Relato 19 - Cartas apócrifas

El cuerpo sobre la cama parecía el inicio de una pregunta. Como si fueran un espectáculo asombroso sus ojos muertos no dejaban de mirar aquellas manos casi cercenadas. La camisa roja de sangre se pegaba a su cuerpo, pero eran sus rodillas recogidas las que daban la impresión de que la muerte la hubiera pillado mientras dormía. El equipo forense exudaba profesionalismo, se movía alrededor de ella en la estrecha habitación tratando de aprovechar la luz intermitente que proyectaba la lámpara.

--Qué fastidio –exclamó alguno de ellos-. Abran las ventanas.

Afuera, la mujer del aseo lloraba.

A quien interese.

He partido por decisión propia. Si me lee es quizás usted un policía o un paramédico curioso. Si me lee es que vio mi cadáver insepulto sobre un lecho lleno de sangre y quiere saber qué pasó. Ya que tuvo la paciencia de encontrar este papel pienso que ha superado el primer arranque de negación, ha aceptado que es posible darse la muerte a sí mismo como un regalo y no como una salida. La pregunta que se estará haciendo es porqué. Por qué decidí morir.

¿Debe existir una razón? La verdad es un cúmulo de cosas, de situaciones adversas, de gente indeseable, inmadura e ingrata que ha entrado y salido de mi vida por muchos años. Es la sumatoria de muchos malos ratos, de estupideces cometidas por mí y por otros, estupideces que no soporto.

Muero con las venas rasgadas luego de un día de trabajo, tan normal como todos los días de trabajo de los últimos veinte años. Esta tarde, al salir de la oficina me despedí con un “hasta otro día”, como siempre lo hice, porque sé que eventualmente los veré a todos del otro lado de la existencia. No le dije nada a nadie, no hacía falta, pocos notarán mi ausencia. Dejé todos los documentos listos, las facturas pagas; cerré todos mis círculos.

No debo nada, no dejo nada, no quiero nada. Es más, no extrañaré nada. Me voy en paz.

 

Esta carta encontrada sobre el escritorio de la difunta, escrita a mano, nos invitaba a cerrar el caso y clasificarlo como un suicidio. Otro más para esta ciudad donde todos se querían morir. Los jóvenes por culpa de la desesperanza y los mayores porque ya no querían vivir. Sin embargo hubo algo que me inquietó, si ella se había cortado las venas de una mano cómo o con qué fuerzas se cortó la otra, si prácticamente se había atravesado las muñecas con el cuchillo. Revisé su computador, pero no hallé nada en esa primera inspección, necesitaba la clave de su correo para ver sus mails. Escarbando en los cajones encontré una libreta con páginas escritas con esa letra diminuta de trazos erizados, era la misma letra de la carta. Las primeras páginas fueron reveladoras.

 

Mi muy querido señor Borges.

Primero que nada reciba un cordial saludo, espero que se encuentre bien donde quiera que esté a donde quiera que lleguen estas letras. Le debo una disculpa luego de que seguramente escuchó las palabras impropias conque me referí a usted y a sus escritos. Fue un momento de debilidad mía en que la bajeza de mi carácter afloró sin recato alguno, no es cierto que yo crea que es usted un “escritorcillo pobremente libresco”, la verdad creo que sus cuentos son geniales y esa genialidad es producto de su inmensa sabiduría. Sin los libros que leyó y sin los autores que inventó el mundo sería más pobre de espíritu, y más triste que un orfanato en el día de la madre. Yo también escribo, y mis letras inéditas quedan sólo para usted, para su Libro de Arena, de páginas infinitas sin principio ni fin.

 

No decía nada más. Tampoco tenía firma ni fecha como las otras, como la de su muerte. La siguiente era más bien estremecedora. Escrita con tanta fuerza que los trazos casi rompían el papel.

 

Señores Editorial Alfaguara

A quien corresponda:

Es triste reconocer la ceguera que cae sobre el gremio editorial de nuestro tiempo. Dedicados al dinero someten la cultura al cáncer intelectual. Cierran las fronteras de las letras a unas cuantas historias aburridas, llenas de un intenso realismo que sólo repite lo mismo que la gente vive, y reducen el mundo a malas palabras, prostitutas, narcotraficantes y políticos corruptos. No ofrecen pensamientos alternativos, sueños místicos, ni fantasías heroicas que permitan suponer que hay mejores formas de vivir.

Realmente es un error el que hayan despreciado mi libro, ni siquiera lo leyeron porque no tenía “el aval de un crítico”. ¡Por supuesto que no tenía el aval de un crítico! ¡Ni siquiera el de mi madre! El de nadie. Es muy simple, ¡soy una escritora inédita, nadie me conoce ni me ha leído nunca!

