Relato 16- Incómoda Conciencia

 INCÓMODA CONCIENCIA

 

Siempre había tenido que hacer chapuzas los fines de semana, con su sueldo y el de su mujer hubieran podido vivir como cualquier familia de su barrio.

Pero ellos siempre habían aspirado a dar a sus hijos la mejor formación posible aunque eso estuviera por encima de sus posibilidades.

Ahora que sus hijos estaban en la treintena, empezaba a tener dudas de que hiciera falta gastar tanto para formar a personas de provecho. Sus hijos eran personas cultas, con cierto nivel intelectual pero desde luego no eran brillantes y tampoco eran ni más felices ni habían conseguido un mejor puesto en la vida, que algunos hijos de sus amigos, en los cuales sus padres no se habían dejado auténticas fortunas en su educación. Claro que a estas conclusiones había llegado ahora, pero dos décadas atrás no opinaba de la misma manera, si hubiera manera de volver atrás tal vez haría las cosas de otra forma.

El único consuelo que tenía era el pensar que sus hijos nunca podrían recriminarle que no hubiera hecho todo lo posible para que ellos triunfaran, si no lo conseguían tenía claro que la culpa no era suya y eso le daba algo de tranquilidad de espíritu. Sus amistades y conocidos nunca se habían explicado de donde había sacado el dinero para llevar a sus hijos a colegios tan exclusivos con los gastos extras que ello comportaba. Pero él, si tenía claro como lo había conseguido, a fuerza de trabajar algunos fines de semana, haciendo trabajos que muy pocas personas en este mundo hubieran sido capaces de realizar.

Ahora tenía ganas de jubilarse, pero sobretodo lo que más ansiaba era dejar los trabajitos de los fines de semana, no podía más y además aquella necesidad imperiosa de dinero para la formación de sus hijos había desaparecido.

Con vistas a su jubilación, la empresa hacía poco que había incorporado a un joven para aprender el oficio y este al contrario que otros que habían pasado por allí, valía de verdad para el trabajo, tenía ganas de aprender y no ponía reparos para según qué tareas, ahogado por préstamos e hipoteca soñaba con encontrar un trabajo para los fines de semana que le aportara unos ingresos extras, pero las cosas estaban difíciles y el ansiado sobresueldo no llegaba.

Todo parecía encajar, uno que quería abandonar ese trabajo extra de los sábados y el otro que estaba deseando pillarlo, teóricamente la solución era fácil, pero en la práctica resultaba de lo más complicado.

Trabajaban en los servicios funerarios de su ciudad, en su trabajo había visto de todo: el dolor auténtico, el fingido y a veces una alegría apenas contenida. Mención aparte le merecían esos desdichados que acababan en tumbas anónimas y de los cuales no se había acordado nadie en vida y mucho menos después de muertos.

El se consideraba y era una persona sensible, en cuanto había el más pequeño percance en su familia o amigos empezaba a sufrir. Pero el trabajo, era el trabajo y había que saber separarlo muy bien de la vida personal, no podía llevarse a casa la pena de otros. Siempre había sido muy capaz de hacer esta separación entre vida y trabajo sin ningún problema. Era fichar en el trabajo y convertirse en un perfecto trabajador, educado pero a la vez muy capaz de realizar sin escrúpulos todo lo que su trabajo requería.

Habían pasado por la empresa trabajadores que se venían abajo al contemplar el dolor de unos padres o al tener que sitio para un nuevo inquilino en un nicho algo concurrido.

No era un trabajo fácil y por eso él era muy valorado por sus jefes y compañeros, nunca se quejaba, tocara lo que tocara hacer. Eso había hecho que cada vez fueran mayores la confianza y responsabilidad que depositaban en él. Por su parte él nunca los defraudaba y cumplía a la perfección su cometido.

Con su trabajo y el de su mujer hubieran ganado lo suficiente para vivir con dignidad pero no para costearles a sus hijos una educación digna de una familia de clase alta. El siempre había pensado que era lo mejor para sus hijos y cuando se presentó la ocasión de conseguir un dinerito extra, no dejó escapar la oportunidad.

Un anuncio suyo ofreciéndose para trabajar de lo que fuese, había llamado la atención de una o más personas, no tenía claro si trabajaba para un particular o una especie de asociación. Nunca había tenido trato directo con él o ellos, solo conversaciones telefónicas con una voz claramente distorsionada. Otro en su lugar hubiera salido corriendo al recibir la primera de esas llamadas, pero él vio negocio donde otros hubieran muerto de pánico, al fin y al cabo él se había ofrecido a trabajar en lo que fuese y el trabajo que le proponían entraba dentro de los temas que él conocía. Solo hubo un instante de duda sobre si aceptar el trabajo o poner en aviso a la policía, pero la avaricia pudo más. También pensó que sería difícil encontrar otro trabajo que dominara como este, llevaba toda la vida dedicándose a lo mismo. Y si bien se daba cuenta que, lo que proponían no tenía nada que ver moralmente con el trabajo que había desempeñado hasta le fecha, el caso es que en los aspectos prácticos era muy similar. El único y terrible gran error que había cometido era el no haber previsto el futuro, el no haber pensado que no podría seguir con este trabajo para siempre y que una vez aceptado, el abandonarlo sería casi imposible sin pagar un alto precio.

El trabajo era sencillo, más que bien pagado y no le ocupaba más de tres horas de algún sábado de tanto en tanto. Los encargos solían tener un frecuencia de una vez al mes, en contadas ocasiones había hecho un par de trabajos el mismo mes.

