Relato 15 - Con pelos y señales

Hay quienes se dejan dominar por el impulso salvaje de la sangre y no experimentan remordimientos por ello. Y luego están los que se sienten cautivos de su sombra, confusos y perdidos como lo estuve yo misma hasta no hace demasiado tiempo.

Tomar conciencia de lo que nos sucede es un paso absolutamente necesario. Aunque quisiéramos forzar semejanzas, nada tiene que ver con una patología. Todos sabemos su calificativo exacto pero evitamos pronunciarlo siquiera, lo cual tal vez sea mejor. Cuando somos dueños de nuestro cuerpo podemos afrontarlo, luchar contra ello como personas normales. Pero hay otra cosa cierta: no existe cura o remedio, u otra salida excepto la muerte, y aunque sea posible contener sus efectos, es preciso emplearse con todas las fuerzas. Lo sé por experiencia.

 

Tengo un grave problema.

Por Diana H.

Llevo dos años, cuatro meses y cinco días, sin cometer asesinato. Aún me cuesta trabajo creerlo, pero con fuerza de voluntad, el tratamiento con aconitina, y el inestimable apoyo que me brinda mi grupo, siento que ya estoy mucho más cerca de retomar el control de mi vida.

Tengo cuarenta y dos años. Soy divorciada sin hijos. No hay nadie en mi vida, entre otras cosas, porque no puedo coexistir con potenciales víctimas. Tras el incidente solo podía refugiarme en la soledad, factor que como descubriría más tarde, es común a la mayoría de afectados. Entremedias llegué a cometer actos espantosos. En suma, amistades y familia no son compatibles con nuestro entorno, hecho que a veces se descubre demasiado tarde.

Huí. Debí hacerlo a menudo. Hasta que advertí que no importaba el lugar o lo lejos que me escondiese. La oscuridad ya formaba parte de mí, y yo no podía hacer otra cosa que someterme a su tiranía. Pero entonces, ellos me encontraron y me enseñaron que no estaba sola. Y también que con ayuda se puede vencer. No obstante, como ya fui advertida, está lejos de ser un proceso sencillo. Es lento, largo, y doloroso. Ahora lo puedo decir. Muy doloroso.

Pero como dije, son ochocientos cincuenta y cinco días sin matar. Esa es la realidad. Lo verdaderamente importante.

¿Y quién era yo antes de convertirme en Diana H.?

Me siento orgullosa de lo que fui y así lo expreso: alcancé a ser una fotógrafa de categoría avalada con varios reconocimientos internacionales. Viajé en más de una ocasión por los cinco continentes. Cada cuatro meses inauguraba una exposición en una capital distinta, y a raíz de ello fui entrevistada numerosas veces. Esa era yo antes de tomar un nombre falso y fingir mi desaparición.

Continuaré diciendo que me gané una reputación en base a capturar escenas cotidianas de minorías afianzadas a su entorno. Hice un buen trabajo en Santa Cruz del Islote, como también en la remota granja de Agafia Lykova, en Siberia. Sin embargo, en la búsqueda de lo excepcional a menudo llegué a ir mucho más lejos de lo que marcan unas coordenadas cualquiera. Me refiero en concreto a tribus indígenas y pueblos aborígenes, grupos que a menudo nos contemplaban como lo más asombroso que hubieran visto en sus vidas. Son de mi propiedad las célebres instantáneas robadas al filo de la muerte en la playa de Sentinel del Norte, como también las fotos del último reducto de los Jarawa. Pero no sería justo que pasara por alto el hecho por el cual, de no haberme dejado guiar siempre por antropólogos y ayudantes de excepción, nada hubiese conseguido por mí misma.

