Relato 25 – Los hombres de la resurrección

Los dos hombres llegaron exhaustos a la elegante casa del Doctor, siguieron hasta la puerta lateral y ahí, por fin seguros de estar en un lugar en el que nadie podría verlos, dejaron caer el pesado saco de arpillera que habían cargado por más de un milla, ocultándose en la noche y en los mil recovecos de esas ciudad pujante y corrupta.

Golpearon con fuerza la puerta y vieron aparecer la imponente figura del Doctor que los invitó a entrar con un gesto. Los hombres volvieron a encorvarse sobre el saco y lo llevaron adentro de la casa. El Doctor se acuclilló, abrió el saco con una navaja y examinó el contenido. Dirigiéndoles una mirada admonitoria, les dijo:

-Caballeros, seguramente habrán notado que el olor de este cadáver es casi tan fétido como vuestro aliento.

Hizo una breve inspección del resto del contenido y concluyó:

–En estas condiciones, es prácticamente inutilizable. No me sirve, tendrán que llevárselo y dejarlo donde lo encontraron.

Los hombres, ya agotados por el esfuerzo, se sintieron consternados. No tenían fuerzas para nada más, salvo para una negociación final.

–Doctor, no está en las mejores condiciones, es cierto. Aceptaremos la mitad de lo convenido, una libra –dijo el más viejo de los dos, seguro de que no podría volver a cargar el saco por una milla, ni siquiera por una yarda más.

–De ninguna manera, es inutilizable.

Un brillo perturbador iluminó los ojos del hombre más joven. Acababa de tener una idea para cobrar su libra y tal vez mucho más. El Doctor quizá notó ese brillo diabólico en los ojos, o tal vez otros signos de lenguaje corporal y, aunque pareció no inmutarse, su mano ya estaba empuñando un arma escondida debajo de su abrigo. En su trato con gente de baja calaña, el Doctor se había visto obligado a usar su arma de modo disuasorio o efectivo en más de una oportunidad. Si el joven quería atacarlo, el Doctor contaría con dos cadáveres frescos, aunque también serían inutilizables para sus clases de anatomía si se presentaban con heridas de arma de fuego. Pero, después de todo, el joven tenía una propuesta razonable que hacer.

–Doctor, como ha dicho el viejo, sabemos que no está en las mejores condiciones. El cuerpo aun no tiene dos días, pero por algún motivo hiede bastante. Le propongo un nuevo trato, Doctor. Denos una libra por este cuerpo y mañana le traeremos el cadáver fresco de una mujer que acaba de morir.

El Doctor bajó la mirada de nuevo hacia el saco. Tal vez pudiera darle algún uso a ese cuerpo, no en una clase pública, desde luego, pero sí en su estudio privado. Por otro lado, la oferta de un cuerpo femenino joven y fresco no era una que recibiera todos los días.

–De acuerdo –dijo secamente el Doctor.

–Algo más –agregó el joven–, le costará cinco libras. Ella era joven y el cuerpo está en perfecto estado. Y para conseguirlo debemos sobornar a un par de personas. 

El Doctor lo pensó unos segundos y respondió:

–Es un trato, señores. Mañana a la misma hora. Buenas noches.

El Doctor les dio una moneda de plata de una libra, les señaló la puerta y los dos hombres salieron de la casa. Caminaron unas cuadras en silencio por las calles lúgubres. El joven estaba sumido en oscuros pensamientos, pero el viejo estaba contento y rompió el silencio para felicitar a su joven cómplice.

–Actuaste con rapidez y conseguimos una libra, nada mal por un cadáver descompuesto que no vale nada. La mentira del cadáver fresco nos salvó, pero ya no podremos hacer tratos más con el Doctor. Ambos sabemos que no hay ningún cadáver fresco de mujer.

–Aun no –dijo el joven–, pero lo habrá.

Los llamaban los hombres de la resurrección. Por las noches trepaban los muros de los cementerios en busca de tumbas frescas y las excavaban. Si el cuerpo tenía menos de dos días, podían venderlo a profesores y estudiantes de la escuela de anatomía. También vendían las ropas y cualquier objeto de valor que encontraran. Los hombres de la resurrección eran la calaña más baja, sólo los desesperados se rebajaban tanto, y contaban con un estatus en el bajo mundo que era incluso inferior al de los asesinos. Pero estaban a punto de subir de estatus.

El viejo era viejo pero no estúpido. Cinco libras era mucho dinero, más de lo que podría ganar en mucho tiempo haciendo cualquier trabajo honrado, y hacía mucho tiempo que el viejo no era un hombre honrado. Nunca había matado, pero trabajar con muertos lo había matado por dentro y la idea de cometer un asesinato no sólo no le repugnaba, sino que lo llenaba de la fuerza de la juventud. Varias veces había tentado, con dinero recién conseguido del Doctor, a una joven prostituta que lo había fascinado y ella se había negado, aun cuando había ofrecido tanto dinero como lo hacían sus clientes habituales. Para el viejo había llegado el momento de retribuir descortesías.

