Relato 21 - Marta

 

Marta era delgada, tanto que sus huesos daban la impresión de que iban a romperse de un momento a otro como lo hacen las copas de champán de cristal de Bohemia, es decir, sin que se sepa a ciencia cierta por qué y en el momento más inoportuno.

Cuando la conocí, el mismo día de su boda, ya que su futuro marido, Bernardo, un compañero del colegio, no me la presentó al contratarme para el reportaje fotográfico, me causó la misma impresión que a mi sobrina, que en aquel tiempo era una niña y me acompañaba los sábados en el estudio: era la novia más insoportable que había retratado en los diez años que llevaba en la profesión. Además del intenso y mareante aroma a vainilla y polvo de talco que exhalaba, no paraba de quejarse por el cansancio, de protestar por la forma en que tenía que posar no solo ella sino sus invitados, por los fondos, por las luces, por el maquillaje, por que se hacía tarde para la cena en el restaurante… Lo cierto es que hice lo imposible para disimular mi fastidio forzando en todo momento una sonrisa tan estúpida, que al verme de refilón en el espejo del aseo, sentí vergüenza de mí mismo.

Sin embargo, al despedirme de ella, ya que no me contrataron para fotografiar el banquete ni tampoco para las típicas tomas en el piso concluida la ceremonia, y al darle la mano, sus ojos, grandes y negros, su barbilla prominente y su sonrisa, que apenas podía disimular el aro metálico de un implante dental en su boca pequeña y asimétrica, me provocaron una sensación que no pude llegar a comprender en aquel momento. Miedo, deseo, rechazo o, tal vez, todo al mismo tiempo, el caso es que el recuerdo de aquel instante no dejó de asaltarme en infinidad de veces desde aquel momento.

Un par de semanas más tarde, Bernardo volvió para recoger el álbum de bodas. Al contrario que muchos de mis clientes, ni se mostró quisquilloso con mi trabajo ni tampoco me regateó a la hora de pagar. En todo momento, no dejó de esbozar la misma sonrisa y de mostrarse igual de amable prodigándose en apretones de mano que cuando contrató mis servicios. Sin embargo, cuando le pregunté por Marta, apenas pudo disimular un gesto de incomodidad que se concretó en una repentina prisa por marcharse a no sé qué negocio.

A partir de entonces, el recuerdo de aquella mujer o, más bien, de la inexplicable sensación que despertó en mí desde ese sábado, perdió intensidad con el paso de los días aunque no llegó a desaparecer del todo. Se convirtió en una especie de eco lejano  que era compatible con la atracción real y sincera que sentía por otras chicas. Incluso cuando en mis ratos de soledad y de perversión me deleitaba con alguna película porno, Marta seguía estando allí. Sin embargo, no lo hacía como un fetiche erótico, sino como un sentimiento que no podía definir, como algo que me inquietaba sin saber por qué.

Dos meses después, un Lunes Santo, un amigo me sugirió que lo acompañase a ver una procesión de Semana Santa. Desde una de las iglesias más importantes de la ciudad, salían dos pasos, uno de los cuales era una imagen de la Virgen de la Soledad y el otro una representación de un monte Calvario apenas esbozado en cartón piedra y coronado con tres cruces desnudas. Tras salir el primero, cuando dieron las nueve de la noche, se levantó un viento seco de levante que sacudió las túnicas moradas de los penitentes que aguardaban formados junto a la entrada del templo. Nada más abrirse la puerta, y antes de que saliese el cortejo procesional del segundo, se hizo un silencio que solo fue roto por los tambores de la cofradía. Era una marcha en la que a cada dos redobles, las baquetas golpeaban una pequeña tabla que iba prendida al instrumento. Y aquel sonido, seco y monótono del entrechocar de maderas, en combinación con el viento, que iba arreciando a cada momento y arrastrando cuantos papeles y bolsas de plástico encontraba en la calle, me sumió en una ensoñación en la que pude ver un Gólgota solitario y árido donde, a las tres de la tarde, se escuchaban las pisadas de unos huesos que pertenecían a una figura alta y enjuta cuyos ojos y sonrisa reconocí de inmediato.

A partir de entonces, comprendí cuál había sido la causa de mi fascinación por Marta desde que mi mano sintiera el tacto frío y frágil de la suya. Pero lejos de sentirme aliviado, de poder apartarla de mi pensamiento, mi obstinación por ella se multiplicó de una forma más hiriente, ya que no encontré la manera de volver a verla y de poder hallar respuesta a las miles de preguntas que me generó aquella revelación.

Sin embargo, meses más tarde, justo cuando iba a cerrar el estudio para marcharme de vacaciones de verano, sonó el teléfono. La reconocí de inmediato por la voz, por su timbre infantil y por la dificultad con que, a causa del implante, pronunciaba las ces y las zetas. Me dijo que quería sacar unas copias de unas fotografías, pero que, como el piso se hallaba en las afueras y no disponía de vehículo en ese momento, le era poco menos que imposible desplazarse hasta mi establecimiento. 