Lograr que tolerasen la presencia de nuestro equipo podía llevar varias semanas. Estudiábamos sus reacciones, y en consecuencia se planteaba una estrategia de acercamiento. Ser mujer resulta un verdadero hándicap en todas partes, y para la realización de ciertos reportajes debía prepararme y estar dispuesta a enfrentar situaciones de enorme riesgo. No obstante, la pasión por mi trabajo me daba esa fuerza necesaria para sobreponerme a la idea de que era mi propia vida lo que estaba en juego. Aprendí a adaptarme, a moverme con discreción, a tragar saliva y asumir mi rol. Por desgracia esta confesión funciona como prueba de que no siempre funcionó. Siendo franca, no dejo de pensar que de algún modo me lo busqué yo sola.

Excepto la indiferencia, mis exposiciones causaban toda clase de reacciones. A veces era admiración; en otras, manifiesto rechazo. Algunas personas no estaban listas para contemplar mis fotografías, y a través de ellas, ventanas a un mundo desconocido, oculto para la gran mayoría. A determinado público le resultaba difícil o ya imposible asimilar, que lo plasmado en ellas fuera o hubiese sido real. Es por ello que mi obra fue puesta en cuestión en más de una ocasión. Pero ya me había acostumbrado a las críticas e incluso a los insultos personales, en público o en redes sociales, cansada de explicar que para mí no fue nada fácil mantenerme íntegra mientras retrataba las costumbres homosexuales de los Sambia, en especial para con sus niños; o hacer entender a quienes luego me acosaban a preguntas que tampoco me resultaba nada agradable el pie de foto, allá donde se explicaba que el hábito de hacerlos ingerir esperma tenía como objeto en su cultura, contribuir a su desarrollo y convertirlos en enérgicos guerreros. Otro tanto hubiera podido decir de la tribu de los Kolufo, los cuales y de manera absolutamente excepcional me permitieron ascender a una de sus cabañas arbóreas. Allí fuimos convidados al banquete de un khakhua (brujo), asesinado y descuartizado a machetazos seis días antes. Ser mujer me eximió de participar en sus repulsivas jornadas gastronómicas, pero una vez inmortalizado el acto, mi estómago dijo basta de igual forma. Resulta curioso cuanto pueden cambiar las cosas si me detengo a pensar en las crueles barbaridades que llegué a hacer después… Sea como fuere, aquella experiencia contribuyó a que obtuviese la fortaleza necesaria para dedicarme a retratar las costumbres Aghori en su propio hogar (que no es otro que el inmenso cementerio de Benarés), e incluso observarlos sentados a la mesa (que no es otra que la tumba sobre la tierra) entretanto comían del vientre de un cadáver y bebían de los cráneos.

Era difícil imaginar a dónde me conduciría mi trabajo, convertido ya en una especie de viaje iniciático en que cada nuevo paso me llevaba a asomarte a un abismo distinto, y donde mis valores, los valores de nuestra sociedad, se precipitaban sin remedio.  

 En Centroeuropa, yendo tras la estela histórica de los Neuri, fui conducida hasta una localidad húngara situada al pie de los montes Mátra, de nombre Gyöngyös. Los curiosos símbolos de su escudo de armas (un lobo negro a la carrera, y sobre él, una luna contornada con rostro humano y una estrella de ocho puntas), parecían confirmar que estábamos tras la buena pista. Al fin, hablando con un aldeano propietario de una granja situada en las afueras —llamaba la atención el celo con que protegía la finca donde pastaban sus vacas (vallas dobles, muy altas)—, conseguimos saber que en el bosque, al pie de la montaña, se abría un sistema de cavernas. Y viviendo en ellas, algo agrupado en torno a una familia que no se atrevió ni a mencionar salvo empleando un eufemismo: «cuando hay algo que se asemeja al diablo y obra como el diablo, pueden estar seguros de que es el diablo».