Los hombres de la resurrección no necesitaron demasiado tiempo para ponerse de acuerdo en el plan. Pasaron por una taberna y se llevaron dos botellas de licor fuerte y barato. Partieron al cercano barrio de las prostitutas, tomando algunos tragos en el camino. A la distancia la vieron, estaba sola en la calle en busca de clientes. El joven se acercó, rápidamente fijaron un precio por el servicio y fueron a un lugar aislado donde lo concretaron. Compartieron la botella de licor, la mujer era muy aficionada a la bebida y no le importó extender la velada en compañía, más que de una persona, de una botella. Cuando ella cayó vencida por el alcohol, casi no ofreció resistencia, y sólo sus ojos azules y desorbitados parecieron resistirse a abandonar este mundo.

La noche siguiente, los hombres volvieron a la casa del Doctor, que examinó brevemente el cuerpo y pagó las cinco libras convenidas. Ahora era el Doctor el que estaba de excelente ánimo. Hizo llevar el cuerpo a la escuela de anatomía y lo preparó para una clase pública magistral. La voz se corrió como un reguero de pólvora. El Doctor, la gran eminencia mundial, iba a presentar sus últimos descubrimientos en anatomía femenina.

El auditorio estaba completamente lleno. Los alumnos y profesores colmaban cada rincón del auditorio de anatomía. El cuerpo estaba tapado por una sábana y, cuando entró el Doctor, se escucharon aplausos respetuosos.

–Bienvenidos al fascinante mundo de la anatomía femenina, que esconde tantos secretos y misterios que no nos alcanzarían mil vidas para descubrirlos todos. Hoy, sin embargo, haremos una pequeña contribución al conocimiento humano.

El Doctor descubrió el cuerpo y se escuchó algo así como un grito ahogado. Las miradas se volvieron hacia un estudiante joven que, en la mitad de las gradas, tenía un aspecto desencajado. Con un hilo de voz dijo “yo conozco a esa mujer, estuve con ella hace solo dos días”. Las miradas se volvieron hacia la mujer. El profesor emérito de anatomía dejó su lugar en el público para examinar con más cuidado el rostro de la mujer que yacía en la mesa de operaciones. El viejo profesor parecía luchar con su memoria y su presbicia, hasta que un leve gesto de sus cejas reveló que había hecho por fin una concordancia entre el rostro de la mujer en la mesa y el rostro de una mujer en su memoria. Entonces dijo: “una prostituta por muchos conocida, evidentemente asesinada por sofocación”.

Un murmullo recorrió la sala y la presentación de los avances en anatomía femenina se vio suspendida. Llamaron a la policía y se inició la búsqueda de los hombres de la resurrección. Poco después, fueron encontrados en un estado grave de intoxicación alcohólica.

Los médicos actuaron como un bloque corporativo y su prestigio quedó casi intacto. Quien más, quien menos, todos los médicos habían tenido tratos con los hombres de la resurrección; quien más, quien menos, todos habían tenido tratos con prostitutas. Luego de unas semanas, los hombres de la resurrección fueron condenados a la horca y enterrados en una fosa sin identificación. Su linchamiento fue un espectáculo vitoreado por una multitud de veinte mil personas.

La misma noche del día en que los colgaron, cuatro personas se movían en la oscuridad llevando dos sacos de arpillera. Llegaron a una casa elegante y golpearon con fuerza la puerta lateral. Un hombre serio los recibió y los invitó a pasar. Abrió los sacos de arpillera y examinó las heridas que la cuerda había dejado en los cuellos de los cadáveres.

El Doctor estaba nuevamente de excelente ánimo. Contrariamente a su forma habitual de comportarse, seca y medida, dejó trascender que se hallaba satisfecho con el trabajo que habían realizado estos nuevos hombres de la resurrección. Les dijo que les pagaría las veinte libras prometidas e hizo lugar a un gesto mucho más extraordinario proviniendo del Doctor: los invitó a tomar unos tragos de licor, oferta que ningún hombre de la resurrección jamás rechazó ni rechazaría.

El Doctor fue a un gabinete y eligió una botella de un licor especial, el mejor que aquellos hombres había probado jamás. El mismo Doctor no probó una gota, pero animó a los otros a seguir bebiendo. Los hombres empezaron a sentirse muy a gusto, una suave calma los invadía y fueron deslizándose hacia un sueño tranquilo del que jamás despertarían.

El Doctor había perdido por el momento la oportunidad de mostrarle al mundo sus descubrimientos en anatomía femenina, pero le entusiasmaba el hecho de contar con seis nuevos cadáveres frescos para completar sus estudios sobre anatomía masculina. 

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