Relato 22 - El hombre aterrado

 

 

 

1

 

El hombre aterrado recibía cientos de miradas desconfiadas. Corría sin rumbo entre los puestos del mercado derribando campesinos, esquivando nobles y esparciendo frutas maduras y pescados rancios por el suelo; los gritos de protesta se ahogaban en el furioso latir de la sangre en los oídos. Con la mirada buscaba frenéticamente algo familiar, algún tipo de señal que le indicará qué estaba pasando. De vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás, escrutando con los ojos a la multitud en busca del motivo por el que corría con tanta ansiedad.

—¡Está loco!

—¡Que alguien lo detenga!

—¿Qué lleva puesto?

Cuando pasó con velocidad endiablada junto a los últimos puestos del mercado, el hombre aterrado giró repentinamente y se metió por un maloliente callejón por el que apenas cabrían dos personas juntas. Al salir de él, cogió otro angosto pasaje al azar y lo cruzó. Repitió la operación varias veces, cambiando de dirección cuando le era posible. Al cabo de unos minutos, encontró un maltrecho puente de madera que cruzaba un río veteado con tintes para telas. El caudal estaba dirigido por dos muros de piedra vasta que se hundían en el suelo unos seis metros; si no se prestaba atención a la herida en la calzada, una desagradable caída podría terminar en ahogamiento. En una de las paredes, una estrecha franja adoquinada acompañaba el curso del agua. El hombre aterrado se sentó en el borde del muro y descolgó el cuerpo hacia el río, agarrándose con las manos a los desgastados ladrillos del borde. Con cuidado, se dejó caer. Comprobó que no se estaba ahogando y, siguiendo la estrecha acera, salió disparado hacia los bajos del puente. Allí, bajo el nivel del suelo y amparado de miradas, se hizo un ovillo y comenzó a gimotear.

—Es un sueño un mal sueño solo eso es un sueño nada más no estoy acurrucado bajo un puente porque es un sueño y estoy en mi cama descansando porque tengo que trabajar y…

Unos pasos apresurados cruzaron el puente sobre su cabeza. Si alguien se asomó a mirar al río, no vio más que sombras. Al cabo de un minuto, el puente dejó de ser pisoteado.

En el silencio siguiente, el hombre aterrado comenzó a asimilar el fluir del agua y el olor de los desechos vertidos como sensaciones reales, apartando poco a poco la idea del sueño y aceptando la extrañeza de la situación. Acompasando la respiración pero sin dejar de ser un ovillo, el hombre consiguió ordenar los pensamientos y analizar su situación como un problema más, como si se encontrase en el cubículo de la oficina ejerciendo de ingeniero.

—La ropa. Eso debe ser lo primero. No puedo ir por ahí en vaqueros. Ni aunque fuese un sueño.

Se hablaba en apenas un susurro, viendo pasar con ojos desenfocados el contaminado cauce del río. Lentamente estiró el cuerpo y se puso de pie, apretando la espalda contra el muro, temeroso de caer al agua infecta.

—Después… Después tengo que explorar los alrededores, ver donde estoy, en qué ciudad. —Recorría la estrecha acera buscando un discreto lugar por el que asirse al borde y subir al nivel del suelo—. Buscar pistas. Sí, eso es. Pistas que me digan por qué estoy aquí. Tiene que haberlas. Lógica. Siempre lógica. No pienses en nada más. Es un problema, y como tal, tiene solución. Solo hay que encontrarla.

Casi sin darse cuenta había dado un salto, se había agarrado al borde del muro y se había aupado hasta el suelo, junto al lateral de lo que parecía una posada. Desde el interior del edificio se filtraba el bullicio de decenas de bocas ebrias comentando las penalidades del día. O hablando del extraño de pantalones vaqueros nunca antes vistos. La ropa, tenía que quitarse la ropa.

Caminó haciendo el menor ruido posible hasta una pequeña montaña de basura. En ella, ropa deshilachada aparecía entre restos podridos de comida. Bien, bien. Un mendigo siempre es ignorado. Rezando por no equivocarse, el hombre se quitó las ropas anacrónicas y comenzó a vestirse con malolientes harapos. Al terminar, creía poseer la apariencia de un alma desgraciada del medievo.

—Bien. Ahora las pistas. Necesito pistas. Fuera. Una plaza, a lo mejor. Necesito saber dónde…

Del final de la calle le llegó un sonido que le heló la sangre y le paró el corazón. Por la angosta abertura cruzó la figura de un hombre bañado en sombras. Al hacerlo, el sonido se incrementó, haciéndose inaudible una vez la figura se perdió de vista. La concepción de un sueño revivió. Aun con todo lo que estaba pasando, estaba seguro de lo que había oído, y le parecía imposible: la melodía de “A Hard Day’s Night”, de los Beatles. Tras unos segundos de pura incredulidad, el ingeniero reaccionó y salió corriendo tras los ecos de la canción.

—¡Espere! ¡Por favor!

