Relato 23 -Divertido

Había nacido para aquel fin. Sin duda alguna, suya sería la gloria y también suyo el poder.

 

Mientras avanzaba hacia el altar mayor, el pequeño órgano románico, que se hallaba en uno de los laterales de la catedral, dio la entrada con sus acordes a un solemne Tedeum. Bajos, barítonos y tenores se fueron enlazando en un crescendo estremecedor sobre un fondo de voces blancas.

 

Fue justo en el instante en que el obispo alzó la corona para ceñirla en su cabeza, cuando el silencio no solo se impuso al coro y al órgano, sino a la nobleza, que se hallaba allí junto a unos cientos de campesinos que aguardaban con sus bocas entreabiertas. Un silencio que se quebró como un inmenso cristal cuando al sonar el Gloria, todos, nobles y plebeyos, prorrumpieron en mil vivas y aplausos.

 

Tras la coronación, el cortejo real avanzó con paso lento y solemne hacia la salida. Uno de los monjes que se hallaba en aquel grupo de Los Hermanos de la Divina Misericordia no dudó en acelerar el paso hacia el nuevo rey.

 

-¿Te diviertes?- le preguntó el monje.

 

Cuando el religioso retiró hacia atrás su capucha, aún pudo percatarse mejor de aquella sonrisa burlona que le era tan familiar por las miles de veces que la había visto en los libros de su infancia. Tratados de mitología donde cientos de faunos sonreían obscenamente a virginales ninfas.

 

De inmediato, la guardia personal del monarca cerró filas rodeando al osado monje que tan poco respeto había demostrado tener a su rey.

 

Solo faltaban quince minutos para que acabase el partido. Jeremías Escalboa, el nuevo fichaje de su equipo abandonaba cabizbajo y entre lágrimas el césped por dos amarillas consecutivas. La primera se debió a una mano inexistente. En cuanto a la segunda, fue por obra y gracia de las dotes teatrales de uno de los delanteros del equipo contrario, al que le bastó tan solo un ligero roce de la bota de Jeremías para rodar por el suelo dando tres vueltas de campana.

 

Por si aquello era poco, la ventaja del equipo rival era de cinco goles a cero. Por lo tanto, ¿qué más daba que precisamente en aquel instante la pantalla se hubiera quedado en blanco tras un fogonazo?

 

Con un poco de suerte, tal vez se trataría de una lámpara. Si era eso, con tan solo unas mil quinientas pesetas, teniendo en cuenta la mano de obra y el desplazamiento del técnico, asunto resuelto. Pero si el problema era el tubo de imagen, entonces la cosa sería más que grave. Un veinticinco pulgadas costaba, al menos, unos veinte mil duros, eso sin contar los arreglos del antenista para poder ver la UHF.

 

De una forma u otra, aquello solo podía resolverse el lunes. Eran las ocho menos cuarto, hacía calor y lo más sensato era bajar al bar de la esquina y tomarse unas cañas para despedir el domingo y así poder conjurar ése o cualquier otro problema.

 

Mientras acercaba el vaso a los labios y, como tenía costumbre, observaba como desaparecía la espuma blanca en su interior, un enérgico “chisssst” reclamó toda su atención. Manolo, el camarero, dirigió su mirada, en señal de advertencia, hacia la puerta. Un individuo de unos cincuenta años, barbudo y desaliñado caminaba a paso firme y decidido hacia él.

 

A pesar de que Manolo le aseguró en voz baja que podía estar tranquilo porque tenía reservado el derecho de admisión, alzó su mano para que callase y aguardó a que el extraño tomara la palabra.

 

-¿Te diviertes?-

 

Si le hubiese pedido algún duro para un vino o un vermut, lo habría considerado como lo más normal del mundo. Pero aquella extraña pregunta, junto con aquella sarcástica sonrisa, ¿qué sentido podría tener?

 

Tras marcharse el extraño personaje, Manolo le dijo que, si quería, podía llamar al 091.

 

-Déjalo. No te preocupes. Al fin y al cabo, ni siquiera me ha llegado a pedir un duro. Lo único es que… Verás, anoche tuve un sueño y… ¡Bah!, tonterías mías. Ponme otra caña y cóbrate-.

 

-No, no le puedo decir nada. No estoy autorizada. El doctor tiene que pasar esta mañana para hablar con usted.

 

Por el rostro serio y el hermetismo de la enfermera, aquello que no podía contarle no debía ser muy bueno. Pero por otra parte, de las dos auxiliares que solían ocuparse de él, aquella era precisamente la más callada y reservada. Y, tal vez, aquel silencio podría ser tan solo un simple síntoma más de su estricta formalidad.

 

En realidad, Aurora no era mala persona. Era muy estricta y celosa de sus responsabilidades, y tal vez, hasta un poco antipática, pero no era mala. De hecho si alguna vez, a las dos de la mañana, le surgía algún problema con la sonda, casi siempre era la primera que acudía como un relámpago a los cinco segundos de que hubiera tocado el timbre. En cuanto a su compañera, en cierto modo era como esa hija que no tuvo o como la novia que siempre codició tener. Dulce, locuaz y muy dada a quitarle importancia a todo, incluso a aquel tumor que no le estaba dando tregua ni de noche ni de día, era, sin duda quien necesitaba a su lado.

