Relato 16 - La noche sin luna y sin estrellas

Maha

 

Maha fue hacia el mundo de las almas. Iba vestida con ropas de muy único estilo, incluso un poco arrugadas. Se instaló primero en un plano del mundo vivo, en una morada hecha de cánticos de querubín. En la mirada denotaba conocer varios infiernos, se le notaba en los pensamientos complejos. Hoy, sin embargo, algo captó su atención, durante la noche un viento del oeste azotó sus ventanas dejándolas perladas de diminutas gotas heladas; le parecieron cientos de ojos mirándola. Sintió por un momento que contemplaba todo su interior desplegado en un frasco, recuerdo de lo que sucedió antaño: en cada gota una imagen, en cada diminuta semiesfera una idea, un pensamiento,  una sensación, un sentimiento o recuerdo. Ahí estaba ella inundándose con su identidad melancólica; tanto tiempo ignorando sentimientos.

 

Sus ojos negros sobresalían de su rostro de piel clara, contemplaban un punto más allá del cristal e incluso más allá de los rayos que emitían nubes negras al colapsar. Sacó un frasco cristalino donde guardaba su esencia perfumada y parte su alma; abrió y capturó las gotas de su ventana. Agitó el frasco con temor de lo que incitaba el violento cielo y dentro se estructuró una figura informe: un demonio de antaño que había incluso olvidado. En un sendero de Tinieblas lo localizó y se dispuso a salir de su morada. Asagh, el demonio, había vuelto y había cruzado Tinieblas para llegar al mundo espiritual de las almas. Flexionó su cuerpo, parecía esculpido en mármol, de piel casi blanca y cabellos oscuros como las nubes del cielo. Su ropaje vibró a las notas que llegaban de más allá del mundo. Extendió sus alas.

 

Tilda

 

Antes a Tilda le daba miedo la oscuridad pues era una niña de ocho años, y no se acostumbraba a ella. El suelo lodoso en sus pies descalzos le parecía frío, como todo lo que tocaba últimamente.  Siempre estaba oscuro, o incluso más oscuro. No recordaba la última vez que probó bocado. Antes prefería los panecillos de naranja por sobre todas las cosas, ahora apenas los recordaba. Una picazón en el pecho, el cuello y la sien derecha, hizo que llevara sus uñas mugrientas a esas zonas y rascara sin parar, las observó con algunos cueros que se desprendieron de la piel. Recordaba que antes tenía una familia, tal vez hasta unos hermanos, pero esas memorias venían acompañadas de dolor; memorias muy vagas y que desaparecían cual sueño al amanecer. Observó las lápidas, de algunas salían almas sombrías con cánticos dolorosos a deslizarse sobre la niebla hasta donde su ectoplásmico hilo les permitía llegar. Por instinto buscaba la luz, la cual se le negaba. Mientras más permanecía en el mundo de las almas más se atrofiaba; terminaría por podrirse, si es que antes no la devoraba algún demonio de lengua larga. Antes a Tilda la adoraban los gatos, ahora, los felinos habitantes del panteón trataban de agredirla, como si odiaran su presencia; las garras felinas le arañaban la piel y enterraban sus dientes puntiagudos quedándose con restos de su plasma hasta que se armaba de valor y los golpeaba, los gatos reían.

 

Una presencia la alertó en el pensamiento, y una criatura de fauces grandes y acolmilladas pareció interesarse en ella, o en lo que quedaba de ella. Se internó en un callejón del enorme cementerio, en la parte más oscura. La criatura gris de piel babosa y lengua larga comenzó a perseguirla, parecía hambrienta. Tilda corrió hasta donde su hilo ectoplásmico la dejó, se acurrucó en una esquina y cerró sus ojos rogando no ser devorada.

 

Asagh

            En el transitado sendero de Tinieblas, Asagh el demonio, no era bienvenido, pero era poderoso y podía ocultarse para poder alimentarse solo de las almas con más luz, así que lo cruzaba con miradas reprobatorias pero sin ser molestado; se le permitía alimentarse. Asagh fue creado en una era de antaño, de ángeles rebelados ante el creador y de mundos sumidos en la oscuridad. Al demonio no le interesaban esos recuerdos donde obedecía a ángeles rebeldes que lo mandaban a atormentar almas.  Una vez roto su vínculo con la rebelión de las estrellas se dedicó a alimentarse, pues se regodeaba con la luz que opacaba en su interior, y se llenaba de fuerza. El demonio no era de pensamientos complicados, antaño, en otras guerras, se interesaba en ser de cognición rápida, pero fue traicionado por un ángel, ahora era una bestia con un fin, consumir la luz.  Aún lo atacaban recuerdos e imágenes que no había podido borrar, le causaban un tirón de dolor en su mente. Antes Asagh era de complexión más parecida a los seres celestiales que a los infames hijos de la oscuridad. Al llegar al plano de las almas, sentimientos resurgieron y recueros afloraron:

