Relato 17 - Lluvia del tiempo

Eran siete los Zhen, seres matemáticos vigilantes del Tiempo, encargados de impedir la extinción de la raza humana. Seres blancos y enormes, de cabezas grandes; capaces de imaginar lo imposible. Habitaban en su lugar secreto, la oscuridad del tiempo. Uno de ellos, llamado Ildur, encontró una ecuación capaz de hacer modificaciones a placer, a través de las épocas de la historia. La ecuación encontrada daba como resultado la creación de un ser con las habilidades de manipular el tiempo a su antojo: se le llamó el Hacedor de Tiempo.  Ildur mostró la ecuación a sus hermanos vigilantes, los cuales reprobaron la intervención de tan temible ecuación en la telaraña del tiempo. Ildur creía que toda ecuación creada debería ser implementada, pero sus hermanos le advirtieron de la incertidumbre de la aparición de tal ser y se lo prohibieron. Los Zhen, tan asustados, cerraron la telaraña del tiempo hasta ver la forma de destruir tal ecuación de la mente de Ildur y, la única forma, era eliminando al mismo Ildur. Se le planteó la idea de su propia destrucción, se suponía que automáticamente tenía que aceptarla, y lo hubiera hecho de buena gana pero, al contemplar la belleza de la ecuación que tenía el tamaño mismo del universo, rechazó la propuesta. Ildur, asombrado, encontró en la misma fórmula como activar de nuevo la telaraña. Huyó sacrificándose en las redes del tiempo, utilizando su ADN para activarla y, usando su propia sangre como conducto, implementó la ecuación.

Los seres vigilantes del tiempo, horrorizados, crean una organización reclutando caballeros  superdotados  de inteligencia, capaces de comprender las matemáticas de la Telaraña.

Pasaron milenios mientras los Zhen impedían las próximas devastaciones de la raza humana. Pero la imaginación lleva a la construcción. Un día en cierta época, o en varias, apareció un ser que pronto se hizo notar. En la organización de vigilantes le apodaron ‘el mago’, pues desaparecía de las ecuaciones. El ser decía que era un discípulo del Hacedor de Tiempo; los vigilantes temieron.

 

 

LLUVIA DEL TIEMPO

 

Hermac

 

Limpiaba su oscura arma mientras contemplaba las brillantes estrellas, pensando en si en algún momento conocería alguna de aquellas; las más lejanas.  Estaba en su morada en el tiempo, un lugar que encuentra cada viajero mediante una ecuación matemática implementada en la telaraña para protegerse; o simplemente un lugar de tranquilidad en el espacio. El lugar secreto de Hermac, rebelado solo a su maestro, era en la luna antigua, dentro de una enorme nave espacial que convirtió en su guarida. Para continuar con su plan, el cual no podía permitir errores, tenía que liquidar tres objetivos lo más pronto posible: lo hacía automáticamente, aunque se tomaba una fracción de segundo para mirar directo a los ojos, luego disparaba.

Fue encontrado por el mago dentro de una nave abandonada en la misma luna, donde lo entrenó en las armas. Parecía que su mano fue hecha  para el arma laser, o viceversa.  Era un matemático nato, frío, ideal para ser el próximo discípulo del mago y un asesino a las órdenes del Hacedor de Tiempo.

Hermac se miró al espejo, su cara expresaba unos rasgos cada vez más sarcásticos hacia la vida. Se echó el pelo negro y lacio hacia atrás, los ojos café profundo representaban la inmensidad de la oscuridad, su piel era blanca; de un tono lechoso. Se puso un traje negro de corte clásico de acuerdo a la época a la que iría. Se preguntó las mismas cosas que se preguntaba siempre; los dilemas existenciales de la humanidad.

— ¿Algún día podré romper la barrera que me impide ir tan atrás y descubrir de dónde venimos los humanos o, al contrario, será más seguro encontrar respuestas en el futuro? —dijo al vacío.

La habitación dentro de la nave era una especie de semicírculo. Las paredes azules eran interactivas y mostraban noticieros del mundo: una pantalla mostraba imágenes de la segunda guerra mundial, otra de la tercera, o la llamada la guerra del agua. Una de las paredes estaba dedicada por completo a sus buscadores, en especial a la agencia de Caballeros del Tiempo, la ultrasecreta, o la agencia así lo creía.

