Relato 23- El Enfrentamiento

El enfrentamiento

 

La nave estelar S-3450 surcaba el espacio en el cuadrante delta 8. Con tres mil vidas a bordo, era la niña bonita de la flota terrestre.

Uno de estos tres mil ocupantes era el capitán Ulises Mark, el más joven en conseguir el mando de una nave, carismático por su alegre humor, inteligencia y valentía.

—Capitán, detecto una nave a dos mil años luz —El alférez Rodríguez interrumpió los pensamientos del comandante de la S-3450.

—Identifíquela —ordenó.

—Desconocida, señor. No aparece en nuestras bases de datos.

—¿Rumbo y velocidad?

—Factor seis. Tiempo estimado de intersección, veinticinco segundos.

—¡Preparen los escudos! —ordenó Mark.

—Escudos levantados —afirmó la teniente Castro.

Ahora la nave desconocida ya era visible. Todos se fijaron en ella. Nunca habían visto una de ese estilo.

—¿Serán los Windom? —sugirió la teniente Castro—. He oído que estaban desarrollando una nueva arma.

—No parece de su estilo: demasiado oscura y tenebrosa. Los Windom prefieren los colores alegres —respondió el teniente Esquire, encargado de las comunicaciones.

—Basta de teorías —dispuso el capitán de mal humor—. Atentos. A la menor señal de ataque, disparen. Esquire, abra un canal.

—Abierto, comandante.

—Soy el capitán Ulises Mark, de la Flota Unida Terrestre. Identifíquense o tendremos que dispararles. Han invadido espacio de la Federación Unida Terrestre.

Nadie respondió.

—Esquire, repita el mensaje en todas las lenguas conocidas.

Mientras Esquire iba retrasmitiendo el recado, el capitán Mark observaba la nave desconocida. Su forma de agujero negro no le decía nada, pero sí las armas que veía a ambos flancos y en la cubierta superior, además del gran tamaño, tres veces la S-3450.

—¿Respuesta?

—Negativo, capitán —afirmó el teniente Esquire.

—Nos apuntan, capitán. Tiempo de impacto, treinta segundos —calculó la piloto Castro.

—Deje de intentar comunicarse. ¡Ya estoy harto! Todos a sus puestos —ordenó el capitán Mark—. No disparen, si no hay provocación.

Se oyeron las alarmas por toda la nave. La tripulación conocía su significado y como debían obrar, según su rango y sección.

Pasaron unos segundos, podría ser que un minuto. El capitán Mark se moría de nervios por la inactividad. No iba con él no actuar, pero era la mejor táctica en ese momento y, además, tenía dos mil novecientas noventa y nueve vidas a bordo que proteger.

—Capitán, mensaje entrante de la nave sin identificar —comunicó el teniente Esquire.

—En pantalla —ordenó Mark alegre por tener ya algo en lo que preocuparse.

Segundos después surgió en pantalla un tipo vestido oscuro, con un casco del mismo color que le ocultaba el rostro.

—Están ocultando tropas rebeldes al Imperio Galáctico. No quedará vida en este cuadrante a no ser que nos entreguen a los subversivos—amenazó con una voz cadavérica.

—Deje que lo dude —dijo Mark socarrón—. Nosotros os lo impediremos. Nuestra flota estelar es la mejor del universo.

—No podrán destruir el Agujero Negro.

—¡Capitán! —avisó la teniente Castro —. Están cargando una de las armas.

—¿Solo una?

—Sí, capitán. Pero, no nos apuntan. Objetivo…

Antes de terminar la frase, el rayo mortal salió disparado hasta uno de los planetas más cercanos, Casiopea. Ahora, no quedaba nada de él.

—Con este ejemplo, seguro que han entendido que no hablo en broma —dijo el tipo del casco negro—. Ocultan tropas no adheridas al Imperio Galáctico. Entreguen a los cabecillas o destruiremos un planeta cada hora.

—Nosotros creemos en la vida y en la libertad —afirmó el capitán Mark—, y no hacemos tratos con asesinos.

Hizo una señal con la mano para indicar que se cortara la comunicación.

