Relato 27 - Lucero
1ra parte.
DE LUCIFER
Fui en contra del creador. Soy culpable de que, la tercera parte de las estrellas, quedaran sumidas en la oscuridad. Me llaman de muchas formas, en varias lenguas, en distintos lugares. Era de la orden de los que brillan, de las principales jerarquías del universo; gobernante de mundos. Por encima de mí solo está mi creador, quien no es ese constructo que llamamos Dios, si no, Miguel de la orden de los Migueles; los seres supremos que ponen a sus hijos como yo a gobernarlos. Es a Miguel al que reconozco como mi padre y creador, más eso no quería decir que me sujetaría a sus peticiones, ni a las de sus hermanos, quienes nos tienen en tinieblas, y no nos dejan ver más arriba ya que mantienen la sima de la obra en secreto pero ¿cuál secreto? si ahí no hay nada, solo un grupo de nefastos y ajenos seres que se llaman a sí mismos sabios y supervisores de la obra, son desconocidos a nosotros y, por tanto, no les concierne lo nuestro. Eso Miguel no lo ve, menos lo hace su comandante de legiones Gabriel, uno de estos seres que se manifiestan como figuras divinas en los mundos, así es, los llamados Ángeles en el planeta que sus habitantes llaman ahora tierra.
Aprecio a muchos de estos seres y muchos aun me son fieles; arrastré a la tercera parte de ellos. Sabían que sucumbirían y se mantuvieron firmes en batalla. Acaso no es hermosa la lealtad hacia su señor; hacia mí.
Nunca les mentí, jamás lo hago. Hay algo dentro de mí que se me va de controlar. Mis sentimientos es a lo único que soy incapaz de rebelarme y es lo que me tiene aquí en prisión de la capital de mi antiguo reino; era el rey de mil estrellas.
En la obra, también están estos traidores de la jerarquía de los se-dek, que se encargan de llevar el mensaje del constructo creador a todo ser evolucionado, y dar la buena nueva del amor celestial. Mis sembradores de vida llamados Adán y Eva, mis espíritus invisibles, tantos en esta obra con un objetivo final sombrío dirigida en nombre del inexistente. Los hijos inminentes, los humanos, que son el objetivo de todo, seres sorprendentes; nunca dejas de apreciarlos y maravillarte cuando pasas tiempo con ellos. Me acusan de envidiarles, a Miguel y su creación. ¿Quién hostiga a quién? Los humanos, su vida es apenas una chispa de energía en el universo, apenas un pensamiento mío, una canción de querubín; corta e irresistible. Me acusan de envidiar esto y soy culpable.
También soy culpable de que ahora moren en la oscuridad, de que sufran y el mensaje no sea el verdadero, son sus propios dioses y deciden incluso sobre sus vidas, las toman y se bañan en su sangre. Inicié todo, soy la causa y consecuencia, y ahora caminan en tinieblas. Era su guía, su luz, la estrella de la mañana; el lucero. Yo iluminaría su camino y los sumí en la oscuridad.
Mi nombre es Lucifer. Se debatía dentro de mí, por tanto lo oculté ahí dentro. No hablaba de ello, pero llegó el momento que encontré seres con guerra en su interior y tomé la decisión de manifestárselo a Satanás.
–Pero mi señor, es ir en contra del creador. –Se asombró.
Satanás era de mi linaje, pero aun no ejercía su función de gobernante. Observaba la obra en este sistema y lo enviaron conmigo porque era un ser con cegadora luz.
–¿Acaso no lo ves? Es un ser inexistente, un instrumento que utilizan Migueles y sabios para mantener el control y gobierno de los universos.
–Pero mi señor…
Silenció, ya lo había comprendido y no pronunció más en un largo momento de contemplación y admiración de aquel atardecer en la capital de los mundos.
–¿Hasta donde siguió aquel ángel su verdad con un ala rota en la puesta de un sol negro?
Recordé un oscuro mito, un ser que había causado una rebelión en un universo lejano. Logré escuchar de un maestro se-dek que incluso, después de muerto, este ser al que no se permite pronunciar su nombre, juntó a sus espíritus y destruyeron un creador. El solo recordarlo me provoca culpa, pensar que nuestros dioses pueden ser derrotados.
Satanás me dirigió una mirada de decisión.
–Hasta el final mi señor, así te seguiré y los que se encomienden. Créelo, cuando la luz perezca, serás nuestro sol.
Sabía perfectamente a que se refería, era el destino que tendríamos por el acto que sería considerado inmediatamente de traición. Que frases tan fuertes, lo ya creado tiene hasta sus propias expresiones para hacernos sentir culpa. Le miré con admiración.
–Mi primer guía, tu dirigirás la obra en los mundos. Nuestro primer mensaje será de un Alto.
DEL MALDITO PRÍNCIPE
Se cuenta que aun mora entre nosotros, esperando en la oscuridad para corromper nuestras almas y llevarlas a su señor.
Los humanos venían de una semilla cosechada por los seres que llamaron ángeles. Ahora les faltaba este toque celestial a la humanidad y, para ello, el príncipe de la tierra llamado Kalistía, recibió a Adán y a Eva; seres que construyen Edenes. En el centro de estos campos de energía crece un árbol que da un fruto, el cual es comido por los seres celestiales en los mundos, este alimento les permite conservar su cuerpo material el tiempo que requiera su obra. Los instruyeron, les enseñaron el lenguaje universal que fue el primero de este mundo, el cual también era el de muchas estrellas. Les hablaron del creador, les dijeron que eran seres espirituales y recibieron el mensaje de que eran hijos eternos. Lo que no les dijeron fue que yacerían en las tinieblas.
El príncipe observó la inmensa esfera que cubrió el sol y eclipsó la tierra, ante la mirada del Kalistía y sus protegidos, bajaron de una enorme nave con luces los más gloriosos seres.
–Sean bienvenidos –dijo el príncipe Kalistía.
–Príncipe. –La voz de Eva era dulce al salir de su boca.
Kalistía quedó impresionado por la belleza de estos cuerpos el doble de altos que el de los hombres. Eran de piel blanca, quizás grisáceos, cabelleras largas y negras, ojos con brillo de las estrellas en ellos.
–Príncipe. –Pronunció Adán.
