Relato 20 - E PLURIBUS UNUM (Uno entre muchos, Virgilio)

 

E PLURIBUS UNUM (Uno entre muchos, Virgilio)

 

UNO

            En la sala globular de la nave, cegadoramente blanca en todos sus detalles, el Anaelstrom, en el centro de un círculo perfecto, ilustra a sus discípulos sobre el origen de aquello que pretenden conocer con este viaje. Aparentemente todos flotan sobre el suelo. Son seres plasmáticos que irradian una blanda luminosidad azul. Los mensajes fluyen entre las mentes con naturalidad y sin interrupciones.

 

− Al principio, todo era luz. No había nada más que la infinita masa de partículas luminosas que se movían a tal velocidad que atravesaban el tejido mismo de la esencia, desapareciendo instantáneamente para después reaparecer en otro tiempo anterior o posterior, chocando violentamente contra otras partículas para dar origen a nuevas subpartículas o fusionarse en megapartículas de tal densidad que empezaban a atraer a otras partículas a su alrededor, asimilándolas y absorbiendo la luz que emitían, creando pequeños círculos de oscuridad alrededor de sus masas. Las explosiones, seguidas de las subsiguientes ondas expansivas, eran indescriptibles, sobrecogedoras, alucinantes para un par de ojos testigos que hubieran contemplado aquella colosal cosmogénesis. Pero nadie asistió a aquel fluir y refluir de energía y materia. Todo se desarrolló a velocidad de vértigo en el transcurso de varias miríadas de eones, hasta que las infinitas combinaciones de elementos, condiciones físicas e influencias energéticas, dieron lugar a una nueva entidad infinita que acabó estabilizándose en la forma y estado en que lo estudiamos actualmente. En algún momento del futuro, empezará a volverse inestable y el proceso se invertirá hasta que se produzca la Vuelta a la Luz. Una gran vibración del pluriverso se habrá completado y volverá a repetirse una y otra vez, como siempre ha sido.

 

            Cuando el Anaelstrom termina de hablar, los jóvenes Inferiones se miran los unos a los otros con complacencia. Todo es así. Todo está claro. Todo es perfecto.

− ¿Hacia dónde vamos ahora, Anaelstrom Maere?

− Hacia un Límite, un lugar donde se unen y a la vez se separan dos universos. Una delicada línea divisoria atravesada por canales que intercomunican dichos universos.

− ¿Sabemos cuántos universos hay, Anaelstrom?

− No podemos saberlo. Puede que unos cuantos, puede que un número infinito. Puede que un número cambiante. En nuestra mísera pequeñez y simplicidad, tales conocimientos escapan a nuestro raciocinio, pero el saber que existen, que están unidos, que se entretejen para crear nuevos universos o se contraen para abrirnos atajos siderales, ya es tal maravilla que deberíamos estar en permanente éxtasis.

− Me muero de ganas por ver lo que hay al otro lado.

− Paciencia, mis jóvenes amigos. El viaje es instantáneo una vez que atravesemos el Límite por alguno de sus portales. Ya falta poco. Muy poco.

            En ese momento, el pensamiento del Noreus de la nave les llega a todos con claridad, como emanando de todas las paredes al mismo tiempo.

− Atravesando la membrana del Límite, Anaelstrom Maere.

− Excelente, Noreus Eistrel. Informe de la situación.

Tras unos segundos en blanco, el Noreus responde diligente.

− Estamos ya en el otro universo, Anaelstrom. Hemos irrumpido en una concentración de estrellas en espiral. Detectadas posibilidades de vida inteligente en al menos diez de sus sistemas orbitales.

− Ponga rumbo hacia el que nuestros cálculos consideren con más probabilidades de desarrollo de vida inteligente.

− Se hará como decís. Inmediatamente.

 

            El Noreus se dispone a pilotar la nave al lugar elegido mientras el pasaje exulta emoción por la inminente experiencia. Poco después, sin embargo, su pensamiento altera de nuevo el clima de la navegación.

