Relato 16 - La Ley
I got my bell,
I'm gonna take you to hell
AC/DC
Antes de las dos de la tarde del primer domingo de cada mes, todos los miembros de la familia, bajo la amenaza de ser expulsados inmediatamente de la casa en la que vivíamos, teníamos que entregar al tío Luís la cantidad que cada uno de nosotros tenía asignada. Esto era lo que decía la Ley. Si bien, no siempre se aplicaba al pie de la letra. O, al menos en una ocasión, el tío Luís decidió no aplicarla conmigo.
El primer domingo de un mes me retrasé en entregarle la cantidad que me correspondía, y, aparte de una monumental bronca que me llevé tanto de él como de su mono −no dejó en ningún momento de mostrarme amenazante sus dientes como si estuviera dispuesto a saltar sobre mi cuello en cualquier momento−, el tío Luís me concedió un nuevo plazo. Pero esa vez sí, bajo la amenaza explícita de que, si ya no cumplía con mi obligación, me expulsaría definitivamente de la familia y tendría que intentar arreglármelas por mi cuenta.
−Y ya sabes cómo están las cosas ahí afuera –me advirtió.
No sé porqué el tío Luís me concedió otra oportunidad. No sé si fue porque le agradaba personalmente, porque hasta ese momento nunca le había fallado o si porque, como parecía, a su mono le relajaba escucharme tocar la guitarra. El caso es que me dio una semana más de plazo para que le consiguiera exactamente el doble del dinero que, en realidad, le debía hasta ese momento.
Desde que tengo uso de razón, me he buscado la vida tocando la guitarra por las plazas de San Juan. Sabía de sobra que en una semana no conseguiría el dinero que me pedía el tío Luís, ni siquiera aunque me parara a tocar en todas las terrazas. La única solución que se me ocurrió fue intentar convencer a Luismi, a Richard y otros cuatro o cinco primos para que me prestaran el dinero.
Aunque me costó convencerles (con uno me comprometí a limpiarle los zapatos todas las mañanas, a otro le di en prenda todos los rollos de papel higiénico que me quedaban y, respecto al resto de los otros cuatro o cinco primos que vivían conmigo en la casa, me avergüenza confesar lo que me vi obligado a realizar), por fin conseguí que me prestaran el dinero. Subí hasta la habitación del tío Luís, donde le gustaba recibirnos sentado sobre cojines igual que un Buda calvo y gordo. Estaba compartiendo una fuente de frutos secos con su mono al que se los lanzaba con una parábola ascendente para que los atrapara al vuelo con su boca, provocando la carcajada incombustible del tío Luís.
−Quiero que sepas que esto no es nada personal –me confesó el tío Luís cuando le entregué el dinero−. Se trata solamente de la Ley. Todos tenemos que acatarla. Incluso yo. Si no queremos acabar igual que los que están ahí afuera, en la calle.
Para demostrarme que no me guardaba ningún rencor, me pidió que tocara con la guitarra la canción favorita de su mono, una versión traducida de las campanas del infierno de AC/DC. El tío Luís y su mono reían y aplaudían igual que un payaso mecánico con su mascota, sin dejar de engullir en ningún momento frutos secos. Era tal el escándalo que tarde en darme cuenta de que en una de estas carcajadas que el tío Luís se atragantó, seguramente por culpa de uno de los frutos secos, y estaba comenzando a asfixiarse.
Con mucho esfuerzo, conseguí ladear al tío Luís, sin dejar en ningún momento de darle golpecitos en la espalda y de pedir ayuda a gritos. Cuando Luismi, Richard o cualquier otro de los cuatro o cinco primos que vivían en la casa llegaron, ya era demasiado tarde: el tío Luís había dejado de respirar.
Tras una semana de luto, en la que teníamos prohibido afeitarnos, cortarnos el pelo y mirarnos en el espejo, todos los primos nos reunimos en el salón de la casa, para decidir quién nosotros se convertiría en el nuevo tío. Después de una votación a mano alzada elegimos como nuevo tío al primo Luismi, o a Richar o a cualquier otro de los cuatro o cinco primos que vivíamos juntos en aquella casa.
Como dice la Ley, en cuanto le nombramos nuevo tío, me arrodille frente a él para besarle la mano. Sus primeras palabras fueron preguntarme dónde estaba el dinero que debía al tío Luís. Intenté explicarle que se lo había dado, precisamente el mismo día de su…, bueno, cuando ocurrió todo. Pero el nuevo tío, no parecía dispuesto a creerme. El dinero no aparecía por ningún lado y yo debía justificar qué había hecho con él. Estaba convencido de que aún lo tenía, porque él mismo contribuyó junto a Luismi, a Richar o a cualquier otro de los cuatro o cinco primos para que yo reuniera el dinero que debía el tío Luís.
−Tienes dos días. Hasta las doce de la noche del martes. Si no…
Si no, sabía muy bien yo que debía abandonar la familia.
−Pero esta vez, para evitar que puedas fugarte sin pagar lo que debes, dejarás aquí en prenda la guitarra.
Vagué por las calles preguntándome qué podía hacer para reunir el dinero. Sin guitarra, estaba convencido de que me resultaría imposible conseguirlo. Pensé que mi única posibilidad podría ser atracar por la espalda a un turista que estuviera sacando dinero de un cajero automático, pero apenas vi ninguno a quién le considerara incapaz de defenderse de mí y, con los pocos que vi, no encontré una ocasión, sin testigos, que me pareciera propicia.
