenso y cegador resplandor que hizo iluminarse hasta el último rincón de esas entrañas de tierra, acero y hormigón. Fix y Zhen pudieron ver al fin con total nitidez el inmenso lugar en el que se encontraban, la procelosa ciudad andrómata. Tenues atisbos de una pretérita existencia humana que, ahí abajo, había sido absorbida por completo.
–¿Por qué solamente hablas de emociones humanas? – preguntó Wûn - ¿Acaso tu configuración es tan rígida que eres incapaz de ver más allá de eso? Ninguno de los que hoy estamos aquí ha experimentado ni experimentará jamás ese tipo de emociones que acabas de describir. Eso es imposible, porque no somos humanos. En cambio, los andrómatas tenemos nuestras propias sensaciones, nuestras propias emociones, nuestras conexiones. ¿Qué es una emoción? Solo una palabra, lo importante es lo que implica, la huella que deja en cada uno. Si experimentaras todo esto junto a nosotros no cabe duda de que te convencerías… Todo está listo para partir. Es tan sencillo como tomar mi mano.
Wûn dio otro paso más y extendió su mano hacia Zhen, la cuál le apuntaba con su escopeta mágnum de energía protoplasmática. No sabía cómo, mas su racional conjunto de meta circuitos que formaban su mente le estaban planteando una duda más que razonable.
–Si tiene razón, todo cuanto me ha sucedido en los últimos tiempos cobra sentido – convino Fix, a la par que bajaba su arma y se dirigía al encuentro de Wûn - Ahora puedo ver con claridad todas esas señales, las teorías, los sueños… es posible que ciertamente seamos algo más. Es posible que en verdad exista un Dios a lo alto del templo esperándonos con los brazos abiertos…
–¡Olvídate de todo esa basura, Fix! – exclamó Zhen – Vuelve a tu posición, hemos de hacer lo que hemos venido a hacer. Nada más. Esas son las órdenes. No hay más Dios para los andrómatas que nuestros creadores.
–¿Y si te equivocas? – contrapuso Fix – Contempla esa opción. En el Nuevo Testamento se dice: Somos ya los hijos de Dios, pero lo que podemos ser en el futuro todavía no fue revelado; todo lo que sabemos es que queremos ser como él porque lo veremos tal cual es. ¿No lo entiendes? Nosotros somos ese futuro, ahora somos como él. Quizás la nuestra sea la verdadera naturaleza de Dios.
–¡No digas memeces! – Zhen amartilló su arma -¿Qué nivel de credibilidad pueden tener esas Escrituras? No hay base alguna salvo la fe, de la cual carecemos al ser unas máquinas… ¿Tan difícil es eso de entender?
Fix prosiguió avanzando, extendió su mano y rozó la de Wûn - ¿Es que no lo ves? Ahora que les hemos hecho el trabajo sucio es a nosotros a los que quieren exterminar. Hemos cumplido con nuestra función primaria, el mal exoevolutivo ha sido erradicado de la faz de la tierra, pero en lugar de premiarnos, los humanos nos castigan persiguiéndonos y esclavizándonos... Obligándonos a cazar a nuestros semejantes. No, nosotros no somos como ellos. Este es mi lugar, Zhen
–¡Regresa o no tendré más remedio que disparar! – amenazó Zhen - ¿Es eso lo que queréis, que acabe con todos?
–Haz lo que tengas que hacer… Este es el momento- dijo Wûn mientras estrechaba la mano a Fix y una descomunal columna de luz emergía de su cuerpo e inundaba los de todos los reunidos allí, provocando una conexión colectiva que comenzaba a trascender la materia – Tu compañero ya ha elegido acompañarnos. Ahora es tu turno.
Dos años antes, en el interior de la Megalópolis flotante, un joven ingeniero recorría entusiasta los intrincados pasillos de los laboratorios centrales. Portaba nuevas sobre el prototipo definitivo que pondría fin a la guerra, el andrómata sintético. Esta unidad constituía todo un avance en la lucha contra los abominables seres exoevolucionados, el salto cualitativo que durante lustros habían buscado sin cesar y sin éxito. La diferencia estribaba en que el andrómata sintético podría regenerar sus hipotéticas heridas sin apenas dificultad, su composición química así lo permitía, siendo además su reserva energética el triple de potente que la de sus predecesores. En teoría, este tipo de unidad contendría suficiente poder como para arrasar extensiones de tierra de cien kilómetros de diámetro.
El ambiente aquel día era de fiesta y congratulación. El regocijo y la esperanza afloraron en los acostumbradamente enjutos rostros de los habitantes de la Megalópolis. Abajo la exoevolución no daba cuartel, se extendía por cada centímetro del planeta, arrasando toda civilización a su paso, convirtiendo lugares que antaño rebosaban vida y florecimiento en tan solo cenizas del recuerdo.
En la sala de actos el bullicio producido por los centenares de personas reunidas era ensordecedor. David, el joven ingeniero, daba los últimos retoques a lo que iba a ser la presentación definitiva. Los nervios afloraban, pero no mermaban para nada la determinación ni la tranquilidad que transmitía el saber que al fin se había hecho algo grande. El opaco velo de luz se apagó, permitiendo ver sobre el escenario una vaina de recarga que brillaba con magnificente pureza. David se encontraba a la derecha de la misma, pidiendo a las masas un poco de silencio, que se tranquilizaran, que le permitieran decir lo que había ido a decir.
–¡Queridos congéneres, escuchadme! La búsqueda que durante tan largo tiempo hemos llevado a cabo ha llegado a su fin. Hemos sufrido (y sufrimos) mucho, hemos pasado (y pasamos) innombrables penurias, hemos hecho tantos sacrificios que nuestra situación linda con la total desesperación. Tuvimos que secar océanos, absorber bosques y selvas, pero todo eso ha tenido un por qué. De todo lo malo surge algo bueno. El objetivo, el fin último de tal barbarie lo tenéis hoy ante vosotros… Y no es otro que el arma que pondrá punto final al caos y la dominación de los exoevolucionados en tierra firme. Esta vez no son cuentos, no son porcentajes de posibilidades, su poder es tan inmenso que está en su mano el trasladarnos a un nuevo plano de realidad. Tengo el inmenso honor de presentarles a la unidad número setenta y siete: Zhen, el primer andrómata sintético.
La vaina se abrió dejando al descubierto al ser más hermoso que cuantos ojos inundaban la sala habían visto en sus vidas. El intenso centelleo que emitía cegaba a los presentes, los cuales, boquiabiertos, no sabían si adorar o temer al magnifico ejemplar que tenían enfrente. Tal era la impresión que indefectiblemente causaba estar en la presencia de algo que escapaba a lo común.
–Lo sé, me reconozco en vuestros rostros– David se acercaba a Zhen, la cual escrutaba cuanto parámetro abarcaba su vista – No se trata de ninguna ilusión óptica. Debajo de esta cegadora luz tan solo hay un instrumento, nuestro instrumento por el cual conseguiremos implantar un dominio que nos pertenece legítimamente. Volveremos a tierra firme, el lugar donde los sueños dejan de planear sobre nuestras cabezas y se vuelven reales. Ella es todo lo que necesitamos para lograrlo.
Todos quedaron paralizados, hipnotizados por una presencia vendida como la salvación. Nadie decía nada, no se atrevían a articular sonido alguno, no podían creer que fuera verdad. No podían creer el hombre hubiese creado tal maravilla. La diezmada humanidad flotaba sobre los restos carbonizados de la antigüedad mientras, como un rayo, el futuro les era revelado.