 

− Siento la interrupción, Anaelstrom, pero ha sucedido algo inaudito. Hemos detectado la apertura de un portal y, de repente, una nave−fortaleza  ha aparecido de la nada. Parece estar dirigiéndose hacia nosotros…

 

            El semblante del Anaelstrom se torna serio y preocupado, frunce el ceño y palidece levemente, aunque su mente no vacila lo más mínimo al manifestar su incredulidad.

− ¿Qué?

− Rectifico. Se dirige hacia algún punto de la espiral estelar en la que nos encontramos. No me caben muchas dudas, considerando su aspecto, de sus intenciones. Es una nave de guerra.



DOS

 

Lunes 27 de enero de 2266.

 

            En un extremo de otro universo, orbitando fuera del sistema solar, desde el laboratorio espacial de Física Cuántica de la Catalonian Technological University (CTU), el doctor Eduard Borall se encuentra comunicando por videoconferencia a una comisión del gobierno los resultados de su proyecto.

 

− Estamos en condiciones de producir mini agujeros negros, a través de los cuales viajar a otros extremos del universo conocido -o a otros universos, tal vez-, instantáneamente, con la posibilidad de cerrarlos o reabrirlos a voluntad, gracias al uso de un cerebro humano como computador para el control de operaciones.

 

            Los representantes del gobierno se miran unos a otros con extrañeza no exenta de desaprobación, probablemente pensando “estos científicos no respetan ni siquiera lo más sagrado”.

− ¿Está seguro de que disponemos de toda la tecnología necesaria? Espero que disponga usted de permiso para experimentar con humanos − apunta uno de los tecnócratas.

 

− Nadie ha hablado de experimentar con humanos. Uno de nuestros científicos pone a nuestra disposición su cerebro voluntariamente. El doctor Ferrer se conecta a un ordenador para multiplicar su potencial de una forma extraordinaria. Sin el control de su cerebro, sería imposible abrir el agujero negro y mantenerlo estable durante unos minutos.

 

− ¿Me puede explicar en términos comprensibles de qué demonios está hablando? − Espetó el político a bocajarro y con cara de pocos amigos.

 

− En el universo, todo está delimitado por “membranas” de energía, en forma de ondas. Al menos en el universo conocido. Pues bien, hay un tipo de ondas cerebrales −el doctor Ferrer, particularmente, las produce con pasmosa facilidad− que reproducen esa membrana y son capaces de ayudar a crear y contener el agujero negro, siquiera durante un breve lapso de tiempo.

Los tecnócratas se quedan un poco perplejos.

 

− ¿Hay ya algún informe al respecto?

− Nada reseñable. Estamos intentando meter una cámara dentro del agujero y recuperarla luego, pero hasta ahora no se han dado las condiciones necesarias. Las exigencias técnicas y de cálculo son extraordinariamente complejas.

− Está bien. Espero que nos mantengan informados de cualquier progreso. De cualquier forma, esperamos poder ver alguno de los procesos, especialmente aquellos en los que intervenga el doctor Ferrer.

− No se preocupe. Mañana mismo probaremos otro sistema en que la conexión de la cámara será directa al cerebro del doctor.

− No me lo perdería por nada del mundo − apuntó otro de los miembros de la comisión. Hasta la conexión de mañana, pues, doctor. Que tenga usted un buen día.

            Cuando se corta la comunicación y la pantalla se queda gris, el científico baja la vista al suelo y maldice la hora en que el gobierno se ha inmiscuido en sus investigaciones.

 

Martes 28.

 

El multiscanner retino-digital-biométrico saluda fríamente a un hombre menudo, enjuto, cetrino y con la cabeza rapada.

 

− Identificación completada. Individuo: Xavier Ferrer, BXG257. Acceso al área de procesamiento y transferencia de datos: permitido. Retírese del perímetro de identificación.

