Relato 17 - El rostro en la nube

 

EL ROSTRO EN LA NUBE

 

Irdogo repasa una vez más la línea vital de Laura. No hay manera. No hay por dónde cortarla. Es una vida maravillosa. Sentado en el puesto VI de la sala de control, entre Maruga y Fesaro, tan parecidos físicamente a él mismo, se pregunta si su propia biografía guardará alguna diferencia con la de las gallinas ponedoras, esas que los humanos meten en cubículos tan estrechos que su existencia se reduce a formar un huevo tras otro, hasta que la locura afecta a su única capacidad apreciada por el hombre, y son entonces sacrificadas, de forma que otra gallina ocupa su lugar inmediatamente, y la producción sigue tal cual. Irdogo alza su mano y toca la nube de polvo de fremario en la que está proyectada la cara de la mujer. Observa su mirada, limpia. Percibe sus ilusiones. El guardián no es capaz de albergar ilusiones, no está en su naturaleza, pero lleva eones cotejándolas. Laura sosteniendo a su primer hijo, recién nacido. Sufriendo un ataque de risa por una tontería que le ha dicho una amiga. Besando a su décimo octavo novio, el que sería su gran amor. Pidiéndole perdón a su padre, minutos antes de que éste muera, tranquilo y pleno. El fremario reacciona al tacto y rehúye su mano. Fesaro, su metódico compañero de puesto, sale de su trance habitual y se vuelve hacia él.

 

—¿Qué estás haciendo? Estás bajando la media de sala otra vez, ¡corta ya!

 

—¡Déjame en paz, Fesaro! Tan sólo quiero cortar por el lugar idóneo, creo que ésta línea vital es importante, nada más. ¡Ocúpate de las tuyas!

 

—Llevas un retraso de dos troncales, Irdogo, tus ramales de destinos son cada vez más abiertos, ¿es que te tengo que recordar cuál es nuestro trabajo? —le espeta Fesaro subiendo el tono, de forma que Maruga les mira atento.

 

—Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes, voy a dejar apartada esta línea y luego la corto, ¿qué quieres, Maruga, te pasa algo? —A Irdogo no le cae bien Maruga, es una “rata de caño”, como dirían algunos humanos, a Fesaro puede permitirle cierto paternalismo, al fin y al cabo es varias generaciones mayor que él, pero no piensa tolerar que el ruin de Maruga le mire inquisitivo.

 

—Sólo te diré que no voy a cargar con tus culpas como la última vez, hermano —le responde Maruga, volviéndose hacia la nube que tiene delante, en la que aparece un bebé sano y juguetón.

 

—Te he dicho que no me llames hermano, que fuéramos expulsados del útero de la Gran Madre junto con otros cinco mil el mismo día, no me hace más hermano tuyo que de Roarpo o del Maestro, creo yo —le responde toscamente Irdogo a su compañero de sala—. De hecho, estoy seguro de que estábamos en lados opuestos del Santo Útero, ésa es al menos mi esperanza. —Y retorna su mirada a la nube gris, que dibuja a una Laura niña, jugando con un cubo de seis colores.

 

—Tan solo cumple tus instrucciones, Irdogo —le reclama más paciente Fesaro, pero aquél ya difícilmente capta el mensaje, puesto que se encuentra otra vez ensimismado, examinando su nube.

 

La niña Laura y su juguete cúbico, junto a Concha, la enorme perra Rottweiler de la familia, de aspecto fiero y carácter bonachón. Irdogo hace un gesto con la mano izquierda y aparecen, tapando las imágenes, las instrucciones del Maestro. Son escuetas. Esta línea vital hay que cortarla antes de los 32 años. El momento se deja a elección del guardián asignado, en este caso, él mismo. Alza la mano derecha y acerca su dedo índice a la imagen de una radiante Laura, a la edad de 31 años, sentada en la butaca de un cine. Será lo mejor. 31 años. Al menos va a disponer de 31 años. Irdogo está a punto de señalar la zona de corte, pero se arrepiente finalmente. Guarda la línea de Laura para después. Al final de la jornada la retomará. Coloca la palma de la mano derecha boca abajo para almacenar la línea de Laura y marca el código de la siguiente línea con la mano izquierda. Aparece Xiao Lan, una menuda mujer oriental. En este caso las indicaciones del Maestro son más fáciles de ejecutar. Debe impulsarla a dejar su ciudad, Nanchang, antes de cumplir los 20 años. El guardián decide estimular su gusto por la música. A los 5 años, su padre le regala un teclado de juguete. A los 8 años comienza a tomar clases en el Conservatorio Superior de Shanghái. La pequeña Xiao Lan se convierte en una virtuosa del chelo. A los 16 años, es una prometedora alumna en el Conservatorio Central de China. Con 18 años, recibe una llamada de Vladimir Jurowski, Director de la Orquesta Filarmónica de Londres. La ha visto tocar y quiere contar con ella. La nube refleja ahora a una nerviosa Xiao Lan atravesando las puertas del vestíbulo del Royal Festival Hall. Allí conoce a su futura mujer. Nunca volverá a Nanchang. Misión cumplida. Según los dictámenes del Maestro.

