Relato 18 La Pena del Condenado

LA PENA DEL CONDENADO

Nadie preguntó nada cuando Enrique Moraña se suicidó. Falleció a los 23 años, en una edad en que la mayoría diría que tiene toda su vida por delante y nadie preguntó nada. Quizás porque todos sabían la razón.

En realidad, la cuestión era muy simple, Enrique tenía una cara demoniaca en su nuca. Ese rostro, a pesar de ser inexpresivo de repente soltaba lágrimas sin ninguna explicación, miraba con dureza a los que se le quedaban viendo y susurraba continuamente palabras de reproche, a Enrique, quien creía que trataba de volverlo loco.

Su gemelo maléfico nunca hizo nada más que estar ahí. Nunca necesito hacer nada más que llevar esa existencia a medias a la que la naturaleza lo había forzado, y quizás nadie quiso preguntarse qué se sentía ser él. El gemelo parásito no tenía voz, y por supuesto, tampoco tenía voto.

Luego de su muerte el pueblo pareció descansar. Algo sí sorprendió a la gente, los eventos posteriores a ese suicidio.

Lo que muy pocos saben es que si Enrique no hubiera tomado esa decisión ya había una conspiración sobre él para acabar con esa abominación que significaba su raro estado. La señora rubia que vivía en la esquina de su casa, todos los días pensaba un nuevo plan para envenenarlo. Averiguó en los libros de primeros auxilios de su esposo el paramédico, que si colocaba cloro en su bebida el “engendro” como ella lo llamaba, vomitaría sangre y sus entrañas se quemarían haciéndolo padecer hasta morir. Pero su regordeta mano se abstuvo de combinar el líquido de limpieza con el jugo de toronja que le ofrecía cuando podaba su prado, tan sólo porque eso no acabaría con ese horrible rostro que emergía como por entre las sombras del largo pelo de su vecino cuando se agachaba a recoger las yerbas que arrancaba entre el pasto. Ella soñaba con destruirlo, quería ver cómo se deshacía para borrarlo de sus pesadillas.

Al otro lado de la calle no era diferente. Ese rostro maligno vivía muy presente en la imaginación de Edgar, quien tuvo que soportar esa pavorosa visión a la temprana edad de cinco años cuando su vecino de enfrente tuvo la mala idea de salir a jugar sin la capucha que siempre lo acompañaba. Ambos tenían la misma edad, ambos crecieron en el mismo vecindario, pero Edgar lo evitaba con todas sus fuerzas y de todas las formas posibles. La impresión que le causó ver semejante fenómeno lo condujo a crear una extraña fobia a los rostros, por lo tanto nunca miraba a nadie a la cara. No obstante, al crecer se convirtió en pintor y sus obras eran reconocidas porque en cada una de ellas se presentaba la figura de un rostro terrible que parecía acusar a todo el que las veía. Su habilidad con la pintura llegó a conocerse en muchos lugares del mundo y para los amantes de su arte se llegó a convertir en un reto encontrar en qué lugar o cómo aparecía la presencia de ese rostro en cada uno de sus cuadros.

Edgar tomaba píldoras para controlar la ansiedad, pero nada de eso lo salvaba de los sueños delirantes que ese recuerdo le provocaba. Por eso un día pensó en comprar una escopeta e ir a la casa de sus padres, con el fin de esperar a que aquél ser saliera para dispararle directo a la cara, pero no a la que mostraba a todos, sino a la que escondía entre una larga melena que se había dejado crecer o tras una capucha con la que pretendía ocultar su defecto.

Jackson O´connor era un mensajero, odiaba tener que pasar por esa casa. No era que lo trataran mal ni mucho menos, ni siquiera se trataba de que no le dieran buenas propinas. Él sabía, como todos en el pueblo sabían, que ahí vivía un hombre mitad demonio. La hediondez de su presencia se percibía en todas las habitaciones. Lo primero que notó Jackson es que no había un solo espejo, y lo segundo que notó, fue que las luces apenas si daban luz mientras que en los días soleados las ventanas eran cubiertas con gruesas telas que impedía el paso de cualquier partícula de sol. Llevar la leche y los mandados a esa casa era una especie de temeridad que ningún otro empleado quiso aceptar. Por mucho tiempo se sintió un valiente porque era el único capaz de ir y sentarse a comer las deliciosas galletas que horneaba la señora Moraña, sin que la esencia del demonio lo afectara.

Todo estuvo muy bien hasta que un día de verano llegó en un momento en que la señora había salido y había dejado la puerta abierta para que él pasara a dejar el mandado de ese día. Hubiera estado mejor si no se le hubiera ocurrido asomarse al segundo piso, justo en el momento en que aquél desgraciado ser salía del baño dándole la espalda. Nunca supo si esa mitad del demonio lo pudo ver, nadie sabía si ese rostro adicional tenía la capacidad de ver o si esas miradas censuradoras eran sólo un fingimiento. Lo único que reconoció ante todo el que lo quiso escuchar, fue que al sentirse observado se sintió juzgado, además de sentenciado. Desde entonces ya no pudo dormir en paz, nunca más. Cada vez que cerraba los ojos se le aparecía aquella cara de expresión embrutecida que parecía enumerar todos y cada uno de los errores o pequeñas crueldades que había cometido en su vida. Desde entonces sólo repasó aquél momento y se preguntó qué hubiera hecho si hubiera tenido un cuchillo en su mano, o si hubiera tenido una pistola o si hubiera tenido ácido, sopesó miles de posibilidades. Hasta que un día, decidió que debía hacer algo. Quería romper el hechizo que lo tenía casi loco y la única manera era acabando con la mirada del demonio. Compró unas tijeras corta césped con el fin de agujerear esos ojos que causaban tanto caos. Lo único malo era que tenía que acercarse al monstruo para poderlo cegar.