 

            El individuo así llamado entra en una amplia sala iluminada en exceso con neones de luz ambiental. Le parece estar en una playa del Caribe a mediodía. Se dirige a su puesto de trabajo y se sienta en su butaca, situando los pies en los topes colocados al uso para que las bandas metálicas automáticas lo sujetaran. Luego coloca las manos en los huecos de la mesa que igualmente activan unos grilletes electrónicos que ayudarán a la estabilización durante el resto de la sesión. Su puesto de trabajo también le reconoce.

 

− Puesto BXG257: Xavier Ferrer. Identificación completada. Inicio de sesión. Puede acceder al sistema. Confirmación de inicio de sesión. Clave de acceso para hoy: Y2880qrtipHH090P. Memorícela doctor Ferrer.

 

            En ese momento se ilumina todo el puesto de trabajo y el conector aparece desde la compuerta de apertura sincronizada en el techo, acoplándose al bioterminal implantado en el cerebro del doctor Ferrer. Tras el protocolo de enlace cerebro-máquina, el doctor entra en una especie de trance y el sistema empieza a usarle para llevar a cabo todos los procesos programados. En un momento dado, finalizan las rutinas y es él el que toma el mando del experimento, sin abrir los ojos en ningún momento.

 

− Buenos días, doctor Borall. ¿Estamos preparados? Estoy deseando “ver”, valga la expresión, las imágenes de la cámara directamente en mi cerebro.

 

− Hoy nos acompaña la doctora Toledo, experta en imagen digital y conexiones biópticas. Ella se encargará de conectar la cámara a su cerebro. Recuerde que no podemos grabar las imágenes, porque serán transmitidas directamente a su córtex. Tendrá que describirnos usted lo que vea.

− De acuerdo. Estoy a su disposición, doctora. Dígame qué tengo que hacer.

− Es un placer trabajar con usted, doctor Ferrer. He seguido con sumo interés sus teorías de la intercomunicación entre universos múltiples. Espero poder acompañarles en sus logros. En seguida le conectaré a la cámara. Al fondo se encuentra el ventanal desde el que podrá ver la zona exterior al Satspa donde se abrirá el agujero negro. El objetivo de la cámara será sus ojos. Tal vez sólo disponga de segundos para ver el interior antes de que la cámara desaparezca y perdamos la conexión.

 

            El doctor Ferrer conoce perfectamente el laboratorio, panelado por completo con planchas de plomo y con una plataforma tubular que lo conecta con el Satspa. Dentro del satélite, la fuente de energía que se concentra en una cápsula de antigravedad y en cuyo interior se ha hecho el vacío. La videocámara está montada sobre en vehículo eléctrico cuyo único brazo la sostiene y la transporta hasta el Satspa.

 

− Voy a conectar la fuente de bosones para crear el agujero negro en las proximidades del Satélite. Inicio la operación en cuatro, tres, dos, uno…

 

            El cerebro del doctor inicia el proceso que, en segundos, crea una bola de luz amarillo anaranjada potentísima, para inmediatamente transformar la intensidad luminosa en una total oscuridad, absorbiendo toda la energía que se ha concentrado en la esfera. El propio doctor Ferrer se siente absorber parte de su energía vital, aunque sabe que ello no es físicamente posible, por la concentración de mantener estable aquel agujero negro con el simple poder de su cerebro. La esfera tiene el mismo diámetro que el Satspa y parece emerger de el como si un niño soplara un enorme globo negro.

 

− Tómeselo con calma Xavier. Vamos muy bien. Procedemos a acercar la cámara.

El doctor Borall hace un gesto a la doctora Toledo para que dirija la cámara hacia el agujero negro. El vehículo con la cámara despega de una de las plataformas del satélite y flota en dirección al agujero. El cerebro del doctor Ferrer ve acercarse la oscuridad con cierto nerviosismo e impaciencia. Está a punto de ver, siquiera fugazmente, lo que contiene aquel agujero negro en concreto. En ese momento, se dirige a la doctora Toledo.

