Relato 14 - S.O.S., BARCO A LA DERIVA

 

En algún lugar del Mediterráneo

 

A quien encuentre este mensaje: S.O.S., barco a la deriva

En nombre de don Patxi Garmendia, capitán de la fragata española Talante ―un buque bien enrrobinao, como se dice en mi Murcia natal, con más abolladuras que estrellas hay en el cielo―, y de toda su tripulación, compuesta por un centenar de hombres y dos mujeres, entre ellas la que suscribe, solicitamos auxilio por medio de esta botella lanzada al Mediterráneo, mar salvaje donde los haya, con la esperanza de que este mensaje llegue a alguien que atienda nuestra desesperada solicitud de contactar con Salvación Marítima para que acuda en nuestro rescate.

Por orden expresa de nuestro capitán quedan escritas estas líneas que testimonian la sucesión de acontecimientos que han terminado con nuestro navío navegando sin rumbo, si bien es mi deber aclarar que tal mandato causó profundo malestar entre los altos oficiales por considerarse de poca honra y mucha vergüenza que el mundo pudiera conocer la causa real de nuestra la desgracia. Y es que la deriva del Talante no se produjo por causa del fuego enemigo durante una batalla en defensa de nuestra patria, situación esa en la que nuestro honor se hubiese mantenido intacto; ni tampoco sucedió como consecuencia de una destructora tormenta, situación a la que nadie podría poner un pero por considerarse meros gajes del oficio. Lo que de verdad hirió el orgullo de mis superiores, militares con más medallas que días tiene el sol ―hecho que confirma que aquí hay mucho jefe y poco indio―, es que el capitán quisiera dejar constancia, negro sobre blanco, que lo que realmente sucedió es que nos perdimos.

Para entender el curso de los acontecimientos hay que remontarse al día 14 de agosto, a eso de las siete de la mañana, cuando, tras más de cuatro años realizando misiones de paz en Haití, Sumatra o Somalia, navegábamos de regreso a casa por las coordenadas 35°16′57″N 2°56′51″O, en lo que viene a ser las costas de Melilla. Yo, la teniente Fuensanta Barranco, natural de Molina de Segura, Murcia, me encontraba en la proa de cubierta realizando sendas labores de vigilancia, a ratos oteando el horizonte, a ratos pensando en mi Manolo y con la mirada perdida en la fina línea que separaba el cielo del mar, cuando de pronto observé al oeste unas manchas informes dibujándose entre la primera niebla de la mañana que se aproximaban hacia la playa melillense conocida como de la “Horcas coloradas”. Calándome los prismáticos, aguardé ojo avizor en dirección a aquellas siluetas que poco a poco fueron tomando la inquietante apariencia de media docena de fuerabordas, un hecho que no debería considerarse relevante sino fuera porque nada más tocar tierra las embarcaciones comenzaron a enarbolar la bandera marroquí. Ese detalle, unido al centenar de soldados que comenzaron a desembarcar pertrechados con más armas que pasas tiene el cous cous, me hizo sospechar que algo estaba ocurriendo.

De acuerdo a nuestro protocolo la incidencia fue puesta en conocimiento de mi superior, el capitán Patxi Garmendia, un viejo lobo de mar a la par que estricto hombre de leyes, siempre pegado a la normativa y a un buen puro, quien tras recibir mi informe y sopesar un instante la situación optó por tirar de manual, así que en atención al Reglamento Interno de Acción Social del Ejército, el RÍASE, concluyó que lo mejor era ponerse en contacto con el Ministerio de Defensa vía wasap ―la estrechez presupuestaria en materia militar había obligado a restringir el uso del teléfono y los radares, aparte del consabido racionamiento exigido por el partido político que apoya al Gobierno, Abrazos Sin Fronteras, por la que el armamento quedaba en proporción de una bala por dos pistolas― y pedir permiso para realizar una contraofensiva disuasoria.

Mientras aguardábamos respuesta, y en previsión de que finalmente Madrid diera luz verde a la operación, don Patxi me confió la delicada misión de escoger cuidadosamente a un grupo de valientes que, llegado el momento, conformara la patrulla de vanguardia responsable de dirigirse a la playa melillense para interceptar al ejército marroquí e inquirir sus intenciones siempre en estricta aplicación del artículo 2 del Reglamento: Cómo abordar amistosamente al enemigo. Si la respuesta de la otra parte confirmaba una actitud hostil, se le pediría por favor que cesaran en sus intenciones; en caso contrario, y siempre como último recurso, deberíamos repeler la invasión, en lo que podría llegar a convertirse en un heroico acto de defensa de la libertad y de todo eso que dice la tele para que nos alistemos.

