Relato 18 - La Fani

Marta apretó los dientes, tragó saliva y se esforzó por sonreír intentando demostrar a las cuatro chicas que la rodeaban que, si bien no quería formar parte del grupo, al menos, confiaba que en unos días se olvidaran de ella. Las cuatro, por su parte, empezaron a perder el interés por aquella novata a la que después de haberle lanzado una docena de huevos, le habían robado el Smartphone para entregárselo a su jefa.

 

Estefanía Gómez Montoya, o como a ella le gustaba que la llamasen, la Fani, también se cansó de manosear el voluminoso teléfono cuya pantalla rebosaba de iconos y carpetas cuya utilidad ignoraba.

 

—Eh, Perraca —dijo la Fani a su segunda al mando en la banda— guárdame esto. Pero que no se te ocurra quedártelo, que te acuerdas de mí para los restos.

 

La Perraca, que ya había oído aquella advertencia más de veinte veces durante aquella mañana, una por cada uno de los móviles, carteras o fulares que habían requisado a las novatas, sonrío con desgana y se limitó a echar el Smartphone a una bolsa de plástico que llevaba para ese fin.

Sin embargo, y a diferencia de las otras chicas a las que después de haber atacado a huevazos y de haber robado despachaban con un “tira por ahí”, a Marta decidieron retenerla durante más tiempo. En parte, porque querían que esta llegase tarde a su primera clase, pero también porque esa chica algo regordeta de cabello largo y rizado y que revelaba un estoicismo que la diferenciaba del resto, les inspiraba un sentimiento de curiosidad y compasión parecido al que podrían sentir por un animalillo curioso al que primero hubieran torturado.

 

Tanto Estefanía como el resto de su banda, que habían sido expulsadas desde hace varios meses, sintieron una especie de placer cuando la sirena del instituto anunció la hora de entrada. Ellas, así como la nueva, alejadas a una decena de metros de la puerta principal, se limitaron a pasar la mañana sin más ocupación que escuchar algo de música mitad pop y mitad flamenca mientras miraban como los chavales del polígono circulaban en sus motos, muchas de las cuales carecían de matrícula por ser robadas.

 

Mientras Rafa el Negro cantaba por el teléfono de la Perraca “No tiene sentido”, la Fani dio una intensa calada a un extraño cigarrillo de papel más amarillento de lo normal y cuyo aroma le recordó a Marta las hierbas que su abuelo utilizaba para sus infusiones. Fue entonces cuando después de pasar el cigarrillo a otra chica de la banda, la jefa del grupo, al retirar la cazadora que cubría su brazo izquierdo, reveló a la novata algo que la hizo palidecer a pesar de sus esfuerzos por mantener la sonrisa.

 

—¿Qué? ¿Te gusta? Te has ‘quedao’ ‘pillá’, ¿a que sí? —dijo la Fani mientras exhibía el muñón de su mano izquierda y simulaba hacer palmas al compás de la canción.

 

Las otras chicas esbozaron una sonrisa compasiva al tiempo que miraron hacia el suelo. A Marta, en cambio, comenzó a traicionarle los nervios. Su pie derecho pateaba sin querer el suelo mientras la risa nerviosa dio paso a un sinfín de muecas a cual de ella más absurda.

 

—Siempre ha sido así —dijo La Perraca a Marta tratando de justificar la minusvalía de su jefa y, también, de paso, poner freno a la histeria que estaba apoderándose de la nueva.

 

—Siempre no —dijo la Fani moviendo su único dedo índice en un gesto de negación mientras bajaba la cabeza y sonreía. — Yo no nací así.

 

—¿Pero qué dices? —repuso la Perraca— Pero si tú siempre nos habías dicho que al nacer solo tenías una mano, que fue algo genético o algo así.

 

—Que no — Y al decirlo, en los labios de la Fani se dibujó una sonrisa tensa y sus ojos se entrecerraron como cuando se disponía a buscar bronca.

 

Todo el grupo guardó silencio y con la mirada expectante esperó la explicación de su jefa.

 

—¿Os acordáis de los sueños que siempre os he contado?—preguntó la Fani.

 

—Bueno, ya empiezas como siempre a dar la vara con los sueños. Si nos los sabemos de memoria, tía. —dijo La Perraca.

 

—El hombre de ojos claros que me mira y que me sonríe sin que yo sepa por qué. Siempre os he dicho que es un sueño que tengo casi todas las noches. Pero no es un sueño; es un recuerdo.

 

—¡Pero qué estás contando! ¿Es que ya estás alucinando con el porro? —repuso otra chica del grupo.

 

Estefanía, en otras circunstancias, no solo le hubiera replicado a la chica de palabra sino que hubiera rubricado su respuesta con su única mano y con sus pies, que a falta de aquel miembro se habían convertido en herramientas precisas para soltar patadas y bofetadas. Pero lo único que deseaba era explicarles a las chicas el auténtico origen de su discapacidad.

 

—El otro día fue mi cumple, ¿os acordáis?—dijo la Fani.

 

—¡Que si nos acordamos! Pues anda que no nos lo pasemos bien, y lo que pillamos… —la cara de la Perraca se iluminó al recordar los chicos que se unieron al cumpleaños y los calimochos de los que dieron cuenta hasta las cuatro de la mañana.

 

—¿Y cuántos cumplí?

 

—Pues dieciocho—dijo una de las chicas del grupo.

