Relato 27 - Yo confieso

 

Cuatro golpes rápidos la alertaron obligándola a emitir una corta exclamación. Con su mano derecha estaba sujetando la taza, ahora media llena de café con leche, y sobre la mesa descansaba el plato sucio de migas, restos de un pequeño bocadillo que había desayunado.

Terminó de beber el café con leche antes de depositar la taza sobre el plato. Cuatros golpes hicieron retumbar la puerta, despertando seguramente al vecino que vivía en el mismo rellano.

Carla, escuchó los golpes mientras cogía los restos del desayuno y los llevaba hacia la cocina, los lavaba y los dejaba a secar sobre el escurridor. Después volvió sobre sus pasos, comprobó que su casa estaba en perfecto orden, y solamente entonces se dirigió hacia la puerta principal de su piso. Una última mirada hacia atrás la decidió a abrir la puerta finalmente. Un pensamiento fugaz le sugirió la opción de huir saltando por el balcón, pero el buen sentido común la detuvo. No era una idea práctica si se tenía en cuenta de que vivía en un sexto.

Carla miró a los dos hombres que la esperaban en el rellano. Los dos tenían uno de los brazos levantados con el puño cerrado, como si estuviesen a punto de aporrear la puerta de nuevo; la única diferencia era que cada uno tenía un brazo distinto levantado, uno el derecho y el otro el izquierdo. Y realmente, esa era la única cosa que distinguía a esos dos tipos. Dos hombres vestidos ambos con traje negro y camisa blanca, un mismo corte de pelo y un idéntico tono rubio obligaba a las personas que se los encontraban, a asegurarse de que no eran gemelos.

Enfermera Carla Fuentes… —comenzó el diestro. No era una pregunta. Ellos sabían quien era ella y ella, aunque ellos no se habían presentado oficialmente, sabía a que se dedicaban esos dos tipos. Todos los que trabajaban en Sanidad lo sabían.

—…Queda detenida según el código 3435 del Departamento de Sanidad y Salud —continuó el zurdo.

Carla pensó en cerrar la puerta, que aún sujetaba por el picaporte, y atrincherarse en su piso.

-…Tiene que acompañarnos –siguió hablando el diestro.

Carla los miró con la mano crispada sobre el picaporte.

—… No complique más su situación —le sugirió el zurdo.

Todos en ese rellano sabían que idea rondaba por la mente de Carla. Finalmente, Carla se decidió. La puerta iba a ser cerrada y ella se iba a quedar en casa. ¡A la mierda las complicaciones!

Pero nada es tan fácil. Antes de que Carla hubiese cerrado la puerta el zurdo colocó uno de sus pies impidiendo el cierre mientras que el diestro empujaba la puerta hacia dentro. Carla soltó el picaporte vencida.

Tiene que acompañarnos —repitió el diestro.

Cada uno la cogió por un brazo con firmeza pero sin rudeza. Juntos bajaron los seis pisos. Algunos vecinos, que habían escuchado el jaleo, los observaron mientras daban a la cabeza. Otra detenida más.

 

Un paseo corto en coche los llevó hasta una de las iglesias de la ciudad. Carla fue conducida a su interior, siempre sujeta por los dos tipos, que no aflojaban ni su presión ni la velocidad de sus pasos, obligándola a andar a una velocidad mayor de la acostumbrada. También era verdad que los dos tipos eran más altos que ella, como unos veinte centímetros, por lo que sus pasos eran más largos.

Una vez en la iglesia, continuaron por su nave hasta llegar a uno de los confesionarios situados a la derecha. Allí se detuvieron y la soltaron. Carla se frotó ambos brazos dolorida mientras miraba a su alrededor, indecisa.

De nuevo la cogieron entre las dos, obligándola a entrar en uno de los confesionarios.

De rodillas —le dijeron con una sola voz.

Carla negó con la cabeza. No pensaba arrodillarse. ¿Por qué tenía que humillarse?

