Relato 2 - Malas compañías

Bohrs, una copa del aguardiente más fuerte que tengas.

Él arquea una ceja antes de servirme el licor con parsimonia y, apenas aparta la botella, me apresuro a vaciar la copa de un solo trago. Golpeo la mesa con el culo del vaso, y pido otra pese al horrible sabor. Bohrs deja escapar una risita por debajo del bigote y me la sirve, mirándome con expectación.

Menuda cara traes, muchacho —comenta—. ¿Hay algo en lo que este viejo tabernero te pueda ayudar?

No, a menos que tengas un remedio para la cobardía —le espeto.

Eres muchas cosas, Tram. Por ejemplo, gilipollas, pero no un cobarde. Cuéntame, chico. ¿Qué demonios te ha pasado?

Lo he dejado. Ya no trabajo en la Guardia.

Me alegro. Tu jefe, ese imbécil de Marton Hunt, se merece acabar en un callejón con un cuchillo entre las costillas.

No le falta razón. Probablemente a Bohrs le gustaría saber que alguien le destrozó la nariz de un puñetazo hace tan solo dos días. Y se lo contaría, si no fuera porque se me hace un nudo en la garganta con solo recordar lo que pasó esa noche…

¿Por eso te sientes como un cobarde? —pregunta.

Vengo del Gremio de Aventureros.

¡Vaya! —silba él—. De la Guardia al Gremio… ¿no podrías elegir una nueva carrera menos peligrosa? Como catador real, o adiestrador de lobos gigantes…

Por los dioses, Bohrs, no pretendo enrolarme. Tan solo he ido allí con la esperanza de encontrar a alguien.

Y, como siempre que hay una chica por medio, te has arrepentido en el último momento.

Respiro hondo mientras contemplo su sonrisa de rata astuta. Desde luego, hace demasiados años que nos conocemos…

¿Cómo se llama la afortunada? —insiste, con retintín—. Tal vez este anciano te pueda ayudar a… encontrarla.

Elsa Nightwalker —suspiro—, pero no es lo que crees.

¿Ah, no? Descríbemela. Me temo que el nombre no me dice nada.

Elfa, pelirroja, ojos verdes. Es aventurera del Gremio.

¿Guapa?

No —miento.

Entonces, ¿qué demonios quieres de ella, rompecorazones?

Le debo una disculpa.

Maldita sea, pensaba que te había enseñado a ser un caballero. No sé si quiero seguir escuchando esta historia…

Entonces, será mejor que me calle.

Bajo la cabeza y saboreo el tenso silencio. Doy un trago de mi copa, y al instante deseo no haberlo hecho. Esta ponzoña podría matar a un caballo…

Pues sí que es grave el asunto… —murmura, poniéndome una mano sobre el hombro—. Venga, chico, no te enfades. Ya veo que no estás de humor, así que seré un buen tabernero y te escucharé sin tomarte el pelo.

Necesito un amigo, Bohrs, no un tabernero.

Entonces estás en el lugar adecuado. Cuéntamelo desde el principio.

Verás, hace un par de días detuvimos a un hombre. Trend Staggerson, ¿te suena?

Ya lo creo. Es la clase de hijo de puta con el que rezas para no cruzarte nunca. Alégrame el día y dime que lo van a ejecutar…

Sinceramente, no lo creo. No parece haber cometido el robo del que se le acusaba, y no hay pruebas contra él de ninguna de las otras… barbaridades que sé que ha cometido.

¿Desde cuando ese cabrón que tenías por capitán necesita una excusa para ejecutar a alguien?

Porque, además de un cabrón, también es un inútil rematado.

¿Y qué tiene Trend que ver con tu problemilla?

Tomo aire y doy un pequeño sorbo de mi copa que me obliga a arrugar la frente. Si lo sé, pido cerveza…

Investigábamos el robo de un anillo —continúo—. Y antes de que sueltes una de tus chanzas, no es que ahora la Guardia se dedique a cuidar bebés ni a recoger las boñigas de caballo de las calles. El propietario ofrecía una recompensa de dos mil quinientas piezas de oro.

