Relato 19 - La Salamanquesa

Yo tampoco escribo. No se piensen que me he dejado arrastrar por la febril moda de narrar compulsivamente que de un tiempo a esta parte nos invade. No escribo, pues no se hacerlo. Tampoco he sido elegida por una musa lírica, ni el mundo necesita de mis escritos. Algún lector avezado me recomendó, como buen médico literario, que asistiera a un taller de escritura para depurar mi estilo, pero me gasté el dinero bebiendo cerveza en una terraza, con varias amigas que amplificaban sus elogios hacia mi obra con cada caña que yo pagaba. Si quieren leer algo bueno, váyanse a una biblioteca y rebusquen en los clásicos. Será una apuesta segura. No se acerquen al apartado de Relatos pues podrían encontrarse textos tan malos como éste, incluso peores, que ya es decir. No escribo para desahogarme, que es la excusa manida y reutilizada por la marabunta de escritorcillos en ciernes que afloran por doquier. Escribo porque no sé a quién contarle mi desgracia y por no encontrar desahogo a mis desdichas: sufro una hemorroides severa que me está consumiendo poco a poco, o ya puestos, picor a picor. Así que ustedes, folios estándar de inmaculada celulosa enmarcada en A-4, serán desde este momento los depositarios de las cuitas que empezaron a marcar mi vida una tarde de verano. Unas nimias desgracias causantes de mi inflexión vital:

 

El atardecer apaciguaba la calima que nos aplastaba desde que el sol, horas atrás, asomara sus rayos de manera implacable. Cuando el suave vientecillo refrescó su piel, Agustín fue consciente que desde el nacimiento de los dos pequeños, no había tenido un momento de asueto. Tan sólo fugaces lapsos en los que creía estar tranquilo, hasta que de repente estallaba algún llanto, una tos impertinente o un amago de vómito y la rutina acelerada de la crianza de niños se volvía de nuevo dueña y señora de la vida marital. Sentado en el porche de la casa, que su suegra insistía en llamar patio, se sintió de nuevo dueño y señor del destino. María se había marchado con los niños a celebrar el cumpleaños de algún mocoso que venía a sumarse a la lista de nuevas amistades que rompían la paz de las tan añoradas tardes de lectura, licor y música. La puerta principal se cerró con un portazo. A ver si te acuerdas de echar Tres en Uno, alguna vez. El mensaje, de procedencia telepática, rebotó en su cerebro antes de que las voces y regañinas de la familia se perdieran en la tarde. Por fin llegaba el momento. Desde la pequeña atalaya en la que asentaba las posaderas, Agustín podía contemplar kilómetros de campiña multicolor; los sembrados de girasoles se alternaban con extensos olivares y tierras yermas de rastrojos; el conjunto se transformaba en una especie de ajedrez que invitaba a la meditación; las golondrinas, nerviosas y radiantes surcaban el aire con avidez limpiando de mosquitos la atmósfera. El panorama pintaba bien. Hacía rato que no pasaban coches y casi podía percibirse el ruido de las nubes surcando el cielo. Así que dispuso todo para, de una vez, disfrutar de un momento privado y personal. Adiós preocupaciones. Adiós estrés. Recostó la cabeza sobre el respaldar de un enorme sillón de plástico y relajó la mente.

Entonces, un rebuzno fortísimo y cercano le devolvió a la realidad. Intuyó que la imaginación le jugaba una mala pasada. Las golondrinas, nerviosas y radiantes surcaban el aire con avidez limpiando de mosquitos la atmósfera. Volvió a escucharlo, muy próximo. Provenía del jardín del vecino, pero el vecino, que él supiera, no tenía un burro en el patio. El roznido aumentó de intensidad. Por un momento pensó que algún animal de las parcelas próximas había escapado y por una circunstancia inexplicable había acabado dentro de la casa. Picado por la curiosidad y ayudándose de una gran escalera portátil, husmeó apoyado en la pared medianera. Y fue al poner la mano sobre el borde de ladrillos cuando una avispa resabiada le recordó con un aguijonazo quienes son las auténticas reinas y señoras de los tejados en las tardes de verano. Aulló de dolor, mientras los rebuznos iban in crescendo, y asomó la cabeza por la tapia para descubrir de una vez por todas de donde procedía el atentado sonoro. Del otro lado, un jovenzuelo imberbe, aprendiz de trompetista, intentaba extraer de tan sufrido instrumento algunos sonidos. A moflete hinchado se descosía soplando por una trompa que, desagradecida chillaba como una burra en celo. ¿Voy mejorando, vecino? Preguntó entusiasmado al descubrirle tras de la tapia.

Agustín invitó al chiquillo a ensayar otro día, o quizá fuera otro año, no sé, la cuestión es que la amenaza, que preferí olvidar, surtió tal efecto que el niño se metió despavorido en la casa y no volvió a tocar, en una buena temporada.

