Relato 24 - Todos los sinónimos de un nombre

 

No se pasa mal. Sientes que te vence el sueño…y no te importa. Apenas una sutil angustia por no saber realmente en qué mundo estás, nada más.

 

Stephen Crane.

                                                                             

 

Hacía mucho tiempo que los inviernos transcurrían templados, sin excesivos rigores, y aunque no mediaba todavía el mes de febrero, como era ya costumbre, se adivinaba llegar desprovista de hielo a la mañana.

 

Subió al autobús pensando que por suerte era miércoles y la semana iba acercándose con paso decidido a su ecuador.

 

Pese a la rutina, aún se le hacía cuesta arriba la hora larga de trayecto que tenía por delante hasta llegar a su puesto de trabajo. Le animaba saberse dueño de su corazón, Aurelia se lo había confesado tantas veces mientras se amaban.

 

Ya en el interior, hizo un gesto de disgusto al recordar que, una vez zanjados los últimos flecos, el traslado, del que nadie informaba pero que se intuía inminente, a las instalaciones que ocupaba la multinacional que los había absorbido en un frío polígono del extrarradio de Madrid, supondría rozar —si no, superar— las dos horas de viaje.

 

A Pablo, que pasaba de largo el medio siglo, el desembarco de los nuevos dueños de la compañía no le hacía ni pizca de gracia; las maneras empalagosas con que se conducían los miembros de las primeras avanzadillas, que pululaban por la oficina implantando procedimientos de trabajo sin perder un ápice de cordialidad, le inquietaban sobremanera, hasta el punto de temer verse seducido por lo que parecía una suerte de secta corporativa, que veneraba las virtudes de la empresa al igual que los fieles se
embelesan con el verbo iluminado de su líder espiritual.

 

Con motivo de la presentación de la sociedad a los trabajadores subrogados, celebrada días atrás en un desangelado hotel cercano a la futura sede, visitó el edificio que aguardaba para albergar a la totalidad del departamento de administración, al que pertenecía desde hacía más de veinte años. Se trataba de un cubo perfecto, revestido de infinidad de celdas cristalinas, que recordaba poderosamente a una colmena; en el interior, mamparas de metacrilato se ensamblaban definiendo las estancias de trabajo, dispuestas por lo general alrededor de una mesa corrida, que alojaba en el espacio resultante a más de una veintena de trabajadores apiñados, lo que acentuaba la sensación de panales rebosantes de insectos.

 

«Como a sardinas en lata nos van a meter», pensó indignado, convencido de que los departamentos que había tenido ocasión de recorrer difícilmente podrían encajar al grupo con la amplitud necesaria, una vez consumado el traslado. Pero el pequeño corazón de Aurelia, un palpitante pájaro privado de alas, preso en la jaula que formaban sus delgadas costillas, era ahora suyo, y se sosegó.

 

Antes de salir, llamó su atención la maraña que invadía las zonas inferiores, ocultando por completo el suelo bajo las mesas de trabajo, como la vegetación embravecida de una jungla tropical. Por un instante, tuvo la impresión de que el caos de cables esparcido en todas direcciones, además de conectar los ordenadores, acariciaba con lascivia las piernas de los empleados.     

 

Con el pitido aprobatorio del validador de títulos de viaje resonando en su cabeza, avanzó por el pasillo central con el propósito de alcanzar el asiento del fondo, junto a la ventanilla izquierda, antes de que el autobús acometiera la siguiente curva y la inercia le hiciera perder el equilibrio. Le agradaba ese lugar retirado, un mirador singular desde el que poder controlar lo que acontecía dentro del vehículo, permitiéndole además, si como solía ocurrir la iluminación resultaba deficiente en esa zona, disimular mejor los efectos de los ataques de pánico que, aunque esporádicos, continuaban aquejándole.

 

Cuando, sin previo aviso, sobrevenía el acceso y un vacío se apoderaba de su vientre, sabía que las inspiraciones profundas que le habían prescrito no servirían de nada para detener la crisis, que seguiría su curso obstinadamente hasta completar todas las etapas del brote. Pablo, entonces, oculto en la penumbra, se encogía en el asiento. Tras estrujar unos pañuelos sacados del bolsillo y convertirlos en una bolita de papel arrugado, empezaba a enjugar con ella el copioso sudor que iba cubriendo su rostro. Después, boqueando como un pez recién arrebatado a las aguas, contemplaba como la realidad perdía consistencia, y las conversaciones de los pasajeros mudaban en débiles susurros hasta hacerse inaudibles por fin.   

