Relato 27 - LA ERRADICACIÓN DE LA MENTIRA

A los once años estaba perdidamente enamorada de mi padre. Los psicólogos denominan «Complejo de Electra» a la fijación afectiva de las hijas por sus padres. La tal Electra era una de las hijas de Agamenón y Clitemnestra. Agamenón fue rey de Micenas y acaudilló a los aqueos que sitiaron y conquistaron Troya allá por siglo XII a. C. Cuando regresó a Micenas después de más de diez años guerreando fue asesinado por Egisto, uno de los amantes de Clitemnestra. Más tarde Electra persuadió a su hermano Orestes para que asesinara a Egisto y Clitemnestra, vengando así la muerte de su padre y cerrando el círculo de sangre. El psiquiatra Carl Jung fue quien recurrió por primera vez a este mito para designar la atracción de las hijas por sus padres, aunque en ninguna de las tragedias griegas se sugiriere que Electra estuviera enamorada de Agamenón. Para la psicología esta fijación se desarrolla durante la infancia de las niñas y desparece cuando crecen y se convencen de que su amor es imposible.

Pero con once años yo seguía enamoradísima de mi padre y es que mi padre no era un hombre corriente. Medía más de 1´90 de altura, tenía una constitución atlética y una presencia imponente. Se peinaba con raya a la izquierda y su pelo negrísimo siempre estaba bien cortado y lustroso. Las facciones de su rostro eran delicadas, aunque los rasgos podían endurecerse en ocasiones. Tenía los ojos marrones oscuros y la mirada de una especial intensidad. Cuando conversaba con alguien su interlocutor podía estar bien seguro de que lo estaba escuchando porque fijaba su mirada de tal modo que pareciera que lo estuviera escrutando. Yo tenía estudiadas sus miradas y podía saber su opinión sobre las personas por la manera de mirarlas. Mi padre trataba a todas las personas con amabilidad, fuera quien fuera y sin importarle su riqueza o estatus, pero si lo conocías como yo lo conocía podías saber si alguien le caía bien o mal según como lo mirara. Era abogado y siempre vestía muy elegante, terno azul o gris marengo, camisa blanca y zapatos negros tipo inglés. Con las corbatas se permitía ciertas extravagancias en los colores y los estampados. Con los gemelos de las camisas los solía llevar a juego con la corbata y eran a la vez elegantes y sofisticados. Por la forma y el cuidado en el vestir podías imaginar que mi padre era un hombre coqueto.

Mi predilección por mi padre y la de mi padre por mí era algo conocido y asumido por el resto de la familia. Yo era la última de la prole, me precedían tres hermanos varones de edades consecutivas, y había nacido con tres años de diferencia respecto al último. Era la pequeña de la casa, la caprichosa, la consentida, la niña de papá… creo que todos esos apelativos se ajustaban bastante con mi rol en la familia. A mí no me importaban ni mi madre ni mis hermanos, a mí me importaba mi papá, y estaba convencida que a mi papá no le importaba nadie más que yo. En este aspecto, no cumplía totalmente con los estándares del «Complejo de Electra», pues no sentía ninguna rivalidad con mi madre, yo era la preferida de mi padre y esa señora no importaba nada.

Y es que en aquella época pasaba mucho tiempo con mi padre. Mi colegio estaba de camino a su oficina y desde pequeña era él quien habitualmente me acompañaba por las mañanas y me recogía al mediodía. Después de comer me volvía a llevar y me recogía por la tarde, pero no íbamos a casa, me dejaba quedarme en su despacho a hacer los deberes en un pupitre que habían puesto para mí al lado de su escritorio. Tenía que estar callada y no molestar y juntos en su despacho trabajábamos hasta las siete o las ocho que volvíamos a casa. Si estaba enferma sólo dejaba que él me cuidara, si no me gustaba la comida sólo él me convencía para comérmela y si tenía que ir a algún sitio sólo él me podía acompañar. Así se puede entender que estuviera convencida que era yo la persona que más le importaba a mi papá. 