Una vez restablecidas la paz y armonía, Agustín asentó, de nuevo, las posaderas en el sillón y una gran idea comenzó a rondar su cabeza. El momento invitaba a rememorar andanzas juveniles. Unas caladas de yerba (el saber que nadie leerá este texto me permite cierta laxitud moral) le harían volar, relajado, por los campos de girasoles. Volvió a levantarse. Bajó al sótano. Rebuscó entre viejos trastes y encontró, en una lata olvidada, unos restos putrefactos de marihuana. Pero ¿cómo liar un pitillo sin papel? Hacía siglos que no utilizaba papel de fumar. Entonces recordó su vieja costumbre de usar los papelillos de liar cómo marca-páginas. Claro que, esa costumbre llevaba en desuso más de veinte años. Abrió una caja que, acumulando polvo encima del armario, atesoraba los libros pajizos y soñolientos del instituto. Se emocionó al descubrir una carpeta adornada con recortes de la revista de El Víbora: Peter Punk y Campanilla, Makoki, el Gato de Fat Freddy, la técnica del Nosferatu y la famosa tira cómica de El pájaro Uyuyuy, que tenía las patas extremadamente cortas, los cojones muy largos y al aterrizar gritaba uyuyuyuyuy. Entre tantos dibujos de comic, pervivían extractos de canciones: la mítica versión que Parálisis Permanente hizo de la mítica Héroes del mítico David, el rubio con mirada bicolor; La Ragazza del elevatore y la Chica del Autobús de Silvio y Barra Libre; No me gusta mi porvenir, Glorias del Punk y la gomina…. En el batiburrillo, pintarrajeado a la carrera aparecía algún que otro Chocho Volador. Se recompuso del golpe de nostalgia y retomó la misión primigenia de conseguir un papel de fumar. En el último rincón de la caja, reencontró un tesoro olvidado: la trilogía de Nuestros antepasados, de Ítalo Calvino y entre las hojas del Barón Rampante, volando, apareció un pajizo papelillo Smoking de tamaño extra-grande. Suspiró.

Con maña y paciencia fabricó un cigarrito y le dio varias caladas, hasta que una tos punzante le invitó a arrojarlo al pequeño huerto que rodeaba la casa familiar. La mala suerte, la casualidad o simplemente el señor Murphy, hicieron que el porro describiera a cámara lenta una perfecta parábola y fuera a depositarse sobre la más hermosa de las lechugas. Allí quedó erguido y humeante cómo una prueba del delito. Alguien lo iba a descubrir, seguro, y todo se convertiría en un desastre o una tragedia. Entró en el huerto, con intención de ocultar la colilla y recordó demasiado tarde que acababa de regar hacía un rato y la tierra ya era barro. Con un tremendo resbalón acabó de bruces en el suelo y allí tirado observó a la lechuga girando a su alrededor. La hortaliza gritaba y se reía mofándose de su desgracia.

 

 

Al poco se incorporó, mareado y aturdido. Se desvistió e introdujo la ropa, manchada de agua, tierra y hojarasca, en lavadora. Esperó a que la máquina también dejara de dar vueltas, a su alrededor, junto a la persistente lechuga. Después se metió en la bañera, intentando sujetar la cabeza que se desplazaba a toda velocidad entre un meollo de sinsentidos. Definitivamente los efectos que la marihuana producían en su organismo ya no eran los mismos con los que disfrutaba en la adolescencia.

Agustín sufrió lo terribles sudores de la muerte y el viajo a las profundidades del Averno agarrado a los laterales de la bañera mientras palabras, frases, textos y compendios enteros le taladraban la mente a una velocidad de vértigo. El corazón latía descompasado mientras el cuerpo se deslizaba por un tobogán sin fin. Sobrepasado por los efectos de la yerba, sólo pudo exclamar “¡Ay, señor, llévame pronto!” antes de desfallecer y casi ahogarse en el agua de la ducha.

La desazón y la angustia se tornaron en placidez y cansancio cuando volvió a sentarse de nuevo en el porche, para retomar la deseada tarde de descanso. Pero algo extraño se respiraba en el ambiente. Silencio. No se escuchaba nada. Por algún tipo de conjunción celestial no se oía una mosca en varios kilómetros a la redonda. Los perros no ladraban, las clásicas chicharras veraniegas callaban, no pasaban coches por el cercano camino y la banda de tambores que solía poner hilo musical a su existencia no estaba ensayando. Se sintió incompleto e invadido por la incertidumbre. Tanto silencio provocaba un terrible vacío que removía sus demonios interiores. Hacía falta algo de música, a buen volumen, por supuesto.