 

− ¿Le importaría ralentizar el acercamiento de la cámara al agujero, doctora? Me gustaría que hiciera dos cosas. Primero, recubra el objetivo con la lente semiesférica de protección. Creo que, aunque distorsione la imagen, podría ayudar a que el objetivo tuviera la oportunidad de “ver” algo, al estar protegido del impacto con la membrana. Será como si la lente hiciera de aguja para “inyectar” la lente dentro de la esfera. Luego, hágame el favor de detener el robot que porta la cámara justo cuando la lente penetre en el agujero negro. La cámara no debe entrar en la membrana de energía de la esfera.

 

− Como usted diga, doctor Ferrer. Intentaré hacerlo exactamente como me pide.

 

            El proceso sigue su curso hasta que, llegado el momento, la lente penetra la membrana del agujero negro y el objetivo de la cámara “ve”. Durante unos quince o veinte segundos nadie se mueve, todos pendientes de lo que pueda estar viendo el científico. Aparentemente, el vehículo robot que porta la cámara soporta la fuerza de tracción de la membrana que rodea el agujero. De repente, el cuerpo del doctor Ferrer se pone tenso, luego lo inmoviliza la rigidez y, sin mediar acción ninguna, el agujero negro desaparece y el cuerpo del doctor cae a plomo sobre la mesa de su puesto de trabajo. Todo el mundo abandona lo que está haciendo y corre hacia él para auxiliarlo. Si hubieran seguido en sus puestos, habrían visto materializarse una nave de guerra alienígena en el espacio que acababa de dejar el agujero negro al desaparecer. Sin embargo acuden al lado del científico. Lo desconectan del enlace bióptico e intentan reanimarlo. Cuando abre los ojos, acierta a decir:

 

− ¡Son dos naves! ¡Dos naves! ¡Y vienen hacia nosotros desde dos universos distintos! ¡Acaban de aparecer de la nada!

 

            El doctor Ferrer se vuelve a desmayar y lágrimas de sangre resbalan por el borde de la nariz y por sus mejillas desde los pabellones auditivos. Mientras le están limpiando con unas gasas, vuelve a abrir los ojos y agarra al doctor Borall por las solapas de su bata blanca.

 

− ¡Es mucho más de lo que imaginábamos, Eduard! ¡Es una puerta al espacio exterior! El agujero abre un túnel a algún lugar de nuestra galaxia, pero antes de poder identificar la posición, se ha abierto otro agujero negro del que ha salido una especie de inmensa gota de mercurio alargada. Me ha parecido que apenas se movía, pero cambiaba de forma. Luego se ha abierto un tercer agujero negro en la zona opuesta al anterior y de él ha emergido una especie de ciudad−fortaleza negra desde la que han empezado a despegar enormes naves con aspecto de estar destinadas a atacar.

 

− ¿Y que ha ocurrido entonces?

 

− ¡No lo sé! ¡Algo ha estallado en mi cabeza y sólo he alcanzado a ver un grupo de naves dirigiéndose hacia nuestro agujero negro!



TRES

 

Segundo explectro sinular después del Advenimiento de la Uterque. Nave nodriza “UterNum” a punto de entrar en el agujero de gusano que la transportará  a otro universo. Dentro de la misma, una nave de ataque dispuesta a despegar en cuanto entre en el nuevo universo. Sus amplios corredores tubulares, que conectan las dependencias de las tropas de choque con las plataformas de desembarco, se encuentran abarrotados de soldados esperando a que se abran las compuertas en el preciso instante en que el colosal vientre de esta inmensa fortaleza volante se pose sobre la superficie del planeta que se disponen a invadir. Nada se oye. Nada se mueve. Todos esperan el momento con absoluta concentración y tranquilidad, ya que han ensayado la operación una y mil veces hasta la perfecta sincronización de todos los pasos. Yo soy uno de esos soldados. Mi raza ha invadido y colonizado ya incontables mundos y aniquilado otras tantas especies.

