Relato 24 - Punto de vista

El dolor de cabeza era tan fuerte que le producía náuseas. Todo estaba oscuro, pero sintió que una mano fría como el metal tocaba su brazo, y luego un pinchazo le sacudió el cuerpo. Poco a poco las voces se fueron alejando hasta que el silencio se acopló a la oscuridad. No supo cuánto tiempo había pasado inconsciente esta última vez; quizás había sido solo un rato. O un día entero, imposible deducirlo en ese estado. Solo sabía que el ciclo infinito se repetía: dolor, una mano fría, un pinchazo, la nada.

 

Cuando al fin se encontró despierto y momentáneamente sin dolor, consiguió hilvanar una tenue coherencia en sus pensamientos, y supuso que se encontraba en una sala de emergencias. Continuaba sin ver nada porque algo le tapaba los ojos, pero escuchaba el sonido constante del monitor cardíaco y cada tanto una voz lejana rompía la monotonía. Antes de que otra oleada de sufrimiento lo atacara, intentó recordar qué había pasado, pero no fue capaz ni de arañar los bordes de su memoria.

 

Tanteó con su mano derecha hasta encontrar el botón para llamar al enfermero. Creyó haberlo encontrado y lo apretó. Esperó unos segundos sin poder ver si la luz roja parpadeaba.

 

 

—Sr. Kreiser, ¿en qué puedo ayudarlo? —dijo una voz femenina desde lejos.

 

—¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó? ¡Dígame por favor! ¿Por qué siento estos dolores terribles en mi cabeza? —gritó desesperado.

 

—No se preocupe Sr. Kreiser, la doctora recomendó absoluta tranquilidad. Si usted desea puedo suministrarle un relajante para que descanse y recupere sus fuerzas.

 

—No quiero calmantes, quiero saber qué pasó. ¿Dónde estoy? —intentó incorporarse pero el dolor invadió su cabeza y sacudió su cuerpo. Sintió que dos manos heladas lo sujetaban contra la cama, totalmente incompatibles con la voz cálida y amable de la enfermera. Pocos segundos más tarde estaba deslizándose otra vez hacia la nada. Su último pensamiento, un poco difuso, fue que algo en aquella voz sonaba impostado, artificial.

 

Después de tres intentos fallidos de averiguar lo que le sucedía, decidió cambiar de estrategia. Cuando las drogas dejaron de adormecerlo, se palpó la cabeza con ambas manos hasta encontrar el inicio de la venda que le cubría los ojos. Con sumo cuidado la fue retirando, hasta que comenzó a ver luces y sombras. Respiró aliviado. Continuó con su tarea hasta retirarla por completo. Tardó unos segundos en abrir los ojos, expectante.

Y cuando lo hizo, no pudo reprimir un alarido.

 

 

La Dra. Melnarz se encontraba de pie junto a su cama. No la podía ver, después del incidente lo habían vendado otra vez de manera tal que no pudiese quitársela por sí mismo, pero la escuchaba con atención. Los dolores se habían transformado en leves y esporádicos, y las visitas de la enfermera solo acontecían cuando él dormía. La doctora le explicó que su evolución había sido muy favorable. En caso de cumplir con todas sus recomendaciones, en tres o cuatro días le podrían sacar la venda que cubría la mitad superior de su cabeza y prepararlo para su alta. El Sr. Kreiser se puso tenso al recordar la imagen grotesca que había visto.

 

—No, por favor doctora, ¡antes devuélvanme mis ojos! —percibió que la doctora se alejaba ante sus gritos—. ¿Por qué me hicieron esto? ¿Por qué?

 

—Escúcheme Sr. Kreiser, no hay nada malo con sus ojos. Nadie le hizo nada, solo nos encargamos de cuidarlo luego del accidente. Puede haber notado sus sentidos un poco... desorientados luego de un golpe tan fuerte como el que recibió. Pero le aseguro que sus ojos funcionan perfectamente.

 

—¡Malditos carniceros, tráiganme mis ojos! ¡Quiero mis ojos! —estiró los brazos tratando de agarrarla pero solo se agitaron en el vacío.

 

La doctora le administró un calmante a través del suero y se retiró.

 

Al día siguiente recibió la visita del psicólogo del establecimiento, el licenciado Carvelli. Tenía una voz grave y su acento era extranjero. Se lo imaginó un señor mayor, de barba canosa y anteojos de vidrios gruesos.

 

—Encantado Sr. Kreiser, es un placer visitarlo —abrió la conversación el licenciado. Luego de presentarse formalmente y de contarle su exclusivo método de trabajo en el Centro de Investigación y Mejora de la Salud, se lanzó directo al problema.

