Relato 16 El extraño vecino

 

Llamó al timbre y escuchó un fuerte ajetreo dentro de la casa. Esperó un rato hasta que unos pasos se acercaron a la puerta. No abrió al momento por lo que supuso que la persona que hubiera al otro lado primero habría echado un ojo por la mirilla. Tras esto se escuchó el sonido de la llave en la cerradura y por fin la puerta se abrió.

 

Un hombre medio calvo, con gruesas gafas de pasta y algo rollizo abrió la puerta mientras se limpiaba el sudor que le caía por la frente.

 

—Eh…Buenas tardes. No quería molestarle, pero somos nuevas en el edificio y queríamos presentarnos. Soy Elizabeth, y esta es mi hija, Vicky— la mujer alargó la mano con una sonrisa un tanto forzada y el hombre se la estrechó con el ceño fruncido tras echar una mirada nerviosa a la niña, de unos 14 años, que estaba junto a ella—. Me han dicho que usted hace chapucillas y precisamente tengo un problema con el grifo de la cocina.

 

Vicky miró disimuladamente el interior de la vivienda y percibió algo raro en ella. Era invierno, aunque todas las ventanas estaban abiertas de par en par y podía sentirse el frío glaciar que entraba por ellas. Además, se podía notar un extraño olor que provenía del salón. Un olor desagradable que la revolvió el estómago durante unos segundos.

Se percató entonces de que el hombre la miraba fijamente y posó su mirada en él. Sin darse cuenta dio un paso hacia atrás. No sabía lo qué pasaba con ese tipo, pero había algo, unos ojos extraños e intimidantes que se escondían tras unos cristales algo sucios y rayados.

 

—Disculpe, ¿me ha oído?—Elizabeth miró al hombre y después a su hija.

—Oh, si, disculpe. Estaba pensando en las tareas para hoy y me he despistado—respondió el hombre con voz algo ronca—. Soy Paúl, pero la gente del edificio me llama “Paúl el manitas”, así que en cuanto tenga un hueco iré a ver ese grifo que tanta molestia le está ocasionando—dijo con una amplia sonrisa que mostraba unos dientes amarillos y pocos acostumbrados al cepillo de dientes. Vicky frunció el ceño sintiendo asco y miró a su madre en gesto de súplica.

—Muchas gracias. Ha sido un placer—Elizabeth volvió a alargar la mano y sintió el sudor del hombre al estrecharla.

 

El hombre volvió a mirar de una manera extraña a la niña y esta se dio la vuelta cogiendo la mano de su madre y tirando de ella para no demorar más algo que llevaba deseando desde que ese Paúl había abierto la puerta.

 

— ¿De verdad vas a dejar a ese tipo entrar aquí?— preguntó Vicky con el rostro serio ya en casa.

—Bueno, ese grifo hay que arreglarlo, no para de gotear—la madre miró el grifo de la cocina y sintió ganas de darle una patada, pues ahora el goteo era mayor, casi un hilillo de agua.

—Pero ¿le has visto? Daba grima, me ha dado muy mal rollo. ¿Y qué clase de gili abre las ventanas de par en par estando a cuatro grados? Y ese olor… Puaj, no, ni de coña va a entrar aquí.

— ¡Vicky!—exclamó su madre molesta—. Si, es un tipo un tanto extraño, excéntrico y todo lo que quieras, pero ya le has oído, le llaman “Paúl el manitas”— Elizabeth sonrió y Vicky se marchó hacia su habitación negando con la cabeza.

—Sería más seguro jugar a un juego con Puzzle en Saw que estar cinco minutos con ese tipejo—dijo mientras cerraba la puerta tras de si.

 

Al día siguiente Vicky se despidió de su madre y se marchó al instituto. Bajó por las escaleras de madera (pues era un edificio muy antiguo) escuchando su desquiciante chirriar y pasó cerca de la puerta de Paúl, en el primer piso. Se quedó quieta y olisqueó el ambiente.

Otra vez ese olor— se dijo con cara de repugnancia.

Dio unos cuantos pasos más hacia la puerta del hombre y escuchó algo caerse al suelo y a Paúl maldecir.

— ¡Maldita sea! ¡Estate quieta!

Vicky se marchó corriendo lo más rápido que pudo.