 

Hace tiempo que Irdogo está teniendo dificultades a la hora de ejecutar las instrucciones de corte. No sabe si los demás sienten lo mismo. No sabe si los demás sienten. A él le han educado bajo las enseñanzas del Maestro, como a todos sus hermanos de prole y a todas las proles que ha dado el Santo Útero, antes y después de que él existiera. Los guardianes tienen la sagrada misión de velar porque los díscolos humanos respeten la profecía de Numora, el Primer Maestro. En su Libro, el Primer Maestro recogió las líneas vitales de todos ellos, que forman un universo de ramales que parten del tronco central, al que deben volver en el Día Oscuro. La etapa del libre albedrío de la especie humana abrió un sinfín de ramas que la alejan del destino que le corresponde, y los guardianes son los encargados de devolverla a su lugar natural en la Historia. Para ello fueron creados por la Gran Madre. Irdogo ha cumplido siempre de manera disciplinada con su trabajo, hasta que atisbó el rostro de Laura en la nube, hace ya un tiempo. Sus ojos parecían devolverle la mirada. No puede explicar qué tenían de distinto estos ojos marrón claro, que aparecían levemente cansados en aquella imagen, de los otros tantos millones que había ojeado. Ese día sus instrucciones competían a alguien cercano a Laura, pero fue ella quien captó su atención. Sus ojos sonreían. Sí, eso es. A pesar de la fatiga que transparentaban, sus ojos seguían sonriendo a su padre, acostado en una cama de un hospital. Irdogo deseó que le miraran a él. Guardó entonces la línea vital de Laura y la ha estado contemplando ciclo tras ciclo hasta hoy, día en que el Maestro le ordena cortarla. Laura no habrá tenido hijos, no habrá sentido la felicidad de un amor que se prolonga por décadas, no habrá abrazado a su hermana tras la muerte de su madre. Los ojos de Laura son la prueba de que el Maestro se equivoca. Esta vida debe vivirse completa. No le importa lo que diga el Libro, no puede despedirse así de ella, es más, no puede ser él el que corte su línea. Con un gesto de su mano, Irdogo vuelve a la rama de Laura, introduce un pequeño cambio a la edad de 71 años, y borra de la nube la imagen de su rostro. Ya está. Ha desobedecido las instrucciones del Maestro. No sabe si se ha hecho alguna vez. No sabe siquiera cómo ha encontrado el valor para hacerlo. El guardián siente un hormigueo que le recorre el cuerpo. ¿Qué pasará ahora? ¿Será posible burlar las órdenes del Maestro? Irdogo sabe que sus actividades en la sala son revisadas por el Yoderón, pero tiene que intentarlo. Sí, lo que está experimentando tiene que ser algo parecido a la felicidad, porque por primera vez en toda su vida, está sonriendo.

 

La jornada termina sin novedad. El Yoderón envía los informes de fallos detectados en los proyectos desarrollados por los guardianes. Afortunadamente, el puesto VI sólo recibe una notificación por exceso de tiempo medio de resolución, pero nada sobre su recién gestada rebelión. Laura está a salvo, por el momento. Irdogo se siente profundamente aliviado. Demasiadas emociones humanas para ser digeridas en un solo día. ¿Cómo pueden aguantarlo ahí abajo? Los guardianes eliminan las nubes de sus perfiles hasta el día siguiente. Sin moverse de sus puestos, a los que están permanentemente unidos por sus axones, se acomodan en sus cubículos y se disponen a dormir. Irdogo tiene la esperanza de soñar con ella, le ha ocurrido otras veces. No sabe si el Maestro monitoriza también sus sueños. A través del axón, el mismo cable que le alimenta y que le permite vivir, aquél puede acceder a sus pensamientos, pero espera que éstos no tengan ningún interés para él.

 

La iluminación de la sala se mitiga. Irdogo mira a su derecha y contempla al viejo Fesaro. Se descubre agradecido por tener un compañero que se preocupe por él. Si hubiera vivido su propia línea con un Maruga a cada lado, habría preferido lanzarse al Abismo de Sikrid.

 

—¿Te encuentras bien, Irdogo? —le pregunta Fesaro desde el puesto VII.