Como he mencionado, mi padre ejercía la abogacía, era socio de un bufete en la capital de mucho prestigio. Procedía de una familia de rancia tradición jurídica, su abuelo había sido catedrático en la universidad y había escrito unos de los primeros manuales de derecho civil y su padre había escogido la carrera judicial y había llegado a magistrado en el Tribunal Supremo[1]. Él tenía un expediente académico brillante, licenciado con matricula en todas las asignaturas, máster en abogacía y doctorado «cum laude». Era un renombrado procesalista, había batallado en numerosas causas judiciales y era reconocido en el foro. Sin embargo, su dedicación al Derecho no se limitaba a la abogacía, era también un teórico que daba clases en la universidad y escribía artículos jurídicos que se publicaban tanto en revistas especializadas como en diarios económicos y de información general.

Mi padre amaba el Derecho, no sólo como un mero sistema de normas, sino como instrumento de la justicia y garante de de la libertad, la igualdad y los demás derechos de los ciudadanos, y por sus profundas convicciones y su fe en la justicia, además de su labor profesional y su actividad docente, había fundado una asociación de abogados progresistas que actuaba en distintos foros, no sólo en los Tribunales, frente a cualquier violación del ideario que defendía la plataforma.

Cuando yo tenía once años mi padre tenía cuarenta y cuatro, era todavía joven y todos aquellos quienes lo conocían le pronosticaban una carrera arrolladora, viendo en él cualidades para ser un futuro dirigente del país.         

Precisamente a través de la asociación de abogados progresistas le llegó el caso que pudiera haber sido su trampolín hacia la política y que acabó provocando la pérdida de su prestigio, el escarnio público y finalmente su ruina. Aunque el caso fue ampliamente difundido por los medios de comunicación y pareció dividir al país en dos bandos enfrentados, lo cierto es que carecía del dramatismo habitual de los juicios que levantan la expectación del público. Se trataba sencillamente de un profesor de educación física que había sido despedido de un colegio donde daba clases de gimnasia a niños por negarse a someterse a un test que le exigía la dirección del colegio y la asociación de los padres de los alumnos. El colegio admitía que el despido era improcedente, pero el profesor denunciaba que el despido era nulo porque había violado su derecho a la intimidad al obligarle a someterse al test.

Habían aparecido en la prensa algunos casos de pederastia en colegios y cundía un pánico generalizado entre los padres de familia que veían en cada profesor un potencial abusador de sus hijos y exigían que los centros impusieran medidas de seguridad. El test al que el profesor se había negado a someterse se denominaba «Test Wagenknecht» en honor al doctor alemán que lo había desarrollado y permitía comprobar si una determinada persona tenía pulsiones pedófilas a través de escáneres cerebrales.

Actualmente la neurociencia es una disciplina dominada por los científicos y con multitud de aplicaciones prácticas para la vida cotidiana. Los escáneres cerebrales de alta resolución son herramientas habituales en la sociedad y sirven para conocer las verdaderas intenciones de los individuos, empleándose en los juzgados, en las comisarías, en los aeropuertos, en las aduanas… y empezándose a utilizar también por las grandes corporaciones en sus estudios de mercado, por las empresas para la selección de sus empleados, por los bancos en los procesos de concesión de sus préstamos e incluso hay famosos que obligan a sus jóvenes pretendientes a pasar por el escáner para conocer si realmente les quieren o lo que quieren es únicamente su dinero. Muy pronto habrá un scanner en cada casa para saber si nuestros hijos nos mienten o nuestras parejas nos engañan. Ahora que estamos en el umbral de la utopía, en el principio del fin de la mentira, de la falsedad, del disimulo, del fraude, del fingimiento y del engaño, ahora que la tecnología permite descifrar la mente de las personas, sus pensamientos, sus deseos, sus emociones, sus esperanzas, sus sentimientos más íntimos, ahora que tenemos que afrontar la verdad, la fría, la insana, la insidiosa verdad… ahora no nos extraña; pero no hace tanto años la neurociencia era aún una disciplina rudimentaria y el uso de la incipiente tecnología derivada, fuera del campo de la medicina, suscitaba desconfianza entre algunos sectores de la ciudadanía.