Dos manos se colocaron sobre ella, pero esta vez sobre sus hombros. Con firmeza, empujaron su cuerpo hasta obligarla a doblar las rodillas y una vez éstas habían tocado el suelo mantuvieron su peso sobre Carla, no dejándola alzarse de nuevo.

Transcurrieron cinco minutos antes que aflojasen su presión. Carla respiró aliviada al sentirse libre, pero creyó más prudente mantener la postura. En ese momento oyó unos pasos que se acercaban al otro lado del confesionario.

Ave María Purísima.

Silencio.

Ave María Purísima.

De nuevo silencio.

Veo que aún no has hecho acto de contrición, Carla —dijo el padre Lucas, pues esa era la persona que había al otro lado del confesionario—. Volveré cuando hayas pensado sobre tus pecados.

De nuevo se oyeron pasos, esta vez alejándose. Carla esperó sin conocer que iba a suceder a continuación ni esperando lo que iba a acontecer. Con rápidos movimientos sus dos guardianes alzaron sus brazos para sujetarlos con un par de bridas a la reja que separaba en dos el confesionario. Dos grilletes más sujetaron sus tobillos al suelo, obligándola de esta manera a mantenerse de rodillas.

Ambos salieron del confesionario, quedándose de guardia a pocos pasos.

Transcurrió el tiempo. Carla, impedida a realizar cualquier movimiento con los brazos y las piernas, intentaba calcular el tiempo transcurrido con poco éxito al no disponer de un reloj. Por desgracia, uno de los tipos le había quitado el mismo antes de esposarla a la reja.

Cuando Carla calculó que llevaba una hora esposada oyó pasos aproximándose, se trataban de unos pasos lentos y pesados, nada que ver con los andares del padre Lucas. Entonces los pasos se detuvieron y se alejaron. Carla imaginó que se trataba de una beata que venía a confesarse y que al ver el confesionario ocupado había decidido dejarlo para más adelante.

Una hora después, ¿o quizás eran dos? el padre Lucas volvió a sentarse al otro lado del confesionario.

Ave María Purísima —comenzó de nuevo.

Sin pecado concebida —respondió Carla en esta ocasión.

Bien hija, estoy esperando.

Padre, desconozco porque estoy aquí. No tengo nada que confesar.

El pecado de la soberbia es muy grave, hija mía —le recordó el padre Lucas

Padre, yo no he hecho nada —insistió Carla.

Seguiremos después, Carla, cuando estés preparada.

Carla lo oyó alejarse. Por un momento se arrepintió de no haber confesado nada. Pensó en llamarlo, pero ningún sonido fue emitido por su garganta.

El tiempo transcurrió lentamente desde el punto de vista de Carla mientras esperaba una nueva visita del padre Lucas. Comenzaba a sentir hambre por lo que creía que ya debía ser hora de comer. Y no era solamente hambre, la posición forzada le provocaba dolores en varias partes del cuerpo. Pero no era todo esto lo que más la preocupaba.

Las campanadas de las tres de la tarde sonaron cuando volvió el padre Lucas.

Padre —dijo en cuanto le oyó sentarse—. Debo…

Hija, la paciencia es una gran virtud que debes cultivar.

Y entonces ocurrió. Carla sintió un líquido caliente bajando por sus piernas.

Ave María Purísima —dijo el padre Lucas por cuarta vez.

Sin pecado concebida —respondió Carla.

Silencio.

Confieso que… —dijo Carla y se detuvo un instante pensativa para seguir después con algunos pecados veniales.

¿Algo más? —preguntó el padre Lucas.

No, nada más.

¿Seguro que tienes más pecados para confesar? Según el informe del padre Federico ha transcurrido un mes desde tu última confesión. Pero por ahora es suficiente. Ahora reza veinte Ave Marías, veinte Padrenuestros y veinte Credos.

¿Qué hora es?

¿Para qué quieres saberlo? El tiempo no transcurrirá más rápido por mucho que conozcas su existencia.