No conseguimos encontrar a nadie que nos guiara por sus caminos. De modo que decidimos realizar excursiones al bosque por nuestra cuenta y riesgo pese a las insistentes advertencias en contra que recibimos de algunos parroquianos. Me había pateado junglas, desiertos y estepas. Había hecho noche en selvas siniestras. Conocía costumbres y ritos que ponían los pelos de punta. Y un vulgar bosque de hayas no me inspiraba ningún respeto. Por otra parte, con la ayuda de la tecnología no había miedo a perderse. Los mapas militares de la zona fueron de poca ayuda por cuanto no logramos encontrar lo que buscábamos. Acampábamos por la noche y proseguíamos por la mañana. Completamos varios días de intensa caminata sin obtener resultado. Pero yo nunca me ha­bía dado por vencida, y esa vez no iba a ser la excepción.

Por desgracia no fuimos nosotros, sino ellos, quienes nos encontraron primero. Llegaron por la noche. Nos cogieron desprevenidos. Nos rodearon. Ocho hermanos, todos aquejados de hipertricosis. Destrozaron el campamento y nos golpearon como bestias que eran, hasta hacernos perder el sentido. Despertamos en el interior de su cueva. Den­tro resplandecía un fuego. Entre claroscuros distinguí pieles de animales forrando las paredes, y ristras de huesos y cráneos. El hedor que despedía en el interior provocaba la náusea. A la fuerza nos arrancaron la ropa, que, entre gruñidos, se acabaron disputando. Ataron de pies y manos a mi colaborador. Lo colgaron boca abajo de un prominente en la roca. La matriarca emergió del fondo de la caverna y se acercó caminando a cuatro patas. Llevaba un pañuelo sobre la cabeza que dejaba al aire un rostro tapizado de pelo por completo. Después, se dedicó a olisquear el cuerpo desnudo de mi compañero.

Recuerdo los alaridos de Alan cuando esa maldita bruja le abrió la garganta de un bocado. Nunca olvidaré cuando le hundió en el vientre sus dedos como garras. Y en mi memoria quedará grabada a fuego la imagen de sus ocho bastardos, cuando se tiraron a él, y a mordiscos le sacaron la vida.

Alan acabó convertido en un resto sanguinolento, un hueso por acabar de limpiar. Cerré los ojos bien prietos buscando evadir mi mente mientras era violada sucesivamente, una y otra vez, por aquellos canallas. Y entre nebulosas de dolor, ansiaba la misma suerte de Alan mientras la muerte merodeaba esquiva entre las sombras o reflejada en los ojos de la vieja, que permanecía en cuclillas al pie del fuego atenta a todo, y riéndose entre dientes que parecían colmillos de mis incontrolables gritos.

(La cuestión por la que no me remataron la averigüé mucho después gracias al grupo, pero baste decir que estaba relacionada con el olor de la sangre y mi periodo menstrual.)

Me arrastraron fuera de la cueva y del mismo modo me llevaron a lo profundo del bosque. Hasta que llegaron a un arroyo, y arrojaron a él mi despojo. La corriente de agua me arrastró sobre las gastadas piedras alejándome de ellos, hasta que dos rocas grandes lograron hacer que quedara enganchada cerca de la orilla. Exhausta, apenas con fuerzas siquiera para seguir respirando, quedé tumbada boca arriba sobre la ciénaga aterida de frío y más muerta que viva.

Antes de desfallecer, de caer derrotada por el dolor, logré entreabrir los ojos un instante para dejar entrar a ellos la última brizna de luz. Así pude contemplar mi piel desgarrada por cortes y arañazos y cubierta de sangre, brillando de manera extraña bajo la resplandeciente luna que asomaba entre las copas de los árboles.

 Es lo último que recuerdo antes de despertar del coma que me mantuvo tres meses en la cama de un hospital. Jamás supe quién me encontró, quién me transportó, o quién respondió por mí en el traslado; entre otras cosas porque tampoco hice nunca el esfuerzo de averiguarlo.

Tras una rápida recuperación física que desconcertó a los especialistas, en el hospital se tomaron la libertad de denunciar los hechos por mí. Pero no dije una palabra a la policía. No me salían. Todos los esfuerzos por hacer que venciese el miedo fueron en vano. Ni siquiera por Alan. Pero no me iban a dejar en paz nunca. Hasta que llegó la primera transformación. Y la concepción que tenía del dolor y el sufrimiento acabó hecha trizas. Lo que siguió a continuación… eso, es mejor que no se sepa nunca.