El Dr. Wagenknecht había desarrollado su test tras años de trabajo en la cárcel con cientos de pederastas condenados por abuso de menores. El test se basaba en el sistema de funcionamiento del cerebro y analizaba el orden y las particularidades en la activación de ciertos circuitos cerebrales mediante técnicas de neuroimagen. A través de miles de pruebas con resonancias magnéticas para visualizar el cerebro en funcionamiento y el análisis de los resultados había conseguido información suficiente y exacta para identificar la respuesta cerebral a los estímulos sexuales y poder identificar a los pedófilos con escaso margen de error. La mecánica del test era sencilla: se muestra al examinado cientos de fotografías de adultos y menores en distintas posturas, vestidos y desnudos, de sus genitales y otras partes del cuerpo. Con el objeto de evitar reacciones nulas las fotografías se exponen durante menos de un segundo, en ese pequeño lapso de tiempo el cerebro reacciona al estímulo visual antes de que el examinado sea consciente del mismo. Para asegurar que el examinado atiende a las imágenes se intercalan fotos sin carga erótica con una marca y cada vez que aparece una de estas fotos marcadas el examinado tiene que pulsar un botón. Cuando las áreas del cerebro que actúan en los mecanismos de recompensa no reaccionan o reaccionan únicamente frente a las fotos de adultos el individuo es normal y si reacciona frente a las fotos de menores el individuo tiene pulsiones pedófilas.

No había ninguna sospecha respecto al comportamiento del profesor, el colegio había impuesto ese control a todos los docentes frente a la alarma que provocaban los casos de pederastia que se publicaban en la prensa. El profesor se había negado a someterse al test y había sido despedido, por eso reclamaba en los tribunales. El caso había sido asumido por mi padre «ad honorem», pues resultaba novedoso e ilustrativo de la batalla que se estaba librando en los países democráticos entre la seguridad y los derechos a la intimidad y a la privacidad.

La ciencia estaba permitiendo acceder a esferas íntimas de las personas a través de tecnologías que hacía unas décadas resultaban simplemente ciencia ficción y un acuciante sentimiento de inseguridad o paranoia dividía a la sociedad entre los que estaban a favor de la utilización de estas tecnologías para conseguir un mundo más seguro y los que estaban en contra.

La asociación a la que pertenecía mi padre abogaba por la defensa a ultranza de los derechos de los ciudadanos, entre los que se encontraba el derecho a la intimidad, y consideraba que merecía la pena luchar por ellos en cada ocasión, incluso si suponía un detrimento de la seguridad. Para mi padre y la gente que era como mi padre el incremento de la seguridad no justificaba la violación de los derechos humanos y vivir en un mundo no totalmente seguro era el precio que se debía pagar para construir una sociedad libre, igualitaria y respetuosa de los derechos de todos los ciudadanos. Esa postura puede sonar ahora ingenua hasta la estulticia, pero supongo que aquellos tiempos eran más inocentes que los actuales.

Por supuesto, frente a la asociación de «abogados progresistas» se había constituido la asociación de «abogados conservadores» que representaban el ideario (o la carencia de éste) de aquellos otros ciudadanos que estaban dispuestos a asumir la pérdida de una porción de su intimidad a cambio de más seguridad. La defensa del colegio la había asumido uno de los abogados pertenecientes a esta asociación, uno al que mi padre se había enfrentado y derrotado con anterioridad en contiendas parecidas. Este abogado resultaba la antítesis de mi padre y era más bien rechoncho, desaliñado y feo[2]. También sus estilos parecían contrapuestos, mientras mi padre era dialectico, exquisito y teórico, el del otro era demagógico, bullanguero y visceral.     