 

«Pulsaron el interruptor», solía murmurar aliviado, cuando la crisis remitía y volvía a ser consciente de cuanto le rodeaba. Al regresar del letargo en que se ausentaron, los sentidos de nuevo se activaban, para apagarse otra vez a medida que un sopor se adueñaba de su cuerpo, bañado aún en sudor, y le vencía el sueño.

Por suerte, hacia meses que no sufría un «tiempo desmayado», como gustaba referirse a los ataques, tomando prestado el título de un viejo poema de juventud, cuyos versos evocaban el efecto anestésico del primer beso robado a un amor de adolescencia, del que no era capaz de recordar su nombre por más que lo intentaba. Pero no olvidaba que su corazón le pertenecía, Aurelia lo había jurado, incluso en los momentos más duros, cuando las discusiones eran constantes y alimentaban un bucle que parecía no tener fin.

Después de acomodarse en la butaca de plástico y situar la cartera de piel a su lado, extrajo de su interior un cuaderno de tapas cárdenas, y comenzó a repasar los temas que desarrollaría en la reunión que Fidela Bombaci había convocado a primera hora. La supervisora, de origen italiano, designada para coordinar la integración y el traslado a las nuevas instalaciones, después de implantar los procedimientos de la compañía, recordaba en sus ademanes a una cobra a punto de atacar, por lo que todos tomaban precauciones cuando la intuían aproximarse como si reptara, sin levantar apenas los pies del reluciente entarimado. Pablo detestaba la amabilidad con que se comportaba —idéntica a la que desplegaba el equipo al que dirigía— y su rostro marmóreo, de tez cérea, carente de expresión alguna, salvo por el desmedido tajo de la boca que, cuando raramente sonreía, se dilataba hasta rozar los lóbulos de sus diminutas orejas.

 

Hastiado de revisar datos, cerró los ojos, y devolviendo a tientas el pequeño cuaderno a la cartera, se dispuso a pensar en Aurelia durante algunos minutos. Por más que se concentrara, terminaba al fin desesperándose, sin conseguir precisar cuándo se fue; de aquel día, sin embargo, recordaba con nitidez el instante en que ella se cambió de mano el joyero de plata que portaba, tan menudo como sus pequeños pies de gorrión. A continuación, recorrió los escasos metros del pasillo y bajó la manilla de coral, valiéndose de la extremidad desocupada.

 

—Mi corazón es tuyo —dijo, sobre el umbral de la puerta, antes de adentrarse en la negrura de la alcoba y desaparecer.

 

Pablo había gozado siempre de una memoria excepcional, capaz de revivir detalles insignificantes, muy alejados en el tiempo, pero en lo que concernía a Aurelia, su recuerdo, desde entonces, le resultaba confuso, como si el contenido de un tintero se hubiera derramado sobre su figura. Esta incapacidad, además de las lagunas que hacían que se quedara en blanco con excesiva frecuencia, le animaron a probar una sencilla técnica, idónea —según había oído— para retrasar los efectos de lo que presumía un notorio deterioro. De hecho, llevaba años dedicando un tiempo del largo trayecto a repasar mentalmente la agenda diaria; sus minuciosas anotaciones se sucedían como fotogramas con aparente facilidad, gracias al carácter visual de los numerosos signos y flechas de todo tipo que las acompañaban, y que le servían de recurso mnemotécnico para visualizar mejor los manojos de apretadas notas. Amplió esta práctica con nuevos ejercicios, persuadido de que ello preservaría su memoria. En silencio, enumeraba los nombres de los integrantes de alguna de sus bandas de música predilectas, para proseguir con la lista de álbumes en orden cronológico o alfabético, en función de la dificultad de la que quisiera dotar al reto. El desafío solía concluir con el tarareo de alguno de los temas más conocidos, generalmente en un inglés que, sin restar valor a la prueba, distaba mucho de resultar aceptable.

Pero, en la mayoría de las ocasiones, elegía una palabra al azar, y dejaba que todos los sinónimos posibles ajustaran, engarzaran —como se hace al encarar los bordes de las piezas de un puzle— hasta componer en su cabeza una cadena de sonidos y significados.

 

Pese a las repetidas noches de insomnio, insistía en acostarse sobre el destartalado sofá naranja del comedor, rehuyendo el extenso vacío de la cama; tal vez con la ilusión de que ella ocupaba todavía el dormitorio, como sucedía durante las interminables semanas que dormían separados. Quizá, con la esperanza de que en la mañana, rodeada de ruidos familiares, volvería a levantarse temprano, y tomaría el camino de la cocina para preparar el desayuno. Pero Aurelia no estaba, faltaba de su lado desde aquel día impreciso del que tan sólo recordaba el intenso fulgor que desprendió el joyero de plata, al transitar desde una de sus manos a la otra.