Durante mucho tiempo, Agustín fue un excelente pinchadiscos, que nadie recuerda, en bares ya olvidados. Tenía el don de saber y recordar los gustos de todos los clientes que visitaban el tugurio tabernario que dirigió en su segunda juventud. Insuperables las fiestas en las que la gente se desmelenaba al son de las canciones que él pinchaba. Desmadres sobre la barra, chupitos a destajo, ritmos etílicos para noches interminables. Unos buenos tiempos que ya era hora de rescatar. Bajó de nuevo al sótano para buscar la caja de las cintas. Nunca contó con dinero para comprar discos, pero sí con recursos para buitrear las últimas adquisiciones musicales a los amigos de otras tabernas que veían con resignación cómo su tesoro musical era pirateado en cientos de cintas de cassete y utilizado para su propia desgracia pues la gente, no se sabe el motivo, siempre prefirió el bar de Agustín. Llegó a atesorar más de quinientas, de las que aún perduraban unas cien perdidas entre fregonas, botellas de vino siempre vacías y disfraces sucios e incompletos.

Al fin las descubrió, amontonadas detrás de las cajas de las figuritas del Belén, numeradas y uniformadas con una hortera cartulina verde, resto de alguna fiesta veraniega: joyas de los 50, clásicos de los 60, horteras de los 70, lo mejor de los 80, poco de los 90 y nada del 2000; Pop inglés, mucha sangre española, No me molestes mosquito, decadencia de los Doors, Abusadora y los insoportables Partolento en el concierto de las CincoPes; Carmina Burana, música clásica, folk y The Pogues.

¿Qué podía escuchar? Todo. ¿Nada? Cogió una cinta al azar, con los ojos cerrados y regresó de nuevo a la terraza para escucharla. En la caratula se podía entrever un título casi borrado: Punk que Punk , pero al reproducirla tan sólo se escuchaba a una persona recitando con dolosa cadencia a ritmo de un tambor de Semana Santa. Volvió a bajar a por más cintas y comprobó con rabia que todas se habían estropeado. Un velo de polvo y grasa filtraba la música. Cabreado sintonizó una emisora cutre en la radio, aunque al fin optó por quitarla. Entonces la chicharra cantó con genio y duende, pero huyó asustada ante el repentino estruendo de la banda de cornetas que en el parque cercano, comenzó a reinterpretar cansinamente el Himno Nacional, con energía y marcialidad.

Definitivamente la tarde se iba al garete. Agustín necesitaba un revulsivo que recondujera tamaño despropósito: una copa, un cubata, algo fresquito para atemperar las circunstancias. Le apetecía un Gin-Tonic, pero se conformaba con un simple Cubalibre de Ron, aunque un “güisquicito” no estaría nada mal o incluso un vodka con naranja, ya puestos. Con que llevara cubitos de hielo, cualquier cosa valdría. Encontró sólo aguardiente navideño, un tanto rancio; daría el pego. Depositó con calma el vaso sobre la mesa del porche, que su suegra tenía la manía de llamar patio. Recostó con parsimonia la cabeza sobre el respaldar del sillón de plástico y entonces, me vio…

A mí, a una pobre salamanquesa que subsiste cazando mosquitos entre las vigas del techo sin molestar a nadie. No acostumbro a ser descuidada. Siempre me muevo con cautela. Camuflada entre las rendijas de la madera atrapo insectos sigilosamente. Soy tan buena que incluso una vez cacé a una Mantis religiosa. Es muy difícil matar a estos bichos y si te descuidas son ellos los que te comen a ti. La Santa Teresa quedó deslumbrada en el plato de cobre donde habito. Y eso que no está muy bruñido. El caso es que le mordí el cuello mientras rezaba y la devoré. Por esta hazaña, y no por mis escritos, soy todo un referente entre las de mi especie, pero en un descuido casi me dejo cazar. Cuando reaccioné, el individuo (Agustín creo que le llaman) me estaba dando escobazos montado en el sillón y en el rifirrafe perdí mi preciado rabo mientras él rompió un vaso con licor. Aproveché el desconcierto que produjo el estallido de los cristales sobre el suelo para escabullirme. Provisionalmente me escondí en el quinqué de bronce maldiciendo mi suerte, aunque en el fondo era afortunada pues seguía viva. El hombre se había olvidado de mí y se afanaba en recoger los tiestos del estropicio. Al parecer el licor que derramó era muy denso y dulzón y los ladrillos se habían puesto muy pegajosos. Lo vi llenar la fregona, recoger los cristales, limpiar la mesa, maldecir su estampa, arrancarse pelos de la cabeza y al fin sentarse casi llorando justo cuando llamaban a la puerta. Su mujer, la suegra y los niños, que berreaban hambrientos, hicieron una entrada triunfal con la que se daba por finalizada la tarde de asueto.

--Vaya, mira que tranquilo estás aquí, sentado en su patio. ¿Te encuentras a gusto, Agustín?—soltó la suegra, de sopetón y con una poquita de rechifla.

La niña pequeña se agachó curiosa y señaló con nerviosismo una especie de culebrilla que serpenteaba en el suelo. La madre la pisó con asco.

Fue la última vez que vi mi rabo.

--Algún día, para ayudar, te podías dedicar a exterminar a las salamanquesas. Parece que nos observan y hasta entienden lo que hablamos-- exclamó, mientras yo me escondía con celeridad, una vez más, tras el abollado brasero de cobre donde oculto estos folios.

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