Fieles a su estilo, cada abogado esgrimió sus argumentos. Mi padre hizo un alegato brillante defendiendo que la mente de las personas es el santuario de su intimidad y que nadie puede ser obligado a desvelar sus pensamientos ni sentimientos íntimos por ningún método, apeló a los principios del estado democrático y de derecho para concluir que el menoscabo de los derechos de los ciudadanos era un menoscabo de nuestra propia identidad como sociedad abierta, libre e igualitaria. El abogado que defendía al colegio apeló directamente al miedo y nada daba tanto terror a unos padres que imaginar a sus hijos en manos de un pederasta.

El primer round del combate resultó favorable a mi padre, dictándose en primera instancia una sentencia declarando la nulidad del despido y obligando al colegio a readmitir al trabajador. Pero los contendientes sabían que era sólo el primer asalto, el combate continuaría en las siguientes instancias y acabaría en el Tribunal Constitucional pues afectaba a derechos fundamentales garantizados constitucionalmente.

Sin embargo, el verdadero combate no se libraba en los tribunales, el verdadero combate se estaba librando en la prensa, donde especialistas, columnistas, blogueros y ciudadanos expresaban airada o sosegadamente su parecer defendiendo una posición o la contraria. Tanto mi padre como el abogado contrario sabían que la opinión pública sería decisiva sobre en el resultado final del juicio y que lo que se resolviera en este pleito marcaría la tendencia respecto al conflicto «seguridad versus privacidad», por lo que ambos se batían denodadamente publicando artículos en los periódicos cuya línea editorial coincidiera con su postura.    

Fue entonces cuando el abogado que defendía al colegio lanzó en la prensa un desafío desesperado. Su planteamiento era radicalmente simplista, sostenía que la negativa a someterse al test por parte del profesor era en sí misma una confesión de culpabilidad, pues se sometería a esta prueba si no tuviera algo que ocultar. Él mismo no tenía nada que ocultar y se ofrecía voluntariamente a realizar el test si el abogado contrario- es decir, mi padre- se sometía también a la prueba. Obviamente se trataba de una estratagema, nadie esperaba que mi padre se prestara a ese juego, pero eso era precisamente lo que pretendía el abogado contrario: reforzar su argumento de que la negativa a hacerse el test suponía alguna ocultación y a la vez levantar las suspicacias del público contra la propia defensa del profesor.

Sorprendentemente mi padre aceptó el reto y propuso que el test se realizara ante notario para que levantara acta y los resultados fueran públicos. Argumentó que el juicio no era contra el test en sí y que era muy diferente someterse voluntariamente a obligar a alguien a hacerlo para conservar su trabajo. Quizá el rechoncho, desaliñado y feo abogado contrario esperara menos que nadie que mi padre accediera al desafío, pero no le quedó más remedio que seguir con su envite.                       

La mente humana es en general morbosa y obsesiva, y no creo que pase un día sin que me pregunte sobre los motivos de mi padre para aceptar ese absurdo reto, conociendo como debía conocer cuáles iban a ser los resultados de la prueba. Una hipótesis es que su soberbia intelectual pretendiera engañar al test y salir airoso. Otra posibilidad es que no admitiera en él esa parafilia por resultarle intolerable y creyera poder imponer su voluntad sobre sus impulsos. Otras conjeturas se inclinan por una especie de experimento de redención para liberarse de los monstruos que le atormentaban a través de una confesión mediática. O quizá buscara sencillamente un castigo, un linchamiento público.  La teoría más amable es que el test fallara, que por cualquier razón diera un resultado falso. Depende de mi estado de ánimo que me incline por una u otra hipótesis, pero no hay día que no me atormente el porqué.