 

—Sr. Kreiser, la Dra. Melnarz me comentó que usted cree tener problemas de visión, pero todos los estudios han demostrado que sus ojos funcionan a la perfección.

 

El Sr. Kreiser lo escuchaba desconfiado. Mientras más intentaban convencerlo, más seguro estaba de que le habían reemplazado los ojos. Pero por el momento le seguiría el juego.

 

—Déjeme comentarle, aunque quizás usted ya lo sepa, que luego de un suceso traumático, el cerebro necesita tiempo para asimilar ciertos estímulos e interpretarlos correctamente. No se aferre a pensamientos o sensaciones sin sentido, eso lo ayudará a avanzar.

 

—Quizás sea eso, no lo sé, estoy un poco confundido.

 

—Es normal, no tiene por qué angustiarse, es solo cuestión de tiempo para que todo vuelva a ser como antes. Dese tiempo, no se presione.

 

Desde que comenzó la conversación percibió algo raro en el tono de voz del licenciado, y le recordó la manera en la que hablaban la enfermera y la doctora. Si bien las voces eran diferentes, todas contenían un dejo de discordancia al entonar las oraciones, una carencia extraña de emociones. Sin duda su audición se había incrementado ante la ausencia de la visión, y captaba detalles sutiles que en otros momentos jamás hubiese percibido.

 

—La sanación real no abarca solo al cuerpo, también incluye a la mente. Por eso en nuestros próximos encuentros le voy a enseñar unos ejercicios de meditación para que vuelva a encontrar su equilibrio —dijo el licenciado.

 

La conversación continuó girando alrededor de los eventos traumáticos y su impacto en el organismo, intercalando ejercicios de respiración. Luego de un rato pactaron una entrevista para el día siguiente a la misma hora. El Sr. Kreiser agradeció su visita y estiró su brazo para darle la mano antes de que se retirase.

 

Para su sorpresa, la mano del licenciado Carvelli estaba helada.

 

 

En la última entrevista con el licenciado, el Sr. Kreiser expresó su deseo de sacarse la venda de los ojos. Todavía le daba terror pensar en lo que había visto, pero sabía muy bien qué era lo que el psicólogo esperaba escuchar. Si deseaba averiguar lo que le había ocurrido y dónde se encontraba, no tenía otra opción. Imposibilitado de acceder a sus recuerdos debía confiar en sus instintos, y algo en el nombre Centro de Investigación y Mejora de la Salud lo ponía incómodo. También era muy sospechoso que ningún familiar o amigo hubiese venido a verlo a pesar de su insistencia para que los contactasen.

 

Como era de esperar, el licenciado reaccionó orgulloso a su solicitud, seguro de que el cambio de actitud había sido producto de su eficaz intervención. Su voz grave continuaba con esa pincelada artificial, pero mientras lo escuchaba no lograba comprender cuál podía ser el significado de aquel detalle.

 

El Sr. Kreiser se mostró dócil y entusiasmado, y dejó entrever cierta ansiedad al escuchar que el licenciado le otorgaría el alta en lo referido a salud mental. Le agradeció mucho su ayuda y principalmente los ejercicios de relajación, y se despidieron con cordialidad. Escuchó sus pasos cada vez más lejanos, y supo que otra vez estaba solo.

 

Prácticamente no pudo recabar información durante las entrevistas, el licenciado era muy hábil para desviar sus preguntas; solo respondía sobre temas genéricos o de su área de especialidad. Lo único que pudo averiguar, deslizado al pasar como un alarde propio de su posición profesional, fue que aquella clínica recibía cientos de casos críticos provenientes de todo el mundo, con escasa esperanza de recuperación, y que en su totalidad eran rehabilitados con éxito. Pero no logró profundizar en su ubicación, ni a que tipos de casos se estaba refiriendo. Lo que le llamó mucho la atención, fue el hecho de que alojando tantos pacientes en el edificio él nunca hubiese escuchado ruido en los pasillos ni voces que pasaran cerca de su puerta.

 

Otro dato que lo intranquilizaba era el ligero olor que despedía el Lic. Carvelli. No lo notó hasta las últimas entrevistas, pero al hacerlo comprobó que era muy similar al de las enfermeras. Era un olor muy sutil, casi imperceptible, pero tan intrigante como su particular modulación al hablar. A pesar de que todavía no lograba acceder a sus recuerdos, el aroma lo transportaba a cierto lugar que no terminaba de identificar. Sentía que era una imagen de su niñez, pero no podría haber explicado el porqué de esa sensación. No alcanzaba a ver rostros ni una acción concreta, pero sí captaba el olor del aceite para autos derramado en el piso y de herramientas oxidadas. Intentó durante un largo rato profundizar en aquella imagen, pero a medida que el olor se alejaba también lo hacía su recuerdo.