 

-¿Podría venir Melisa?-se limitó a preguntar. Y con aquella pregunta quiso demostrarle a la reservada sanitaria, que era tal su dignidad que ni siquiera insistiría en seguir inquiriéndole sobre su preocupante estado de salud. A sus setenta años ya no era momento de rehuir de su destino como un niño al que le asustara una simple inyección. Lo único que necesitaba era un poco de conversación, de cariño como el que podía proporcionarle aquel ángel de la guarda que, sin ser tan eficiente como ella, era el mejor alivio para su mal. Lo demás… Lo demás, hasta aquellos partidos que veía treinta años atrás en su viejo Telefunken, había perdido todo su encanto e interés para aquel pobre viejo derrotado por esa enfermedad innombrable.

-Creo que sí. ¡Vaya! Ahí viene el doctor.

 

Sonriendo, se predispuso a escuchar lo que para él era más que previsible. La reciente intervención no había logrado resecar lo suficiente el tumor que, por otra parte, había aumentado considerablemente de tamaño por lo que era necesario intervenir de nuevo. Si llevaba quince días en aquella cama, que solo abandonaba para salir un par de minutos al pasillo o para degustar aquellos menús sin sal a base de verduras hervidas que tanto asco le daban, lo que le auguraba el futuro no era mucho mejor. Más minutos, más horas, más días encadenado a aquel potro de tortura que, pese a que podía inclinarlo para recibir a las visitas o ver la televisión, no por ello perdía su nefasta condición. Más tiempo o… sencillamente, ninguno.

La idea de dejar atrás aquel sufrimiento le embargó en una sensación idéntica a la que podía sentir un niño al que le anuncian un fascinante viaje a un parque de atracciones. Porque morir, ¿qué era sino más que una experiencia parecida a la que nos encoge el estómago al precipitarnos desde una montaña rusa?

 

-Es usted admirable. En todos mis años de carrera no he conocido a nadie con su entereza y valentía.

 

-Gracias, doctor. Me abruma con sus inmerecidos halagos. Pero a mi edad, y aunque pueda parecer un tópico, es muy raro que pueda tenerle miedo a la muerte.

 

La gravedad de aquella respuesta, obligó al médico a replicarle con un lacónico “yo no he dicho que se vaya usted a morir” con el que prácticamente se despidió.

 

Tras recoger su carpeta, el doctor se dirigió hacia la puerta de la habitación. Pero antes incluso de que su mano se posara sobre el picaporte, giró su cabeza hacia el paciente, y esbozando una siniestra sonrisa le dirigió una pregunta que, aunque simple, era extrañamente familiar para el anciano.

 

-¿Te diviertes?

 

Hasta las cinco de la tarde no se abriría de nuevo el cementerio. Solo quedaban algunas ancianas que tuvieron que arrebatar su pesado caminar en una desesperada carrera si no querían quedarse tres horas más en compañía de sus muertos. El vigilante, un cincuentón bizco y medio calvo al que todos conocían por sus malas pulgas, jamás demoraba el cierre, ni siquiera un minuto porque una pobre vieja no pudiera correr como lo hubiera hecho veinte años atrás.

Tras el bocinazo de aviso y el chirrido del portón, solo quedó allí el silencio y un agradable sol que bañaba las inmaculadas lápidas de los panteones y los nichos.

 

La soledad y la paz que inundaba aquel camposanto invitaban a pasear lenta y deliciosamente como en el claustro de un convento de clausura, meditando sobre lo humano y lo divino lejos de la tiranía del tiempo. Un auténtico placer que durante tres horas iban a disfrutar aquellos dos visitantes que vestían traje negro de rigurosa etiqueta. Los únicos visitantes que había en el cementerio a las dos de la tarde.

 

Tras guardar silencio, avanzaron hacia un nicho sobre el que las recientes coronas y la falta de lápida revelaban que hacía pocas horas, tal vez minutos, que había tenido lugar el sepelio. Después de permanecer cerca de diez minutos observando por encima de sus gafas de sol la pequeña esquela de porcelana sobre la que apenas se adivinaba identidad del cadáver, continuaron su paseo y también su conversación.

 

-¿Te has divertido?- preguntó el mayor de los dos.

 

-Soñar con la gloria de la púrpura y no alcanzarla; padecer con las pequeñas contrariedades del día a día y agonizar durante más de un mes en un hospital, abandonado de todos y hasta de tu propia dignidad, ¿eso es divertido?- contestó el joven acompañante.

 

- No lo sé. Pero yo, al menos, sí que me divertí cuando os cree a ti y a ellos. Y supongo que tú también te divertirías aquel día en que te rebelaste contra mí.-

 

-De aquello hace tanto tiempo que ni siquiera me acuerdo. Pero lo que sí puedo asegurarte es que volvería a rebelarme contra ti o contra quien fuere… si vuelve a fundirse el tubo de imagen de mi televisor un domingo por la tarde.

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