Con un gesto apagó las imágenes y observó el planeta Tierra. Se untó en el cuello  unas gotas de su loción favorita echa de plantas lunares llamadas hypnofilis; plantas hipnoides. «Ya casi es hora, no tardará en manifestarse el maldito anciano de capa negra para fastidiarme la existencia». Pensó. Partículas invisibles hicieron presencia para dar forma al holograma de un hombre mayor: de complexión fuerte y rasgos extraños, como si tuviera varios cientos de años vivo, su maestro. Hermac no volteó hacia donde se había proyectado el hombre, siguió con la mirada de frente, mirando a través del cristal, contemplando la inmensidad del planeta Tierra.

—Hermac —dijo el mago, mediante comunicación holográfica—. Los tres objetivos de hoy son indispensables para el Hacedor de Tiempo.

—Maestro ¿acaso cuando fuimos creados no pensaron en lo malditos que estaríamos?  Seguramente nuestro creador era un pervertido —dijo Hermac con tono enérgico.

El mago arrugó sus facciones mostrando algo de intriga hacia aquel sujeto de palabras con tonos de locura.

—No existe tal creador, solo el tiempo. En un momento recibirás los datos de tu misión. Creo que ha llegado la hora, tal vez te presentes ante el Hacedor de Tiempo, o él ante ti. Esa garla tuya delirante cada vez  está peor, no pierdas la cabeza; no aún.

«Esto es nuevo». Pensó Hermac.

—Así que por fin cumplirá mis peticiones. Bien señor mago, espero llevar a cabo mi cometido a pronta hora. Tengo dos o tres cosas que decirle a ese tal Hacedor.

El holograma desapareció y las paredes se iluminaron perdiéndose aquella bella visión del planeta Tierra. Los datos de la misión fueron recibidos: Un hombre de mediana edad, un joven que a Hermac le pareció aún un niño, y una hermosura de mujer. «Vaya, qué lástima». Hermac terminó de ponerse su traje. Conectó su brazalete de teletransportación y se dirigió hacia 1910.

Era una mañana muy fría en Viena, lo inundó el olor a café; le caería bien algo de antioxidantes. El dolor en los huesos era insoportable. Sacó una pócima y la bebió. Los espasmos, consecuencias de los viajes en el tiempo, fueron disminuyendo. En la plaza de San Esteban estaba falto de personas a tan temprana  hora. Un hombre, que llevaba un tomo de la interpretación de los sueños de Sigmund Freud, se sentó en una banca con café humeando,  el cual depositó a un costado. Hermac fue a charlar con él sentándose justo al lado.

—Buen día buen hombre. —Al mirarlo a los ojos confirmó la identidad, y algo que siempre lo perturbaba; estrellas en los ojos—. Me pregunto, una vez visto el interesante libro en sus manos ¿el significado de soñar con la muerte?

—Buen día —dijo el anciano judío en tono grave —. Es una interesante cuestión, justo anoche soñé con la implacable, la muerte es lo único seguro en la vida joven. ¿Cuál es su nombre?

—Hermac.

—Ah, me recuerda a Hermes, el mensajero de los dioses. Bien, mi nombre es…

—Ya conozco su nombre.

— ¿Y usted de qué me conoce? —preguntó con intriga y molestia el anciano.

—Primero me interesa hacerle unas preguntas, dado el interesante libro que lleva. ¿Qué cree que haya significado su sueño?

—Me rehúso a contestar si usted no me dice de donde me conoce.

Hermac, con su habitual sentido de anulación del otro, y con la vista perdida en lo alto como recitando poesía, ignoró la pregunta

—También, me gustaría saber su opinión acerca de las estrellas, y el significado de un hombre que sueña con ellas. Ya no diremos de la lluvia, esa que moja la Tierra y cae del cielo…

El hombre tomó su libro y el café, se levantó y marchó del lugar.

—Maldito loco —dijo mientras avanzaba. Hermac sacó su arma, indiferente a la época,  gustaba del laser. Apuntó y dirigió una palabra a su víctima.

—Lambert.