Pronta fue mi elección de los responsables de contener el avance enemigo, o enemiga ―según la Ley de Ordenación de género, Coordinación de la igualdad y Anticlericalismo (LOCA), ha de primar la corrección lingüística y evitar el lenguaje sexista―, formada por lo más granado, y granada, de nuestro ejército que ese día no se encontraba de permiso, ya que el 15 de agosto caía en lunes y muchos de nuestros soldados habían hecho puente. Así, tirando de currículums y vistas las circunstancias, una vez descontados los veintiséis nacionales que se habían tomado el día, resultaba que el capitán y yo, como altos mandos y máximos responsables del Talante, comandábamos a noventa y ocho inmigrantes dispuestos a darlo todo por el sueldo y, si no quedaba más remedio, por la patria, de entre los cuales elegí a los mejores, o como decimos en el gremio, la carne de cañón que resultara ser menos alérgica al plomo de las balas. En total, veinte hombres duros, de esos que se comen al enemigo sin pelar, entre los que destacaban el cabo primero Roberto Chávez y los expertos marineros Mario Ngema, Atahualpa y Mohammad Abdallah al Sähuir, más conocido como Mojino Escocío después de una noche loca en los burdeles de Mogadiscio.

El plan se puso en marcha de modo intachable: órdenes claras, gente dispuesta y con muchas ganas de no dejarse matar. Nos disponíamos ya a iniciar el operativo cuando de repente un perspicaz sargento le recordó al capitán Garmendia la obligación de aplicar la LIGA, es decir, la Ley de Igualdad de Género en las Armas, por la que en su Disposición Adicional se exige una cuota de participación femenina en cualquier acción bélica, motivo por el cual tuvimos que paralizar la acción para incluir en el comando a la caba Jessica, la mujer más dura a este lado del Mediterráneo, con tatuajes hasta en los pezones, a quien no se había incluido inicialmente entre los elegidos principalmente por ser la única entre toda la tropa que sabía llevar el timón del Talante.

Mientras todo eso sucedía a bordo de nuestra fragata, los marroquíes seguían a lo suyo y ya se habían adentrado en la playa melillense, así que, bajo la supervisión del capitán, ordené a nuestros valerosos soldados y soldada subir a las lanchas para tomar posiciones a la altura de la playa, pero justo cuando estábamos ultimando la preparación del ataque surgieron diversos problemas disciplinarios: por un lado, tres venezolanos se encendieron un cigarrillo en cubierta; al parecer estaban algo nerviosos por eso de tener que batirse contra el enemigo y poder perder la vida, pero el alto mando, siempre inflexible en su lucha contra el tabaco ―artículo 15 de la LOCA: fumar mata―, les abrió un expediente. Luego, a otros tres mexicanos se les requisaron varias estampitas de la Virgen de las Angustias, ya que estaba prohibido cualquier símbolo religioso que pudiera ofender las creencias de al Sähuir y al resto de creyentes musulmanes.

Y en el entretanto, en la cabina de mando del Talante, al capitán Garmendia le llegó vía wasap un comunicado urgente del Gabinete de Decisiones del Ministro de Defensa.

Esperen ordes ata que o alto mando decida ”

De pasta de boniato, así se le quedó la cara al capitán cuando leyó el texto. Quizás son de esa gente que usa solo abreviaturas, apunté cuando me requirió para ver si entendía el mensaje; eso es culpa del corrector, se apresuró a intuir Atahualpa, pero la explicación no era ni una ni otra. Resulta que nuestra fragata llevaba tres años dando vueltas por el mundo y nadie nos había comunicado formalmente la nueva normativa gubernamental acerca del funcionamiento lingüístico de comunicaciones del Estado a través del DEDAL, el Decreto Estatal del Dictado de comunicaciones de España y Alrededores, por el que se articulaba en su primer artículo que las órdenes ministeriales podían darse en cualquiera de los idiomas oficiales del Estado, y para asegurarse su funcionalidad se obligaba a que en cada buque de la Armada hubiera un traductor para el catalán, el vasco, el valenciano y el gallego, una exigencia que en un barco cuya tripulación, compuesta por dos murcianos, quince andaluces, un extremeño, tres riojanos, cuatro gallegos castellano parlantes, un asturiano que solo habla inglés, francés y alemán, varias decenas de hispanoamericanos, tres guineanos y seis moros de toda la vida a pero que por imperativo legal se nos exige denominarles con el nombre menos peyorativo de norteafricanos, no estaba acondicionada para atender tales órdenes.

El caso es que, al oír aquello, el capitán Garmendia, natural de Baracaldo, se quedó mirando a la pantalla con los ojos como platos sin entender muy bien lo que le querían decir desde Madrid, así que ante la gravedad de la situación decidió saltarse las restricciones presupuestarias y contactar con Defensa por videoconferencia con la esperanza de aclararlo todo, pero resulta que todo fue a peor cuando, después de explicar atropelladamente la situación a un funcionario que se encontraba en el Ministerio, de apellido Ripollet, este se limitó a responder de manera sucinta y en absoluto nada clara.

Mantinguin posicions fins a una altra ordre ―dijo antes de cortar la conexión.

Aquí fue cuando comenzaron realmente los problemas. El capitán, más vasco que el bacalao pero limitado en idiomas ―solo habla inglés, francés, ruso, polaco, alemán y algo de euskera en la intimidad―, decidió hacer como que se había enterado de las órdenes por miedo a que le reprendieran por su falta de sensibilidad lingüística, así que haciendo una interpretación libre de la situación, me mandó de inmediato una Comunicación de Régimen Interior con las instrucciones definitivas.