Alargó el brazo hacia el sitio en el que había estado la figura que silbaba como si pudiese retroceder el tiempo y alcanzarle. ¡Una melodía de los Beatles! Sin duda, aquella figura pertenecía a su tiempo; era igual de anacrónico que él. Necesitaba encontrarla como fuera, que le contase qué demonios hacía él en el medievo. Cuando alcanzó el final del callejón salió a una calle ancha de viejas casas de madera. Miró hacia la izquierda, en la dirección que había desaparecido la figura, pero no vio a nadie. En el otro lado, una pareja le observaba frunciendo el ceño ante el aspecto y el olor de aquel tipo de aspecto perturbado que le gritaba a nadie.

—No, por favor…

Indeciso ante la dirección que tomar, caminó por la calle escrutando cada casa, local y callejón en busca de la figura que silbaba una canción de los Beatles. ¿Por dónde se habría escurrido? ¿Tendría que recorrer cada uno de los callejones de aquella ciudad de diseño caótico? De repente, la melodía silbada se dejó oír a la derecha del ingeniero.

—¡Oiga! ¡El que silba!

Obviando las miradas reticentes que despertó entre la gente que se encontraba en la calle, el hombre salió corriendo hacia el callejón que había expulsado la melodía. Al llegar a la entrada se detuvo. Era un callejón sin salida, pero al fondo, lo que parecía un hombre se introdujo en una puerta de la parte derecha. Tras unos segundos, de la puerta se escapó “A Hard Day’s Night”, de los Beatles.

—¡ESPERE! ¡SOY DE SU ÉPOCA!

El ingeniero corrió hasta el fondo del callejón saltando cajas rotas y salpicando con los pies charcos de agua corrompida. Al llegar a la puerta por la que había desaparecido el hombre se detuvo. El corazón batía con fuerza, los pulmones se hinchaban con avidez y los ojos miraban frenéticamente al oscuro interior de lo que parecía ser un almacén abandonado. Fue a dar un paso para entrar en él, pero un instinto precavido le detuvo. Inseguro, comenzó a morderse el labio. Había algo que no le gustaba de todo aquello. Miró hacia el principio del callejón. Vio la calle medieval de la ciudad medieval con lugareños medievales. Él no pertenecía a aquella época. Necesitaba saber que estaba pasando.

—No puedo estar peor que ahora.

Asintiendo con renovada seguridad, se adentró en el almacén abandonado. Tras dos cautelosos pasos, cuando los ojos todavía no se habían acostumbrado a la oscuridad del interior, algo le golpeó con fuerza en la parte posterior de la cabeza. Antes de rebotar contra el suelo sin vida, el ingeniero tuvo una fracción de segundo para pensar en la mala suerte que tenía al morir en un tiempo que no era el suyo, y en si estaría violando alguna paradoja temporal con su muerte anacrónica.

 

2

 

Emulando con los labios la batería de la canción “Taxman” de los Beatles, el anulador llevaba sobre el hombro el peso muerto del cadáver del ingeniero. Bajó unas escaleras que se disimulaban al fondo del almacén abandonado, trastabilló, soltó al ingeniero para no caer, silbó aliviado cuando recuperó la verticalidad, volvió a cargar el cadáver en su hombro y continuó el descenso, sin silbar esta vez.

—¡No me digas que ha caído otro pájaro!

La voz, grave y potente, la produjo un tipo corpulento que más parecía un armario que una persona. Estaba sentado en el sótano, ante una mesa donde se acumulaban informes, jarras de cerveza y revistas lujuriosas de otra época.

—Como no la cierren pronto vamos a tener a toda Inglaterra metida en el medievo —contestó el anulador cruzando el sótano.

—¡Vaya! —Una risotada gutural acompañó la exclamación del hombre de la mesa—. Por lo menos este no es tan tonto como los demás.

—No te creas —gruñó el anulador, empujando hacia arriba con el hombro para dejar caer el cadáver del ingeniero ante un horno—. Fue suficientemente listo como para cambiarse de ropa, pero después gritaba a todo pulmón que pertenecía a mi época.

—Bueno, ¿y tú qué harías?

El hombre que parecía un armario se levantó con dificultad de la mesa, apuró una de las jarras de cerveza y se dirigió al fondo del sótano. Esquivó el cadáver y comenzó a encender el horno.

—¿Te has enterado? —preguntó el hombre corpulento.

—Me he enterado de muchas cosas, quemador, así que o especificas o no puedo darte una respuesta concreta.

—Era un formulismo, anulador —gruñó el hombre que vertía un líquido inflamable sobre los troncos apilados—. Me refiero a lo de los americanos.

—¿Esos mafiosos de tres al cuarto que todavía se creen italianos? —El anulador escupió al suelo con desprecio. Se acercó a la mesa, comprobó las jarras de cerveza y maldijo por lo bajo al verlas vacías—. ¿Qué han hecho ahora?

—Nada, pero quieren. —El quemador atizó los tacos de madera que estaban escapando de las llamas que ya lamían la pila de troncos—. Por lo visto no les gusta estar tan lejos…

—Pues a mí la egipcia me parece fascinante.

—…y están planeando quitarnos la victoriana.