La tripulación le miró consternada y, a la vez, segura de que tendría idea salvadora. El capitán se sentó en su butaca. Necesitaba reflexionar. Nadie se atrevía a hablar, ni casi a respirar. En esos momentos lo mejor era guardar silencio absoluto, por si observaban la nave enemiga, o si se producía cualquier cambio.

El capitán se levantó y fue a una de las pantallas. Pronto tecleaba, estudiándola información obtenida.

—Teniente Esquire, envíe un mensaje al comandante jefe de la flota estelar explicando la situación. Si no lo conseguimos, todo quedará en sus manos —dijo con un brillo en los ojos.

Conocían ese fulgor, una idea había brotado en su mente despierta.

—Teniente Castro, Alférez Rodríguez, preparen sus fásers —decretó el capitán de la S-3450— Teniente Esquire, queda al mando de la S-3450 hasta nuevo aviso.

—A sus órdenes, capitán.

—La única manera de vencerles es atacar desde el interior. Entraremos y será el final de ese rayo de la muerte —afirmó Mark animando así a su tripulación.

Los tres, Mark, Castro y Rodríguez, se dirigieron a la sala de teletransporte, acompañados de Xian, un soldado de la sección de seguridad con cara de pocos amigos. Ese día era el cumpleaños de su hijo y salir de patrulla significaba, en el peor de los casos, no volver con vida. No era superstición, más de un compañero no había vuelto de estas misiones suicidas.

—Tengan los fásers preparados, no sabemos que nos vamos a encontrar —ordenó Mark—. Modo cinco.

Segundos después, sus cuerpos se convirtieron en partículas uniéndose de nuevo en el Agujero Negro.

—¡Atentos! —gritó el capitán al ver aparecer soldados vestidos de blanco, con casco del mismo color

Antes que los enemigos reaccionasen, Castro y Rodríguez aturdieron a dos los sendos disparos de fáser. Xian disparó, pero no acertó. El enemigo devolvió el disparo, hiriendo de muerte a Xian. Mark hizo fuego a su vez, matando al tercer soldado, pero ya era tarde para Xian.

—¡Ya sabía yo! —dijo Xian antes del final.

—¡Rápido! —exclamó el capitán—He tenido una idea. Sus ropas. Les haremos creer que me han atrapado. Así, pasaremos más inadvertidos.

Pocos minutos más tarde, el capitán iba entre sus acompañantes, quienes vestían el uniforme del Imperio Galáctico. Se adentraron en la nave enemiga.

—Capitán, el ordenador del rayo mortal está ocho cubiertas más arriba —dijo la teniente Castro leyendo los datos del informador.

—Busquemos como acceder.—dispuso el capitán.

En ese instante aparecieron más soldados, pero esta vez uno de ellos parecía tener algún rango, pero no podían identificarlo.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó.

Castro y Rodríguez no respondieron. ¿Y si descubrían el engaño?

Mark, rápido de reflejos, golpeó con el codo a Castro para hacerla perder el equilibrio mientras aparentaba que intentaba escapar, susurrando por lo bajo:

—¡Golpeadme!

Rodríguez lo atacó en la cabeza, dejándolo semi inconsciente.

En ese instante apareció el tipo de negro. Todos se apartaron rápidamente, mientras Castro sostenía a su capitán.

—¿Qué sucede aquí?

—Mi señor, estos soldados han atrapado a este intruso.

Dav Hlau observó la escena, dándose cuenta de que el prisionero no estaba esposado. Mark parecía estar recuperándose del golpe. Lo llevaban a las celdas, cuando ha intentado escapar.

—Lo interrogaré en persona —decidió Dav Hlau—. Vosotros dos, seguidme.

Castro y Rodríguez obedecieron, llevando a rastras a su capitán, que aparentaba no poder caminar. Un ascensor los transportó hasta el piso octavo, donde estaba el centro de mando del Agujero Negro y los aposentos personales del mandamás.

A una orden de Hlau, Castro y Rodríguez dejaron caer al capitán Mark sobre una silla. Sus brazos fueron atrapados por dos abrazaderas.

Varios soldados entraron, atrapando en ese instante a la teniente y al alférez.

