Relato 22 - El niño que quería ver a Santa Clauss

EL NIÑO QUE QUERÍA VER A SANTA CLAUS

 

 

            —¿Por qué no puedo verle, mamá?

            —Ya lo sabes cariño, a Santa Claus no se le puede ver, romperías la magia y no tendrías regalos. — Contestó su madre mientras ponía la mesa.

Era Nochebuena, y ya estaba todo listo. Mamá acababa de terminar la cena y papá llegaría dentro de poco. Hans miraba por la ventana; estaba nevando. Había comenzado a primera hora de la hora de la tarde y un manto blanco cubría la calle. Podía ver las farolas de la calle entre los copos y la acera de enfrente, donde estaba la casa de los Olsën. A su derecha la calle se adentraba en el pueblo y a su izquierda terminaba para dar paso al bosque, algo más lejos estaban las montañas. Estaba arrodillado en una silla mirando al cielo, quizás apareciese un trineo tirado por renos… Vio una sombra subir la calle por su derecha; cuando pasó bajo una farola supo quién era, era su padre. Llegó a la puerta y llamó:

            —Voy yo mamá, es papá — dijo Hans. Saltó de la silla y corrió a abrir la puerta. — ¡Hola papá! — Saludó Hans tras abrir la puerta.

            —Hola Hans — respondió su padre sonriendo — ¿Has ayudado a mamá? — preguntó mientras se quitaba el abrigo, el gorro y la bufanda y le daba un beso.

            —Si, he hecho los dulces – Hans cogió el abrigo la bufanda y el gorro y los colgó en el perchero que estaba junto a la puerta. Tuvo que ponerse de puntillas para lograrlo, pero al final lo consiguió. El año pasado no hubiera llegado a colgarlos.

            —Así que has hecho los dulces ¿tu sólo?

            —Bueno, los amasé los di la forma y los metí al horno — dijo Hans con una pícara sonrisa — Mamá hizo la masa y lo demás.

            —Muy bien — aprobó su padre mientras le pasaba la mano por el pelo rubio.

            Había sido un día largo para Lars, aunque fuese Nochebuena. Su jefe el señor Rosinki no entendía de Navidades o demás fiestas, únicamente miraba por sus balances y  cuentas. El trabajo duró hasta tarde y se encontraba cansado. Al menos mañana sería fiesta, Navidad. Se dirigió a la cocina, escuchó ruidos de platos y cazuelas, era Sarah terminando de hacer la cena. Entró en la cocina y saludó, su mujer.

            —Hola — dijo Lars acercándose y besando a su mujer.

            —Hola, ¿Qué tal el día? — le preguntó Sarah.

            —Bueno, digamos que podría haber sido peor — respondió mientras cogía un panecillo recién horneado de la mesa — el señor Rosinki es como el tipo de Cuento de Navidad… ¿Cómo se llamaba?

            —Scrooge — respondió Sarah.

            —Eso, Scrooge. Incluso insinuó ir mañana…

            —Pobre hombre, seguramente se siente muy sólo. Desde que le ocurrió aquello está muy triste y seguro que estos días se le hacen muy duros.

            —A mí lo que me parece es que está un poco mal de la cabeza. Además no dirías lo mismo si tuvieras que trabajar con él — puntualizó Lars. Levantó su mano derecha, aún con medio panecillo, y encogiendo la cabeza entre sus hombros dijo cambiando la voz, en claro aire de burla hacía el señor Rosinki — Señor Lars Dükinen debe usted recordar cual es el motivo por el que se presenta usted cada mañana en esta oficina, seriedad y trabajo. Son dos puntales fundamentales que han hecho a esta empresa ser respetada en todo el país. Vaya usted a casa y celebre la Navidad, pero no se exceda señor Dükinen, dentro de dos días le quiero aquí preparado para el trabajo… Es insoportable Sarah — esto último lo dijo con voz normal y abandonando la postura de burla que había adoptado. Sarah suspiró.

            —Venga Lars — dijo Sarah — ve al salón y tomate un Brandy mientras termino el asado, ya le queda poco.

            —Y no tarde usted en hacer sus tareas — dijo Lars volviendo al tono de parodia y burla, moviendo su dedo índice amenazador en aire al tiempo que se dirigía al salón — que una cena fría no es ejemplo de virtud.

Sarah sonreía al tiempo que, de broma, atizaba con el cucharón a Lars hasta hacerle salir de la cocina. Cuando Lars llegó al salón se encontró a Hans arrodillado sobre una silla mirando por la ventana.

            —¿Qué haces enano, te gusta ver nevar? — preguntó Lars a su hijo.

            —No es eso. Estoy intentando ver el trineo de Santa Claus — respondió el niño.

            —Pero a Santa Claus no se le puede ver, eso ya lo sabes ¿no?

            —Si, ya me lo ha dicho mamá, rompería la magia y no me traería regalos — sin embargo Hans no estaba convencido de esta idea, por otro lado le daba igual no tener regalos, él, como regalo, quería ver a Santa Claus.