 

 

Paúl puso el ojo en la mirilla y vio a la niña nueva, Vicky, alejarse corriendo. ¿Le habría oído? Largo tiempo se quedó pensativo, pero tras un rato volvió a su tarea, a su ardua tarea tan habitual ya.

Caminó por la oscura estancia, que tan solo estaba iluminada por una pequeña lámpara de mesa y sintió un fétido olor introducirse por sus fosas nasales.

 

—Será mejor que ventile un poco o se darán cuenta—dijo mientras caminaba hacia las ventanas y las abría sonoramente.

 

 

 

Vicky llegó a casa a la hora de comer y vio a su madre agachada en el fregadero de la cocina, con una llave inglesa en la mano y soltando tacos a diestro y siniestro.

 

—Veo que ya está casi listo—dijo sarcásticamente mientras veía como su madre quedaba empapada por la tubería que se había roto en dos.

—Cállate, Vicky, o creo que no responderé de mis actos—Elizabeth se levantó calada hasta los huesos y cerró rápidamente la llave del agua, pues la cocina estaba comenzando a ponerse perdida—. Iré a buscar a Paúl. Tú quédate aquí y caliéntate la comida. Está en la nevera, en un taper.

—Pero…

— ¿De verdad crees que puedo arreglar este desastre?—Vicky miró la cocina y negó con la cabeza.

—No entres en esa casa, ¿vale? Ya te dije que ese tío me da muy mal rollo—la madre asintió con la cabeza, conmovida por la preocupación que parecía mostrar su hija hacia ella y tras cambiarse de ropa se marchó a la casa de Paúl.

 

 

 

El timbre sonó.

Levantó la cabeza de sus quehaceres y con el sudor recorriendo su frente se acercó rápidamente a la puerta.

—Otra vez no—se dijo furioso para si.

Giró la cabeza y vio lo desordenada y sucia que estaba la casa. Corrió hacia la mesa, quitó las bolsas de basura que había puesto sobre ella para luego sacarlas a tirar y guardó unas cuantas herramientas en su caja

—    Ya las limpiaré luego—pensó nervioso.

Cerró todas las puertas del resto de habitaciones y echó otro rápido vistazo a la estancia.

El timbre sonó de nuevo. Esa mujer era insistente, aunque también era muy guapa. Sonrió casi sin darse cuenta y corrió de nuevo hacia la puerta. Se atusó los escasos cabellos que aún conservaba, se limpió las gafas y abrió la puerta.

 

Elizabeth sintió el frío cortante salir de la casa y un escalofrío recorrió su cuerpo.

 

—Disculpe, Paúl, ¿podría venir a casa a echarle un ojo a ese grifo? La he terminado de fastidiar y casi inundo la cocina—dijo la mujer avergonzada e intranquila. Había algo en ese hombre, tal y como había dicho su hija, que daba muy “mal rollo”.

—Eh… Oh… Claro—respondió Paúl cerrando un ojo al caerle una gota de sudor de su frente.

— ¿No hace un poco de frío como para tener las ventanas abiertas?—preguntó la mujer sin pensar. El hombre la miró seriamente, pero tras unos instantes sonrió. Elizabeth observó su sonrisa y sin saber por qué tuvo ganas de salir corriendo. La imagen del payaso Pennywise, del libro de IT escrito por Stephen King, llegó a su mente.

— ¡Oh, si! Verá, es que tengo un cachorro y ya sabe los problemas que dan cuando son pequeños. Hasta que se acostumbran a esperar, a hacer sus cosas en la calle… No se si me entiende. Tengo que estar limpiando sus cacas todo el día y el olor a veces es asqueroso—la mujer le miró ahora más tranquila y sonrió intrigada.

— ¿Tiene un cachorro? ¿Y de qué raza es? Es que soy veterinaria y me encantan los animales.

— ¿En serio?—preguntó el hombre sin poder creerse la suerte que había tenido. Un ruido se oyó en ese momento. Elizabeth se quedó en silencio, mirando el interior de la vivienda.

— ¿Lo ve? Ya está haciendo de las suyas—dijo Paúl ahora más sonriente que antes—. Aunque creo que le pasa algo, lleva unos días algo raro.

—Puedo echarle un vistazo si quiere—se ofreció la mujer amablemente.

— ¿De verdad que no le importa? ¡Sería estupendo! Después subiré con usted y arreglaré esa cañería—Elizabeth sonrió y dio un paso adentrándose en la casa.