Maldije mi mala suerte, maldije a Luismi, a Richar y al resto de los cuatro o cinco primos que vivían en aquella casa y que se habían convertido en tío, maldije también a todos los habitantes del Cielo y a todos los del Infierno y, sobre todo, al tío Luis que, si no lo estaba, sí que merecía pudrirse en el Infierno por morirse precisamente cuando le estaba entregando el dinero sin ni siquiera haberme dado un miserable recibo que pudiera probarlo.
Tanto estuve lamentándome que creí escuchar la voz del tío Luis. Miré alrededor, pero no había nadie. La voz no parecía venir de ningún lado que no fuera del interior de mi cabeza. Me pidió que entrara en local que había justo a mi espalda. Aunque daba la impresión de que estaba abandonado, en cuanto la empujé, me di cuenta de que la puerta, al menos, estaba abierta. Después de un pequeño zaguán, comenzaban unas escaleras apenas iluminadas por unos fluorescentes que no dejaban de parpadear. Aunque al principio dudé en obedecer, finalmente obedecí a la voz del tío Luís que me urgía a bajar. Cuanto más crujían los peldaños, más aumentaba mi sudoración. Daba la impresión de que cada peldaño que bajaba, subía un grado la temperatura. Abajo del todo, a la izquierda, encontré otra puerta.
La empujé y me encontré con el tío Luis, igual de gordo y de calvo que siempre, sentado como un Buda sobre cojines. Aunque estaba rodeado del resto de tíos y primos de nuestra familia que yo había conocido y que ya habían muerto, lo que más me llamó la atención es que no estuviera su mano.
Sin necesidad de pedírselo, el tío Luís me entregó el recibo.
−Como te dije, todos tenemos que cumplir la Ley, incluso yo.
Toco una campanilla que estaba a su lado y pidió a uno de los primos que habían muerto siendo yo niño que nos trajeran algo de beber.
−Ahora, toca la canción de siempre.
−Pero, tío, no he traído la guitarra.
−Por eso no te preocupes.
El tío Luís volvió a tocar la campanilla y otro de mis primos trajo una guitarra. Aunque notaba el tacto algo diferente, logré tocar una versión de las campanas del infierno de AC/DC bastante digna. Al menos, el tío Luís no notó la diferencia.
−Qué pena que no esté aquí mi mono –se lamentó.
−Tío, no sé cómo devolverte el favor.
−Dentro de un año volveré a verte y podrás pagármelo. Ahora, bebe conmigo.
No sé cuantas horas me pasé tocando la guitarra, ni cuantas jarras de cerveza bebí. Lo único que sé es que debí perder el conocimiento y caer al suelo. Cuando desperté el local estaba vacío, si bien aún permanecían los restos de la fiesta por todos los lados.
Me apresuré a palparme en todos los bolsillos hasta que encontré el recibí que me había dado el tío Luís. Nada más volver a casa, se lo entregué al primo Luismi, a Richar o a cualquier otro de los cuatro o cinco primos al que habíamos nombrado tío entre todos. Al principio miró el papel sorprendido, como si no se fiara de él.
−Algo está mal. ¿Cómo puede ser que el recibí tenga fecha de ayer, si el tío Luís murió hace más de una semana? ¿Nos estás tomando el pelo a todos? ¿Crees que somos tontos?
Pensé en contarle lo que me había pasado, pero deseché la idea, porque estaba seguro de que no me creería. Escuché, entonces, dentro de mi cabeza, de nuevo la voz del tío Luís.
−Creo que ya sé quién pudo llevarse el dinero –dije.
Pedía a mis primos que me ayudaran a buscar la guarida del mono. Miramos en todas las partes, hasta que efectivamente lo encontramos, en un agujero del falso techo del dormitorio del tío Luís, rodeado de un montón de cáscaras de frutos secos. El mono, al vernos, nos amenazó enseñándonos los dientes. Creo que llegó incluso a morder a Luismi, Richard o cualquier otro de los cuatro o cinco primos al que nombramos tío. No supo lo que había hecho. El nuevo tío lo cogió del cuello y se lo retorció, hasta dejarlo inerte.
Allí estaba todo el dinero que me habían prestado. Después de entregárselo a Luismi, Richar o cualquiera de los otros cuatro o cinco primos al que elegimos como tío, me devolvió la guitarra.
Yo puedo seguir tocando por las calles de San Juan. Aunque sé que no será por mucho tiempo. En apenas unos meses vendrá el tío Luís a pedirme que le devuelva el favor. Seguramente aparecerá en mi habitación. Yo estaré yo dormido, oiré dentro de mi cabeza la campanilla tintineando varias veces y, poco después, su voz pidiéndome que abra los ojos. Yo me despertaré tiritando, porque afuera posiblemente estaré nevando. Veré, entonces frente a mí al tío Luís, calvo y gordo como siempre, pero de pie, por primera vez en mucho tiempo y, por supuesto, con su mono, encima del hombro.
−¿Cual es ese favor? –le preguntaré.
−Quiero que te vengas conmigo a tocar la guitarra.
Yo miraré por la ventana y confirmaré que, efectivamente, estará nevando.
−Espera un momento, que voy a coger algo de ropa –le diré.
−No te preocupes: donde vamos, no creo que te haga falta.