            —Eso es — concluyó Lars.

Se dirigió hacia el mueble bar y se sirvió una copa de Brandy, acto seguido se sentó en el sofá frente a la chimenea. Dio un trago a la copa, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Era el primer momento del día en que encontraba un momento de calma total.

Pasó un rato hasta que Sarah irrumpió en el salón e informó de que la cena estaba lista.

            —Lars, Hans, a la mesa— dijo Sarah con tono musical

La cena fue estupenda; asado, dulces navideños y luego hubo villancicos. Lars toco la guitarra y Hans y Sarah cantaron hasta la madrugada. Cuando ,ya cansados, decidieron acostarse Lars recordó:

            —Antes de acostarse hay que dejar leche y galletas para Santa Claus.

            —Yo lo hago —dijo Hans. Saltó de la silla y fue corriendo a la cocina. Volvió al minuto con un gran vaso de leche y unas cuantas galletas que puso al pie del árbol de navidad.

            Era la hora de meterse en la cama pero Hans no se durmió, estaba demasiado decidido a ver a Santa Claus como para conciliar el sueño. Consiguió mantenerse despierto durante horas y al fin escuchó un ruido, alguien bajaba por la chimenea. Se levantó con cautela y, de puntillas, llegó hasta la puerta del salón. Estaba entornada, la luz de la luna daba una blanca iluminación que hacía visible la estancia. Se asomó por la rendija y allí estaba él, ¡era Santa Claus! Apartó la cabeza de la rendija y se tapó la boca con la mano, una risilla traviesa se le escapaba entre los dientes. Volvió a mirar, allí seguía, estaba de espaldas y  se encontraba agachado frente al árbol de Navidad. Vio como echaba hacia atrás la cabeza y unos segundos después dejaba en el suelo un vaso vacío. Se había bebido la leche, como todas las navidades. Sin embargo el hecho de verlo le lleno de orgullo ¡Santa Claus había bebido la leche que él le preparó!

            Recordó en ese momento que incluso llegó a pensar que lo hacían sus padres, que ellos se bebían la leche para que mantuviera la ilusión y eran ellos quienes compraban sus regalos, que tonto había sido. Cuando terminó de comerse las galletas Santa Claus se irguió. Hans pensó rápido; su sueño se había cumplido, había visto a Santa Claus en su propio salón, pero ahora no era suficiente, quería hablar con él, saludarle, besarle…  El niño, lleno de júbilo, entró en el salón, corrió con los brazos abiertos hacia él gritando emocionado:

            —¡Santa Claus! ¡Santa Claus!

Cuando Santa Claus oyó a Hans se dió la vuelta. El niño quedó paralizado de terror, la sangre se heló en sus venas, el rostro de Santa Claus no era el del anciano de barba blanca y gesto bonachón que él esperaba, su cara era una espantosa calavera con piel por amarillenta encima, sus labios descarnados dejaban ver unos dientes putrefactos. Tenía mechones de barba gris aquí y allá, de los que aún resbalaban hilillos de leche. Daba la impresión de ser algo muerto, sin vida… excepto por sus ojos, dos ojos sanguinolentos llenos de rencor y odio. Semejante rostro dentro de los ropajes del afable Santa Claus era grotesco, pero sobre todo maligno. Hans gritó con todas sus fuerzas.

 

 

            El grito les despertó con un gran sobresalto. Lars fue el primero que reaccionó, o que por lo menos lo intentó. No se podía mover. Cuando quiso ir en ayuda de su hijo no consiguió mover un músculo. Y a Sarah le ocurrió lo mismo.

            —¡Lars, no puedo moverme! — gritó desesperada Sarah

            —Yo tampoco – balbuceó Lars — ¡Hans! ¡Hans!

Un pensamiento les pasó por la cabeza a ambos, ahora recordaban lo que contaba el señor Rosinki, el jefe de Lars. Su hijo desapareció la noche de Nochebuena del año pasado. “Estábamos durmiendo — contó el señor Rosinki — y oímos como alguien se llevaba a nuestro hijo… No pudimos hacer nada… Estábamos paralizados en la cama… ¡Algo no dejaba que nos moviéramos!” Todos le tomaron por loco, creyeron que el pobre hombre había perdido la cabeza. Incluso, durante un tiempo, fue sospechoso de la desaparición de su propio hijo. Eso casi termina con su salud, se recuperó, pero nunca volvió a ser la misma persona y siempre mantuvo que a su hijo se lo llevó alguien.

            —Lo que le pasó al señor Rosinki… no estaba loco Lars ¡Dios mio! — Sarah empezaba a hundirse en el pánico. Lars ni siquiera la escuchaba ya..

            —¡Haaaaaaaans!