 

Ambos mantuvieron sus miradas, el mundo, el paraíso, el infierno se extinguieron, solo estaban ellos dos, y aquel sentimiento que crecía en sus corazones. A la espalda de Asagh se encontraba una hueste de demonios y ángeles rebeldes, frente a él, Maha, detrás de ella, huestes angelicales listas para la batalla.

El ángel desarrolló egoísmo, y el demonio compasión, ambos se entregaron a aquel intenso sentimiento una y otra vez, hasta que al fin, el destino los descubrió. Maha tuvo que decidir, y decidió la luz y rechazó a Asagh. El demonio creía que no existía paraíso más intenso que el refugio que tenían en el alma del otro. Y no había poder más grande que el saberse soberano en la vida del otro. Superaron mil pruebas, mil artimañas, mil gritos coléricos y mil lágrimas de tristeza, más cada lágrima derramada, cada grito resonando, fortalecieron aquel lazo que nació de la discordia y que superó incluso la propia creación, pero Maha tuvo que decidir.

—Asagh —pronunció Maha, con voz queda, Asagh congeló el momento de esa mirada que no había visto nunca en ella—. Dame tu espada. —Asagh la extendió, los ángeles ya rodeaban a ambos. El demonio ya muy herido comprendió la mirada de su amada. Maha tomó la espada por la empuñadura—. Adiós amor mío. —Atravesó el pecho de Asagh y el alma del Demonio fue sometida. Y ahí quedó, en sendero de oscuridad, en esa Luna helada que apagaba su fuego. Se dejó consumir por la tristeza.

Al finalizar la batalla, con pocos demonios y ángeles rebeldes aun combatiendo sin huir, un ser de inmensa oscuridad levantó a Asagh.

—¿Con que el amor eh?—es lo único que recordó Asagh.

 

Asagh atravesó Tinieblas, quería recuperar su cuerpo de antaño, su forma celestial. Fue a la dimensión de un mundo donde habitan las almas, un espacio de transición, un cementerio. Detectó inmensa luz en un pequeño ser atormentado, de esos que por algún error de entendimiento ilógico celestial se les niega la luz; estaba a punto de ser devorado.  

 

 

Tilda.

 

             Tilda observó la criatura informe que se dirigía hacia ella, no le dio ningún sentimiento, era como si el ser fuera tan vacío como el cielo de esa noche. Pero le recordó a alguien, alguien a quien asesinó en vida, si, ahora recordaba « ¿será un demonio que mandó mi padre? Creo que lo maté » pensó. Gotas gruesas de lluvia golpeaban su rostro. Ahora todo era diferente, y la maldita luz no la aceptaba, la vida misma la odiaba, ahora, ahora que estaba muerta y por una clase de broma celestial había despertado muerta en vida. Salió de su tumba para habitar en un plano diferente. El demonio estaba a punto de alcanzarla con sus garras y su lengua, cuando abandonó su cometido y pasó a una pose de sumisión. Una piernas largas aparecieron frente a Tilda, un rostro de mirada profunda parecido al de los humanos. Este ser era diferente, intuyó que era antiguo y podía sentir un inmenso poder emanando de él. Tilda se aterró aún más.

 

 

Asagh

Una criatura devoradora de luz acorralaba ya un alma de inmensa energía, descendió frente a ella. EL ser que perseguía el alma detuvo su ataque apartándose; ofreciendo su alimento a modo de respeto.  Asagh se sintió estudiado por la mirada del demonio joven de esta dimensión.

—¿Por qué tienes la forma de los antiguos? —le preguntó con voz pastosa el ser maltrecho. Asagh ignoró por un momento el alma de la niña, estiró su brazo tomando la cabeza del ser, apretó, el ser emitió un chillido y se escuchó el hueso resquebrajado. Ahora fue a por el alma la cual le observó con temor. Asagh alargó su extremidad para capturar el alma de la niña, cuando una luz blanca se interpuso entre ellos. « Ese rostro, tan hermoso como siempre » pensó Asagh.  Maha sostenía en mano aquella espada de antaño, que pertenecía al demonio. En este paraje el cielo siempre ocultaba la luna y las estrellas.

