Relato 17 - Las cosas han cambiado

Los párpados de Cayetano volvieron a caer vencidos por el cansancio. Su cabeza de hombre de campo, curtida por mil vientos, volvió a reclinarse hacia delante. Pero justo entonces, se repitieron los tres golpes contra la puerta de la celda y, a continuación, los ojos de buey del techo volvieron a encenderse.

Cuando la luz volvió a apagarse, el chirrido estridente de la megafonía precedió al mismo mensaje que ya había oído decenas de veces. «¿Por qué?», gritó una voz que no pudo identificar si era femenina o masculina, pero en la que apreció una cierta tendencia al ceceo. «¿Por qué los mataste?», y tras la pregunta, miles de imágenes de liebres despellejadas y ennegrecidas por un avanzado estado de putrefacción se proyectaron de nuevo en las paredes y en el techo al tiempo que giraban a una velocidad vertiginosa como una especie de tiovivo. Cayetano apenas pudo contener un gemido más propio de un niño pequeño que de un hombre de cuarenta años al tiempo que se mordía los puños hasta traspasarse la piel, encallecida por el uso del legón, con los incisivos.

Pese a que no podía calcular con exactitud la frecuencia con que se repetía aquel suplicio, ya que lo primero que hicieron, tras detenerle, fue confiscarle el reloj y la pequeña navaja que llevaba encima, sí que pudo comprobar, al menos, que el espacio de tiempo entre una sesión de preguntas y otra era cada vez mayor. Y, de ese modo, llegó a un extremo en que el daño que le habían infligido se convirtió en agotamiento y éste le indujo a un sueño corto pero intenso.

 Fue entonces cuando volvió a revivir todo cuanto le había sucedido hasta ser detenido y confinado a aquella prisión. Las risas, los vinos en la tasca del pueblo, el viaje en el camión de su vecino Evaristo hasta el coto de don Matías, la vuelta a casa y el aroma a romero del guiso con las piezas cobradas, las conversaciones con su madre en la cocina: todo se representó con tanta fidelidad en su imaginación que incluso esbozó una sonrisa. Pero también, como uno más de aquellos recuerdos, acudió a su mente la advertencia de su vecino, cuyo alcance no llegó a comprender en su día y que ahora, como un escalofrío, se apoderaba de su mente.

— Las cosas van a cambiar, Cayetano — le había advertido Evaristo cabizbajo y con una sonrisa compasiva mientras tomaban café en un bar de carretera de regreso de la última cacería—. Esa gente de la capital, esos jóvenes tan raros, algún día nos van a dar un disgusto.

Se refería a los miembros de Redención Animal, un partido cuyo fin no solo era prohibir el consumo de carne y de pescado cuando alcanzasen el poder, sino castigar todos los atentados que, según ellos, se habían perpetrado contra la fauna: desde las granjas avícolas hasta, cómo no, el pasatiempo favorito de Cayetano: la caza.

Y la premonición se hizo realidad en muy poco tiempo. En apenas año y medio, de las sentadas y las vigilias en los arcenes de las carreteras contra el sacrificio de aves, reses y corderos en los mataderos, dicho partido pasó a convocar los mítines más concurridos de la campaña electoral, pues los asistentes ya no eran unos pocos excéntricos que se abstenían de consumir cualquier producto que contuviese grasa animal o incluso leche; ahora eran familias enteras las que, como San Pablo en Damasco, creían, por una especie de revelación, haber descubierto que el origen de todas sus enfermedades era una alimentación errónea basada en el sacrificio de seres vivos. Por eso, como si se tratase de un dogma de fe, acataban los preceptos de Redención Animal con inquebrantable lealtad.

Sin embargo, y a pesar de que, sin duda, era ya la fuerza política más importante del país, el único partido que velaba por los animales, como se definía a sí mismo, tuvo que pactar con otras agrupaciones para poder alcanzar el poder tras las elecciones. Una condición que no supuso ningún obstáculo para alcanzar dicha meta, ya que tanto Redención Animal como sus futuros socios de gobierno aparcaron sus diferencias ideológicas para alcanzar el consenso necesario.

Lo que ocurrió durante los primeros meses de gobierno fue una auténtica pesadilla para hombres como él, labradores e incluso jornaleros, para los que la caza había sido un hábito que les habían inculcado desde la más tierna infancia, ya que fueron detenidos, procesados y encarcelados sin que apenas se les respetase el derecho a una defensa justa.

De nuevo, los tres golpes de rigor en la puerta le sobresaltaron y lo previnieron para el suplicio de las proyecciones y de las preguntas. Pero en vez de eso, la puerta se abrió de par en par e irrumpió a través de ella una guardiana con una bandeja de plástico en la que había un par de trozos de pan y un tazón con un líquido amarillento y tibio.

—¡Venga, tómate esto! —le espetó con antipatía la funcionaria, una mujerona de voz varonil con el cabello cortado a ras de cacerola y unos brazos robustos llenos de tatuajes.  

Pese a que el asco y el miedo le impidieron en un principio probar aquella bebida, la mirada inquisitiva de la guardiana y la certeza, tras acercar la nariz al recipiente, de que se trataba de una manzanilla, le obligaron, aun sin ganas, a mordisquear uno de los trozos de pan y  a beberse la infusión de un par de tragos.