Menuda morterada, muchacho…

Las pistas nos llevaron hacia seis personas: Trend y cinco aventureros que se habían enfrentado a él.

Así que los aventureros os la pegaron. Le colaron el muerto a Trend, y se largaron con el anillo. Un clásico.

Si llego a su edad siendo la mitad de astuto, ya me doy por satisfecho…

Exacto.

Te conozco, y no eres la clase de hombre que hace daño a una mujer ni siquiera por una montaña de oro. ¿Por qué quieres pedirle perdón a esa tal Elsa?

Por pura casualidad, dimos con ella y otra integrante de su grupo esa misma noche. Iban desarmadas. Marton les exigió el dinero, e incluso llegó a golpearlas.

Hijo de puta rastrero…

Fue la gota que colmó el vaso para mí. Si eso es lo que significa mantener el orden, prefiero no formar parte de ello.

De modo que les robasteis el dinero —replica Bohrs, endureciendo la voz—. No me caen bien esos chalados del Gremio, pero aun así…

Un escalofrío recorre mi espalda, y noto cómo se me eriza la piel al recordar esa noche.

No lo hicimos —murmuro—. O, mejor dicho, no pudimos hacerlo.

¿Un guardia de esta ciudad, dudando sobre si robar está bien? ¡Ver para creer!

Bohrs, estoy siendo literal. Éramos seis, sin contar al Capitán, y ninguno teníamos intención de desobedecerle. No pudimos.

¿La tal Elsa y su amiga se defendieron? —silba, sorprendido—. No deberías fijarte en mujeres tan peligrosas, Tram. Dos contra siete… estamos hablando de una auténtica gesta.

Uno contra siete, exactamente. Ellas no estaban en condiciones de pelear… pero no puedo decir lo mismo del tipo que acudió a su rescate.

¿Un solo hombre? ¿Me tomas el pelo?

Ojalá… Nunca antes había visto esa expresión de terror en la cara del Capitán Hunt. No lograba entender cómo un hombre tan despiadado podía dejar que un simple aventurero le hablase de ese modo, amenazándole con total impunidad. Tampoco entendí que nos ordenara dejarle en paz incluso después de que ese maldito loco le partiera la nariz de un puñetazo, sin importarle que le estuviéramos apuntando con nuestras ballestas.

Pero entonces empezó a cantar, y fue como si alguien volcara mis peores miedos dentro de mi cabeza. Reviví las palizas de mi padre, las clases de esgrima junto a mi hermano, las persecuciones nocturnas… Las imágenes eran tan reales que no pude evitar llevarme las manos a la cabeza y gritar con todas mis fuerzas, aterrorizado.

¿Sabes cómo se llamaba? —insiste Bohrs.

Nunca olvidaré ese nombre: Jack Valentine.

No —miento.

Estoy seguro de que por lo menos podrás describirle. No subestimes mis fuentes, muchacho: ser tabernero tiene muchas ventajas.

Al recordar su cara, vuelvo a sentir escalofríos. Igual que esta mañana, cuando he ido al Gremio de Aventureros con la esperanza de encontrar a esa elfa pelirroja para poder disculparme, y he visto la cara de Jack entre las mesas abarrotadas de gente. El horror de hace dos noches me ha azotado con la misma fuerza, y solo he podido huir como un cobarde.

Exactamente igual que estoy huyendo ahora.

Estaba muy oscuro. No le vi la cara.

Maldita sea, Tram, no te martirices por lo que pasó. Solo cumplías órdenes, y ya no vas a tener que hacerlo nunca más.

Ojalá pudiera convencerme a mí mismo de eso…

Chico, te conozco lo suficiente como para saber que tú no…

¡TABERNERO!

El bramido me sobresalta casi tanto como al propio Bohrs. Prácticamente todos los parroquianos se giran hacia el autor del grito: un hombre de mediana estatura, de tez pálida y larga melena, embutido en una llamativa coraza adornada con un gran símbolo en el pecho que reconozco al instante: Kord, Dios de la fuerza. Un culto poco habitual…

¿Cuándo piensas servirme mi copa?