—¿Se pensaban que no me iba a dar cuenta de que no son soldados del Imperio? —dijo Dav Hlau—. Ya saben qué hacer con ellos.

Mark aparentó espabilar en ese instante, debía ayudar a su tripulación, pero estaba sujeto a la silla, imposibilitándole cualquier movimiento.

—¡Fuera todos! —ordenó Dav Hlau.

Cuando ya quedaron a solas, Hlau se sentó ante su prisionero, que intentaba liberarse sin éxito.

—¿De verdad pensaba que su incursión sería satisfactoria?

—Todavía no hemos fracasado —respondió Mark, aparentado estar seguro de sí mismo.

—Nuestro poder es superior a toda su flota de mequetrefes. Pronto atraparemos a los rebeldes y conquistaremos todo este universo.

Mark esperaba que Esquire, al no recibir noticias, hubiese contactado con el comandante en jefe.

Dav Hlau colocó su mano sobre el pecho de Mark.

—Detecto una gran fuerza en tu interior, lástima que, hasta ahora, no ha sabido como dirigirla. Yo te educaré.

—Nunca fui bueno en los estudios —repuso Mark.

Los dos capitanes se miraron como si se tratase un duelo en una película del oeste. La tensión se palpaba en el aire.

—Nunca has tenido un profesor como yo. Pronto me seguirás como un perro faldero.

—¡Nunca!

Mark intentó liberarse de nuevo, pero era imposible soltarse. Dav Hlau lo soltó, dejándole libre. Mark se levantó de un salto, pero Hlau lo paralizó con un movimiento de su mano, atrapándolo contra la pared, a un metro de altura del suelo. Mark se estaba ahogando.

—El poder de mi mente es mayor. Tú también tienes este poder. Únete a mí y conquistaremos juntos todos los universos.

Hlau lo dejó caer en el suelo. Mark tosió varias veces, Debía usar la inteligencia si quería escapar con vida.

—Sé lo que estás pensado.

De pronto, se oyó un ruido extraño, inusual. De la nada se materializó una casita de muñecas.

La puerta se abrió y de su interior salió un señor con aire despistado, vestido con un pijama de topos y una gabardina.

—Perdonad, ¿es aquí la fiesta de pijamas?

El capitán Mark y Dav Hlau le miraron asombrados. ¿Quién era ese tipo tan extravagante?

—Soy el Visitante —se presentó—. Creo que me he equivocado de fiesta. Pero, aquí hay algo que no está bien. Alguien ha jugado con el tiempo y el espacio. Lo siento en mis huesos.

El visitante sacó un bolígrafo del bolsillo, moviéndolo arriba y abajo.

—Tú no perteneces a este lugar —dijo señalando a Dav Hlau—. Voy a tener que arreglar esto o todo el tiempo se fracturará.

—Soy Dav Hlau y ésta es mi nave, el Agujero Negro. ¿Quién diablos es usted? ¿Y cómo ha superado las medidas de seguridad?

—Ya le he dicho que soy el Visitante. ¿Es qué ese casco no te deja escuchar?

Mark se levantó. Aquí tenía un posible aliado.

En ese instante, se oyó un pitido doble seguido de una voz, la del teniente Esquire.

—Siento molestarle, capitán, en su hora de descanso, pero le necesitamos en el puente. Ha ocurrido algo…

—Recibido. Me cambio y ahora voy.

Mark salió de la holocubierta.

—Ordenador, finalizar programa Ulises Mark cuarenta.

—No es posible cerrar el programa —respondió el ordenador con voz metálica—. Se detecta vida en la sala de la holocubierta.

—Pero si eso es imposible, ordenador —respondió el capitán tocando la consola para cerrar a mano.

La puerta de la holocubierta se abrió, Mark miró en su interior, toda la proyección había finalizado.

—Menos mal —se dijo.

Ulises Mark se dirigió al puente.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó al entrar.

En medio de la sala había una casita de muñecas.

—Casi me deja atrapado, menos mal que he podido desplazarme a tiempo —dijo el Visitante con una sonrisa, sentado en la butaca del capitán.

 

 

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