 

Aunque estamos hacinados en estos largos pasillos, nadie entra en contacto con nadie, ni siquiera un leve roce de piel contra piel, vestimenta contra vestimenta, arma contra arma. Está prohibido, pero además sería señal ostensible e inequívoca de falta de concentración o de entrenamiento. Cada una de mis ocho extremidades se encuentra en la posición correcta, tal y como se me ha adiestrado a hacer, cada una cumpliendo su función. Dos pares sujetan sendas armas de asalto; las dos más cortas se encuentran prestas para manipular los controles del FunCom durante toda la maniobra; de las dos restantes, las más largas, una se encuentra presta a recargar adecuadamente el armamento cuando ello sea necesario y la otra se aferra con sincera devoción al símbolo de la Uterque, nuestra deidad, origen de toda vida, fuerza y poder. Ella nos da el control absoluto, nos ha guiado por el universo desde siempre y hasta la eternidad, cumpliendo nuestra función vital, y también preside todos nuestra existencia desde el mismo momento en que nacemos: la eclosión del huevo está iluminada por el símbolo, de forma que es lo primero que ve un neonato al abrir sus apéndices oculares a la nueva realidad. ¡Es tan hermoso!

 

Si mi especie tuviera más capacidad de emoción, mi cuerpo estaría en este momento henchido de orgullo de raza y pleno de gallardía militar, pero somos individuos disciplinados y dueños de un autocontrol absolutamente perfecto. Nuestros cuerpos no sienten dolor ni siquiera cuando son despedazados por un arma enemiga. Sería absurdo, por tanto, que los sentimientos nos produjeran dolor espiritual. Creo que somos la raza perfecta, sin falsa vanagloria, y después de haber conocido otras muchas especies y razas que tenían cualidades como para habernos combatido, e incluso vencido. Pero todas tenían un punto débil, y nosotros el tiempo para esperar luchando hasta descubrirlo. Nunca hemos sido derrotados.

 

Durante unos instantes que se hacen interminables, aunque podríamos estar en guardia durante eones y aún así entrar en combate ipso facto con total efectividad, nos concentramos en la puerta que ha de abrirse a un mundo nuevo. Uno más entre muchos.



CUATRO

 

            El Anaelstrom Maere se encuentra reunido con el Noreus en la sala de mando de la nave. Vista desde fuera, es como una gota alargada de mercurio que pudiera cambiar de forma a voluntad. De hecho, su superficie no es rígida en ningún momento.

 

− ¿Tenemos información del lugar exacto al que se dirige esa nave de ataque?

 

− Si, venerable Anaelstrom. Se dirigen a un sistema solar dentro de una peculiar constelación. Uno de sus planetas posee vida civilizada en un grado avanzado, aunque no podemos determinar hasta qué punto.

 

− ¿Cree este Noreus que la nave atacante se dispone a invadir el planeta, incluso a aniquilarlo?

− No podemos saber el objetivo exacto, pero es obvio que se trata de una operación militar.

− ¿Debemos intervenir?

− Si estamos aquí, debe haber una razón superior a nosotros que lo haya querido así. Un Anaelstrom debería saberlo mejor que yo. Podemos usar parte de nuestro poder en un disparo disuasorio y aún así mantener nuestro escudo de energía. Podríamos también abrir un portal que absorbiera todas las naves y mandarlas a otro universo, aunque es algo arriesgado, teniendo en cuenta la cantidad de energía necesaria.

 

− ¿Responderían a nuestro aviso?

 

− Nos atacarían con todo el poder a su alcance.

− Estará estonces de acuerdo conmigo, Noreus, en evitar entrar en conflicto enviándolos a donde no puedan volver. Al menos en una vida.

− Completamente de acuerdo, Anaelstrom Maere. Actuaremos inmediatamente.

− Así sea.

 

            Y mientras el Noreus se dispone a preparar la transferencia de energía que hará traspasar la nave beligerante el Límite hacia otro universo, el Anaelstrom se pregunta preocupado qué extraña conjunción de factores les va a llevar a intervenir en el destino de dos mundos ajenos al suyo, de dos razas capaces, como ellos, de viajar a otros universos.