Tiene acento del este, y cara de pocos amigos. Además, sus ojos están resaltados por unas oscuras ojeras, dándole a su mirada un deje de locura. Típico de los seguidores de Kord: pura adrenalina y muy poca educación. Dos de las cosas que mi querido amigo tolera menos…

No soy su criado, caballero —replica Bohrs, sin desviar la mirada—. Ahora mismo estoy ocupado, de modo que le ruego que tenga paciencia.

¿No soy digno de que me sirvas? —responde el extranjero, cerrando el puño con fuerza.

La dignidad es algo que se debe demostrar.

Atrévete a repetir eso, sucio escupejarras.

La dignidad…

Vamos, Bohrs —le interrumpo, con la esperanza de enfriar un poco los ánimos—. Deja de escaquearte y sírvele una copa. Ya sabes que te conviene que los turistas sigan viniendo a tu local.

¿Tengo cara de turista, desgraciado?

El tipo me fulmina con la mirada. Probablemente, si no estuviera acostumbrado a lidiar con gente de la peor calaña, ahora mismo estaría cagándome en los pantalones.

Disculpa, tienes razón —contesto, esbozando una sonrisa maliciosa—. Los turistas suelen tener buena educación.

El silencio que reinaba en la taberna se rompe para convertirse en un murmullo de risas apagadas. El tipo trata de mantenerse impasible, pero no puede evitar que las venas de su frente se hinchen, ni que su pálida piel adquiera un tono rojizo.

Eres muy gracioso —replica él, levantando los puños—. Seguro que sin dientes todavía lo eres más.

Ni se os ocurra pelearos aquí —interviene Bohrs—. Haced lo que os dé la gana fuera pero, como rompáis algo, os prometo que me las vais a pagar.

No será necesario —contesto, levantando las manos—. Vamos, amigo, lamento haberte ofendido. ¿Aceptarás que te invite a una copa como disculpa?

Nos miramos durante unos segundos, y su mal humor no parece descender ni una pizca.

Debí imaginarme que esta ciudad estaría llena de cobardes —murmura, con voz venenosa.

Sin más, da media vuelta y patea una mesa vacía, con tanta fuerza que una pata se desprende con un crujido y repiquetea por el suelo de madera.

¿Qué demonios haces? —bramo, levantándome de un salto.

¡Cállate y pelea! —responde él, volviéndose hacia mí con los puños en alto.

Me lanza un puñetazo, rápido y compacto, que logro esquivar por poco ladeando mi cuerpo a la izquierda. Tras eso, trata de alcanzarme un par de veces más, con ataques idénticos. Mientras reculo, intento analizar la situación: lucho con las manos desnudas contra un hombre embutido en una armadura, cuya única parte expuesta es la cabeza, y que además parece lo suficientemente inteligente como para proteger el mentón con los puños.

Veo que eres todo boquilla —le provoco, abriendo la guardia—. Se te da bien romper muebles pero si se mueven la cosa cambia, ¿verdad?

El tipo avanza hacia mí, despacio, y vuelve a atacarme con una nueva salva de zurdazos. Sus ataques son rapidísimos, y repliega los puños antes de que tenga tiempo a contraatacar. Además, por desgracia, no parece que mi provocación le haya alterado lo más mínimo.

De modo que me resigno: gane o pierda, voy a recibir unos cuantos moratones.

Doy una zancada hacia atrás, rezo para no haberme equivocado al medir su alcance, y observo atentamente cómo se acerca para reanudar su ataque.

Su puño vuela hacia mi cara pero esta vez no ladeo el cuerpo, sino que aparto la cabeza hacia atrás en cuanto noto el más mínimo contacto y lanzo un gruñido exagerando mi dolor. Tan solo me ha rozado la nariz, pero de no haberme movido en el último momento me la habría partido. Él da un paso al frente y lanza un segundo zurdazo, esta vez a la mandíbula. Cuando el guantelete roza mi mejilla giro el cuello con violencia, ahogando un grito. Bajo la cabeza y doy dos pasos atrás, tambaleándome, sin dejar de observarle de reojo.

