Relato 24 - Reflexiones acerca del sofá

En alguna parte del estudio, fuera del alcance de las cámaras de TV, el regidor contó 3, 2, 1 con los dedos y le hizo un guiño al presentador para que comenzara a hablar. El presentador buscó la cámara que tenía el piloto rojo encendido y habló dirigiéndose a ella.

 

—Buenas noches, señoras y señores. Bienvenidos a La entrevista de la semana. Esta vez tenemos con nosotros a un empresario modélico, que se ha hecho de oro comercializando sus ideas. Aquí está con nosotros Benito Jiménez.

 

            El regidor le enseñó al público una pancarta en la que se leía APLAUSOS mientras por una esquina del plató entraba el invitado. El presentador le estrechó entonces la mano y le invitó a sentarse.

 

            —Todo el mundo sabe que Benito Jiménez es el inventor del maravilloso sofá automático que-lo-hace-todo —dijo el presentador, a modo de introducción, recordando lo que efectivamente todo el mundo sabía ya—. También es el principal accionista de la compañía que lo comercializa. Bien, Benito; explíquenos una vez más en qué consiste su producto. ¿Qué es lo que el sofá automático puede hacer por nosotros que no pueda hacer un sofá corriente?

 

            —El sofá automático es mucho más que un sofá corriente, por eso es un poco más caro también. Básicamente, puede hacer cualquier cosa que usted quiera que haga; también fabricamos modelos a la medida de sus necesidades.

            —Me refiero al modelo estándar.

 

            —El modelo estándar está diseñado ergonómicamente. No encontrará un sofá más cómodo que éste y que, a la vez, sea tan beneficioso para la columna vertebral. Un masaje permanente, una especie de vibración continua le ayuda a usted a adelgazar, entre un gran número de otras acciones terapéuticas sobre su organismo. El sofá es reclinable y tiene un mando con el cual usted selecciona la posición que más conviene a su cuerpo. En el brazo derecho presenta el sofá tres huecos, para los mandos a distancia de la televisión, el vídeo y el equipo de música hi-fi. En el brazo izquierdo tiene usted otro hueco para colocar una lata de refresco, un botellín o similar, y un espacio más grande para un bocadillo o un plato pequeño con comida. A un lado del sillón hay una neverita para guardar bebidas, y al otro hay un microondas para calentar comidas rápidas. Como verá, tiene todo lo necesario para pasar una buena tarde. Estamos desarrollando un modelo que lleve un WC incorporado, de tal forma que usted sólo tendría que levantarse del sillón para tirar al cubo de la basura la bolsa de sus residuos orgánicos.

 

            —Es decir, que uno puede llegar de trabajar y pasar el resto del día sentado en el sofá, y sin moverse del mismo puede hacer cualquier cosa que uno quiera hacer.

 

            —Pues sí, porque pulsando un botón el sofá se convierte en una comodísima cama, así que ya ve: además de todo lo anterior, uno puede dormir en el sofá. De una trampilla surge un brazo mecánico articulado que le arropa a uno con una manta en invierno y con una sábana en verano, y le toma la temperatura si usted está enfermo. Unos termopares situados en el respaldo se encargan de ello.

 

            —Parece que ha pensado usted en todo. Su sofá tiene más gadgets que el esmoquin de James Bond.

 

            —Mi compañía tiene un buzón de sugerencias, y estamos abiertos a todo tipo de consejos y críticas. Siempre se puede mejorar el producto.

 

            —Todo eso está muy bien, pero se le critica a usted que sus productos no animan a la gente a hacer deporte. Se ha dicho que la máxima aspiración de esta sociedad es la de tener un sofá para ver TV como el que usted vende. El público se está volviendo menos participativo cada vez; no quiere ya practicar deporte, sino ver en la televisión, confortablemente sentado, cómo lo practican los demás. Su sofá es tan cómodo, que ha provocado en las últimas elecciones una masiva abstención. A la gente le cuesta retirar sus posaderas del sofá automático.

 

            —Eso son tonterías. Envidia que me tienen mis competidores: Sofás Automáticos Jiménez ha salido a cotizar en la bolsa de Nueva York. En Sofás Automáticos Jiménez estamos a favor de los deportes, por supuesto. Nada mejor que un sofá automático para descansar después de estar practicando deporte durante un rato.

 

            —No cabe duda de que sabe usted vender su producto.