Erasoko dugu baina gutxi.

Reconozco que nunca he sido muy ducha en lenguas, pero gracias a mi sexto sentido, tan femenino, me enorgullezco de saber interpretar con soltura el lenguaje no verbal, cualidad que me permitió aventurarme e interpretar que lo que me ordenaba el capitán, tan al tanto como yo de que las armas iban sin balas ―artículo 5 del RÍASE: como los fusiles matan nuestras fuerzas de paz, en vez de tiros, han de repartir gladiolos―, era que pusiéramos pose de atacar pero solo para asustar, y así se lo hice saber a mis hombres, y mujer.

Despongo que se vrigilen a los malos, que si no se tié en cuenta va a costar un desgusto, así quén cuanti la noche allegue se acorralen a esos zagales, pijo.

Lo que son las cosas. Al parecer, el cabo primero Chávez, los marineros Ngema, Atahualpa y Abdallah al Sähuir, junto a la caba Jessica y el conjunto de la milicia uruguaya, ecuatoriana, salvadoreña, mora y guineana, no habían oído hablar panocho en su vida, por lo que se limitaron a traducir mi arqueo de cejas como que en esa playa sobraba mucha chilaba. Y allá que se fueron, con los ojos inyectados en sangre y al grito no del todo unánime de “Santiago y cierra España” ―ahí los mexicanos se negaron en redondo a continuar porque o se mentaba a la Virgen de Guadalupe o ellos no iban―, dispuestos a abalanzarse como fieras y repartir una buena somanta de palos a aquellos morenitos que tan alegremente estaban montando su gran bazar sobre la arena.

Pero cuando todo estaba preparado para comenzar la madre de todas las batallas, al final, nada de nada. Desde fuentes oficiales ―esta vez fue uno de Valladolid, lo que no dejó lugar a malas interpretaciones― se nos ordenó abortar inmediatamente la misión, ya que al parecer un emisario del rey de Marruecos se había puesto en contacto con nuestro Gobierno para informar sobre un error en unas maniobras que estaba realizando su ejército. Al parecer, se produjo un fallo a la hora de desembarcar y los soldados se habían bajado por la derecha, que era terreno melillense, cuando tenían que haberlo hecho por la izquierda, de titularidad marroquí. Todo esto se plasmó en un breve nota oficial en la que, como remate, y aprovechando que el Bu Regreg pasa por Rabat, dejaron caer aquello de que España lleva siglos invadiendo territorio marroquí, por lo que exigía para sí Ceuta, Melilla, al-Andalus y Perejil.

Por lo que pude enterarme más tarde supe que por parte del Gobierno español no se exigieron posteriores responsabilidades ni disculpas diplomáticas por lo sucedido, y como tal no se recibieron, ya que, atendiendo a la información que nos llegó hasta el Talante, no se quería ofender al rey de Marruecos por ser íntimo amigo de España, en una hábil táctica diplomática consistente en bailarle el agua.

El caso es que, siguiendo órdenes, volvimos a embarcar a toda prisa con el fusil entre las piernas y pusimos rumbo a Cartagena con alguna que otra baja ―Ngema y Atahualpa optaron por desertar y enrolarse en un circo, alegando que para hacer el payaso allí se les pagaba más―, y ahí es cuando se produjeron los “problemas de carácter logístico”, según reza el diario de a bordo del capitán Garmendia, en lo que resulta ser un elegante eufemismo para decir que nos perdimos.

Resulta que tras la reasignación de la caba Jessica a la patrulla de ataque el nuevo responsable de controlar la brújula (seguíamos sin radar, ya se sabe, la falta de presupuesto y tal) había colocado sobre el timón un imán para la nevera ―una imagen con fondo negro y un sencillo título en un color amarillo chillón que ponía Melilla at night― , que hizo enloquecer la aguja de marear y, de paso, el piloto automático, lo que provocó que perdiéramos el rumbo durante varias millas sin que ninguno de los que estaban en la cabina de mando se percataran de ello hasta el día siguiente, cuando ya solo podíamos certificar que nos encontrábamos en paradero desconocido, en algún lugar del Mediterráneo.

Por supuesto que intentamos enderezar el rumbo, pero el de la brújula, como hombre que es, no quiso preguntar por dónde se iba, confiado como estaba en encontrar el camino él solito. Esa cabezonería costó que no solo nos perdiéramos más sino que, de tanta vuelta, nos quedáramos sin combustible, a lo que hay que sumar que desde hace tres días ya no disponemos de alimentos e incluso empieza a escasear el agua.

Y aquí seguimos, a la deriva. Si esta carta desesperada llega a las manos de alguien espero que puedan acudir a nuestro rescate, si es que aún queda algo de nosotros, porque aquí hay unos chilenos que, con una sonrisa que yo definiría como lobuna, no paran de contar una historia diciendo algo de que son parientes de no se qué jugadores de rugby que se fueron de picnic a los Andes, mientras no dejan de mirarme con tal cara de hambre que ya me empieza a preocupar.

 

 

 

 

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