Y, por fin, levanta el codo diestro para mandarme al suelo de un último golpe.

Me incorporo rápidamente y desvío su brutal ataque con mi antebrazo izquierdo, mientras lanzo un directo contra su desprotegida sien. El impacto sacude su cabeza, y él trata sin éxito de recuperar el equilibrio antes de caer de espaldas al suelo con los brazos abiertos.

La taberna estalla en gritos de júbilo, mientras el tipo permanece inmóvil. Finalmente se incorpora con mucha lentitud, bajo mi atenta mirada. Y al ver que da media vuelta y se aleja sin ni siquiera mirarme a la cara, respiro aliviado. Toco tanto mi nariz como mi mejilla para asegurarme de que por fortuna no estoy sangrando, y masajeo disimuladamente mis doloridos nudillos. Giro la cabeza para buscar a Bohrs, y este me sonríe en silencioso agradecimiento.

Hasta que un sonido inconfundible me hace darme cuenta de que es pronto para relajarse: una espada saliendo de su vaina.

El hombre vuelve hacia mí, empuñando un descomunal mandoble. Me fijo en que dos tipos más se han levantado de sus sillas y tratan de tranquilizarle: uno grande y calvo, y otro mucho más bajo con el pelo peinado en una especie de cresta.

¡Ya basta, Jeremy! —grita el bajito.

No pienso dejar que me humillen así.

Llevo mi mano al cinto instintivamente, y maldigo mi decisión de venir desarmado. Pero eso al tal Jeremy no parece importarle, porque se abalanza sobre mí blandiendo su espadón y me veo obligado a rodar por el suelo para esquivarlo. Escucho un crujido cuando la hoja astilla el suelo de madera, y el barullo de los parroquianos huyendo de nuestro camino.

Me apoyo en el suelo para incorporarme, y toco accidentalmente un objeto duro: la pata de la mesa que ese desgraciado rompió de una patada. Supongo que es mejor eso que nada... El peso es parecido al del estoque que suelo esgrimir, pero el equilibrio es todavía peor que el de la espada reglamentaria que me obligaban a llevar en la Guardia.

El tipo vuelve a la carga, y esta vez bloqueo el tajo sujetando el madero con ambas manos. Le miro directamente a los ojos, y puedo ver una expresión de sorpresa en su rostro. Ambos tratamos de mantener la posición, pero es obvio que él tiene mucha más fuerza.

Tengo que admitir que me equivocaba —comenta, sonriendo—. Tal vez sí haya gente valiente en esta ciudad.

Por lo menos no soy tan cobarde como para alzar mi espada contra alguien desarmado —replico, gruñendo por el esfuerzo.

Veo un fogonazo de rabia en sus ojos, y de repente me asesta un cabezazo que me obliga a recular, aturdido. Él se detiene unos segundos, tratando de contener su rabia, y aprovecho para recapacitar.

Su espada no está particularmente afilada, a juzgar por la profundidad de la muesca que ha dejado en la pata, pero eso no va a impedir que me parta en dos si me alcanza. Es cierto que soy bastante más rápido, pero el terreno supone un problema. Si sigo esquivando sus ataques en una habitación tan llena de obstáculos, voy a terminar muerto.

Conclusión: si no tomo la iniciativa, estoy jodido.

Me abalanzo sobre él, blandiendo la pesada pata de madera con una sola mano. Detiene los dos primeros ataques con la espada, pero el tercero impacta limpiamente contra su pecho. Por supuesto, no le hace ningún daño: a menos que consiga derribarle o acertarle en la cabeza, esa pesada armadura juega a su favor. El tipo contraataca, pero esquivo el tajo agachándome y aprovecho para castigar su pierna. No logro alterar su equilibrio ni siquiera un poquito. Mierda.

Reanudo el ataque intentando alcanzar su sien, pero él bloquea los embates con gran destreza. Giro la muñeca para hacer dos barridos rápidos, que golpean su pecho acorazado con sendos tañidos. Tardo apenas unas décimas de segundo en darme cuenta de que ha sido un error: en lugar de protegerse, el hombre ha alzado la espada. ¡Joder! Lo esquivo por un pelo, rodando hacia atrás, y me levanto apresuradamente justo a tiempo para huir de un nuevo mandoble suyo.