Carla rezó tal y como le había mandado el padre Lucas. Al terminar la desposaron y la condujeron a una habitación en la sacristía. Una mujer la estaba esperando con un plato de sopa y un trozo de pan.

Debes tener hambre, pero el padre Lucas cree que un poco de ayuno te será bueno. Me ha permitido prepararte un poco de sopa. Te aconsejo que te la tomes toda, no comerás más de una vez al día. Pero, antes una buena ducha.

Carla obediente, se duchó, cenó y se acostó durmiendo mejor de lo esperado.

Al día siguiente, cuando aún no había amanecido del todo fue despertada y llevada de nuevo hasta el confesionario. Por un momento Carla intentó luchar sujetándose a un de los bancos obligando a los dos guardianes a tirar de ella hasta obligarla a soltarse, para después esposarla al confesionario como en el día previo.

Los minutos pasaron, cien hasta que el padre Lucas llegó y se sentó.

Ave María Purísima.

Sin pecado concebida. Padre, ¿qué ha pasado?

Hace dos días Santiago Suárez, el paciente de la 320, elevó su alma al Todopoderoso —explicó el padre Lucas.

Pero yo no soy culpable. Podría haber sido cualquiera.

Los demás están limpios de pecado. Tú eres la única con el alma sucia y esa suciedad la has transmitido al paciente al tocarlo.

Padre, yo ya confesé ayer —insistió Carla.

Los pecados de ayer no son los culpables de la muerte de Santiago Suárez. Revisa tu conciencia. Volveré en un par de horas.

Y así transcurrió el día. Cada dos horas el padre Lucas le preguntaba sobre sus pecados y Carla confesaba, llegando el momento que ya no sabía si estaba repitiendo pecados, pero al padre Lucas eso no parecía preocuparle como tampoco el hedor a orina que trasmitía Carla.

Bien, por hoy es suficiente —dijo el padre Lucas hacía las siete de la tarde.

Carla se dejó caer en la tarima del confesionario cuando la soltaron.

Al día siguiente repitieron el mismo proceso. En este día Carla ya no intentó luchar para no ir al confesionario. Sabía que era una lucha inútil y como le había dicho el padre Lucas el día antes: “Su salvación solamente estaba en su mano”.

Al terminar ese tercer día el padre Lucas decidió que Carla ya está libre de pecado.

Ya puedes volver al trabajo. Los pacientes ya no estarán en peligro. Ve con Dios.

Carla fue llevada de nuevo a casa por los dos guardianes. Ahora debía descansar para volver al trabajo al día siguiente, ya viernes.

 

Susana, compañera y la mejor amiga de Carla había decidido visitarla después de salir del trabajo. En el hospital la habían esperado todo el día, pero Carla no se había presentado y esa falta, además de que no había respondido al teléfono en todo el día, la había preocupado.

Como todos sus compañeros, Susana sabía que Carla había estado tres días de permiso pero que en ese día tenía que volver a reincorporarse y la había estado esperando con una caja de donuts.

Susana llegó al edificio en el que vivía Carla. Subió en el ascensor hasta el sexto piso y entonces llamó al timbre del piso de su amiga.

Carla, soy yo —la llamó—. Abre.

Al otro lado de la puerta se oyó una voz que Susana creyó reconocer como la de su amiga Carla.

¿Carla?

Susana cogió la copia que tenía de la llave del piso de Carla, llave que la había dado para que pudiese regar sus plantas cuando estaba de viaje y que todavía no le había devuelto, para acceder al piso

No tengas miedo, Carla. Soy Susana.

Susana avanzó por el piso hasta el comedor. Sobre la mesa, un bocadillo de tortilla partido en dos y un café con leche. Pero no fue eso lo que la obligó a coger el teléfono. Ante la mesa estaba sentada Carla con la mirada fija en el crucifijo colgado ante sus ojos, mientras repetía en una letanía.

Yo confieso, yo confieso, yo confieso.

 

 

 

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