 

 

Más de media hora después Vicky miró su reloj y al darse cuenta del tiempo que su madre llevaba fuera se extrañó. Un malo presentimiento la inundó y rápidamente dejó los platos en el lavavajillas, y salió por la puerta. Bajó las dos plantas que le separaban de la viviendo de Paúl y se quedó en silencio ante ella, con la oreja pegada a la puerta.

Sonidos de golpes y cacharros cayendo al suelo se escucharon claramente al otro lado.

— ¡Maldita seas!  ¡Estate quieta o te corto el cuello, preciosa!— Vicky dio un paso atrás, pero al instante pensó en su madre y llamó al timbre y a la puerta insistidamente— ¿Quién demonios es?—preguntó Paúl furioso.

—Soy Vicky, señor, estoy buscando a mi madre—el silencio reinó en la estancia, pero tras unos segundos un golpe seco y el ruido de pasos volvió a ella. La chica llamó de nuevo y hasta que no oyó a Paúl aproximarse a la puerta no cesó.

— ¿En qué puedo ayudarte, pequeña?—preguntó el hombre mientras abría la puerta. Vicky le observó y fijó su mirada en una mancha, claramente reciente, de color rojo que cubría la parte inferior de su jersey.

—Estoy buscando a mi madre—dijo seriamente.

— ¿Y por qué crees que está aquí?—preguntó Paúl frotándose las manos contra el pantalón.

—Porque me dijo que bajaría a verle. Por lo del grifo de la cocina—Vicky observó el interior de la casa y vio algo en el suelo. Parecía una enorme mancha rojiza.

— ¡Oh, claro que si! Está ahí dentro, viendo a mi perro. Tengo un cachorro, ¿sabes?

— ¿Si? ¿Y mi madre está ahí?—Vicky dio un paso hacia delante y miró descaradamente la casa.

—Por supuesto que si. Anda, pasa e iré a llamarla— Vicky se metió las manos en los bolsillos y entró, desconfiada, pero decidida.

 

La estancia estaba iluminada por la luz de la única ventana abierta que había en el salón. Hacía frío y olía mal, muy mal, tanto que tuvo que contener las ganas de vomitar.

Observó con disimulo el suelo hasta que localizó de nuevo la mancha del suelo. Era sangre, estaba segura.

—Le he oído gritar—dijo de pronto con una oleada de miedo. Paúl la miró al instante, con los cristales de sus gafas reflejando la luz de la calle.

— ¿En serio? ¿Y qué decía?—preguntó con un extraño timbre de voz. Más agudo que normalmente.

—Estaba maldiciendo y amenazando a alguien—Vicky se cruzó de brazos e intentando controlar el temor que sentía miró al hombre fijamente.

— ¡Oh, eso! Ya te he dicho que tengo un perro, un cachorro y se había hecho caca por toda la casa así que me enfadé y le regañé.

— ¿Tiene un cachorro? ¿Y es macho?—preguntó suspicaz la muchacha.

—Claro. ¿Quieres verlo? Tu madre está ahora con él. Le está curando una patita que tenía herida—Vicky miró a su alrededor y las palabras que había oído antes de llamar llegaron a su cabeza: ¡Maldita seas, estate quieta o te corto el cuello, preciosa! El hombre la estaba mintiendo, estaba claro.

 

Vicky asintió con la cabeza y Paúl comenzó a caminar hacia una puerta que estaba cerrada. La abrió y la claridad de una bombilla que colgaba del techo la obligó a cerrar un poco los ojos.

—Vamos, pasa, pequeña—Vicky caminó y se asomó a la habitación.

— ¿Mamá?—la muchacha vio el cuerpo de su madre tirado encima de la cama de Paúl. Estaba amordazada y un churretón de sangre la cubría la cabeza. Había más sangre sobre la colcha y también sobre el suelo.

— ¡Dios mío!—exclamó la muchacha horrorizada. En ese momento Paúl la empujó hacia el interior de la habitación y cerró la puerta tras de si.

 

Vicky dirigió una mirada rápida a su madre y con miedo intentó adivinar si aún seguía con vida, pero desvió la mirada de nuevo al hombre al oírle aproximarse. Paúl saltó hacia ella como un animal salvaje y rabioso, con brazos alargados y las manos con forma de garra y la derribó haciéndola caer y golpearse contra el manchado suelo.