Reculo para salir de su alcance en cuanto recupero el equilibrio, jadeando. Maldita sea, ha estado cerca. Desde luego, no es ningún descerebrado: sabe perfectamente que busco su cabeza.

¡Basta ya! —grita Bohrs, corriendo hacia mi lado— ¡Dejadlo, los dos!

El tal Jeremy no parece darse por aludido, porque avanza muy despacio con la espada en alto. Me giro hacia mi amigo y, al mirarle, de repente tengo una idea. Arranco de un tirón el trapo de limpiar las mesas, que cuelga de su delantal, y le hago una seña para que se aparte del peligro. Bohrs obedece, aunque puedo ver la preocupación en sus ojos. Supongo que es consciente de que tengo todas las de perder.

Me giro hacia el espadachín para provocarle, ladeando mi cuerpo para ocultar el mugriento paño. Esta vez muerde el anzuelo y avanza más deprisa, para terminar descargando un brutal espadazo que evito saltando sobre la mesa más cercana. Respondo relajando la guardia y soltando una carcajada. Obtengo justo la reacción que esperaba: él vuelve a atacar, colérico, blandiendo su arma de arriba a abajo.

Esquivo la descomunal hoja, que se hunde en la mesa, y salto por encima de su cabeza. Suelto el madero para poder sujetar el trapo con ambas manos, y lo paso alrededor de su cuello antes de tirar de ambos extremos con fuerza.

A fin de cuentas, por muy dura que sea su coraza, todos los hombres necesitan respirar.

Él suelta la espada para tratar de agarrarme, pero no lo consigue. Ahora esa armadura juega por fin en su contra, de modo que me pego a su cuerpo para evitar que se voltee. Finalmente desiste y se lleva las manos a la garganta para tratar de aliviar la presión, pero tampoco pienso permitirlo: pateo el dorso de sus piernas obligándole a caer de rodillas, y empujo su espalda hacia adelante para forzarle a apoyarse en el suelo.

Tras unos segundos de forcejeo, uno de sus brazos cede. Debe de estar a punto de desmayarse, así que decido relajar mi presa: a fin de cuentas, por muchos problemas que me haya causado este desgraciado, no tengo ninguna intención de matarle. Y entonces, una mano me sujeta con firmeza por el cuello y me levanta a pulso antes de lanzarme por el aire, con la fuerza de una catapulta de asedio. Aterrizo aparatosamente sobre una de las mesas, preguntándome qué demonios acaba de pasar.

Aturdido y dolorido, me incorporo y entonces lo entiendo todo. El tal Jeremy tose con dificultad mientras recupera el aliento, y el hombre alto y calvo que le acompañaba está en pie donde yo me encontraba hace tan solo un instante. Viste un jubón de cuero sin mangas que revela la espectacular musculatura de sus brazos, y no parece medir menos de dos metros de estatura.

Lleva en la mano la pata de mesa que he estado esgrimiendo, pero no pretende imitarme: con un movimiento pesado, la lanza a mis pies y gesticula con la mano. Está desarmado, pero parece que sus instrucciones son claras: quiere que le ataque.

Recojo el madero y acepto la invitación, apuntando hacia sus costillas. Él responde con un brutal puñetazo… contra la pata, que se parte por la mitad entre una nube de astillas. ¿Qué demonios significa esta fuerza sobrehumana? Mientras reculo para recuperar el equilibrio, él se abalanza sobre mí y consigue agarrarme el cuello con su manaza derecha. Sin ninguna dificultad, me levanta del suelo sin ni siquiera valerse de la otra mano.

¿Verdad que no es agradable que te priven de respirar? —dice, con voz cavernosa.