El señor volteó al escuchar su nombre. Miró directo a los ojos del joven que le apuntaba con una extraña arma. Lambert solo miró un haz de luz y alcanzó a oler a carne quemada. El anciano recibió un disparo entre los ojos. Cayó hacia atrás sin dejar de sostener el libro, la cabeza humeaba. «Supongo no lo sabías, pero tu muerte forma parte de una ecuación que escapa a tu comprensión». Hermac se acercó para quitar el libro de la mano sin vida que lo sujetaba fuertemente.  Se dirigió a la calle, no le importó la mirada de los testigos aterrados. Entró a un bar y pidió un whisky, brindó por el fraile Juan Cor. Hizo una nota mental para probar aquel brebaje creado en 1494. Al beberlo, y mirar que la autoridad llegaba, sintió la presión del brazalete en su mano. Se dirigió hacia el año 2150.

 

Andrea

 

—Eres muy joven —dijo el viejo Garlac, maestro de Andrea y antiguo Caballero del tiempo. Las canas blancas invadían la cabellera y ya no se miraba tan bien metido en el traje de viajero.

— ¿Tiene algún problema con ello señor? —preguntó Andrea.

—Y también muy talentosa. —Eso Andrea no se lo esperaba—. Dominas bien el tiempo, tus ecuaciones son asombrosas, pero ¿te faltará la experiencia?

— ¿Y como obtenerla si nunca me dan la oportunidad? —desafió Andrea.

—No nos damos el lujo de errores.

—Es por lo que estoy aquí señor.

Hacía un año que había sido encontrada, o secuestrada, por la agencia de Los Caballeros del Tiempo. Estaba en su clase de física cuántica cuando los hombres de negro llegaron. La pronunciación de su nombre fue en alto y, por primera vez, todos en la clase la miraban. «Diablos, en qué me he metido ahora ». Pensó. De vez en cuando hacía favores a cierto tipo de gente, y la gente se los devolvía en una buena suma de créditos a sus cuentas ocultas. «Seguramente tiene que ver con aquella vez». Cuando hizo el descubrimiento de su vida: una telaraña en el tiempo. La ecuación se presentó ante sus ojos, rebelándole secretos del tiempo.

—Andrea Estrella —pronuncio el más bajito de los hombres con voz de conjuro.

Pensó en quedarse quieta y callada, pero todos en la clase ya la miraban, y ya habían pasado hasta aquí; seguramente toda la universidad se convertiría en obstáculo si intentaba huir. Se levantó y los miró seriamente con sus ojos verdes, con una mirada que muchos confundían con odio. El cabello oscuro revoloteó al pararse casi de un salto. Unas marcas asomaron por la nuca: gotas de azul profundo y fuerte, que asemejaban una fría lluvia; la hidrotinta recorría toda su espalda.

La invitaron a subir a un aerodeslizador moderno. «Claro que subiré, es una invitación a fuerza ». Al dejarse caer en el asiento trasero se encontró con un hombre de mayor edad, de ojos tristes y voz delgada, de seño fruncido y percepción ágil: vestía un elegante traje gris oscuro.

—Le has encontrado. Tú, una niña ha logrado lo que nosotros no en toda la historia.

«Me han estado vigilando». Andrea sabía perfectamente a lo que se refería el hombre. Por el momento decidió permanecer callada. Dejaron las traficadas rutas de lo alto de la ciudad para bajar al deteriorado suelo terrestre en un atardecer rojizo; para introducirse en un oscuro túnel.

—Mi nombre es Garlac, seré tu maestro del tiempo —dijo el hombre de buen porte y acento educado.

— ¿Y quién diablos es usted?

—Maestro de la agencia de los Caballeros del Tiempo. —Los ojos de Andrea se abrieron como círculos enormes.

—Yo…

—Sé lo que hiciste: encontraste la telaraña, nos encontraste, encontraste a nuestro enemigo. Más importante aún, su arma, un sujeto que se hace llamar el mago; un asesino del tiempo.

Ese día Andrea desapareció para su familia, para sus pocos amigos, para el mundo, y ella lo aceptó.

Garlac la miró fijamente, no había más que decir. Probablemente no estaba lista, pero no había más tiempo, habían localizado los objetivos del discípulo del mago: un asesino altamente entrenado con una mente imposiblemente brillante, capaz de realizar las más complicadas ecuaciones del tiempo.