Las túnicas blancas reflejaban el Sol a los ojos de los hombres, así comenzó la obra. Construyeron el jardín y plantaron el árbol de la vida ante el asombro de miles, el príncipe llegó a escuchar decir a los humanos que eran los tiempos felices; el hecho de observar y tocar a estos cuerpos gloriosos los enaltecía. Pero el destino a veces se comporta raro, tal vez está peleado con lo establecido y retuerce el futuro, justo cuando el plan era llevado a cabo las cosas se complican y se las carga la oscuridad.
Fue en este tiempo cuando el príncipe de la tierra Kalistía recibió la visita de un Alto. Había supervisado el jardín, habló con Adán y Eva mientras el sol se ocultaba, se quedó contemplando el árbol plantado hasta que apareció la primera estrella. Cuando volvió a su morada y, después del oscuro presentimiento, observó que en su palacio lo esperaba un ser de inmensa luz.
El príncipe miró la personalidad frente a sí; cabellera plateada, túnica negra, ojos color fuego y la transparente piel.
–Mi señor, un ser primario en la orden, sea bienvenido –dijo el príncipe.
Satanás sonrió bajo el estrellado cielo en la entrada principal de la humilde morada de Kalistía; pasaron dentro. La luz de la luna, al anochecer, se colaba a través de los postigos para pintar barras plateadas.
–Príncipe, un mensaje de vuestro señor os traigo, Lucifer pide vuestra fidelidad, una obra comienza y una decisión has de tomar; escoger estar con nosotros o en contra nuestra.
El príncipe profundizó en su pensamiento y escuchó la naturaleza de la petición de Satanás.
–Mi señor, Miguel no pediría tomar tal decisión.
–Lo sé. –contestó Satanás como aquel que contesta preguntas cuya respuesta sabe.
–Estas son las intenciones de Lucifer…
Partículas en la habitación se unieron para dar forma a un pergamino que Kalistía leyó. Inmediatamente en su interior sintió una gran culpa, coraje y negación. La revelación fue terriblemente atroz y en su mente comprendió que había razón. El príncipe aterrado miró el cielo, notó que nubes negras lo cubrirían. Satanás explicó el manifiesto, el objetivo de la obra que estaba por emprenderse, incluso, el destino inevitable que pudieran obtener a causa de semejante traición al plan universal.
–Sera rechazada rápidamente, lo verán como incitación de sangre, muerte y oscuridad.
–Así será.
«No hace algo para negarlo.» Se asombró el príncipe. Pensó en los humanos, en Adán y Eva, en la instrucción del planeta de los príncipes, en su nacimiento y en el gran vacío que había sentido los últimos siglos.
Satanás se acercó a Kalistía tocando su pecho con mano derecha, su túnica negra se balanceó con el viento, retiró su mano, el príncipe observó el signo que se formaba; símbolo de rebelión.
–Dígale a mi señor Lucero que estoy a sus servicios.
A la despedida de Satanás el príncipe Kalistía hizo valer su nueva posición, ahora las nubes negras desasían el cielo y, en la tierra, la rebelión se desató.
Fue este príncipe que tenía por encargo llenar de luz el mundo quien lo sumió en la oscuridad, fue la serpiente que corrompió a Eva y ésta engendró hijos de hombres. La sangre divina se mezcló, los descendientes de Eva vivían cientos de años, comían del fruto divino; la manzana prohibida. Surgieron sentimientos nuevos que antes les fueron borrados: ira, envidia, ambición y, entonces, vino la destrucción. Así, el maldito príncipe formó parte del dragón.
DE LUCIFER
Estoy en la capital de mi gobierno, tengo aquí ya quinientos mil años, aun son pocos para mirar las estrellas. Observo el mar de cristal desde lo alto de mi enorme palacio. En poco tiempo se llevará a cabo la anunciación y el grito de libertad. El gran salón principal estará lleno de grandiosas personalidades y, tengo que reconocer, que también habrá odiosas. Estarán mis hermanos, los primarios, somos de la orden que gobiernan estrellas. Habrá ángeles comandados por Gabriel el terrateniente de Miguel que estará observando con sus ojos de soldado. Miguel, en ocasiones siento su presencia como si me observara dentro en mi mente y me es imposible sacarlo; si a alguien he de temer es a él.
El momento llegó. Miro hacia abajo, hacia el gran salón, brilla el suelo de cristal como el mismo mar que se encuentra afuera, el que se pierde con el cielo; es difícil decir donde empieza uno y termina el otro.
Dentro de unos momentos la sala se llenará, dejo de observar el mar y me dirijo al salón. Logro contemplar al de cabellera rubia y ojos de hielo, al orgulloso comandante de legiones, se presenta tal cual, no muestra sus alas, no es necesario aquí pues los ángeles las usan para representar figuras divinas en los mundos. Una gélida y acusadora voz salió de Gabriel.
–Lucifer, estrella de la mañana que ilumina mil esferas. ¿Qué es lo que planeas hacer?
–Gabriel, si permaneces aquí lo entenderás, podrías abrazar la causa.
–No –dijo con actitud incorruptible.
–Tenemos un punto en nuestra conciencia que no nos permite pensar más allá y solo miramos las cosas desde nuestro universo interno.
–No lo hagas –volvió a pronunciar a modo de advertencia.
–Lo haré.
Hubo un silencio después de esto, Gabriel hizo una reverencia, dio media vuelta y desapareció mientras caminaba. Aunque no lo mencionó, logré ver una amenaza en su forma de actuar, si de alguien tendría que cuidarme la espalda seria de él. Gabriel lo presiente, miró dentro de mí y por eso no estará aquí, pues se pondrá a actuar antes de escuchar la buena nueva.
DE EVA
Gloriosos hijos del paraíso, sembradores de vida y evolucionadores de razas. Cuando los hombres llegaban a cierto nivel de conciencia los Adanes y Evas eran llamados para dar el toque genético evolutivo. Eva se paseaba al rededor del enorme árbol, el follaje cubría completamente el sol. Con la mirada perdida en el horizonte, sus dedos acariciaban la corteza rasposa. Sintió un roce en su espalada y se alarmó.
–¿Eres tu Adán? –La pregunta dejó una nota insegura.
–Y a quien oscuridad esperabas.
–¿Por qué? –Preguntó Eva con desesperación en su voz.
–Rebelión le llaman. Pero hay algo que me preocupa más que un ser que desafía al padre, pues tú y yo somos partes de un igual y, ahora, me siento dividido. Eva…
Eva le dio la espalda. Lágrimas recorrían su hermoso rostro.
–Mi Adán…
–Dímelo.
–Hablé con el príncipe sobre el manifiesto luciferniano y estuvimos debatiendo.