Así fue mi historia. La historia que cambió mi vida, mi ser. Cada licántropo tiene la suya propia, y todas empiezan y acaban de maneras diferentes. Alguien me dijo una vez que solo el demonio ha de saber cuántos y cuán retorcidos son los caminos que conducen al infierno. El mío fue otro más, tal vez diferente al acostumbrado, pero siendo sincera no creo que pueda haberlo peor. Al menos tengo el consuelo de saber que no estoy sola. En la asociación no les importa quién eres, de dónde vienes, cómo eres, o la cantidad de muertes que dejaste por el camino. Se reúnen entorno tuyo para escuchar todo lo que requieras decir hasta poder desahogarte. Luego te dan unas pautas a seguir para cuando estés fuera. Te descubren aspectos que desconocías de tu problema y te ayudan a mantenerlos a raya. Aprendes a usar las tablas y a combinar tu índice de masa corporal con el calendario lunar. Después, puedes calcular sin ayuda la dosis exacta de acónito que precisas para detener la metamorfosis y que los dolores que ello provoca no lleguen a matarte. Te enseñan a afrontar momentos delicados, y también el período en que se dan las peores recaídas. Si hay superluna, lo mejor es acudir al centro de Licántropos Anónimos y hacer uso de sus cabinas de transformación. Están aisladas acústicamente, y sus paredes metálicas llevan un forro de caucho para evitar un sufrimiento adicional. Pero en ALC también te enseñan un poquito de mecánica celeste, y aprendes lo que es sicigia de oposición y las ventajas que ofrece a la hora de aprovecharlo, cuando la luna llena ejerce un efecto contrario sobre nosotros de manera análoga al modo en que la radioterapia actúa sobre un enfermo de cáncer.

A menudo pensé en regresar a aquel bosque. Ansiaba dar con aquella cueva más que ninguna cosa, ni más ni menos para terminar de una vez para siempre con los últimos vestigios de los malditos Neuri. Imaginé mil maneras distintas de hacerlo, a cada cual más terrible y satisfactoria. Creía que, aparte de cumplir la tan apetecida venganza, mi problema se iría al diablo junto con ellos. Pero en ALC me lo desaconsejaron. No se tenía la seguridad de que funcionara y además era imposible que lo consiguiese sola. No, no iban a ayudarme a luchar contra toda una manada en su propio territorio. Así que, en definitiva, y por mucho coraje e impotencia que sintiese, ya he podido olvidar la idea.

ALC posee una cabañita en plena naturaleza. Tiene chimenea y una buena pila de leña. Está a falta de muchos arreglos, pero la voy acondicionando poco a poco a mi gusto. No hay cobertura de teléfono. La casa más cercana está a diez millas, y al otro lado de la montaña lo más próximo es la estación de esquí. Entretanto, van a encargarse de tramitar mi nueva identidad a través de documentación falsa. Lo he dejado todo en sus manos. No es sencillo, dicen que llevará tiempo. Pero saben los hilos que hay que mover y están al tanto de cómo componerlo todo para empezar una nueva vida. Mientras tanto, he de permanecer en la cabaña. Esperando. Sola. Me han puesto a prueba, lo sé.

Me compré una cámara con mis últimos ahorros. No es nada del otro mundo, pero para mis actuales propósitos me sirve de sobra. Salgo al bosque a dar largos paseos y tomo fotos al paisaje o a la fauna que encuentro y que no huye despavorida. Lo hago sin más pretensión que la de evadirme y hallar un entretenimiento.

Estoy tranquila. Me siento bien. Me siento, preparada. Mañana hay luna. Comienza el ciclo. Diana Hunter no debería tener miedo a una recaída. Lo único que logra restarme la paz ahora, son los lobos aullando y rascando tras la puerta cada maldita noche.

 

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