 

Al día siguiente lo visitaron la Dra. Melnarz y un enfermero. Escuchó sus pasos al ingresar, y percibió otra vez ese leve aroma a óxido y aceite. Le explicaron el procedimiento que llevarían a cabo y solicitaron su aprobación. Él asintió y se puso a disposición. El enfermero comenzó a desenrollar la venda de su cabeza, y cuando solo quedaban dos o tres vueltas le preguntó si sus ojos ya captaban la luz. El Sr. Kreiser volvió a asentir con la cabeza, temeroso de que al hablar pudiesen percibir sus intenciones.

 

El enfermero terminó de retirar el vendaje y la doctora le preguntó cómo se sentía. Al ver que continuaba tranquilo, se acercó y le revisó los ojos con una especie de lupa con linterna. Al terminar retrocedió unos pasos, y el Sr. Kreiser se animó a mirar el techo, y luego la ventana cerrada. Enseguida miró hacia donde estaban la doctora y el enfermero. Sonrió y bajó la vista hacia la cama y a los aparatos que la rodeaban. Miró otra vez su cuerpo tapado por una sábana blanca y el sillón de cuero que descansaba en la esquina. Todo parecía estar bien.

 

Hasta que enfocó otra vez su vista en la doctora y el enfermero.

 

 

No gritó.

 

Sabía que no debía hacerlo. Algo grave le habían hecho, y mientras siguiese atrapado en esa cama no lo podría solucionar. Cerró los ojos y se masajeó los párpados con fuerza. Sintió que sus dedos estaban muy fríos.

 

—¿Cómo se siente Sr. Kreiser? —preguntó la Dra. Melnarz con esa maldita voz apática.

 

—Bien, supongo —intentó sonreír nuevamente pero no pudo—. Creo que me vendría bien un descanso, demasiadas emociones de golpe.

 

Ahora comprendía el olor a aceite y metal oxidado.

 

—Lo entiendo, y me parece una buena idea —la doctora se retiró junto al enfermero.

 

Aflojó la presión sobre sus párpados y miró otra vez a su alrededor. Por el momento todo volvía a ser normal. Esperó unos segundos a que se alejaran de la habitación e intentó incorporarse.

 

Ya sentado, lo primero que observó fue la bolsa del suero. Tenía una etiqueta blanca con un código alfanumérico, colocada sobre otra etiqueta de tamaño similar. Fijó su mirada en ese código y enfocó la vista. En la etiqueta tapada decía Supresor de estímulos. ¿Pero cómo podía verla si estaba tapada? Se rascó la cabeza e intentó tranquilizarse. Desconectó el catéter y se volvió a masajear los ojos. Esos ojos que no eran suyos.

 

Se revisó el resto del cuerpo palpando las zonas donde no llegaba con la vista. No tenía heridas ni dolor alguno, pero sus manos estaban heladas. Se levantó con temor de que sus piernas no le respondieran, pero luego de unos segundos corroboró que aguantaban bien el peso de su cuerpo. Con pasos lentos se acercó a la ventana; estaba trabada y el vidrio esmerilado no le permitía ver el exterior.

 

Intentó enfocar la vista como lo había hecho con las etiquetas y logró ver hacia afuera. Era un día oscuro, el cielo estaba cubierto de nubarrones negros. A lo lejos divisó un bosque inerte, lleno de árboles sin hojas y ramas flácidas. Miró hacia abajo y no encontró persona alguna ni autos estacionados. Todo estaba desierto. Quizás era mentira lo que le dijo el Lic. Carvelli, que cientos de pacientes se atendían en aquel establecimiento. O quizás ni siquiera se trataba de un centro de salud.

 

Tenía que salir de allí cuanto antes. Si le habían reemplazado los ojos, quién sabe de que más serían capaces.

 

Buscó en la habitación algún elemento que pudiese utilizar para defenderse si intentaban retenerlo, pero no había nada útil. Abrió el armario y encontró algo de ropa. Se cambió y se dirigió al baño. Estaba oscuro pero no localizaba la perilla para encender la luz. Tanteó la pared y finalmente la encontró. Una vez iluminado, se miró en el espejo que tenía enfrente.

 

No reconocía ese rostro, pero tenía esperanzas de que sus recuerdos volviesen pronto. Era probable que el supresor que le inyectaban estuviese bloqueando su capacidad de recordar.

 

De repente enfocó la vista en su imagen reflejada y se vio tal cual era.

 

Igual que la Dra. Melnarz. Igual que el enfermero. Igual que el licenciado Carvelli.

 

Un esqueleto de metal cubierto de cables y tensores.

 

Un monstruo frío que olía a aceite y óxido.

 

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