—Yo les regalaría el medievo —dijo el anulador, mirando alrededor con un gesto agrio—. No vale para nada.

—Yo sólo quemo, a mí me da igual. —El quemador acercó una mano al interior del horno, asintió satisfecho y, con seriedad profesional, aupó el cadáver del ingeniero con una sola mano y lo introdujo en las llamas. Al instante, un olor conocido inundó el sótano, despertando quejidos en los estómagos de los dos hombres—. Pero créeme cuando te digo que estamos a punto de vivir una guerra por el tiempo.

—¿Y qué? —respondió el anulador con desdén—. Los únicos mafiosos de verdad somos nosotros. Si los americanos quieren guerra, lo único que conseguirán será más supremacía italiana. Si me preguntas, no me desagrada. Deberíamos ser los únicos mafiosos.

—Hablas como un fanfarrón mafioso, no como un italiano —replicó el quemador, colocando un brazo del ingeniero sobre las llamas.

—¿Nos quedan pilas?

—No.

—Pues a este ritmo nos quedaremos sin saber si hay más goteras. Vienen tantos…

El anulador cogió un medidor a pilas que colgaba de la pared y lo observó detenidamente. Al cabo de unos segundos, su gesto cambió. Golpeó el aparato repetidamente, lo agitó violentamente y lo observó de nuevo.

—Me cago en la… ¡No tiene pilas!

—¿Qué dices? —preguntó extrañado el quemador—. ¿Tan pronto?

—Esta maldita grieta se ha comido las pilas de un mes. ¡Y queda una semana para el reemplazo!

—Oh, no… —suspiró asustado el quemador, desatendiendo el cadáver que estaba calcinando—. ¿Y si vienen los americanos a por nosotros?

—No seas estúpido. ¿No has dicho que querían la victoriana?

—Sí, pero… —El hombre que parecía un armario hizo una extraña mueca que indicó que estaba pensando—. Quizás quieran empezar por lo fácil. Aquí sólo somos dos.

—Porque el medievo no vale nada. Ningún mafioso america…

La frase se vio interrumpida por el crujir de la madera. Los dos hombres del sótano giraron la cabeza hacia las escaleras al tiempo de ver aparecer unos pies calzados con zapatillas deportivas. Ambos exclamaron en silencio. El anulador se acomodó el medidor para lanzarlo contra la cabeza que se unía a los pies que veía. El quemador agarró con más fuerza el atizador, dispuesto a aprovechar su desmedida fuerza en un cuerpo a cuerpo.

—¿Se puede saber dónde estabas, anulador?

Al escuchar la voz que bajaba de las escaleras, los dos hombres del sótano respiraron aliviados, soltando sus armas y sonriendo nerviosamente.

—Maldita sea tu estampa, suplidor. ¡Nos has dado un susto de muerte!

—¿Por qué no has ido a la grieta? No sabía dónde escondes la ropa y he tenido que cruzar la ciudad así.

El suplidor llevaba ropa de los años ochenta. Se acercó con gesto cansado a la mesa. Aun así, una sonrisa auguraba buenas noticias.

—La maldita grieta se ha chupado las pilas. ¿Has traído?

—No —respondió alegremente el suplidor, sentándose en la silla lentamente, como si tuviese el cuerpo agarrotado—. ¿Eso es un pájaro? —preguntó señalando al rugiente horno.

—¿Te parece gracioso? —increpó indignado el anulador—. ¿Cómo demonios voy a controlar esta mierda de grieta a ninguna parte que cada vez está peor si no tengo pilas?

El suplidor obvió la preguntó y comenzó a inspeccionar las jarras de cerveza que había sobre la mesa. Conforme eliminaba candidatas, la sonrisa fue desapareciendo de su rostro, dejando tras de sí un toque de tristeza. Al comprobar que la última también se hallaba vacía, se encogió de hombros y agarró una de las revistas lujuriosas.

—Oye… —El quemador había estado en silencio, arrugando la frente, pensando a su manera—. ¿Qué haces aquí, suplidor? No tendrías que venir hasta dentro de una semana. —Un gesto de alarma se instaló pausadamente en su rostro—. No será la guerra, ¿verdad?

—¿Qué guerra? —preguntó extrañado el suplidor, cerrando la revista—. ¿De qué hablas?

—Ya sabes, de los…

—No sé de qué me hablas ni me interesa—cortó el suplidor—. He venido para traeros noticias. —La sonrisa volvió a invadir sus labios—. Ya está controlada. —Hizo una pausa para que procesaran la información—. Cuando recojáis las cosas, nos iremos del medievo y cerraremos la grieta.

—¡Por fin! —exclamó aliviado el anulador, dejando caer al suelo el aparato inútil que sostenía.

—Vaya… —El quemador todavía analizaba los datos.

—Quizás necesites eso —dijo el suplidor señalando con un dedo el medidor del suelo.

—¿Por qué? —preguntó receloso el anulador—. ¿A dónde vamos?

—Al imperio.

—¿Al romano?

—No. —La sonrisa del suplidor se ensanchó aún más—. Al galáctico.

 

 

Planeta Tierra, 09-08-2012

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