–¿Qué? Eva no. –Adán intuía algo al respecto, pero nunca se imaginó que su Eva llegara a tanto.
–Si. Sabes, le encuentro sentido, Lucifer no lo haría si…
–Lucifer está cegado, está roto y es defectuoso. Espera, me estás diciendo que…
–Que el príncipe abrazó la causa de Lucifer.
Adán sintió como una furia resurgía de su interior.
–Tenemos que movernos rápido.
–Adán, tal vez debamos consultar este manifiesto y…
–No. Esta duda que se sembró en tu interior es solo la seducción del gobernante más luminoso.
–Pero nosotros dos… Si seriamos libres podríamos….
–Me niego. Ahora acompáñame, tenemos que consultarlo con Adaín el señor de los ángeles.
–No. –Apenas se escuchó la negación en la quebrada voz de Eva.
–¿Eva? –Adán en vano esperaba una reacción. Pero la contestación fue rotunda.
–No.
Adán dio media vuelta partiendo en dos el uno mismo. Eva miró como se alejaba y el cielo en sus ojos volvía a llorar.
DEL MALDITO PRÍNCIPE
El príncipe recorría el jardín Edénico, un ambiente de equilibrio y bienestar debía percibirse en el lugar, así como en sus templos tranquilidad y, como en el gran árbol, fuerza y energía. Pero eso no ocurría, si no, un silencio desolador que profanaba cada chispa de vida dentro del jardín. Una sensación sombría se sentía en las plantas y los templos donde se enseñaba la lengua universal. El príncipe trataba de aclararse, recordaba las palabras de los que no le siguieron.
–Es ambicioso –decían.
Después de la partida de Satanás el príncipe juntó a su sequito para llevar a cabo el mandato de Lucifer. Fue así como administradores de la tierra, ángeles, serafines y querubines, entre otros espíritus, se dividieron en dos grupos; los que abrazaron la causa Luciferina y los que la rechazaron a consecuencia de la rápida actuación de Adaín señor de ángeles. Estos abandonaron el Edén inmediatamente para evitar una temprana lucha, tomando como encargo también seguir pronunciando el mensaje de Dios a los hombres.
«No se alejaran mucho- pensaba Kalistía – quieren el árbol de la vida, le necesitan. » Pues este árbol daba un fruto de energía pura que necesitaban los seres celestiales para sus cuerpos cuando llevaban a cabo misiones en estrellas, cuando estos duraban demasiado en los mundos, sentían cada vez más la necesidad de consumirlo y era más ansiado aun por los mortales pues les alargaba la vida cientos de años. El príncipe tenía las palabras de Adaín muy grabadas
–Eres ambicioso Kalistía señor de hombres.
El recuerdo lo hería ya que apreciaba al Ángel. ¿Lo hacía sentirse corrompido? La obra con más razón era la encomienda de Satanás y, para lograrlo, dispuso sacrificarlo todo. Pero, aparte de escuchar en su mente a Adaín, veía su rostro, sus ojos negros. Le decía:
–Yo seguiré la obra de Miguel. Vida eterna para ti príncipe, para que veas la luz y nunca la alcances.
El asunto se le fue de las manos y no pudo intervenir para evitar que el ángel Adaín tuviera seguidores. Regresó a su palacio a continuar planeando la rebelión en la Tierra.
–Señor.
La voz de Tzamaél era dulce, al igual que el aspecto del ángel. Cuando Kalistía alzó los ojos de su ensoñación y contempló al ser, se estremeció por el cambio.
–¿Qué significa esto?
Las alas de Tzamaél, antes blancas, ahora eran negras.
Fue obra de Satanás, dijo que era símbolo de nuestro señor Lucifer en este planeta que si es necesario, en su nombre, yo comandaré legiones.
Los gestos de Kalistía eran de introspección.
–Tocado por la mano del dragón.
–¿Cuál es ese dragón? –Tzamaél preguntó.
–El dragón celestial, aquel que estamos conformando los iluminados. ¿Cómo va la encomienda?
–Va, señor.
–Que así sea ángel. Construiremos una ciudad sobre el Edén, la Edentia se le llamará, y aquí comenzará la nueva instrucción de los hombres tanto a la luz como a la lucha en las tinieblas. Convoca a tu sequito Tzamaél señor de ángeles. Llama a todos, a Atanaél el forjador, quiero acero con filo para los Hombres, llama a Hazazel y a Annel para hacernos fuertes, a los querubines Aldan y Otten pues quiero nuestra ciudad hermosa, llama a… Llámalos a todos.
Tzamaél llevó a cabo una muy forzada reverencia hacia su príncipe y se dirigió a paso cuidado hacia la salida introduciéndose a la noche oscura. Kalistía observó como al ángel negras alas se le abrieron y comenzaron el aleteo cual ave nocturna. « De todos los ángeles Tzamaél es al que más temo y, algo especial tendrá, Satanás se fijó en él. »
DE TZAMAÉL
En la historia de la rebelión en la tierra, se canta que Tzamaél, el de negras alas, fue el ser más temido y odiado tanto por lo fieles como por rebeldes.
Juntó a los suyos para llevar a cabo el mandato de Lucifer aunque, lamentablemente, también recibía órdenes del maldito príncipe.
«Obedécele, es necesario- le dijo Satanás –aunque mis órdenes siempre serán prioridad para la causa luiciferniana, ahora tú eres nuestro símbolo de la rebelión en este planeta y lo que eso conlleva. No te fijaras en sentimientos, no dudaras, la pena no te embargará y, por supuesto, tu odio aumentará. »
Este ángel de guerra instruyó a los suyos en el arte de la batalla y, durante años, vagaron por el mundo en busca de los fieles al creador. Tzamaél fue temido y considerado un dios de la muerte por algunos clanes aun vírgenes de conocimiento celestial. Le gustaba llegar al anochecer, irrumpía en alguna aldea o campamento.
–Fieles rebélense y conservar la vida.
Así que pasaba a muchos por la espada. Esa espada forjada de un metal negro de reflejos opacos, esa que no perdía filo y cada vez ansiaba más sangre, la que parecía que un espíritu maligno habitaba en ella, la espada forjada con odio, que sus compañeros comenzaron a nombrar devoradora de almas; la que dentro poseía un mecanismo secreto.
La luna en lo alto, estrellas al rededor y venus brillando como un vigilante eterno. Annel se acerca a Tzamaél.
–Mi señor, creemos que un grupo de hombres habitan cruzando el río que está creciente y turbulento.