Tras aceptar el encargo y asegurarle que iría aquella misma tarde a eso de las ocho, caí en la cuenta, tras colgar el teléfono, de que no le había preguntado por Bernardo, por lo que pulsé de inmediato la tecla de rellamada. Pero lejos de disculpar mi olvido o de agradecer mi cortesía, me contestó con un tajante «Luego hablamos, Juan».

Cuando llegué, no me costó nada de trabajo localizar la vivienda gracias a las indicaciones que me había dado por teléfono. Era un edificio de seis plantas cuya fachada, llena de desconchones y de un color entre grisáceo y rosa, revelaba que tendría más de cuarenta años.

Como la mitad de los botones del interfono carecían de rótulo, tuve que calcular de forma precipitada cuál sería el de mis amigos, por lo que me equivoqué un par de veces antes de dar con el de ellos que era el último. Tras un par de timbrazos, la pesada puerta de hierro del postigo se abrió sin que nadie me hubiese preguntado antes quién era.

Unos peldaños antes de llegar arriba, pude oír desde el interior los acordes melancólicos de violín que era el fragmento más popular de La lista de Schindler, la película de Spielberg sobre el holocausto judío. Tuve que tocar el timbre de la entrada un par de veces para revelar mi presencia, ya que el volumen de la música era demasiado elevado. Unos instantes después de haberlo bajado, Marta, que iba enfundada en una bata de paño color rosa chicle, la cual acentuaba aún más su delgadez, me recibió con una sonrisa.

De nuevo volví a sentir el frío y frágil tacto de su mano en la mía cuando me la tendió en un tímido saludo.

—¿Qué tal, Juan? Siéntate un momento mientras saco las fotos.

Como el sofá era demasiado bajo y mullido, apenas pude incorporarme para seguirla con la mirada mientras se adentraba en el largo y oscuro pasillo flanqueado por tres puertas a ambos lados.

Cuando entró en la tercera de la izquierda, me dediqué a curiosear en el batiburrillo de figuras y retratos de tamaño diez por quince que había sobre la mesa que presidía el comedor.

De todas aquellas fotografías la que más me llamó la atención fue la de una mujer de unos cincuenta años de rasgos idénticos a los suyos pero dotada de una delgadez aún más extremada que la suya.

—Era muy guapa —dijo Marta sorprendiéndome, ya que no la vi salir de la habitación, al tiempo que cogía con mimo el portafotos y se lo acercaba a los labios.

No contesté. Me limité a asentir con la cabeza y a prescindir de las típicas frases de consuelo que, aunque bien intencionadas, solo servían para demostrar la hipocresía de quien las dice. Así mismo, tampoco quise herirla con preguntas sobre la causa de la muerte de quien, con toda probabilidad, sería su madre, ya que su aspecto desmejorado la evidenciaba de sobra. Una causa que, por desgracia, a la vuelta de no muchos años, también podría ser la de la suya, ya que de inmediato reconocí en la esbeltez de ambas mujeres uno de los síntomas más característicos de una dolencia hereditaria que casi siempre deriva en complicaciones fatales para la aorta.

Tras unos segundos, en los que los dos guardamos silencio, me limité a preguntarle si se encontraba mejor, más tranquila. Con su sonrisa me lo demostró.

—¿Sabes que soy adivina? —me preguntó con entusiasmo casi infantil rompiendo la tensión del momento anterior mientras sacaba una baraja del Tarot de un cajón que había en un estante frente a la mesa.

—¡Vaya, qué sorpresa! —exclamé con fingida admiración para seguirle la chanza.

—Pero lo que adivino no es el futuro, sino el pensamiento —añadió mientras barajaba con dificultad las enormes cartas— ¿Quieres que te lo demuestre?

—Adelante.

—Tú… crees… que yo… soy… ¡la Muerte!—concluyó con una sonrisa siniestra y una mirada penetrante.

Pese a que me quedé paralizado por un escalofrío, la carcajada que profirió y el manotazo cómplice que me dio en el brazo me revelaron que me había gastado una broma. Sin embargo, por la expresión seria de mi rostro, temí confirmarle que su vaticinio no había sido erróneo.

—No te preocupes. —se apresuró a decirme sin apenas poder contener una nueva carcajada— Desde jovencita me acostumbré a que, por mi delgadez, me gastasen bromas comparándome con la Parca, y por eso supuse que tú también habías pensado en ese parecido. Pero eso no me importa. No.—añadió tras un suspiro con un hilo de voz— Lo único que no solo me ha importado sino dolido en esta vida ha sido ser lo que soy: una pobre idiota que llegó a creer que alguien podría quererla por lo que es, y no solamente por su dinero.

No necesité que me aclarase a quien se refería ni tampoco que no me había llamado tan solo para encargarme unas fotografías que, desde luego, no eran las de su boda.

Cuando me marché media hora después, presentí que aquella no sería la última vez que nos íbamos a ver. Pero de lo que estuve absolutamente seguro fue de que cuando me volviese a leer el pensamiento descubriría que ella ya no sería para mí el ángel de pisada ósea que vaga tras el viento entre gólgotas y sepulcros, sino Ezis, la más triste de las diosas.

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