 

 

            En el momento que aquel monstruo oyó gritar al niño una mueca de rabia apareció en su cadavérico rostro; su mirada se clavó como una estaca ardiente en los ojos de Hans. El chico no pudo apartar la mirada y su alma pertenecía ahora a aquel espectro viviente. Se sintió como un títere… En ese instante Santa Claus habló.

            —¿No es suficiente con los regalos? ¡No! Siempre hay alguno que quiere ver a Santa Claus. — Su voz sonaba hueca áspera, impregnada de un inmenso sentimiento de maldad que helaba la sangre. Era como si estuviera dentro de su cabeza aunque le veía mover sus labios. — ¿Querías verme? Pues vaya si me vas a ver… Jou, jou, jou.

            Hans permanecía paralizado en contra de su voluntad, escuchó los gritos de sus padres muy lejanos. Quería gritar, llamar a su madre, pero no pudo, porque ahora su voluntad ya no le pertenecía. Santa Claus retiró uno de los regalos del pie del árbol se lo puso bajo el brazo y entró flotando por la chimenea; el niño fue detrás, no entendía como, levitaba en el aire y viajó por la chimenea sin tocar las paredes de esta. Cuando salieron al exterior por el otro extremo ambos ascendieron hasta alcanzar el trineo que estaba suspendido unos metros por encima del tejado. Estaba desvencijado, roto y en un estado de total abandono. Al llegar a su altura quedó sentado en él. Entonces vio a los renos. Eran seis esqueletos vivientes, jirones de piel les colgaban de su carne putrefacta pero sus ojos brillaban con la furia del odio y la rabia. Santa Claus se sentó a su lado, le miró y dijo:

            —Estoy maldito por toda la eternidad, un muerto en vida condenado a mantener la ilusión de los niños. Pero hay alguno que no se contenta con eso. Tiene que ver a Santa Claus ¿No sabes que parte de la ilusión es no saber? ¿Qué la magia es simplemente creer? Bueno amiguito, pues has conseguido tu premio.

            Como si fuese un mensaje telepático Hans tuvo una visión en su mente. Vio un hombre, gordo y con barba blanca, y vio sus horrendos actos; con niños. Pudo ver como los mató a todos después de... Pero fue descubierto y el pueblo entero se tomó la justicia por su mano. Apresaron al hombre de barba blanca, lo mataron para después quemar su cuerpo y enterrar sus cenizas muy hondo, en la cueva de la montaña. Había pasado hacía mucho tiempo, más del que nadie podía recordar, en un lugar indeterminado, en un pueblo como el suyo. Dios maldijo el espiritu de este hombre a vagar como un alma en pena para toda la eternidad. Durante 364 días al año estaría aletargado y la noche de Nochebuena se levantaría de su sepulcro para llevar regalos a los niños y de esta forma purgar el mal que hizo estando vivo. Y así había sido desde siempre. Pero la maldad que guardaba este monstruo hizo que tuviese poder sobre algunos niños, los que lograban verle la noche de Nochebuena.

 

            El trineo se puso en marcha, volando hacia alguna parte y la sangre de Hans se iba helando en sus venas cada vez más mientras la vida le abandonaba. Muchas paradas hicieron esa noche infinita, en las que Santa Claus penetraba en las casas por la chimenea o atravesando paredes, y dejaba regalos que sacaba de su saco maldito, hasta que al final el trineo y sus macabros ocupantes se dirigieron a algún lejano lugar bajo tierra, escondido del mundo; una lobrega cueva perdida bajo una montaña.

Una vez que entraron en el interior los renos fantasmales abandonaron todo resquicio de vida y quedaron paralizados. El brillo de sus ojos se fue disipando de forma gradual, como una vela que se apaga. Santa Claus se levantó del trineo y penetró hacia el interior de forma ausente, Hans le siguió. La cueva era oscura y húmeda pero una extraña fosforescencia permitía ver perfectamente alrededor. Avanzaron por un estrecho pasadizo que desembocó en una estancia no demasiado amplia. Al llegar al fondo de dicha estancia se encontraron con varios niños espectrales de ojos hundidos y mirada muerta. Serían aproximadamente treinta o cuarenta. Uno de ellos era el hijo del señor Rosinki, el que desapareció las pasadas Navidades. Santa Claus se detuvo y quedó petrificado, como una estatua de hielo, la mueca de su rostro quedó en un rictus horrible lleno de odio y venganza, así permanecería un año. En ese momento los niños empezaron a moverse hacia un pasillo que se encontraba a la derecha de ellos, Hans los siguió. El pasillo terminaba en otra estancia, ligeramente más luminosa que el resto de la cueva. Estaba repleta de juguetes. Los niños, lentamente, se dispersaron por la sala y comenzaron a empaquetar y envolver juguetes en vistoso papel de regalo...

            Ahora Hans comprendió que su destino iba a ser convertirse en un paje de Santa Claus, un ser maldito, sin voluntad, con la sola tarea de empaquetar regalos… Durante toda la eternidad.

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