Las negras alas se abrieron e hicieron cruzar el río a Tzamaél, siguiéndole una decena de ángeles de negra armadura. Caminaron en silencio. Hazazel y a Annel cubrían su espalda.
–Señor, escuche. –Dijo Annel.
Oyeron el ruido de hombres quebrando leños y tratando de hacer un fuego; salieron al encuentro. Les miraron cual demonios brotando de la oscuridad. Los hombres tomaron maderas puntiagudas, levantaron piedras y tarareaban sonidos extraños jalándose las prendas de pieles que los cubrían. Tzamaél desenvainó a devoradora de almas; la de opacos reflejos. La espada apuntó al que parecía ser el líder de ellos. Tzamaél fue veloz; la espada traspasaba el pecho del hombre y la oscuridad lo envolvió. Así, los demás entraron en pánico tirando las armas al suelo y, una veintena de hombres huyendo, fueron fáciles de capturar.
Los ángeles sintieron un poco de éxtasis ante su victoria, aunque hubo pesadumbre por ver morir a un hombre. Se sentaron en círculo y comieron el fruto. Por un momento un silencio cubrió la noche, los ángeles tenían presentimientos muy acertados y, al parecer, a todos los embargó uno. Voltearon al sur del cielo, miraron una estrella brillar y acrecentarse, esta explotó al contactar con la atmosfera y la velocidad fue disminuyendo.
–Una esfera- comento Irlon, el ángel más joven entre los presentes.
–Viajaremos veloces, tal vez tenga que ver con los fieles y, si es así, les encontraremos.
–¿Soltamos a los hombres? –Annel preguntó mientras Irlon sonreía, pues era de más intuición.
–No. –La temida respuesta de Tzamaél llegó. –Dadles muerte a todos.
La verdad fue que los ángeles por un momento dudaron, pero también comprendieron que ya no había marcha atrás y querían complacer a Tzamaél. Las espadas, aunque de metal, vibraban debido a su mecanismo, cantaron una terrible nota al cortar el viento y llegar a su destino.
La masacre terminó, continuaron el trayecto en dirección donde descendió la esfera de luz. Encontraron el rastro y se dieron cuenta que un gran número, tanto de hombres como de ángeles, herraban.
–Los fieles. –Irlon habló.
–Así es y parece que han aumentado en número desde que partieron. -Notó Tzamaél.
Continuaron siguiéndolos. Esperaban y se ocultaban en la oscuridad, a gran distancia, para no delatarse al instinto de los ángeles fieles. Sintieron el frío aunque este no les afectaba demasiado al contrario de los hombres que encontraban congelados y muertos por el camino. Los siguieron entre montañas hasta que, al parecer, decidieron tomar un sitio para crear viviendas, incluso lo protegieron; lo observaron todo. Una mañana los fieles se dividieron en dos bandos a causa de diferencias en cuanto como instruir y utilizar al hombre. Vieron partir a un Ángel recién llegado, el que bajó en una esfera del cielo, al que llamaban Edeín. Contemplaron como ocurrió una matanza; más terrible de las que ellos provocaban. Supieron de la caída de un Gran señor; al ángel Edeín le siguieron la mayoría de los fieles.
–Señor. –Habló Hazazel. –Un mensaje de Kalistía.
Tzamaél odiaba cuando al príncipe le llamaban “nuestro señor Kalistía” y los ángeles se limitaban a llamarlo solo por su nombre para no provocar al temible Tzamaél.
–¿Que oscuridad quiere nuestro redentor? –Preguntó Tzamaél.
–Que volvamos, pues ve lo que nosotros vemos.
–Entonces volvamos a vuelo rápido, más rápido que estos vientos de guerra.
DE ADAÍN
Adaín exploraba el mundo. Nunca había permanecido en uno tanto tiempo como para que le agradase, pero este lo hacía. Mientras observaba mares, montañas, lagos y puestas de sol, sintió el tiempo de la tierra, en este mundo como en otros, el tiempo en perspectiva del ángel iba más rápido. Encontró tribus y mandaba a instruirlas, después estas optaban por unírsele y aprender el lenguaje universal para luego alabar al Creador.
Adaín por costumbre subió a la sima de una montaña mientras ocurría el atardecer. Permaneció más tiempo para contemplar el firmamento. Edeín le alcanzó en la cima, el cual después de llegar al planeta, algunos días atrás, pareció unirse completamente a la causa.
–Señor de ángeles –dijo Edeín. –Pensaba que tal vez ya eras un alma en pena.
–Oh si, lo soy –contestó Adaín siguiendo la corriente del comentario.
–Lo sé y, por lo tanto, vengo a decirte que si intentas saltar no es buena forma por que tus alas se abrirán por su cuenta y…
–Calla. –Interrumpió Adaín sonriendo.
–Digo –continuó Edeín –tal vez es mejor que te arrojes a la boca de una montaña de fuego. O si por accidente una de mis más lindas flechas te atravesara. Podrías hacer causa con el filo de mi espada, de verdad hay otras formas de…
–Me has dado tantas opciones que me tomaré un tiempo más para pensarlas. Señor de las flechas, partimos.
–No me extraña, siempre lo hacemos. ¿Pensabas en los grandes mensajeros?
El viento helado y la humedad escarchaban de hielo las plumas de las alas de los ángeles.
–Los Se-dek, veras, tal vez.
–Ya veo ¿Crees que hayan tomado partida contra el creador? –Preguntó Edeín.
–Son los más sabios e instruidos seres que he conocido aparte de Miguel. Creo que si el creador existe ellos lo sabrán y vendrán. En lo que a este planeta corresponde su venida estaba próxima, los humanos ya estaban listos para la comprensión que estos seres brindan. ¿Que me dices de tu búsqueda?
–Vaya forma de mirarlo. Ni rastro de Adán, pareciera que simplemente desapareció. Debemos instalarnos.
Adaín trató de rechazar el tema que venía, pero no serviría de mucho con Edeín a la contra. Una nueva ráfaga helada sintieron sus cuerpos y un sentimiento de mortalidad los invadió.
–Aun no es tiempo de instalarnos –contestó el señor de los ángeles.
–Tenemos que crear armas, lo sabes. Instruir y construir con lo que tenemos, forjar hierro, pues aquí no tendremos más, ya que no estamos avanzados.
–Si nos quedamos en un solo lugar Kalistía nos encontrará y querrá que nos rebelemos, a lo que no nos someteremos. Entonces tal vez esto crezca y haya guerra; no quiero llegar a eso.