La muchacha se revolvió, se intentó zafar de él, pero el hombre era mucho más grande y fuerte. Paúl alargó sus manos hacia el cuello de Vicky y comenzó a apretar, con saña, pero también con excitación.

Vicky sintió como el aire y así la vida, iba dejando su cuerpo. Si no hacía algo ya moriría asfixiada por ese loco y dejaría a su madre, o ya a su cuerpo, pudriéndose en aquella maldita casa.

Con las pocas fuerzas que aún tenía introdujo una mano en su bolsillo derecho y tanteó el objeto frío y afilado que había llevado con ella cuando había presentido que algo iba mal. Lo agarró con fuerza y sabiendo que no aguantaría mucho más lo sacó de su escondrijo rápidamente y lo clavó en la espalda de su atacante.

Paúl rugió de dolor, pero también de ira. Se tocó la espalda ensangrentada y notó la empuñadura del cuchillo que se hincaba en su piel. Se retorció, intentando quitárselo, sin embargo, el dolor le dificultaba el hacerlo.

Vicky aprovechó la ocasión y tras recuperar un poco el aliento salió disparada hacia la salida. Saltó por encima del cuerpo de Paúl, que seguía retorciéndose en el suelo y salió por la puerta, hacia el salón y hacia el pasillo que daba paso a la puerta de entrada. Cogió el picaporte y lo giró, pero la puerta no se abrió, estaba cerrada con llave.

 

— ¿Cuándo cojones a cerrado ese hijo de puta la puerta con llave?—exclamó temblando mientras miraba a su alrededor.

Observó el salón e intentó localizar desde el rellano el lugar en el que pudieran estar las llaves, pero no vio nada, no estaban allí, debía de tenerlas Paúl.

Se acercó de nuevo hacia la habitación en donde yacía su madre y retrocedió lo más rápido que pudo al ver a Paúl abalanzarse de nuevo sobre ella. Esta vez le esquivó y sabiendo que nada podría hacer si corría hacia la puerta del rellano se fue en la dirección contraria, por un pequeño pasillo y abrió la primera puerta que vio a su derecha. Se metió en el interior de la habitación y se quedó en silencio y a oscuras. Paúl comenzó a golpear la puerta, a empujarla, mientras gritaba enloquecido, pero Vicky echó el pestillo al instante.

Tras unos instantes comenzó a buscar el interruptor de la luz y cuando lo hubo pulsado se quedó petrificada mirando la bañera. Una mujer, con la cabeza cortada, yacía tumbada en su interior y sumergida en agua. Agua que estaba completamente roja por la sangre de su cuerpo.

Vicky cayó al suelo e intentó controlar las nauseas mientras se tapaba la boca con las manos. Las lágrimas corrían por sus mejillas y el cuerpo le temblaba compulsivamente.

 

—    ¡Vas a salir de una maldita vez!—rugió Paúl desde el otro lado.

 

Vicky dio un grito de miedo y se alejó todo lo que pudo de la puerta, que se movía bruscamente por los golpes y empujones del hombre.

Intentó serenarse y no volver a mirar el cadáver para buscar cualquier cosa que pudiera serle de ayuda contra Paúl, pues no había más salida que la puerta por la había entrado.

Abrió los cajones del pequeño mueble bajo el lavabo y halló unos cuantos productos de limpieza y algunos insecticidas. Tras mirarlos unos segundos decidió coger uno de los mata cucarachas que había. Si le rociaba con él en los ojos tal vez pudiera derribarle y quitarle las llaves para poder salir de allí.

 

—Necesito algo más. Necesito un arma—se dijo mientras contemplaba el pequeño baño.

 

Entonces y sin poder evitarlo, sus ojos volvieron a la bañera y allí, sobre el cuerpo medio hundido de la mujer, vio una pequeña sierra manchada de sangre. La herramienta que Paúl había utilizado para cortarle la cabeza a la pobre mujer.

 

—Oh, Dios…— gimió mientras se ponía en pie y comenzaba a aproximarse hacia ella.

 

— ¡Sal de ahí, pequeña furcia!—gritó el hombre mientras volvía a abalanzarse contra la pared. Pero ese golpe fue más potente que los anteriores, o tal vez la cantidad de ellos acertados en la vieja puerta habían sido ya los suficientes, pues esta crujió y comenzó a romperse.