Aunque en el pueblo todos tenían una historia de horror con respecto a aquél desgraciado. Ariane sentía que ella era la que más había resultado dañada con su existencia. Por muchos años ganó todos los concursos de belleza que se realizaban en el lugar, pero eso no bastaba, faltaba algo que la catapultara a la fama para que la viera alguien poderoso y le diera los medios para salir de esa ratonera que era aquel pueblo. Así que se propuso conquistar al fenómeno del pueblo, el hombre de las dos caras. Si veían que alguien como ella tenía las aptitudes para estar con cualquiera sin importarle su condición, notarían de inmediato, que era alguien especial. Recopiló todas las historias que circulaban sobre él para darse una idea clara de cómo era su apariencia, cuando creyó entender el tipo de aberración que era se preparó mentalmente para enfrentarlo. Muy astutamente se le acercó, era tímido y hablaba sin mirar a la cara; eso le gustó, se convirtió en un reto personal hacer que saliera con ella. Se vieron unas cuantas veces, pero el día que escogió para enfrentarse completamente a la bestia logró convencerlo de que fuera en terreno propio con el fin de sentirse segura para estar con él. Se encontraron en su casa para ver una película y comenzaron a besarse, sólo que cuando pasó los dedos por su cabeza tocó aquella grotesca superficie viviente, y esta, molesta porque un dedo se había posado en su ojo, por primera vez en la historia del pueblo dijo algo. Y lo que dijo fue un insulto que la desmoronó por completo. Tanto, que le provocó nauseas todo aquel día y se vio en la necesidad de echar al extraño ser de su casa y con él se fue su única esperanza de saltar a la fama.

El chico Moraña se sintió tan frustrado que le dijo a todo el mundo que se habían acostado, lo que le costó a ella su reputación. No por el hecho de haber tenido sexo. Había tenido sexo con casi todos los de su escuela. Sino porque después de eso los chicos sintieron asco de alguien que era capaz de dormir con una persona así, y otros la rechazaron por tratar de burlarse de alguien con esa condición, por eso jamás la volvieron a invitar. La convirtieron en un paria. Ni logró fama, ni sostuvo su popularidad, ni tuvo la vida programada que todos los de ese pueblo llevaban. Entonces decidió que debía vengarse. No de aquel que había besado sino de ese otro extraño que la había insultado. Lo único que consiguió fue la pistola de bengalas que tenía su padre guardada de los años en que fue marino, pero esa le serviría para su propósito. Ella, que por mucho tiempo vivió de su apariencia, entendía la enorme importancia que tenía un rostro.

La rubia preparó una jarrra de jugo para su vecino; Edgar se apostó en la ventana de su casa apuntando directamente a la ventana donde sabía que el engendro dormía; Jackson se encaminó con seguridad a aquella casa; y Ariane, que era más astuta, timbró en el hogar de su antiguo amigo para invitarlo a beber unas cervezas, segura de que podría decir que él la atacó. Acarició el arma dentro de su bolso. Ya estaban listos a realizar sus respectivos actos de desagravio. Porque para cada uno, matar a Enrique era una manera de conseguir que se les resarciera del daño real o imaginario que habían recibido. Estaban todos listos. Jackson y Ariane, que habían llegado casi al mismo tiempo, notaron que la puerta estaba abierta. Entraron sigilosamente, mientras la vecina se pegaba a ellos segura de que algo iba mal en su plan. Llegaron a la habitación del muchacho cuando unos pantalones que se agitaban en el aire los asustaron, subieron más la mirada y ahí estaban esos dos rostros dando vueltas sostenidos por el cuello a una cuerda atada a la viga de la habitación.

Dicen las malas lenguas que la rabia fue tanta, que ese mismo día se efectuó un pacto suicida y por eso cada uno, en los días subsiguientes fue cayendo por sus propias manos. Los más cercanos aseguran que murieron víctimas de espantosas pesadillas plagadas de miradas demoniacas. Otros más imaginativos pensaron que decidieron irse al otro mundo sólo para poder ejecutar su fallida venganza.

Según las autoridades lo que más impresionó a los que encontraron el cadáver, fue que ese rostro adicional que tanto miedo provocó durante todos los años que lo conocieron, por primera vez tenía una mirada dulce; parecía estar en paz. Mientras que la faz de Enrique ahora llevaba una mirada diabólica que a todos aterró. Cuentan también que en sus manos tenía agarrado un papel que decía: “él es malo”. Nunca supieron cuál de los dos lo había escrito.

 

 

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