Siempre se comunicaban con él por teléfono, una breve conversación para indicarle que ese sábado tenía trabajo. El día indicado llegaba muy temprano, antes de que empezara el ajetreo diario, y en el sitio acostumbrado encontraba el cadáver convenientemente metido en su caja. Su trabajo consistía en hacerlo desaparecer en una de aquellas tumbas anónimas donde nunca nadie los buscaría.

Nunca había querido darle excesivas vueltas al tema, no sabía quién era su jefe, ni quiénes eran aquellos desgraciados a los que se encargaba de hacer desaparecer, alguna vez cuando veía las noticias y hablaban de alguna persona desaparecida, se preguntaba si no sería esa persona su trabajo del último fin de semana. Alguna vez había estado tentado de mirar lo que había dentro, pero pensaba que si miraba a lo mejor no era capaz de seguir con el trabajo y no quería ni podía dejarlo, a veces había especulado con la posibilidad de que la caja estuviera vacía y que su jefe fuera una persona dada a la broma o alguien que estuviera haciendo un estudio sociológico para saber hasta donde era capaz de llegar alguien por dinero, pero su experiencia le decía que aquella caja no estaba vacía y que su peso era similar a las que manipulaba durante la semana.

Solo sabía que puntualmente el lunes siguiente a la ejecución del trabajo, se encontraba con un sobre con una escandalosa cantidad de dinero.

 A veces también se había preguntado porque su mujer en tantos años no le había preguntado qué es lo que hacía para ganar ese dinero, se había conformado con la pobre explicación de que eran chapuzas, él pensaba que ella hacía tiempo que se había dado cuenta de que no había trabajo honrado que proporcionara aquellas increíbles cantidades de dinero por tan pocas horas, pero ella al igual que él había preferido mirar para otro lado y no preguntarle jamás por la procedencia de ese dinero que tan bien les iba. Ellos formaban un matrimonio muy compenetrado, su máxima prioridad en esta vida eran sus hijos, de no haberlos tenido no hubieran necesitado tanto dinero, porque no eran personas ambiciosas ni que necesitaran lujos, más bien eran personas sencillas. A lo mejor esta fijación por la formación de sus hijos era una enfermedad, había obsesiones para todo y aunque no había oído hablar de personas capaces de todo por este fin, seguro que debían existir, o no, quizás ellos fueran los únicos en el mundo con esta obsesión y fíjate tú como son las cosas que las dos únicas personas del planeta con este tipo de fijación se habían ido a encontrar, sería aquello de: Dios los cría y ellos se juntan.

Pero ahora ya estaba cansado y quería dejarlo, además últimamente notaba que su conciencia estaba cada vez más intranquila, llevaba demasiados años cumpliendo encargos no quería ni pensar en el número de los que llevaba hecho, siempre había pensado que las personas que hacían desaparecer probablemente no eran buena gente, o sea que imaginaba a su jefe o jefes como una especie de justicieros, pero tenía sus dudas porque a estas alturas deberían tener el país limpio de malvados e indeseables y los encargos continuaban con una regularidad pasmosa. Antes se consolaba pensando que lo hacía por sus hijos, pero de un tiempo a esta parte no encontraba justificación posible y ya no aguantaba más.

Imaginaba que dejar este trabajo le comportaría no pocos problemas y no estaba seguro de cuál sería la mejor forma de proceder, había pensado en aprovechar la próxima llamada de teléfono que recibiera para explicar su decisión e indicar que el podía recomendarles una persona adecuada para sustituirle, no quería imaginar la reacción que podrían tener pero también suponía que ellos debían pensar que no podrían contar con él eternamente y que tal vez ya tuvieran prevista una solución, a lo mejor no era el primer empleado que tenían y ya tuvieran experiencia previa, después de tantos años trabajando para ellos se daba cuenta de que no sabía nada de ellos y que eso era bueno para él, esa distancia que siempre habían mantenido tal vez fuera su mejor medida de seguridad, en este tipo de trabajo cuanto menos sepas, mejor, pero claro estaba el asunto de esas tumbas escondiendo cadáveres que tal vez pudieran sin palabras hablar demasiado si alguien se enterara.

Su ayudante era un buen trabajador, pero más ambicioso de lo que él había sido en su juventud, le gustaban las cosas caras, no dudaba en meterse en préstamos para conseguirlas, tenía unas aspiraciones que difícilmente podría cumplir con su sueldo de trabajador medio, por lo que estaba prácticamente seguro de que aceptaría el trabajo, es más creía que no tendría ni el momento de vacilación que él había tenido cuando se lo propusieron.

Mientras pensaba esto, miraba a su joven aprendiz, asfixiado por las deudas y sé preguntaba si sería seguro hacerle algún comentario sobre el trabajo que tan apropiado veía para él.  A lo mejor lo había juzgado mal, quizás su catadura moral fuera mayor de la que él pensaba y su primera reacción fuera la de salir corriendo a contárselo todo a la policía, en ese caso él se vería en un grave aprieto, porque no creía que la justicia encontrase comprensible lo que venía haciendo desde hacia tantos años. Pero por otro lado enfrentarse con su jefe o jefes sin darles una solución a su abandono de la tarea, le parecía que también era un poco peligroso y desde luego sabía por experiencia que no eran gente que se andara con chiquitas.

El asunto tenía mala solución, por un lado podía acabar con sus huesos en la cárcel suponía que de por vida y por otro lado en el caso de que su ayudante aceptase el trabajo nada le garantizaba que él mismo no se convirtiera en su primer encargo.

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