Vicky se dio la vuelta rápidamente y vio la cabeza de Paúl asomar al baño, como Jack Nicholson en El Resplandor.

La muchacha alargó la mano rápidamente hacia la sierra y la agarró fuertemente, mientras con la otra sostenía el mata cucarachas.

 

—    ¡Ven aquí!- gritaba Paúl— ¡Vamos a hacer compañía a tu querida mami!— golpeó de nuevo la puerta y ya pudo introducir su brazo a través de ella.

 

Vicky sintió la adrenalina recorrer su cuerpo y decidida se apresuró hacia el hombre y le espolvoreó en los ojos con el veneno, al tiempo que cogía el pestillo, lo quitaba y abría la puerta con brusquedad.

Paúl gritó de nuevo, tapándose los ojos con las manos y balanceándose de un lado a otro. Vicky se deslizó por uno de sus lados y con la sierra en la mano le hizo un gran tajo en la nuca.

Paúl, con los ojos medio cerrados por el escozor y el dolor que sentía en ellos se giró rápidamente y cogió a la muchacha por la cabeza empotrándola contra la pared. La chica volvió a rajar al hombre con la sierra, esta vez en el brazo y la sangre comenzó a manar con fuerza de él. Paúl cayó al suelo y Vicky aprovechó la ocasión para darle una patada en la cabeza.

 

—    ¡Dame las malditas llaves, hijo de puta!—gritó llorando.

 

Paúl volvió a revolverse y Vicky le propinó otra fuerte patada en la cabeza. Esta le dejó inconsciente.

La muchacha le miró suspicaz durante unos instantes. Y tras cerciorarse de que no estaba fingiendo comenzó a rebuscar entre sus ropas, hasta que por fin dio con las llaves. Las cogió y corrió hacia la puerta de entrada. Antes de rescatar a su madre, si aún seguía con vida, quería abrir la puerta para que ambas pudieran escapar más fácilmente.

 

Llegó veloz hacia la cama en donde yacía su madre y con sumo cuidado quitó la cinta adhesiva que cubría su boca. La tocó la cara y la sintió fría, aunque al instante notó que respiraba. Débilmente, pero respiraba. Sonrió feliz y salió corriendo. Tenía que pedir ayuda. En ese momento Paúl apareció de nuevo. Con los ojos vidriosos y rojos, y el cuerpo mutilado y sangrante. Se tocaba la nuca con una mano, pero en la otra portaba un cuchillo. El cuchillo que Vicky le había clavado antes. Se lanzó contra ella, más la chica lo esquivo echándose al suelo. Paúl se giró todo lo rápido que pudo y la miró. Yacía en el suelo con gesto de terror. Sonrió desquiciado y se dejó caer sobre ella con el cuchillo en la mano para clavárselo, sin embargo, la muchacha fue más rápida y extendiendo sus manos le clavó en el pecho la sierra que aún llevaba consigo. El hombre la miró con las pupilas completamente dilatadas y cayó encima de ella. Muerto.

 

Vicky se zafó de él como pudo y corrió al exterior para pedir ayuda.

 

Quince minutos más tarde dos coches de policía y una ambulancia hicieron aparición.

Subieron a la primera planta y se encontraron a Paúl, muerto con una sierra clavada en el pecho, a Vicky, con su madre medio muerta en la habitación y a una mujer, decapitada en el baño.                  .

 

 

Hola mamá, ¿cómo estás?—preguntó Vicky mientras saludaba a su madre, que seguía en el hospital, recuperándose de las heridas y traumas sufridos un par de semanas atrás.

 

—Bien, cielo. Pasa. Han traído la comida—respondió Elizabeth mientras sonreía ahora más animada.

Vicky entró algo dubitativa, pues no quería molestar a su madre, que aún estaba débil y se sentó en un sillón a su lado.

—En un par de días te dan el alta ¿no?—preguntó mientras miraba con asco el puré lleno de hebras que su madre tenía para comer.

—Si, cariño. En un par de días estaré como nueva.

—Si, como nueva… Así podrás arreglar el grifo de la cocina ¿no? Aún gotea—Vicky frunció el ceño y se quedó pensativa—. Aunque la próxima vez deja que intente arreglarlo yo, ¿vale?—miró a su madre con gesto irónico y la mujer no pudo evitar sonreír.

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Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

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