—Y ahora al patio, a tomar el aire. —le ordenó la funcionaria con una sonrisa maliciosa cuando terminó de beberse la infusión.

Cuando salió, la puerta chirrió tras él hasta cerrarse con un estruendo. Mientras avanzaba por el pasillo, sintió una corriente de aire que, conforme se iba acercando a la salida, se iba imponiendo al denso olor a desagües que pugnaba con la lejía con la que habían fregado el suelo minutos antes.

 Ya en el patio, y pese a que ya era casi de noche, la luz diurna le obligó a entornar los ojos. Tras acomodar la mirada a la nueva iluminación, distinguió una figura vestida con un mono de trabajo de color blanco que se hallaba en el otro extremo.

—¡Eh, tú, mataconejos! —le gritó el individuo del mono, que se afanaba por dar brochazos a la pared.

Cayetano no contestó. Aguardó a que el hombre se acercase para esbozarle una sonrisa.

—¿No me has oído? —le preguntó cuando llegó hasta él al tiempo que entornaba los ojos en una mirada desafiante— ¿Por qué te ríes?

—Me llamo…

—¡Tú te llamas lo que a mí me sale de los cojones! ¿Me has oído, mataconejos? ¡O te pego una ostia que te arranco el cabezón ese de paleto que tienes, gilipollas! —le interrumpió con un alarido al tiempo que le agarraba del cuello con la mano derecha tras arrojar con rabia la brocha.

Cayetano intuyó que se trataría de otro preso que, como él, se hallaba aislado del resto de los internos. Pero los tatuajes carcelarios de sus manos, hechos con bolígrafo y alfiler, y las cicatrices de su rostro, huellas de mil peleas, le revelaron que podría causarle problemas tanto dentro como fuera de la cárcel pese a ser más bajo y menos corpulento que él. Por lo que, tragando saliva y esbozando una sonrisa, bajó la cabeza con sumisión.

—¡Buen chico! —le dijo el interno al tiempo que le propinaba un par de pescozones como si fuese un San Bernardo, tan enorme como manso.— ¿Quieres un cigarro? —preguntó sacando del mono un paquete de tabaco rubio.

Respondió asintiendo con la cabeza al tiempo que se esforzaba en volver a sonreír a pesar de que tenía los ojos bañados en lágrimas.

—¿Sí? —le preguntó con un tono de tristeza burlona— Pues que te compre tabaco tu parienta, como hace la mía, o, mejor, ¡tu puta madre! —añadió estallando en carcajadas al tiempo que le propinaba un bofetón que le hizo perder el equilibrio.

Cayetano comenzó a gemir como un niño y a morderse los puños hasta hacerlos sangrar.

—¡Venga, hombre! No te pongas así. Si al fin y al cabo los dos estamos aquí por lo mismo. Bueno, casi —dijo con una sonrisa torva—. A ti, según me ha contado un pajarito, te trincaron por matar conejitos; y a mí, en cambio, por mi afición al pescado. Porque a mí el pescadito me gusta mucho, pero mucho, mucho, ¿sabes? Sobre todo las ‘pececitas’ que tienen dieciocho añitos y visten un chándal bien ajustadito, huelen a sudor y corren de noche por lugares solitarios que yo conozco muy bien. Entonces, servidor solo tiene que esperar bien escondido, y cuando menos se lo esperan, acercarse por detrás, sacar la ‘chori’, ponérsela en el cuello así —añadió apoyándole los nudillos en la yugular— y… ¡a cenar! Y cuando he terminado, pues ya sabes: no hay que dejar que luego se vayan de la lengua. Después, pues lo de siempre: a ellas las encuentran en un descampado semanas después, dan conmigo, pido perdón a las familias, juicio, quince años que luego no son ni cinco, bis a bis con la chorba los fines de semana, permisos, que si te enseñan un oficio y cobras unos talegos… ¡Y a casita!, a celebrarlo por todo lo alto con los ‘coleguitas’ y la familia con una buena comida, ¡y que no falte la música y el cachondeo! —concluyó entonando unas coplas y acompañándose de las palmas.

Cayetano tenía la mirada perdida y la boca entreabierta. La entrepierna de su pantalón estaba mojada y un escalofrío acompañado de un temblor recorría su cuerpo de cintura para abajo.

—Pero no te preocupes, mataconejos, que aunque me voy pasado mañana, no tardaré en volver para hacerte compañía, por muy poco tiempo, eso sí. Ya verás lo bien que lo vamos a pasar cuando vuelva y te cuente mis nuevas aventuras —añadió sonriendo al tiempo que le propinaba un par de bofetadas—. Te vas a morir de impaciencia por volver a verme. Ahora bien, tú, hasta entonces, aquí, como los niños buenos: a chupar trena. Porque tú, querido mataconejos, vas a estar mucho, pero que mucho, mucho tiempo. ¿Y sabes por qué?

Sin variar la mirada, reflejando en el rostro una expresión en la que se conjugaba el terror y la ignorancia, se limitó, por respuesta, a negar con la cabeza.

—¿No?, ¿no lo adivinas? ¡Porque las cosas han cambiado, imbécil!

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