Sinceramente, son ustedes unos idiotas.

 

Esas palabras llenas de frustración eran un indicador de la situación interna que vivía la mujer en cuestión. Las siguientes páginas estaban escritas sin seguir los renglones, con letras apeñuscadas y a veces extendidas, parecían escritas con desasosiego como si estuviera pasando por un trance. Incluso algunas estaban dirigidas a ella misma. Abrí en una página cualquiera y leí.

 

Señor Antonio Cabrales

Mi muy querido señor. Aprovecho este medio para explicarle algunos detalles de nuestro acuerdo que usted parece no haber entendido. En primer lugar su relación conmigo, la cual es meramente espiritual. No le da permiso de acecharme en cada esquina y tirar las cosas del estudio o de mi sala. Usted ha espantado a la señora Luz y que conste que sólo ella es la que sabe dónde están guardadas las bombillas nuevas en esta casa. Bombillas con las cuales usted se comunica. No bien aprendí ese antiguo código morse entendí sus necesidades, pero no todo el mundo tiene una mente abierta como yo. Le dije claramente que no hiciera eso cuando estuvieran otras personas acá.  Accedí a contar su historia para darle vida, pero eso no le da derecho de aislarme de los demás tan sólo para que me concentre en usted. Ahora, puesto que ya sé que tiene la fuerza para mover cosas, este será nuestra nueva manera de comunicarnos.

Cordialmente

Adriana

 

La primera carta firmada. Ya sabía que la dueña de la casa era Adriana Velasquez, las fotos del rellano de la escalera confirmaban que era la occisa. Pero el contenido era confuso, ¿alguien la acosaba? O ella se comunicaba secretamente con alguien a quien le pedía discreción. Más adelante encontré una misiva que se dirigió a ella misma.

 

Querida Adriana

Ay nena, lamento tanto los desastres que causamos anoche. La velada fue una bella idea, pero se nos salió de las manos. Ya sabes, hombres y trago no forman una buena mezcla. Tienes que entender, estábamos tan contentos porque en el último capítulo que escribiste nos otorgaste el sentido de la diversión… “sentados alrededor de una mesa en una sórdida cantina, el grupo de rebeldes escuchaba la música vulgar y agreste de la plebe, sintiendo en su interior una sonrisa…”. Y luego colocaste esa botella de vino y esos vasos en tu mesa, fue la perfecta invitación para que demostráramos lo que habíamos aprendido.

Lo lamento mucho, no va a volver a pasar.

Raquel Santamaría.    

 

Claramente esta mujer alucinaba, unas páginas después había otra similar con la misma firma, pero hecha con una letra abigarrada, pegada en sus terminales, la caligrafía de alguien desesperado o que escribía con extrema rapidez sin poner cuidado a lo que hacía.

¡Adriana!

Mi querida amiga, te ruego que te cuides. Antonio está imposible, cree que nos has traicionado. Ha sido en vano que todos le expliquemos tus razones o las razones de los editorialistas. Dice que no has hecho lo suficiente. Cree que si no permanecemos en la realidad aún es porque nadie ha leído sobre nosotros, le dijimos que bastaba con que hubieras escrito nuestras historias, que ya casi éramos sólidos. Fíjate, ya podemos sostener cubiertos y copas, incluso saborear el vino. Pero él sigue en su obsesión. Ya sabes cómo es de violento, ten cuidado.

Abrazos

Raquel Santamaría

 

Luego de esa no habían más cartas. Aparentemente ella ya se había dicho todo lo que se tenía que decir. Su imaginación era extraña, apocalíptica, casi paranoide, pero no explicaba nada. Aún así debía investigar más.

La luz del estudio comenzó a titilar, llevado por la lectura de las cartas noté que esos centelleos tenían un patrón primero rápido y luego, tres veces, con lapsos largos. Si era una clave, debía provenir de alguien. En otro cajón un manuscrito bastante abultado, titulado “La dimensión alterna”. Una silueta rozó las paredes del lugar alertando mis sentidos.

--¡Policía! Quién va –exclamé. Busqué por toda la casa; nadie había más que nosotros.

La silueta pareció desprenderse de un rincón y se vino sobre mí.

“Quizás la forense me diga que es posible cortarse las venas con la fuerza que ella lo hizo y no haya más misterio aquí que la contagiosa locura de una mujer”. Pensó el sujeto que ahora domina mi cuerpo.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

También en redes sociales :)

 
 

Error. Page cannot be displayed. Please contact your service provider for more details. (20)