Relato 26 - La distracción de un caballero

—No fue premeditado. Las clases de esgrima era mi único aliciente. El médico me aconsejó que buscara una distracción para combatir la depresión. No fue fácil, no era muy aficionado al gimnasio ni a los deportes. El cine o el teatro me recordaban a ella. Hasta pensé apuntarme a clases de cocina, pero no me pareció una buena idea.

»Pero será mejor que empiece por el principio. Todo empezó aquel día en que ella me anuncio que me abandonaba, que se había enamorado de otro y que prefería ser sincera conmigo a vivir una mentira. ¡Hasta debía agradecerle que no me mantuviera engañado, jugando a dos bandas! Eso fue un duro golpe pero no fue lo que más me afectó. Saber quien era fue como un mazazo. Marcos Pérez. ¡Si hasta su nombre era insulso! El nuevo empleado que había entrado a trabajar conmigo seis meses antes. ¡Parecía tan inocente!, un poco lameculos pero creía que era por su ingenuidad. Aún recuerdo como se acercó a mí pidiéndome consejo y yo, ¡iluso de mí!, lo adopté, invitándole incluso a casa y presentándole a mi pareja.

»Hacíamos planes juntos y, a veces, salíamos los tres, por el día disfrutando de diversas actividades, o por la noche, saliendo a bailar o, simplemente a tomar algo. A los dos les gustaba ir de excursión, no pensé nada raro cuando algún fin de semana preparaban alguna salida ¿cómo iba a pensar que ellos dos? Ustedes tampoco lo hubieran pensado.

»No me dio opción de defender lo nuestro, recogió sus cosas y se fue sin mirar atrás. Sin mirar el tiempo que habíamos vivido juntos, los momentos felices que habíamos disfrutado. Diez años tirados a la basura.

»Caí en una depresión aunque no lo sabía. Estuve así varios meses, incluso le mandaba mensajes a ella preguntándole porqué, en qué había fallado, qué la había disgustado de mí hasta que un día me contestó escribiéndome que si no paraba me denunciaría a la policía por acoso.

»Así que fui al psicólogo y meses después me aconsejó que buscara una distracción y ya saben lo que escogí. Todos los lunes, miércoles y viernes de siete a ocho me evadía en esas clases. Aprendí con el florete. Rápidamente adquirí soltura y me aficioné fuera de las clases.

»Empecé a devorar libros y películas donde hubiera espadachines, combates o duelos. No sé cuantas veces vi a Errol Flynn en Robin Hood, o me entretenía con Scaramouche. Nunca había sido muy aficionado a la lectura, o más bien, acostumbraba a dirigir mis lecturas a un único género; radicalmente cambié esa costumbre y me aficioné a leer libros donde describieran un duelo de espadas ya fuera terrestre o naval.

»Así fue como mi mente empezó a dar forma a una idea, una idea que iba tomando forma y apoderándose de mí día tras día. Llegué a la conclusión de que era la mejor opción. No podía dejar las cosas como estaban después de como me había estado tomando el pelo, ¿estarán de acuerdo en eso, no? Porque para nada me creía que había surgido el amor, entre ellos dos, en esos seis meses; seguramente él le había puesto el ojo mucho antes. Se acercó a mí haciéndose el inocente y yo fui el verdadero inocente. Así que decidí que la manera más civilizada de acabar con eso era enfrentarnos en un duelo. Todo siguiendo las normas duales, ¿se dice así? No tenía intención de asesinarle, sino de que nos confrontásemos y que ganase el mejor, aunque yo esperaba ganar, pues me había entrenado mucho y él no tenía experiencia.

»Así empecé a preparar el duelo concienzudamente. No deje nada a la improvisación. Primero busqué el lugar, un parque al que solíamos ir a correr me pareció un buen lugar. Después tenía que pensar en como citarle. Pensé en mandarle una nota firmada pero resolví enviarle un wasap. Tenía que atraerlo por lo que no podía escribirle y citarle para el duelo porque podía no ir, debía pensar que era en son de paz. Escribí: “Quedamos en dos días en el parque al amanecer”, seguido de una cara sonriente para que no sospechase. Como a menudo habíamos quedado en ese parque para correr, seguramente pensaría que ya lo había superado y quería retomar nuestra amistad. Al amanecer, el parque estaba cerrado pero yo conocía una manera de entrar. Lo preparé todo, incluso elegí un descampado en el mismo parque que me pareció adecuado. Solo faltaba que no me diese plantón. Solamente había omitido la presencia de los padrinos. No me parecía muy prudente tener a cuatro testigos de nuestra lid.