 

—Mejor que nunca, hermano. —Puede percibir la mirada gélida de Maruga en su nuca—. Es tan solo que a veces pienso que todo esto carece de sentido, si a los guardianes se nos permite tener un poco de sinceridad antes de dormir. —Fesaro parece no dar crédito a lo que está oyendo.

 

—Irdogo, si de verdad eres mi hermano tienes que dejar de complicar tu suerte y la nuestra —le responde visiblemente nervioso.

 

—Lo siento, compañero, pero hoy he encontrado en los ojos de una humana mucha más verdad que en todo el Santo Libro —dice susurrando, aunque nada más salir las palabras de su boca no las reconoce como propias. Antes de que pueda desdecirse, Fesaro le coge de la mano.

 

—Por favor, Irdogo, llevo en este puesto mucho más tiempo que tú, ya he escuchado antes esas palabras y créeme, no acaba bien. Descansa, mañana verás las cosas de forma diferente.

 

Irdogo quiere replicarle que hoy se ha descubierto más pleno que en todo el tiempo que lleva en la sala de control, que si pudiera pasar un solo día con la humana, tocarla, hablar con ella, sentir su calor, cortaría el axón con sus propios dientes, aunque eso supusiera su muerte, pero la imagen del Maestro envuelta en el polvo de fremario lo interrumpe.

 

—Guardián, el Yoderón ha detectado una falta grave entre los proyectos que ha acometido hoy, concretamente en la línea 440427078WA9, ¿puede deberse a un error? —El rostro acre del Maestro escudriñándole desde la nube, provoca que sufra un breve colapso en la corriente del axón, causándole un espasmo.

 

—Maestro, tendría que repasar los proyectos de hoy, ¿a qué línea se refiere exactamente?

 

—Es extraño que no recuerde esa línea, Irdogo de Sikrid, dado que la ha revisado en el último eón casi un millar de veces, ¿esa es su manera de honrar al Primer Maestro, guardián? Proceda a cortar la línea 440427078WA9 inmediatamente. —El rostro de Laura aparece de nuevo en la nube, acompañando al del maestro, en el marcador, la edad de 13 años. Irdogo sabe que no le queda mucho tiempo, un crimen como el que ha cometido no puede ser tolerado dentro del hermetismo de una sala de control. —¡Guardián, proceda a cortar la línea!

 

—Maestro, le suplico que me permita cortarla más tarde. —No espera en realidad ninguna respuesta del Maestro, sólo intenta apoderarse de unos pocos segundos para valorar las distintas opciones.

 

—Hermanos —se pronuncia el Maestro—, tenemos aquí a un guardián del Árbol que no ha entendido cuál es nuestra sagrada misión, ¿alguien puede recordárselo?

 

—Los humanos son nuestros hijos —por supuesto, es Maruga el que comienza a recitar—. Son también nuestros padres. Nuestra misión es proteger la circularidad del Universo. Preservar el origen y el fin de la raza humana es defender el nuestro y el de todos los seres que forman el Círculo.

 

—En efecto, por ello debemos seguir las enseñanzas de Numora en cada vuelta, para que el recorrido del Círculo se complete, para ello fuimos todos creados por la Gran Madre. Ahora, guardián, corte la línea.

 

Irdogo no escucha las últimas palabras, ha elegido la mejor opción. Mientras su hermano de prole hablaba, ha modificado la codificación de la línea vital de Laura, ahora agarra con ambas manos su axón y lo arranca del puesto, vertiendo el contenido por encima del tablero que genera la nube. Las imágenes de Laura y el Maestro se desdibujan, tras temblorosas interferencias. El Maestro grita pero su voz no llega a la sala. El líquido corrosivo que viajaba dentro del cable de vida que era el axón supone el fin de la información que recogía el puesto VI.

 

La última figura que ve Irdogo es la de la Laura niña, rodeada de amigos en una fiesta de cumpleaños, feliz. Él comparte esta felicidad. Finalmente le ha encontrado sentido a su misión. Imagina que Laura vive su vida plena, que todos los informadores del Maestro no son capaces de rastrear el código de su nueva línea. Que se enamora, tiene hijos, asiste a la muerte de sus padres. Y vive libre, como ahora es él.

 

Muerto ya el guardián, el Maestro aparece en todos los monitores de la sala de control. Sus hermanos, aún sobrecogidos por lo ocurrido, se vuelven hacia las nubes para escucharlo.

 

—Yoderón, la sala ha quedado contaminada por pensamientos indebidos, proceda a la desconexión de todos los axones. —Y tras estas palabras, se hace la oscuridad en la sala de control.

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