Las ecuaciones del tiempo que realizaba Andrea eran de un ser con suma inteligencia. Se adaptaba bien al espíritu hibrido que habitaba en el sistema del tiempo; se volvía uno con la telaraña. Y ella había podido acceder a ese ultrasecreto software del tiempo desde su simple computador hibrido portátil, el cual llevaba en su muñeca. Andrea le sonrió a Garlac, era el momento. Presionó el artilugio cuántico de su mano, su cuerpo comenzó a vibrar, una luz emanó de ella y desapareció. Fue hacia 1910 a perseguir un rastro.

 

Hermac

 

Era de noche, faltaban unos minutos para el año nuevo. La luna, o lo que quedaba de ella, era roja color sangre. Hermac aún sostenía la copa con whisky, hizo un brindis hacia el deteriorado astro y acabó el contenido  agradeciendo el ardor y el buen sabor. Observó a sus alrededores, información de la víctima fue transmitida de su muñeca a su visión; había encontrado su objetivo entre la enorme multitud. El Times Square se preparaba con relojes flotantes en cuenta regresiva. La bola caería en unos momentos. Cientos de luces hidroplásmicas cubrirían el cielo con diversas figuras y así cubrir el otro panorama, el que veía Hermac, la luna sangrante y agonizante. Se acercó a su víctima.

—Hola Jano —dijo Hermac.

El joven apenas oyó entre los gritos de la multitud. Jano quitó su gorro de la cabeza, descubriendo un cabello negro que hacía resaltar el azul de los ojos, la voz aún era la de un niño. Hermac creyó distinguir la inteligencia del joven.

— ¿Quién es usted? —dijo el chico.

— ¿Qué tiene de especial un joven como tú? ¿Qué harás que puede favorecer a las estrellas? —preguntaba Hermac. Pasado a un lado del joven y volteando hacia la luna; igual que Jano.

— ¿Yo? — preguntó Jano. Sin dejar de ver el astro.

Hermac lo miró a los ojos, había personas con un vacío en la mirada, de mentes huecas pero, para su asombro, Jano era de los que él decía ‘‘tiene las estrellas en la mirada’’.

—Así que eres de los que nacen con estrella, tenías un destino.

Jano no alcanzó a voltear para ver el arma. Esta vez Hermac sintió un poco de contradicción; no soportaba el firmamento en la mirada de alguien. Tomó al chico por el cuello y puso el cañón apuntando al corazón. Disparó a quemarropa. Fue rápido, la luz en los ojos de Jano se apagó. Observó hacia la multitud, una mujer lo miraba con el espanto en los ojos mientras Hermac depositaba a Jano en el suelo. Reconoció esa cara, coincidía con su tercera víctima, era hermosa. Hermac identificó el traje, un Caballero del Tiempo. Andrea levantó su mano, el metal gris brilló en la oscuridad, disparó su arma contra Hermac.

 

Andrea

 

La escena del anciano muerto 1910 confirmó que su ecuación era correcta y, en vez de volver, siguió haciendo cálculos mentales a través de su brazalete. Tal vez podría impedir el próximo asesinato en el 2150 si se apresuraba, pero se dio cuenta que ocurriría un asesinato más, la ecuación era unánime, y apuntaba hacia ella.

La ecuación danzaba en el aire, lo intuía a medias, solo que en verdad no se lo esperaba. «Yo soy la tercer víctima». Solo por un momento se sobresaltó, pero sabía que no tenía más tiempo; se dio prisa. Apareció en una plaza, no identificó el lugar, pero al ver lo que quedaba de la luna, y el anillo de asteroides por el que se  movía,  identificó la época: la del supuesto atentado Alienígena, tapadera de los dirigentes de la mesa redonda del mundo. Buscó y corrió sin saber a dónde, hasta que su computador se conectó con su cerebro y así arrojarle los datos necesarios. Fue cuando escuchó a poca distancia el familiar zumbido de una vibración, volteó y observó a Hermac, el asesino del tiempo. 