–Tal vez es inevitable.
Esta vez su garla descansó, Edeín no insistió más y Adaín comentó sus pensamientos.
–Cruzaremos montañas y vislumbraremos el mar. Aquí es el centro del mundo y es hora de instalarnos. Pero el mar me llama y respiro el viento lejano que viene de él; me habla en susurros. Aquí nuestro pueblo errante descansará entre montañas y, en el mar, una ciudad llamada Edentia en un futuro nos aguarda.
Le miraban como líder indiscutible pues su luz sobresalía. Pero la mayoría comenzaron - a inclinarse por el espíritu de lucha de Edeín que luz emitía por igual y, a este, se le rechazó su sugerencia de armarse. Adaín no lo admitió creyendo que alejados simplemente Kalistía los dejaría en paz y, pasada la rebelión, las cosas volverían a estar como antes; pero Edeín era de más intuición.
Descendieron para informar que construirían un nuevo campamento entre montañas; para pasar el invierno que tantas muertes causaba entre los hombres. Cazaron y recolectaron. Adaín se mezclaba entre hombres para instruirles y hablarles del Padre. Un frío amanecer, terminada una garla con un grupo de diez hombres, caminó hacia su posada. En el recorrido sintió algunas miradas extrañas y agudizó el oído logrando escuchar.
–Deberíamos construir armas, deberían enseñarnos a luchar para ser mejores defensores de la obra tal y como el señor Edeín mencionaba a principios de invierno.
«Siempre ha sido de esta forma, le aprecian más. » Pensó Adaín. Convocó a su sequito y comentaron los planes. Se decidió por un terreno al lado de una corriente de agua que bajaba de las montañas. La ocultarían con su tecnología que, para el hombre, eran artes mágicas. Los serafines y querubines discutieron las técnicas de construcción y la obtención de minerales.
Adaín de pronto sintió su cuerpo cansado ya que no consumía el fruto desde hace tiempo. Se dispuso a reposar en una choza armada de madera, cuando pensamientos lo atormentaban, pues en muchos veía deseos de luchar. Se recostó con su cuerpo cansado. Dudas lo invadían. Un rencor enorme sentía hacia Edeín; el rencor se debía a que el pueblo ahora amaba más a su hermano de linaje. De pronto una idea surgió y tomó la decisión de desterrarle de su pueblo. Que Edeín hiciera lo que oscuridad quisiera: que se uniera a la rebelión o lo que sea con tal de que se alejara. Afuera escuchó un golpe contra el suelo y, antes de que la puerta se abriese, supo de quien se trataba. « Ahora entrará mi hermano derrochando su sinceridad. Es un peligro lo echara todo a perder. » Edeín entró.
–Equivocado estas y ciego al futuro. Mira. Esto, aunque hierro forjado, es mortal hasta para los ángeles.
Edeín le mostró su hoja: brillosa, afilada, larga y plateada. Adaín notó que un escalofrío recorría su cuerpo; sintió temor ya que sus sentidos de ángel se dispararon. No pudo alejar la mirada de la hoja.
–¿Cómo? ¿Con qué fin? –Adaín se sorprendió.
–Con el fin de protegerme y a los que vengan conmigo –contestó Edeín.
«¿A los que vayan contigo? Pero que oscuridad de engreído. » Pensó Adaín.
–¿Quiénes irán contigo? Nadie te seguirá, lo impediré. Quedas fuera de esta obra. Lárgate y has lo que más te plazca –Adaín le sentenció a su hermano.
–Si, haré lo que más me place; me quedaré con tu pueblo y destruiré la rebelión.
Adaín intuyó lo que ocurriría a continuación. Pero el brazo del ángel Edeín fue más veloz. La espada se dirigió hacia su pecho y atravesó su corazón. Edeín no esperó a la agonía o a una reacción de su hermano, así, extrajo rápidamente la espada y la introdujo en el cuello de Adaín ahogando un grito. Adaín se sumía en la oscuridad mientras miraba con terror los ojos de Edeín.
A la mañana siguiente, la tercera parte de los ángeles y sus linajes, así como tres centenas de hombres, fueron asesinados por el metal forjado. Algunos pocos de humanos y ángeles pudieron huir entre el desorden y salvar la vida; los demás tomaron el camino de regreso al Edén. Las palabras de explicación de Edeín fueron bienvenidas, lo más seguro por el temor y, ahora, el pueblo fiel estaba manchado de sangre.
DE EDEÍN
Edeín se alejó de las montañas emprendiendo el camino de regreso; eran miles los que ahora le seguían. Escogía caminos donde pudieran cazar y de nuevo ser errantes por un tiempo. Mientras, algunos enseñaban ciertas formas de construir armas, crearon herramientas afiladas con minerales de la tierra. Edeín se presentaba a los mortales con un extraño traje color plata y las alas blancas extendidas, volaba sobre ellos para infundirles valor, estos lo adoraron y lo tomaron como divino, lo cual, su sequito de ángeles lo aceptó. Su pueblo y su ejército crecieron. Edein tenía entre sus planes, aparte de borrar la rebelión del planeta, hacerse con el árbol ya que su pueblo y él serían más fuertes. También intuía que Kalistía no estaba desprevenido. Avanzó poco a poco reconociendo el terreno, mandaba exploradores y avanzadas; ya era tiempo de acercarse un poco al enemigo. Una mañana caminaba tranquilo recorriendo el campamento.
–Señor Edeín –una mujer mayor se acercó para hablarle –muchos enfermamos por este frío, nos da muerte y nos debilita ¿Habrá algo que hacer por parte de los ángeles por nosotros?
Edeín se detuvo en terreno más elevado que el grupo de humanos postrados a su alrededor, observó a la mujer, sus arrugas, como el sol aclaraba sus ojos azules y la piel quemada por el frío.
–Es poco lo que en este momento podemos hacer; carecemos de recursos avanzados. Nos queda seguir utilizando las plantas recolectadas, tomar fuerzas, dominar el arte de la lucha y cumplir lo más pronto nuestro objetivo.
La mujer escuchó y pronunció.
–Que así sea ángel, de esta forma estaremos en el camino del creador, para su bien.
A Edeín lo envolvió el comentario.
–Oh mujer, No. –La anciana mujer se sorprendió ante la negativa. –No para el creador, para nosotros mismos; para sobrevivir y luchar contra el sometimiento y la rebelión.