 

            Cuando todo está dispuesto, el Anaelstrom da la orden pertinente y el Noreus la ejecuta de inmediato. Sin embargo, la primera de las naves de ataque desaparece al penetrar la membrana de una perturbación energética creada por científicos terrestres. Las demás naves son absorbidas hacia otro universo por el portal recién creado para, tal vez, sólo tal vez, no volver.

 

− Tenemos que entrar por donde ha desaparecido esa nave, Noreus. Reabra el portal. No podemos dejar sin terminar lo que hemos empezado nosotros…

 

CINCO

 

Un ultrasonido nos avisa de que acabamos de salir del agujero de gusano y estamos en otro universo. Nuestra nave de ataque despega la primera y se dirige junto a las demás hacia su objetivo. Nos encomendamos a la Uterque y ello nos da fuerza y valor. Pronto avistaremos el sistema planetario al que nos dirigimos y, en seguida, estaremos aterrizando.

 

El instante llega sin que ninguno altere su estado de concentración y, en consecuencia, se ejecutan todos los pasos de la operación impecablemente, con la misma precisión de la maquinaria que mueve nuestra nave por los túneles del universo. Sin embargo, la nave no se ha posado sobre la superficie de un planeta. Desembarcamos en lo que parece un satélite artificial construido ex profeso por los alienígenas. No importa. Ello no altera nuestros planes, aunque nos extraña no ver el resto de las naves de ataque. Efectuamos un despliegue por la zona elegida para el desembarco y rápidamente son detectados, neutralizados y aniquilados los grupos de alienígenas (obviamente, nosotros NO somos alienígenas, somos la raza dominante) que se habían torpemente aprestado a defender “su” mundo. Ilusos. Todos los mundos nos pertenecen, y los tomamos en propiedad en el momento que nos apetece.

 

De repente, una luz cegadora impacta sobre la nave de ataque. Cuando puedo mirar hacia ella, ésta ha desaparecido. En su lugar, una inmensa gota de metal plateado aparece de la nada y se convierte en una esfera perfecta. Mis compañeros y yo nos miramos con extrañeza, pero sabemos que no seremos los primeros que se queden atrás en una invasión. Moriremos matando. Sabemos que no volverán a por nosotros.



SEIS

 

Ahora me encuentro de pie sobre los cadáveres de estos seres inferiores. No debería perder tiempo ni concentración, pero les echo un vistazo rápido por la curiosidad de saber contra qué enemigo no he llegado a enfrentarme. Son débiles, evidentemente. Su piel no está ni siquiera parcialmente recubierta de exoesqueleto y su protección externa o uniformidad de guerrero les deja desprotegidas casi todas las partes vitales que ha detectado nuestro SAI (Sistema de Análisis Integrado). Hemos elegido las armas menos destructivas y aún así los cuerpos yacen desmembrados por doquier. Me fijo en sus cabezas. Protuberan de sus cuerpos, a los que están unidas por un estrecho y frágil canal. Demasiado vulnerables. La parte frontal muestra dos órganos principales y varias oquedades en la parte inferior, probablemente destinadas a la ingestión de nutrientes. Si estuvieran igual de evolucionados que nosotros, dispondrían de innumerables medios de absorber energía o nutrientes, según la disponibilidad.

 

 Tras la desaparición de nuestra nave de ataque, nos reagrupamos dispuestos a continuar con nuestra misión hasta que la cumplamos o seamos aniquilados. Es nuestro destino. Una tenue luz rojiza empieza a trazar una línea en el horizonte y un nuevo día nos encuentra prestos al combate final. Sólo que no es el amanecer de un nuevo día. Es una onda luminosa expandiéndose desde el “planeta” plateado que ha aparecido de la nada. Pronto nos alcanzará y la Uterque nos albergará de nuevo en su seno para siempre.

 

En el laboratorio del CTU, una docena de ojos atónitos han sido testigos del único y brevísimo contacto con extraterrestres de la historia. La gota de mercurio se desvanece en el espacio y sólo los cadáveres de los operarios de mantenimiento del Satspa les impedirán autoconvencerse de que lo que han visto ha sido una alucinación producto de los muchos meses que llevan en el espacio.

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