 

            —Peor es aún la falacia de culpar a nuestro sofá de la enorme abstención en la última jornada electoral. La abstención es resultado, única y exclusivamente, del clima de corrupción que predomina en nuestra clase política. La corrupción desanima a la gente a participar en el juego democrático; el pueblo no tiene confianza en sus gobernantes. De esto no tiene la culpa el sofá.

 

            —Quizá tenga la culpa metafóricamente. Nuestros gobernantes, nuestros senadores, nuestros alcaldes se pasan la vida sentados en magníficos sofás y sillones. Muchos de ellos son productos de su marca. Y a lo que la gente aspira, como decíamos antes, es a conseguir un carguillo: un sofá cómodo desde el cual quedarse dándole órdenes a los demás.

 

            —Sentarse es una necesidad. Sofás Automáticos Jiménez convierte la necesidad en un placer.

            —¿Usted opina que el actual clima generalizado de corrupción perjudica al mundo de los negocios, a la inversión?

 

            En la prensa habían aparecido algunos rumores publicados según los cuales Benito Jiménez habría tenido que pagar comisiones cuantiosas para conseguir que en el congreso de los diputados los escaños tradicionales fuesen sustituidos por escaños automáticos Jiménez.

 

            —Por supuesto. La corrupción asusta a los pequeños y medianos inversores. No hay fair play, las reglas de juego no son las mismas para todo el mundo.

 

            —Pero usted ha sido siempre un abanderado del laissez faire, laissez passer.

 

            —Una cosa es el neoliberalismo y otra el amiguismo.

 

            —Si usted lo dice... ¿Qué más adelantos técnicos hay en los últimos modelos de sofás?

 

            —Bajo el asiento hay plegado un escritorio en miniatura con ordenador portátil incluido. Basta accionar una palanca para hacerlo aparecer enfrente del usuario. La pantalla del ordenador tiene un filtro especial para que la vista no resulte dañada. Un cargador con varios CD le permite a usted seleccionar uno entre un centenar de los últimos videojuegos de más éxito aparecidos en el mercado. También puede conseguir otros en INTERNET.

 

            —¿Eso es todo?

 

            —¡No! Como ya sabe, el sofá viene equipado de un sistema de autosatisfacción sexual que es la delicia de nuestros clientes.

 

            —Aunque la mayoría de nuestros espectadores ya lo conocen e incluso algunos lo han experimentado alguna vez, describa el sistema brevemente para los que aún no hayan oído hablar de él.

            —Bien. Depende del sexo del usuario. Si nuestro cliente es masculino, el brazo articulado que mencionábamos antes, que le arropa a uno, termina en una mano mecánica muy sensible, que se encarga de estimular el miembro viril del usuario. Al mismo tiempo, unas gafas especiales le proyectan las películas que desee. El brazo articulado es configurable y termina conociendo a su dueño mejor que él mismo.

 

            —¿Y en el caso de la mujer?

 

            —Para ella, la mano mecánica sujeta, digamos, una especie de trapo o gamuza con sensores, también configurable, que efectúa un suave frote sobre la zona del clítoris. El dedo índice mecánico está forrado de látex de la mejor calidad y funciona como un magnífico consolador. Unas gafas, idénticas a las del otro modelo, completan el equipo; con ellas nuestras clientas pueden proyectarse las fantasías sexuales que más se adecuen a su libido.

 

            —Es por este motivo que el sofá ha recibido una dura condena del Vaticano. El asiento del diablo, ha sido llamado por Su Santidad el papa Juan Pablo XII.

 

            —La iglesia también condenó a Galileo, mil años atrás. Algún día, será reconocida universalmente la contribución del maravilloso sofá automático Benito Jiménez a la felicidad humana. El hombre quiere pasar su tiempo libre sentado en un sofá, entretenido en esto y en aquello; esta es una verdad reconocida por los psiquiatras más brillantes desde Jung. Yo he hecho del sofá un templo; el templo para la meditación del hombre de hoy.

 

            —Hay quien dice que su sofá masturbatorio tiende a aislar a la gente. Ya no se necesitan individuos del otro sexo para conseguir satisfacciones sexuales; basta con su sofá. El Concilio Vaticano XIX ha concluido que su sofá puede significar el fin de la especie, al descender por debajo de un mínimo el número de cópulas reales. La asociación mundial de onanistas, sin embargo, habla de erigirle un monumento.

 

            —Respeto al mundo católico, pero eso es una idiotez. El sofá le libra a usted de las incomodidades que conlleva el sexo real: el sudor, la halitosis del otro, los jadeos, etcétera. Además, en la realidad, usted hace el amor con quien le haya tocado en suerte. En la masturbación no; en la masturbación, usted tiene una satisfacción sexual con quien quiera, no hay límite. Es otra ventaja. Mi sofá facilita esta actividad; pero no le obliga a nada. No le obliga a usted a que se masturbe; no es adictivo; puede hacer el sexo real siempre que le apetezca. La elección es suya.