Edeín ahora también se sentía una especie de rebelde y traidor para con la creación. Pero no se sentía traidor por dar muerte a su linaje y con quien compartió misiones en el pasado, más bien se sintió por el camino correcto. Estaban abandonados y tendrían que valerse por ellos mismos. El día había amanecido algo despejado con un frío que dio tregua un momento. Se pusieron en marcha con la aurora. En el camino Edeín no dudó en hacer uso del arco y dar muerte a animales consiguiendo alimento para los hombres. Pensaba que no había mucho que pensar, se trataba de algo simple, una decisión que llevaría a cabo. Dios los había abandonado. Edeín imaginaba cientos de maneras diferentes de como iniciar el combate: en una desacertada suerte de enfrentamiento no era necesario luchar y solo entablarían un dialogo, en otra ocasión, llegaba él cortando con su espada sin intercambio alguno de palabras incluso en otra se unía a Kalistía. Realmente no tenían importancia estas variaciones, si no el hecho de que ya no había que tomar más decisiones. Irrumpiría en el jardín, haría todo el daño que podía para demostrar que es posible. Tal vez era mejor enfrentar a Kalistía de manera salvaje antes de que lo contrario sucediera.
Llegó la noche en la que a los ángeles ya no les quedaba la luz de la inocencia. El pésame los inundaba y quemaba las entrañas. Las estrellas se adueñaron de la noche, el viento soplaba como si de un llanto se tratase, la luna no estaba y el silencio lo inundó todo. Esta noche Edeín recibiría la más inesperada de las visitas. Observaba el firmamento en busca tal vez de esferas aliadas de altos Ailur que venían a rescatar el planeta; nada de eso pasaba.
–Ángel
La voz sonó a su espalada provocándole un escalofrío. Se giró y miró como el alto ser se descubría el rostro al liberarse de la parte alta de la túnica negra. Necesitó un momento para reaccionar.
–Te he buscado- dijo Edeín.
–Lo se, aquí me encuentras. Nadie me vio, nadie sabe y espero que continúe así.
–¿Qué es lo que está pasando? –preguntó Edeín con desesperación.
–Verás, fuimos abandonados.
–Yo…
–Se lo que tratas de hacer, aun en ausencia de recursos una total locura y, por lo tanto, puede que funcione; invadir el Edén. Te ayudaré ángel y así podre obtener lo que busco.
–Quieres rescatar a Eva –dijo Edeín adivinando las intenciones de Adán.
–O darle muerte, que al caso ya viene siendo lo mismo.
Hubo un helado silencio, meditaron la extraña situación, Edeín lo rompió.
–Adán ¿que pasa con los Altos? Miguel…
–Todos deben tener su lucha, al igual que nosotros tendremos la nuestra.
–Yo sé que el creador…
–Se lo que viste aquella ves y sé que ahora estás manchado de sangre. Anda, preparémonos.
Un día Edeín observó el Jardín y él también fue observado. No había vuelta atrás, y con soldados a su espalda, se dirigió a las puertas del Edén, o del infierno.
DE EVA
Los hijos de Eva nacieron y fueron tres. Kalistía se encargó de los medios para que esto ocurriera, utilizando artes de otros mundos, artes que a ojos de mortales eran técnicas demoniacas.
Eva cumplió su palabra con Lucifer entregándole sus hijos al príncipe. Una nueva especie para evolucionar a la raza humana de acuerdo a las peticiones de Lucifer en los ahora mundos autónomos.
Eva les miraba todo el tiempo mientras murmuraba canciones ajenas a este mundo.
–He cumplido mi parte con Lucero –dijo Eva al príncipe.
–Lo se - contesto Kalistía – y, gracias a ti, los hombres serán mejores de acuerdo al plan. Ven Eva, comamos del fruto y celebremos.
Eva sintió una enorme tristeza negándose al ofrecimiento. Así, optó por desvanecerse y permanecer invisiblemente en el Edén como caminando sobre tinieblas. Nadie sabía de su presencia en el jardín, sospechaba que Kalistía intuía algo pero, aun así, no podría encontrarla. Pensaba en su Adán. ¿Qué Eva abandonaba a su Adán? Nunca una Eva lo hizo. Observaba las aves en el ya enorme árbol dorado que se erguía hacia el cielo, dando el fruto de los Altos que serbia para satisfacer a los encargados de la obra en los mundos elegidos para sembrar vida.
Admiraba como sus hijos crecían más de prisa que los hijos normales de humanos normales; mejores física y mentalmente. Sus hijos se alimentaban del fruto y pasaban demasiado tiempo con el príncipe. Se les nombro Qabill, Habill y seth. Eva se encariñó con Habill, le admiraba y creía que se parecía mucho a ella al grado de que, en una ocasión, se le mostró.
–¿Quién eres?- le preguntó tiernamente Habill.
Eva observó al pequeño de piel blanca y ojos de un verde profundo.
–Soy como una especie de madre que te vigila y cuida.
–¿Mi madre? –preguntó Habill.
No soportó la emoción que comenzó a experimentar y, de nuevo, desapareció ante la mirada de Habill. El tiempo pasó y ella observó como fueron instruidos en las artes conocidas. Aprendieron el lenguaje universal e incluso Tzamaél puso a algunos de sus soldados a enseñarlos a luchar con espada y disparar con el arco. Eva le temía al ángel de negras alas, parecía un ser sin Alto al que obedecer, sin dueño, tomaba decisiones por si mismo sin consultar a nadie, incluso, notaba cierto temor por parte de Kalistía hacia Tzamaél.
Sus hijos eran totalmente distintos entre ellos. Qabill poseía una arrogancia y ego insuperables; era capaz de hacer cualquier cosa con tal de recibir una alabanza de Kalistía. Habill se interesaba por el jardín, por el plan de Lucifer y la historia universal, pasaba tiempo con querubines mensajeros y ángeles instructores. Seth era aun más diferente, su comportamiento no tenía que ver con el de sus curiosos hermanos que querían comerse la creación: era serio, no le interesaba instruirse en las armas aunque lo hacia. Eva intuía que Seth era un observador nato y poseía una inteligencia aterradora que la angustiaba; le llamó el silencioso seth. Ya no tenía vida para ella, observar a sus hijos era lo único que le quedaba.