El país entero quedó en shock: el abogado que defendía la causa de la intimidad en un caso de posible pedofilia era él mismo un pedófilo… Al día siguiente la policía irrumpió en nuestra casa, requisaron todos los ordenadores y se llevaron detenido a mi padre. Ese día fue el último que lo vi. No encontraron nada de lo que estaban buscando y al día siguiente lo soltaron, pero eso no lo iba a librar del escarnio.    

 

Fueron sus partidarios los primeros en renegar de mi padre, en lincharle públicamente. Nadie quería, ni sus más íntimos amigos, que lo relacionaran con él, nadie quería mancharse defendiendo a un pedófilo. Le apartaron del caso de manera inmediata, pero ello no evitó que el juicio se perdiera y que la seguridad se impusiera a costa de la privacidad, resultando un precedente que determinó finalmente la tendencia general y que supuso en definitiva que «el derecho a la intimidad», aun manteniéndose nominalmente, se convirtiera en papel mojado dentro de la constitución.

Mientras mi padre estaba detenido, mi madre se marchó de casa llevándonos a todos con ella, puso una demanda de divorcio y solicitó una orden de alejamiento. Mi padre fue expulsado de su despacho y de la universidad donde impartía clases, fue expedientado en el colegio de abogados y fue vetado en las publicaciones que antes se disputaban sus artículos. Fue vilipendiado, condenado al ostracismo profesional y personal, abandonado por todos. Él mismo se abandonó y dejó que le condenaran sin ni siquiera tratar de defenderse. Se refugió en la casa de campo de su familia, en el alcohol y en los ansiolíticos. En poco tiempo se degradó física y mentalmente hasta resultar casi irreconocible. Subsistió así tres años más y una esplendida mañana de mayo se colgó de una viga de la cochera sin dejar ninguna nota. Los periódicos no tuvieron ningún reparo en publicar la foto de un pedófilo ahorcado con la lengua colgándole lascivamente de la comisura. Su aspecto era horrible, me refiero además de ser un cadáver y tener el rostro abotargado por la asfixia, había engordado muchos kilos, se había dejado crecer una barba asilvestrada y sucia y llevaba puesto un chándal. No sé exactamente la razón, pero el detalle del chándal me irrita, no puedo perdonarle que el día que había elegido para quitarse la vida, mi padre, que había sido un hombre elegante hasta el atildamiento, se hubiera puesto un chándal.     

Nosotros también huimos, nos marchamos del país tratando de poner tierra y agua de por medio y durante unos años vivimos anónimamente en un pueblo de Inglaterra cerca de Londres. Durante un tiempo estuve en tratamiento y los psicólogos quisieron sonsacarme, querían que delatara a mi papá, pero yo me callé obstinadamente y no les conté nada. Nunca delaté a mi papá porque no había nada que delatar, mi padre nunca me hizo nada malo, nos destrozó a todos la vida, pero nunca hizo nada que pudiera hacerme daño o avergonzarme. Mi padre era una persona maravillosa, quien sospechara de él es que no lo conocía; y es que nadie lo conocía como yo.

            Volví años más tarde para estudiar la carrera y, a pesar de la oposición de mi madre, por seguir la vocación de la familia me decidí por derecho. Me gradué con matricula en todas las asignaturas, igual que había hecho mi padre. Nada más licenciarme empecé a ejercer en un despacho inglés y me fue bastante bien al principio, pero poco a poco me dejé absorber por el trabajo dejando de lado mi vida personal. Mi psiquiatra dice que es bastante frecuente que las mujeres que no superaron en su niñez el «Complejo de Electra» no encuentren nunca pareja, pues para ellas no existe un hombre tan inteligente, especial y maravilloso como lo fue su padre. No lo sé, lo cierto es que nunca he sentido el menor interés en emparejarme con nadie y preferí la soltería al matrimonio. Mis pocas amigas se fueron cansando y teniendo hijos mientras yo me refugiaba en el trabajo e iba quedándome cada vez más aislada. Finalmente, también acabé estancada en el trabajo y me di cuenta de que en la oficina, el único sitio en el que me relacionaba, mis compañeros me empezaban a mirar como un bicho raro. Siguiendo de nuevo los pasos de mi padre, un viernes por la tarde al volver del trabajo me fui tomando somníferos de tres en tres hasta terminar un bote entero y me metí en la cama esperando no despertar nunca más.