Hermac separaba un arma del pecho de un joven. «No hay tiempo para pensar, solo tengo una oportunidad». Fue cuando levantó el brazo y disparó el arma. El laser atravesó un fantasma, desvaneciéndose de largo, pues Hermac ya desaparecía. Por un momento observó los ojos del asesino: la miraba con asombro, con miedo, sintió que lo conocía y él a ella. Corrió hacia donde estaba el joven, muerto, con la mirada perdida en el vacío. Andrea sintió rabia, las muertes parecían carentes de significado, solo que ella sabía algo; las ecuaciones eran seguras. A veces  una ecuación aparentaba insignificancia, pero el resultado era una modificación enorme  y, de alguna manera, las personas asesinadas tenían un algoritmo en común; la ecuación del infinito.

Andrea  necesitaba  pensar,  estaba a punto de darle caza al asesino, lo sentía. En vez de regresar a la agencia decidió ir a un lugar de su creación, una ecuación en el tiempo. Necesitaba calmarse, se  dirigiría  a un  lugar que solo ella  conocía  y era difícil de descifrar; lo que un viajero del tiempo llamaría ‘‘lugar secreto’’. Un estruendo se oyó, una enorme  bola  caía  del cielo explotando entre la multitud, bañando a todos de luces hidroplásmicas fosforescentes. Una pareja corría hacía donde estaba ella, la mujer se llevaba las manos a la boca, comprendió que venían a por el joven. Fue cuando accionó su dispositivo y se concentró en la ecuación que la llevaría a su lugar secreto.

Andrea logró transportarse, apareció frente a un lago, gotas comenzaron a acariciar  su rostro mientras su cuerpo dejaba de vibrar. Un color azul reinaba en el lugar: era una zona herbosa con un pequeño lago, el agua se asemejaba al cristal. Caía la tarde. Sintió algo vibrar detrás, el corazón comenzó a palpitar, dio media vuelta y, parado frente a ella, estaba Hermac.

—Este también podría ser mi lugar —le dijo. La había encontrado.«¿Cómo diablos?» Hermac Levantó su mano derecha, sostenía un arma.

 

Hermac

 

Hermac apuntaba con el arma la frente de Andrea, casi dispuesto  disparar, pero miró  sus ojos; tenían dentro las estrellas. « No solo tiene el firmamento en sus ojos, también es hermosa ». Comenzó con su característico y divagante discurso; el que recitaba antes de dar muerte. Andrea no se movía, miraba directo a los ojos de Hermac.

— ¿Habrá  tantos  yo, o tantos tú  como estrellas en el cielo? —preguntó Hermac a Andrea. —Hermac creyó que se quedaría callada, pero no fue así.

—Solo alguien que viaje en el tiempo podría encontrarse tantos yo, o tantos tú como estrellas en el cielo —dijo la chica. Y Hermac quedó deslumbrado.

—Qué lástima, yo lo soy, y creo que solo un yo viaja en el tiempo. En fin, una lástima. Porque tú solo eres una; ya no habrá más.

Hermac, distraído por lo que miraba en los ojos de Andrea, no se percató del asfalto lodoso. Dio un paso al frente para acercarse más y el pie derecho se hundió.  Andrea lo sorprendió derribándole  el arma rápidamente, cayó justo en sus pies y Hermac resbaló al intentar equilibrarse en el suelo lodoso. Andrea levantó el arma y apuntó. Los ojos de un verde claro miraron por un momento a los de Hermac, el cual sonrió. La lluvia helada arreció cayendo sobre ellos. Andrea sintió frío, la mano del arma le temblaba…

 

Hermac

 

Llevaba dos armas colgadas del cinturón negro: a la izquierda un láser, y a la derecha una enorme pistola automática de metal gris azulado. «Está listo para la batalla». Pensó Hermac.

— ¿Y el caballero del tiempo? —preguntó el mago.

—Viva —fue la simple respuesta de Hermac.

—Esa ecuación, a la cual viajaron, no puedo encontrarla —dijo el mago. Hermac hizo ademan de preparar su arma—. Supones que te concederé el honor de un duelo, no tengo motivo para hacerlo. ¿Por qué no habría de matarte en este preciso momento? —Movió la mano derecha y Hermac se vio de pronto apuntado por un laser.