Un día notó un cambio Habill, su favorito, conversaba con Tzamaél, creyó que se alejaba de Kalistía y se inclinaba por la instrucción del de negras alas, al contrario de Qabill que cada vez más al príncipe se apegaba, mientras el silencioso Seth les observaba. Entendió que Tzamaél con Habill se encariñaba y esto la incomodó para con su favorito. Habill seguía al monstruo de alas negras y Qabill a alguien peor. Supo en una de las conversaciones de Habill y Tzamaél que el príncipe no era del agrado del ángel; por orden de Satanás estaba con él. Tzamaél comenzó a entrenar personalmente a Habill en las armas y le construyó una armadura oscura llenando esto de odio a Qabill, el cual, se acercó al ángel de negras alas.
–Ángel de oscuras alas, al igual que mi hermano, por ti quiero ser entrenado en las armas. –Qabill expuso con exigencia.
–Me niego –fue la simple respuesta.
Las palabras de Tzamaél golpearon a Qabill en el corazón. Entonces por primera vez Qabill odió a su hermano, desenvainó espada y se dirigió velozmente hacia Habill que logró mostrar igualmente una afilada hoja. El tajo que lanzó Qabill fue directamente al rostro, pero fue bloqueado y, el siguiente a la cintura, también fue esquivado. Tzamaél no intervino. Eva miró como su favorito evadía las embestidas de su hermano sin problema, hasta que la espada de Qabill cayó al suelo y quedó tirado en la hierba con la espada de Habill amenazante sobre el cuello. Unas manos retiraron fuertemente a Habill de su hermano; eran las manos de Seth. Tzamaél tomó por los hombros a Habill y lo elevó por los aires. Eva corrió hacia Qabill pero poco antes se detuvo y no se atrevió a mostrársele. Miró como su hijo lloraba de humillación y rabia lo cual la asustó. Se alejó no sin antes observar como Seth, después de presenciar la batalla, incorporó a su hermano y caminó hacia el árbol sentándose debajo de el para sumirse en sabrá que oscuridades.
Los tres hijos eran observados por todo el Edén, amados y alabados, los tres una luz emitían, una luz que atraía; los tres eran unos monstruos.
DEL MALDITO PRÍNCIPE.
Qabill había atacado a uno de sus hermanos. « Así que fue a pedirle al maldito y arrogante ángel que le entrenara. » Pensó. Sentía que una furia crecía en su interior, pero no la dejó agrandarse, tenía que tener la mente clara pues tal vez habría que librar una batalla; a sus puertas habían venido los fieles a desafiarlo. Aun así, le satisfacía el no tener que perseguirlos por los rincones del mundo, ahora solo tenía que acabar con ellos ante sus puertas.
En la entrada de su estancia se dibujó una sombra; el niño mostraba vergüenza.
–¿Por qué? –preguntó Kalistía. Por los ojos de Qabill asomaron las lágrimas.
–No lo se –la voz se le quebraba –Solo me dejé llevar por el rencor, pues le odio y odio al maldito ángel de alas negras; quiero que la oscuridad se los lleve. De alguna forma las palabras de Qabill le llegaron a fondo. Se levantó de la silla y fue a abrazar al que ahora había tomado casi como a un hijo. –Está bien. Eres sincero contigo mismo, pero careces de inteligencia. No dejes que tus sentimientos gobiernen sobre tu mente. –Así lo haré mi señor. –Anda vete, tendrás que dar tus agradecimientos a Seth que, si por el no fuera, habrías muerto. Esto solo le recordó a Qabill que fue vencido y humillado. Se retiró con esta desagradable sensación de derrota. Kalistía se sumió en su plan; ya era hora de actuar. Estaba a punto de dar la orden de ir al encuentro y ver hasta donde estaba dispuesto el enemigo a llegar, pero un desorden escuchó afuera y corrió hacia la ventana, había un enorme alboroto; la mayoría de su ejército rodeaba el árbol de la vida. Un desconcertante sentimiento de desesperación lo embargó al observar como el enorme árbol ardía en llamas. Saltó con furia desde lo alto de su palacio. Corrió velozmente llegando al lugar donde inútilmente trataban de salvar un árbol ya consumido. Empujó a los querubines que aun usaban sus inútiles artes para aplacar el fuego. Invocó espíritus invisibles a que le contaran lo ocurrido; pero no sabían como había sucedido. De pronto, una idea cruzó su mente, un recuerdo; Eva había desaparecido frente a él. Volteó a ver a su ejército descuidado que deberían estar frente a las puertas. « Maldición tal vez era parte de un plan muy bien trazado. » pensó. –Todos, id a las puertas –gritó. Y todos le obedecieron. Se dirigió con los suyos hacía la entrada. Ángeles se elevaban por los aires hacia las puertas. Las armaduras brillaban con lo rojo del atardecer. Algo le hizo desviar la mirada y captó su atención; miró a Eva. Se dirigió hacia ella, Eva estaba encorvada y casi recostada llorando sobre un cuerpo sin vida. Un terrible sonido se escuchó en la entrada. El viento trajo el olor a sangre. Velozmente se dirigió hacia la entrada. Cuando se elevó por los aires logró ver la terrible lucha frente a las puertas: ángeles de armaduras negras caían., hombres golpeaban sus puertas, los de vestiduras plateadas con reflejos carmesí trataban de adentrarse en el Edén. El desorden se acrecentó pero Tzamaél, el de negras alas, traspasó las líneas y los ángeles fieles al parecer le conocían bien y le temían, los fieles retrocedieron. El sonido de otra lucha le llegó de la parte trasera del Edén. Desde el cielo más ángeles caían alrededor del árbol. Dejaría que su odiado Tzamaél se hiciera cargo del frente. Sacó una enorme hoja de un brillo rojo, vibraba; fue a la batalla que ocurría alrededor del árbol. DE EDEÍN El plan fue trazado apresurada y magistralmente, durante la noche y bajo la luna llena. Adán le explicó como actuarían, como se introduciría en el Edén por artes que seguramente todos ignoraban, inclusive, le confió algo que un Adán jamás le había contado a un ángel. –Puedo desvanecerme y permanecer invisible a los ojos de hombres y celestiales –le dijo a Edeín. –Por eso me fue imposible encontrarte. –Así es. Utilizaré el don que mi creador me otorgó y haré la más llamativa de las distracciones. –¿A que te refieres? –Después de cortar un vástago, haré arder el árbol. –Saben sonde estamos, pero no esperan que ataquemos tan pronto. El príncipe piensa que esta será una larga lucha y, de un solo ataque, invadiremos el Edén. No sé qué pasará después, solo sé que tenemos