Milagrosamente y a mi pesar sobreviví, me encontró la asistenta el lunes en estado comatoso pero viva. Me llevaron al hospital, estuve en coma durante unos días y desperté al sábado siguiente, había intentado quitarme la vida y sólo había conseguido arrebatarme una semana de existencia; había fracasado incluso en aquello en lo que mi padre había tenido éxito. Cuando salí del hospital me internaron en el psiquiátrico, sospechaban que volvería intentar suicidarme en cuanto encontrara la ocasión. Me han diagnosticado un Complejo de Electra no superado, trauma infantil, posibles abusos, complejo de culpa, depresión profunda, Síndrome de Estocolmo, tendencias suicidas etc etc etc. Mis médicos deben estar muy contentos conmigo, supongo que nunca habían visto un cuadro tan completo, yo sola basto para una tesis. Me atiborran de antidepresivos, voy a psicoterapia todas las tardes y tengo sesiones de hipnosis tres veces por semana.

Durante las sesiones de hipnosis me han escaneado el cerebro, iluminándose las zonas cerebrales donde guardo mi memoria recóndita, aquellos recuerdos “olvidados” traumáticamente. Los médicos consideran que tengo recuerdos incompatibles con una vida sana y feliz y están estudiando aplicarme una técnica que anula esos recuerdos. No es una intervención quirúrgica sino una terapia neurocientífica a través de electroshocks y fármacos que eliminan la “memoria insana”. Es una técnica nueva y experimental no exenta de riesgos pues, aunque se trata de una eliminación selectiva, se puede extirpar accidentalmente “memoria sana”. Además, muchos especialistas la consideran una terapia peligrosa que puede ocasionar más perjuicios que beneficios pues sostienen que la memoria es la base de la personalidad y los recuerdos, incluso los malos, nos hacen como somos, perder parte de nuestros recuerdos nos transforma en personas distintas y puede suponer la pérdida del encaje en el entorno y convertirnos en parias. Mis médicos consideran que mi caso es desesperado y por los beneficios que reportarían merecen la pena los riesgos. Han iniciado los trámites para obtener la autorización del juez para aplicarme la técnica. Yo no sé qué quieren que olvide, qué quieren borrar de mi memoria, pero no quiero, sean los que sean no los quiero borrar, ahora son lo único que tengo.       

Escondida entre las páginas de uno de los libros que me han permitido traer de mi casa tengo una foto de mi padre. Está sentado en una silla de mimbre leyendo un libro, no sé qué libro es porque no se ven las tapas. La debieron tomar sin que mi padre se diera cuenta pues parece reconcentrado en la lectura. Tampoco tengo manera de saber la fecha exacta en que fue tomada, pero por su aspecto mi padre debía tener la misma edad que tengo ahora y yo acabaría de nacer o estaría por nacer. La miro todas las noches a escondidas, si mis médicos se enteraran me la quitarían, dirían que no es compatible con mi terapia, y tendrían razón, pero yo no quiero que me la quiten, es de las pocas fotos que conservo de él y la llevo siempre conmigo, al fin y al cabo, es la única persona a la que he amado.       



[1] Yo soy la única que ha continuado con la tradición familiar y muy probablemente la última.

[2]  Hasta hace muy poco todavía me lo cruzaba en los juzgados y sigue siendo rechoncho, desaliñado y feo, mientras que mi padre se colgó cual largo era de una viga en la cochera de la casa de campo de su familia.

 

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