—Mátame, si quieres —le dijo Hermac, encogiéndose sarcásticamente de hombros, con una sonrisa que puso nervioso a el mago—. Pero antes, explícame las cosas.

— ¿Por qué has venido Hermac? ¿Por qué no esconderse en el tiempo?

—Porque me caes bien, fuiste mi maestro y me salvaste la vida. Te admiro, tú eres el Hacedor de Tiempo, lo sé. Un simple mortal con la mente de un antiguo creador. Tú destruirás y construirás. Y aunque no te guste, creo que no eres un ser malo, si no lo contrario, solo que no te rigen las leyes del bien y mal convencionales. ¿Tú encontrarás y te batirás con los primeros creadores?

El mago lo miró con asombro y le dijo—: así es, lo haré.

Las armas fueron alistadas, el mago de deshizo de todas, menos una, su laser. Hermac hizo lo mismo.

—No estás en mis ecuaciones, tienes que morir, o tu darme muerte —dijo el mago.

—Bien.

Hermac  retrocedió un paso, tomó y preparó velozmente el laser. El mago le sonrió. «Será fácil». Se dijo Hermac. Trató de recordar los consejos de su maestro, con el cual estaba a punto de batirse a muerte pero, de modo extraño, recordó los rostros  de sus  muertos; cada uno de ellos. De pronto tenía mucho miedo. Hermac logró hacer una ecuación mental, sin necesidad del computador del brazalete, sonrío, le deseó suerte a Andrea. Y también le sonrió al mago, el cual levantó el arma para disparar, Hermac también lo hizo. Luces mortales los cruzaron a ambos. Todo acabó. Hermac sentía como si una lluvia helada callera sobre él, y frío, mucho frío.

 

El Hacedor de Tiempo.

 

Andrea despertaba cada mañana, afuera ya estaba nublado. Salía desnuda para que la lluvia acariciara su cuerpo. De sus ojos, verde cristal, también llovía.

—Ven le decía Hermac desde el lago.

Andrea lo miraba dentro del agua azul, Hermac le extendía una cálida mano, ella se dirigía hacia él. Hermac, con su sonrisa sarcástica hacia la vida, se echaba su pelo negro hacia atrás.

No salgas del lago, o te encontrará —le decía. Luego se sumergía para no salir hasta el alba del día siguiente.

Desde la partida de Hermac no había podido abandonar su lugar secreto, lo extrañaba. La cosa más inesperada sucedió; se enamoró de él. Aquél día de lluvia helada  ninguno fue capaz de disparar. Mandaron al diablo la existencia completa y se dedicaron el uno al otro. Un día Hermac, de manera intuitiva, encontró como localizar el lugar secreto del mago, aquél en el que durante tantos años se había escondido. Creyó que su maestro era el Hacedor de Tiempo. A Andrea le parecía imposible. Una mañana Hermac le sonrió.

—Es él o tú—le dijo. Preparó su arma y desapareció sin más.

Andrea corrió hacia la cabaña, donde había guardado su brazalete. Tenía que seguir a Hermac y ayudarle, pero desde antes de entrar ya tenía la extraña sensación; el brazalete no estaba. Quedaría atrapada en aquella ecuación de Tiempo.

Pasaron días, muchos. Una tarde apareció un hombre frente a ella. La presencia era fuerte, lo identificó al instante. Las lágrimas corrieron por sus ojos.

—Tú, estás vivo.

—Y tú también, como debe de ser.

—Eres el Hacedor de Tiempo.

—Oh, un apodo que me gustaría llevar pero, al igual que Hermac, estas equivocada, yo no soy ese ser. Me dicen el mago, pero ese tampoco es mi nombre, ni este mi verdadero cuerpo. Yo vengo de una estirpe antigua, de los primeros creadores. En aquel lugar en la oscuridad del tiempo se me llamó Ildur, y aún una ecuación de mi creación es perseguida por mis hermanos, los cuales me creen eliminado. Mi linaje, los Zhen, me dieron por muerto; arrojé mi cuerpo directo a la telaraña del Tiempo.

Andrea sintió que el ser la miraba con adoración, y ella lo miraba a él con rabia. Comenzó a notar un cambio en su interior; el universo que crecía dentro de ella despertaba. Se llevó las manos a su vientre, estaba hinchado…

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Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

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