Me ahogo… Palpo su muñeca con los dedos, tratando de encontrar el nervio para hundir mi pulgar en él, y me doy cuenta de que el tacto de su piel es parecido al de la piedra. Clavo las uñas, desesperadamente, pero es como rascar una pared con las manos desnudas. Pero afortunadamente no parece tener intención de estrangularme, porque me vuelve a lanzar por el aire y aterrizo sobre otra de las mesas, se rompe llenándome la espalda de astillas.

Quédate ahí, y no te levantes.

Y una mierda… Sintiéndolo mucho por Bohrs, me temo que no puedo dejar que estos cabrones se vayan impunemente. Tal vez el tiempo me haya hecho arrepentirme de mi decisión, pero me uní a la Guardia de la ciudad con la firme certeza de que el orden debe mantenerse.

Me incorporo, con muchas dificultades, y clavo mi mirada en la del gigante. Él niega con la cabeza, me amenaza con el puño, y mueve los labios para murmurar algo que no logro oír. ¿Qué debe de estar diciendo? Un escalofrío irracional recorre mi espalda, y la adrenalina se dispara por mis venas. ¡Maldita sea, está conjurando!

Me lanzo al suelo justo en el momento en que pega un puñetazo, y escucho un brutal crujido a mi lado. Aunque él se encuentra por lo menos a diez metros, en los restos de la mesa puedo apreciar la marca de un puño. Las imágenes de mi infancia, esas peleas con mi hermano que jamás lograré olvidar, vuelven a inundar mi cabeza.

Por eso su piel es tan dura. ¡Este maldito mastodonte puede invocar magia!

Él vuelve a alzar el codo, claramente sorprendido. Mierda, tengo que centrarme. ¿Cómo lo conseguía? ¿Cómo lograba anticiparme al juego sucio de mi hermano? Contaba... Sí, contaba hasta seis. Por muy temible que fuera su magia, siempre tardaba lo mismo en ejecutarla. ¿Será lo mismo en el caso de este animal?

Agachado, con el cuerpo en tensión, cuento mentalmente. Cuando llego a cinco, me impulso con fuerza y su puño se vuelve a extender hacia mí. Logro esquivarlo de nuevo, aunque esta vez alcanzo a notar una fuerte ráfaga de viento. Cuando alzo la vista y veo que vuelve a levantar el codo, me doy cuenta de que tengo una oportunidad.

Seis segundos, como en los viejos tiempos.

Avisto una botella en el suelo, a escasos cinco metros de donde me encuentro, y me lanzo desesperadamente a por ella. Uno, dos, tres, y la agarro por el cuello. Vuelvo la mirada hacia mi oponente, y confirmo que sigue con el puño en alto. Cuatro. Me incorporo y doy una zancada hacia él, levantando la mano derecha. Cinco. Lanzo la botella, apuntando a su cabeza, y rezo todas las oraciones que conozco sin dejar de correr hacia adelante.

Y mis oraciones obtienen respuesta. El hombre se cubre con el antebrazo para rechazar el botellazo, y con ello interrumpe la ejecución del sortilegio. Durante un fugaz instante puedo disfrutar de su expresión de sorpresa cuando aparta la mano y ve mi puño diestro a escasos centímetros de su cara. No logra cubrirse a tiempo: mis nudillos se encajan en su mandíbula y él se desploma de espaldas al suelo. Caigo encima de él a horcajadas y alzo el brazo para abrumarlo antes de que tenga tiempo a recuperarse.

Pero entonces una mano sujeta mi muñeca firmemente. Giro la cabeza y veo al tercer miembro del grupo, el más bajito de los tres.

El combate ha terminado —admite, sonriendo—. Por favor, deja que nos vayamos.

La calidez de su voz hace que toda la tensión desaparezca. Asiento y me aparto para que él pueda atender a su compañero. Veo cómo trata de despertarle, sin éxito. Caray, siendo tan grande esperaba que fuera más duro. En cuanto ve que no recupera la consciencia lo carga sobre su hombro, con una facilidad pasmosa teniendo en cuenta la diferencia de tamaño, y camina penosamente hacia la salida. Jeremy, el desgraciado que inició la pelea, les sigue, sujetándose la garganta con una mano.