 

            —Veo que es usted un individuo muy pragmático. Todo esto que usted explica parece muy mecánico. ¿Y qué hay del amor? ¿Qué hay de los sentimientos? ¿No hay espacio para ellos en su sofá?

 

            —Pues claro que lo hay. El amor a los demás empieza por uno mismo. ¿Y el amor a uno mismo no acaba en la masturbación?

 

            —Bien, dejémoslo. Hay otro aspecto del que quería hablarle. Hoy en día, el maravilloso sofá automático es un artículo de lujo, al alcance de unos pocos. Sólo la clase más adinerada puede acceder a ellos. Tener un sofá Jiménez es un signo de distinción.

 

            —Bueno, actualmente ya hay un gran núcleo de la población que disfruta de la versión básica de mi sofá con el equipamiento de serie. Este sofá vale lo que un utilitario pequeño, y creo que hace bastante más por usted. Le proporciona la felicidad, y esto no se paga con dinero. Verá usted, uno de mis modelos de sofá es de hecho un vehículo. Está pensado para las grandes mansiones; tiene cuatro ruedas y un volante a un lado, escamoteable, que le permite a uno desplazarse por toda la casa sin levantarse del asiento. Dispone de un motorcillo eléctrico y su batería se recarga por medio de unos paneles solares situados en su parte trasera. Pero tiene usted razón; el sofá automático más completo es aún un objeto de lujo. Sin embargo, esto es algo pasajero. Yo soy como Henry Ford; un día, mis propios empleados podrán disponer de un sofá automático en sus casas. O de varios.

 

            —Bien. Nuestro tiempo se va acabando. Me he permitido hacer la entrevista de esta semana sentado en uno de sus sofás. ¿Reconoce el modelo?

 

            —Por supuesto. Se trata de un MMX siglo XXX; es el que tiene los altavoces estéreo incorporados. La madera imita al roble y el cuadro de mandos está bañado en oro. Es uno de nuestros modelos más lujosos.

 

            —Para La entrevista de la semana empleamos siempre el mejor material. Entonces, si he entendido bien el manual de instrucciones, pulsando este botón el sofá me servirá un refresco de cola.

 

            El presentador lo pulsó. Benito Jiménez se llevó las manos a la cabeza.

 

            —¡No! ¡Ese botón no! Ese botón es el que pone en marcha la unidad masturbatoria.

 

            —¿Cómo?

 

            De una trampilla situada en el brazo derecho del sofá surgió el brazo articulado cuyas funciones ya habían sido descritas antes. En un abrir y cerrar de ojos, el brazo bajó la cremallera de los pantalones del presentador y se puso a juguetear, por decirlo de algún modo, con sus genitales. El regidor no sabía lo que hacer; no estaba preparado para una situación como aquella. Ordenó a los cámaras, con gestos frenéticos, que se centraran en Benito Jiménez o en el rostro del presentador; les indicó que no enfocaran más abajo. Si todo salía bien, el público creería que se trataba de una broma. Mientras tanto, el presentador estaba cada vez más turbado (disculpen el juego de palabras).

 

            —¡Oiga usted, Jiménez! ¡Estamos en el aire! ¿No hay forma de parar esto? —chilló el presentador.

 

            —¡Pues claro que sí! ¿Ve ese conmutador situado a su izquierda?

 

            —¡Sí! ¡Sí!

 

            —¡Acciónelo!

 

            El presentador lo hizo. De nuevo, Jiménez se echó las manos a la cabeza.

 

            —¡No! ¡Ese no! ¡Ha puesto en marcha el ritmo rápido de masturbación! Espero que usted no sea un eyaculador precoz...

 

            —¡Sí! ¡Sí!

 

            —¡Desconecte el aparato!

 

            —Sí... Sí...

 

            Benito Jiménez dejó de dar consejos acerca de su sofá al presentador y prorrumpió en carcajadas. Sabía que no había nada como el escándalo para vender un producto; y, si un pre-sentador masturbándose involuntariamente en público no constituía un escándalo, no sabía entonces qué podía lograrlo. Detrás de ellos, el regidor se mesó los cabellos de la barba y ordenó a los cámaras que enfocaran hacia la carta de ajuste, dando el programa por terminado.

 

 

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