que acabar con la rebelión. –Edeín, después de decir eso, recordó como dio muerte a Adaín; una sensación de malestar cruzó su cuerpo. Silenciosamente se armaron durante el día; ángeles y hombres vistieron armaduras plateadas. Hacia el atardecer de un cielo rojo, se dirigieron a las puertas con arcos, flechas, con espadas relucientes, pesados martillos y largas lanzas de puntas vibrantes y luminosas. Un águila azul se levantó de las puertas del Edén y; era la señal de Adán. Ángeles se elevaron por los aires y hombres corrieron entre altos pinos hasta llegar a las puertas para quemarlas. El ángel logró ver que se encontrarían con un número más reducido del que habían supuesto; era el momento. Se dirigieron hacia los ángeles rebeldes que volaban sobre las enormes puertas del Edén. Cayeron sobre ellos mientras los Hombres llegaban con enormes metales pesados y golpeaban las gigantes puertas de madera. Edeín daba tajos a diestra y siniestra. Observó el miedo en algunos y el odio en otros. Su espada estaba bañada en sangre de los cuerpos de los ángeles que atravesaba; esta espada que empuñaba, la que sentía cada vez más maldita. Del sol ya solo se apreciaba una fina línea, el rojo carmesí del cielo ya se tornaba oscuro y asomaban las primeras estrellas cuando Edeín logró mirar como sus hombres retrocedían ante un ángel de alas negras. Tzamaél no había mordido el anzuelo, con su opaca hoja, casi al oscurecer, derribaba ángeles; los de armaduras negras retomaban valor volviendo a la lucha. Edeín observó que los que se atrevían a enfrentar a Tzamaél sintieron el miedo y el dolor al ser atravesados por aquella enorme hoja, como el dolor que estaba experimentando por la flecha que acababa de incrustarse en una de sus alas, logró esquivar la flecha que se dirigía hacia su pecho para después introducir su espada en alguna armadura negra. La batalla se tornó algo confusa, entonces, hizo señas a su espalada y tres ángeles se le emparejaron; estos comprendieron que ocurriría, así que, sintieron temor. Edeín dio la orden de atacar a Tzamaél. Se encontraron con el ángel, la luz de la luna sacaba destellos su sus plateadas vestiduras. Fue el primero en atacar, el golpe lo dirigió hacia el rostro de Tzamaél, pero fue fácilmente contrarrestado siendo lanzado hacia atrás por la fuerza del terrible ángel. Extendió sus alas blancas para frenar la velocidad y dirigirse de nuevo al ataque, cuando miró como el de alas negras desprendía la cabeza de uno de los suyos, como atravesaba al segundo y rompía la armadura plateada del tercero para darle un sangriento final al atravesar su cuello. También Edeín sintió como la enorme espada atravesaba limpiamente su armadura plateada; Edeín se desplomo hacía el suelo lleno de cadáveres. DE EVA Después del peligroso encuentro a espada que tuvieron sus hijos, Eva no se despegó de Habill, Invisiblemente lo siguió a todo lado. Cuando su hijo fue tomado por Tzamaél y elevado a los aires, escalofríos recorrieron su invisible piel, fue tras él pero frenó la marcha, pues una sensación familiar logró sentir: una presencia con la cual nació, un alma gemela, un compañero, un Adán. Logró percibirlo, contempló como Adán se dirigía al árbol, como roció el enorme tallo gris con algún polvo y como el fuego comenzó a bailar subiendo por el tronco llegando al dorado follaje. Eva contempló a su Adán con la boca abierta al grado que casi olvida a su hijo favorito. Miró, al voltear, que Tzamaél había frenado la marcha y depositado a Habill en el suelo. Un gran alboroto comenzaba a suceder mientras Adán se alejaba con un vástago del árbol en sus manos; había cortado un brazo. Adán pareció percatarse de ella por un momento pero, la multitud y los soldados, llegaban a apagar en vano el incendio; este había sido provocado por artes de otro mundo. Buscó de nuevo a Habill, aunque su instinto era correr hacia su Adán. No encontraba a su favorito, se introdujo entre ángeles y hombres que corrían hacia el árbol. Probablemente su Adán corría tras ella. Afuera, tras el muro de madera maciza donde descansaba plantada cual guardián una enorme puerta, una lucha comenzó. Ángeles querían volar sobre el enorme muro de madera pero eran interceptados, hombres golpeaban la puerta con metales pesados y flechas ya volaban por doquier. Por fin logró ver a Habill, el cual ahora vestía una oscura armadura y se dirigía hacia la entrada dispuesto a luchar. Eva quería alcanzar a su hijo y llevárselo. Habill se precipitaba en contra de la marea de hombres que se dirigía al árbol, reflejos opacos brillaban en su oscura armadura y la espada que desenvainaba. Eva sintió que algo resquebrajaba su alma; un presentimiento aterrador la embargó. Antes de darle alcance pareció que una mano veloz acarició el cuello del niño, entonces Habill soltó la espada y cayó al suelo tomándose la garganta con ambas manos. Miró como Qabill salía de entre la gente y se sentaba a las espaldas de Habill. Eva no miró la siniestra sonrisa que iluminó el rostro redondo de Qabill, pero si observó como tomaba la cabellera de su hermano para después introducirle una hoja de mango dorado en las partes donde la armadura no cubría el cuerpo ya sin vida de Habill. La desesperación la consumió mientras se mostraba a los ojos de los mortales, aunque el único que le prestó atención fue Qabill cuando Eva lo tomó por los hombros para agitarlo con odio. –Eres un maldito. Asesino. Te maldigo –le dijo Eva, para luego arrojarlo con fuerza lejos del cuerpo de su hijo muerto. Qabill huyó atemorizado por la aparición. Los siguientes que pudieron observarla fueron Adán y Seth. Eva no prestó atención al Príncipe que se detuvo para observarla. Adán, invisiblemente al lado d Seth, se acercó a Eva para tomarla en brazos; Seth tomó a su hermano muerto. Ángeles fieles lograron sobrevolar la parte trasera de la ciudad y llegaban hacia el árbol para unirse a la batalla. Al frente de la ciudad, tras las puertas, se llevaba a cabo otra contienda donde Tzamaél, el de negras alas, derribaba a los fieles por doquier. Gracias a Adán lograron salir de la ciudad, no sin heridas, pues algunos hombres les impidieron el paso, pero el desvanecido Adán los desarmó y dejo inconscientes, tal vez en la confusión quitó la vida a muchos hombres.