 

 

En cuanto la adrenalina desaparece, el dolor acumulado llama a mi puerta. No me importan los gritos de júbilo, ni las felicitaciones, ni siquiera el aguardiente que bebo para tratar de insensibilizar mi cuerpo mientras un alma caritativa me arranca las astillas de la espalda: estoy molido. Cuando ya no aguanto más, el propio Bohrs me acompaña a casa, cediéndome su hombro para ayudarme a caminar.

Por la mañana es todavía peor. Apenas he pegado ojo, y no solo por culpa del fuerte dolor de cabeza y de espalda: por primera vez en muchos años, he tenido pesadillas con mi hermano como protagonista. Supongo que debería estarle agradecido por enseñarme cómo luchar contra un arcanista tramposo como él, pero me temo que no soy capaz.

Y para rematar el día, alguien llama a la puerta. Maldita sea, la primera visita que recibo en meses, y tiene que ser precisamente hoy. Me levanto del catre haciendo todas las muecas posibles, y me arrastro hacia la entrada para llevarme una de las peores sorpresas de mi vida.

Los tres desgraciados de ayer, frente a mi casa.

¿Qué queréis? —gruño, rezando para que la respuesta no sea «Venganza».

Venimos en son de paz —responde el más pequeño.

Menos mal.

¿Cómo demonios me habéis encontrado?

Verás, hemos ido a la taberna para disculparnos y pagar por las molestias que ocasionamos anoche.

No creo que Bohrs os haya contado donde vivo.

Oh, y no lo ha hecho, por mucho que insistiera, pero he podido seguir su rastro después de verle los zapatos. He hecho bien en suponer que él mismo te acompañó a casa.

Inteligente, la verdad. Y un gran rastreador, teniendo en cuenta la cantidad de gente que pasa por estas calles.

Entonces, ¿qué queréis? —insisto.

Te debo una disculpa —dice el de la armadura, con una voz mucho más suave que anoche. Me fijo en que mi puñetazo le dejó el ojo izquierdo morado—. Anoche bebí demasiado, y no debí comportarme de esa manera.

Yo también lamento haberte atacado —añade el gigante.

No puedo contener una sonrisa. Qué demonios, nunca he sido rencoroso.

Disculpas aceptadas.

Oh, mis modales —interviene el bajito—. Me llamo Gormak Harenna, y lidero esta pequeña compañía de mercenarios.

Jeremy Render —se presenta el de la coraza.

Bartholomew Stinson —añade el grandullón.

Así que son mercenarios… Se quedan en silencio, esperando que les imite. Abro los labios para decir mi nombre o, mejor dicho, el nombre que he estado utilizando como mío hasta ahora. Pero... ¿qué gano mintiendo a unos extranjeros que probablemente no hayan oído hablar nunca de mi familia?

Mi nombre es Trammer Fall. Es un placer conoceros.

El placer es nuestro —responde Gormak—. Lo admito, peleas tan bien que me dejaste muy impresionado.

Ojalá pudiera decir que salí bien parado. Vosotros también sois muy buenos.

El cabecilla mira a sus dos compañeros, alternativamente, y ambos asienten con una sonrisa. ¿Qué demonios está pasando aquí?

Tal vez deberíamos conocernos mejor, Trammer —comenta Gormak, sonriendo—. Dime, ¿qué piensas del Gremio de Aventureros de Torheim?

Abro la boca para soltar la cantinela de siempre, pero me detengo. Tal vez es momento de pensar en lo que he vivido durante los últimos tres días y decirlo con palabras.

Tienen fama, justificada, de rufianes. Pero también se ensucian las manos con trabajos que nadie quiere hacer, pese a ser absolutamente necesarios, y eso me parece digno de respeto.

Entiendo —responde Gormak, sin dejar de sonreír—. Es que... verás, habíamos pensado hacer una visita turística al Gremio esta mañana. ¿Quieres acompañarnos?

Sí, turística, por supuesto. Desde luego, si Bohrs estuviera aquí ahora mismo, se reiría de mí a carcajadas.

Claro —respondo—. ¿Por qué no?

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