 

La noche sin luna y sin estrellas.

 

Tilda volteó al cielo oscuro, no había luna ni estrellas como las del otro cielo donde vivía, pero ahora algo brillaba. Entre ella y Asagh se interpuso una figura de alas blancas, de presencia cálida y una luz que no había visto en este lugar.

 

Maha desenvainó la espada que había conservado de antaño, no pronunció palabra. El demonio se mostraba tranquilo y el semblante, que no tenía nada que ver con el de antes, la atormentó; un flechazo de remordimiento atravesó su cuerpo de ángel. Asagh ahora era más poderoso.

—En verdad lo siento Asagh, tenía que, y ahora también tengo que detenerte.

—Ya no importa —dijo Asagh—. Solo dame mi espada y lárgate de aquí.

—No, espera.

Asagh no esperó y fue veloz. Maha fue separada de la espada. Asagh, espada en mano, miró directamente a los ojos del ángel, el cual brilló mostrando su poder de protección, pero Asagh le atravesó el pecho y el brillo se apagó.

—Ahora estamos igual —dijo Maha a Asagh, para luego dirigirse a Tilda—. No te preocupes, encontrarás la luz, no tengas miedo.

 

Maha había guardado parte de su alma en frasco y la había mezclado con las gotas en un intento de salvar parte de su esencia, guardó un poco de fuerza para el momento preciso.

 

Asagh separó la espada del pecho del ángel, mientras observaba en los ojos de Maha como su alma se perdía. Se abalanzó sobre Tilda.

 

—Te salvaré de este horrible lugar, aunque dejarás de existir. —Asagh notó que el espíritu de la pequeña no le tenía miedo, pues se aferró a las palabras de ángel. Asagh sonrió y cortó el cuerpo de Tilda para luego consumir su luz y recobrar su forma. Los pedazos restantes trataron de comerlos los demonios que se acercaban hambrientos, Asagh los mató también. El demonio haría un tiempo de este paraje su morada, estaba sereno.

 

 

 

La Luz.

 

Caminó durante la húmeda noche por un bosque y un sendero de colores, y de calles mojadas donde se reflejaban bancas vacías y lámparas iluminadas. Al final del camino la esperaba un anciano, con cara de antes, de holgada y desgastada túnica y de zapatos rotos.

—No deja de llover, malditas gotas malvadas —pronunció con voz rasposa el anciano que se encogía del frío—, no dejan de caer.

—Yo he encontrado unas gotas diferentes —dijo Maha con voz dulce, y con educación de antes. ¿No las quiere usted? —El anciano la miró fijamente, tratando de recordar algo que se le perdió en la oscuridad de su mente.

—No, no las quiero, la verdad es que no haré nada con ellas. Solo seguiré mi paseo. Oiga, pues muchas gracias, —el anciano mostró una sonrisa—. Continuaré con mis gotas, las continuaré cogiendo en frascos. Ya están las malvadas en acción.

— ¿Por qué llama malvadas a las gotas de lluvia, porque nos mojan? Tú has creado los cielos para verme sonreír. Con sus estrellas. ¿Lo recuerdas?

— ¿Recordar? ¿Cómo le explicas a un ciego lo que no puede ver? ¿Hija, no quieres un paraguas?

Maha lo Haló de la túnica, con sus fuerzas y esoterismo, dejó el frasco en el compartimento del saco, donde el anciano guardaba los recuerdos. Resbalaron las lágrimas. Y respondió a las preguntas.

—Algunos pretenden paraguas, otros aleros, pero yo no uso nada. Unos esquivan los charcos, otros los brincan, yo me mojo los pies en ellos sin botas ni zapatillas, yo ando descalza. Maha se veía hermosa en un vestido largo de azul claro, le quedaban bien a sus pies blancos. Lo que está en el frasco para algunos son gotas, para otros lluvia o un lago, pero para mí, es un alma inocente que necesitarás; la encerré ahí para ti.  Eres un anciano, un terco y un ciego al mismo tiempo…

 

Continuaron discutiendo en su larga garla, en un paraje donde van los seres que se les ha abierto la luz para ascender.

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