»Ya sé que piensan, ¿cómo conseguí las armas? Las sustraje de la escuela, sí ya pueden añadir ese delito también. No explicaré cómo en esta declaración.

»Ya me encontraba yo, esperando en la entrada cuando le vi aparecer. Le vi tal cual era. Quien lo mirara no repararía en él, pues no era una persona que llamara la atención, pero yo veía su auténtica y maquiavelista personalidad.

»Después de saludarnos dimos un paseo mientras hablábamos, o más bien, hablaba él justificándose mientras yo guiaba los pasos hacía donde quería. Una vez llegamos me dirigí donde había escondido los floretes y le lancé uno que cayó al suelo. Lo miró extrañado.

“¡En guardia —grité”. Alzó la cabeza para mirarme, yo en posición de guardia esperaba que cogiese el arma. No sé que le pasó por la cabeza durante esos segundos que parecieron eternos, seguramente fueron varios los pensamientos: que era una broma, que estaba loco, que debía huir. Le vi la intención de salir corriendo y no podía permitirlo, no iba a dejarme así. Corrí más rápido que él y le di una estocada. Juro que le día en el costado pero cayó al suelo envuelto en un charco de sangre.

»¿Saben cuándo planean algo paso a paso y piensan que nada puede salir mal y de repente un factor externo lo modifica todo y el plan da un giro de 180º? Lo había planeado todo menos su reacción.

»Juro que jamás pensé en matarlo, solo quería darle una lección, que supiera que los actos tienen consecuencias y que no podía hacer lo que hizo e irse de rositas. No creía que estuviera malherido, creía que había practicado lo bastante para diferenciar entre provocar una herida superficial u otra más grave. Le dejé ahí e hice una llamada anónima indicando que había un hombre herido en el parque. Cual fue mi sorpresa cuando horas después explicaban en los telediarios que un hombre había muerto en un parque a causa de una herida causada con un arma blanca.

»No fue difícil dar conmigo. Los dos espadines me los lleve a casa, nunca pensé en devolverlos. Creo que ni siquiera sopesé esa posibilidad. Cuando la policía llegó a casa les acompañé a comisaria sin ningún problema.

»Me parece que ya he dicho todo lo que tenía que decir. Espero que haya quedado claro que yo debía recibir una reparación y que nunca quise matarlo.

El inspector Fuentes leyó el informe del forense donde especificaba que el occiso había recibido una puñalada con un cuchillo de unos 10 cm. Llevaban toda la mañana y el detenido mantenía la misma versión una y otra vez. El abandono de su pareja, la depresión, las clases de esgrima, la afición a las películas y libros de capa y espada y como preparó y ejecutó el duelo. No había habido ningún robo en la escuela de esgrima y al registrar su casa encontraron el cuchillo con restos de sangre. No puso resistencia y confesó el crimen abiertamente sin necesidad de un interrogatorio. Observó la fotografía del cuchillo y pensó en mostrársela para ver si lo reconocía pero pensó que era inútil pues las otras cinco veces anteriores no lo había reconocido pero explicaba exactamente donde había dejado los dos espadines al llegar a casa. Observó al detenido y recordó sus palabras para describir a la víctima: “no era una persona que llamara la atención”, parecía que se había descrito a él mismo, no daba el perfil de asesino. A la mente le vino el final de esa frase: ”pero yo veía su auténtica y maquiavelista personalidad”, ¿le estaría engañando?, ¿estaría delante de un crimen premeditado? Es verdad que había confesado el crimen, pero más que arrepentimiento parecía que se justificaba. Debía asegurarse si padecía algún trastorno o simplemente mentía.

—¿Sabe si en la escuela de esgrima van a poner una denuncia por el robo? Siento haber traicionado así su confianza y haber utilizado uno de sus utensilios como arma. ¿Sabe si en la cárcel puedo seguir practicando la esgrima?

El inspector Fuentes intentó descifrarle mirándole a los ojos y descubrió sorprendido que el mayor castigo que podían infligirle no era años de reclusión sino la prohibición de volver a recibir clases de esgrima. No le contestó, recogió la mesa ordenando los papeles con calma, tomándose su tiempo. Luego salió y le dejó solo.

Los gritos reclamando su inocencia se oían por toda la comisaria.

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