 

—Bien. Pues al día siguiente me llevaron al psicólogo. Yo creí que era por algo que había hecho; pero era para contarme algo, algo que me dejó como os vais a quedar vosotras ahora.

 

La Fani dirigió la mirada hacia el polígono, un conjunto de edificios semicirculares de color ocre que se alzaba sobre un descampado lleno de bolsas de basura, botellas rotas y excrementos, y adoptando un gesto solemne narró la misma historia que a ella le contaron en la consulta del especialista.

 

Los hechos tuvieron lugar diecisiete años antes, en una parada de autobús. Una niña sonriente, de ojos azules y que no paraba de improvisar bailes, canciones y demás gracias hacía las delicias de un grupo de mujeres de tez morena que acompañaban cada gracia de la niña con sus palmas como si de una estrella del flamenco se tratase. Un hombre de unos cuarenta años reparó en la cría y correspondió a sus habilidades artísticas con una sonrisa. La niña, como si fuese consciente de la admiración que despertó en aquel desconocido, respondió a su vez con una sonrisa y lo mejor de su repertorio al improvisado admirador.

 

La llegada del autobús estaba prevista, según el panel electrónico, en dos minutos. Pero los dos minutos pasaron a tres, luego a cinco, de nuevo a dos y a seis en un intervalo de diez minutos. Sin embargo, ni las mujeres, ni la niña, ni el hombre parecían preocupados o enfadados por el retraso.

 

Cuando una de las mujeres, al percatarse de que el hombre llevaba un teléfono con acceso a internet, le preguntó qué faltaba para la llegada del bus, llegó otro hombre. Era un individuo de tez oscura, cabello corto y rizado y con una expresión de ensimismamiento que parecía ajena a todo cuanto había a su alrededor. Ni las gracias de la niña ni tampoco la cortesía debida al grupo de adultos que esperaba como él, y con el que hubiera cumplido con un simple hola, parecía importarle a aquel individuo de rostro impenetrable y labios sin asomo de expresión alguna.

A la niña no pareció importarle el desinterés del recién llegado. Su rostro regordete se iluminó con una sonrisa tras ejecutar otro número de baile esperando que este sonriera a su vez como pago a sus gracietas. Sin embargo, ni siquiera se dignó a mirar a la chiquilla. Una indiferencia que no pasó inadvertida para las dos mujeres que custodiaban a la niña, ya que comenzaron a murmurar entre sí mientras lanzaban miradas esquivas al sujeto.

 

En el instante en el que el panel electrónico comenzó a oscilar indicando la inminente llegada del bus, el misterioso individuo, que se había sentado en el banco, se puso en pie y comenzó a murmurar unas palabras que ninguno de los presentes pudo comprender. Al mismo tiempo, levantó sus manos a la altura de su pecho mientras inclinaba una y otra vez la cabeza al compás de sus palabras. Y justo cuando se llevó ambas manos hacia el pecho, el primer hombre, el que desde un principio había disfrutado con el improvisado espectáculo de la chiquilla, se echó sobre este rodando ambos sobre el suelo. Al grito de Allahu akbar del extraño hombre moreno siguió una explosión de escasa potencia debida a que su rival había convertido su propio cuerpo en un escudo protector para cuantos se hallaban allí. Pero la risueña chiquilla que hasta entonces había bailado y reído yacía en el suelo llorando a gritos mientras agitaba su manita destrozada por una esquirla del artefacto.

 

Al acabar Estefanía su relato, todas permanecieron serias y en silencio. Tan solo un “qué fuerte” de la Perraca, dicho en voz muy baja, como para sí misma, fue el único comentario a aquella historia.

 

—Después, durante casi dos horas, el psicólogo me habló de lo mucho que yo había madurado, de que daba por hecho de que no consideraría a cierta gente como mala por ser de una raza o de un país determinado, del perdón, de lo positivo, y no sé cuantas cosas más.

 

—¿Y tú qué dijiste? —preguntó una de las chicas.

 

—¿Que qué dije o, mejor dicho, que qué hice? Pues nada —añadió la Fani sonriendo—, puse cara de niña buena, como esta, —dijo señalando a Marta—, y quedé para él como “una chica que, pese a su experiencia traumática, había dado muestras de una gran madurez”—añadió con cierta afectación imitando al psicólogo.

 

La tensión que había estado presente en el grupo al narrar la Fani su historia se deshizo entonces con las risotadas del grupo. De nuevo, la música de Rafa el Negro fue lo único que se escucho durante cerca de veinte minutos.

 

—Por cierto, —dijo la Fani— ¿Hemos acabado ya con las novatas? ¿queda alguna más aparte de esta?

 

La Perraca hizo un rápido recuento echando un vistazo a todos los objetos que había en su bolsa de plástico.

 

—… diecinueve y veinte. No. Espera. La Sole me dijo que eran veintiuna.

 

—¿Falta una? —preguntó la Fani.

 

—Sí —dijo una de las chicas del grupo. — Es esa que viene por allí.

 

Se trataba de una muchacha de unos dieciséis años morena, de labios finos, sin un ápice de maquillaje en el rostro y cuya cabeza estaba cubierta por un hiyab, una especie de pañuelo que utilizan las mujeres musulmanas.

 

—Se llama Zoraida— añadió la chica.

 

—¿Zoraida? — murmuró la Fani mientras entornaba los ojos para fijarse mejor en la chica que se aproximaba — Creo que nos vamos a divertir un poco — añadió con una sonrisa malévola.  

 

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