 

Acababa de dormirse cuando sintió el violento frenazo. Aún no había amanecido. Pablo, sin apenas tiempo de reacción, extendió los brazos al notar que la inercia lo lanzaba hacia adelante, pero no logró eludir el brutal impacto contra el respaldo delantero; de una fuerza ineludible, como la que ejerce sobre los cuerpos la gravedad de la Tierra.   

 

Instintivamente, se llevó el dorso de la mano hacia el rostro para detener el tibio hilo de sangre que resbalaba desde su nariz, y sintió un agudo pinchazo. Con los intermitentes encendidos, el autobús recordaba a un barco fantasma varado en la vía de servicio, cerca ya de la rotonda que desembocaba en el intercambiador de Canillejas, donde Pablo acostumbraba a bajar. Al deslizarse la puerta automática, la intensa luz de lo que parecía el interior de una nave alienígena, iluminó la figura del conductor, que, con evidente cara de alivio, salía de uno de los baños que el ayuntamiento había instalado en los itinerarios de la mayoría de rutas interurbanas. A punto de salirse de sus órbitas, los ojos de Plácido —uno de los habituales compañeros de viaje— observaban como el vehículo arrancaba de nuevo y acometía los últimos metros del trayecto. Sus brazos cortos, pegados al cuerpo como aletas ventrales, y una piel escamada de tono azulado, le daban el aspecto inequívoco de un pez. Milagritos, la disminuida psíquica, que subía todas las mañanas en la parada de Día, sin parar de aplaudir, saltaba sobre el asiento delantero, con peligro de perder el equilibrio y estrellarse contra la luna del parabrisas. Intentando encontrar hueco en la fila de viajeros que ocupaba el pasillo, Petra, la gruesa emigrante eslava que en más de una ocasión había comprimido a Pablo, sentándose a su lado, hablaba sin descanso por el móvil en una lengua antigua y misteriosa.

 

Con calma, aguardó a que todo el pasaje desembarcara, y cruzó con paso ágil el paso de cebra que lo separaba de la recepción. Pablo aproximó la tarjeta al lector, empujando a la vez una de las barras del torno de fichaje, que cedió de inmediato, permitiéndole el acceso. Se tomó unos segundos para arreglarse en el baño, antes de enfrentar los dos tramos de escalera que conducían a las oficinas. La sección estaba vacía. Perplejo, se dirigió hacia la sala de reuniones sin detenerse en su mesa, pues ya pasaban algunos minutos de la hora de la convocatoria. Colgó la cazadora de ante y la gorra; la silueta que formaron las dos prendas sobre el perchero hizo que se sintiera acompañado.

 

Alrededor de la mesa rectangular, que ocupaba el centro de la estancia, se acomodaban trece sillones de cuero desiertos; en un lateral, la cafetera eléctrica dejaba escapar un débil gorgoteo entre densas vaharadas de vapor, lo que daba a la sala la apariencia de un spa helado. Gracias a los rótulos que la secretaria de dirección había dispuesto sobre la mesa, descubrió sin dificultad el lugar que le correspondía, pero no tomó asiento, y en apenas dos pasos se asomó desde la puerta para comprobar que el departamento seguía vacío.

 

— ¡Torralba!

 

Cuando se dio la vuelta, al advertir que lo llamaban por su apellido, Pablo comprobó que el rostro sonriente de la supervisora se encontraba a escasos centímetros del suyo.

 

—Déjate llevar y todo dolor cesará —dijo Fidela—. Aurelia está también aquí, entre nosotros —prosiguió, con un susurro cerca de su oído, mientras la afilada uña que coronaba uno de sus dedos descarnados recorría uno por uno los botones de su bragueta.

 

Esa noche, Pablo llegó a casa más tarde; el cansancio era el culpable de que el viaje de vuelta le resultara el doble de pesado, estaba convencido. Rebuscaba ropa limpia de cama para cubrir el viejo sofá, cuando la luz reverberó en el espejo del armario y arrebató un destello plateado al joyero que descansaba sobre la mesilla. Sin parecer importarle el hedor, retiró la tapa. Sobre terciopelo rojo, el corazón corrompido de Aurelia, sintiendo la claridad, comenzó a palpitar con cortos y desesperados latidos, desprovistos de ritmo

 

Un estampado de flores ocultaba el naranja del sofá a medida que Pablo ajustaba la sabana elástica. Tras colocar un par de cojines por almohada y echar una manta, se acostó. Tardó algo en dormirse, tratando de calcular el tamaño que tendría el corazón de Fidela.

 

Afuera, por primera vez en muchos años, había empezado a helar.

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