Relato 13 - No quiero ser Lee Van Cleef

 

 

Antonio andaba de camino a su casa como tantos días después del trabajo, cuando una mujer de aspecto moribundo y bastante avejentado se cruzó en su camino. Él iba ensimismado, y ella que contaba unas monedas mugrientas en sus ajadas manos, no se vieron venir. Chocaron hombro con hombro haciendo que a la mujer se le cayera todo su dinero. Él se paró con la intención de ayudarla pero desechó la idea cuando le vio la cara.

Tenía un ojo completamente blanco del cual colgaba una legaña seca. Su rostro surcado de arrugas dejaba ver varias verrugas, y los dientes eran tan negros como un pozo sin fondo. El pelo blanco le caía a cascadas por la cara lo que hizo que Antonio se acordara de la bruja de Blancanieves. La vieja le devolvió la mirada, estudiándole de arriba abajo mientras se agachaba para recoger la calderilla.

Antonio se dio la vuelta despacio girando la cabeza para irse mientras los dos se miraban a los ojos. Entonces la mujer se levantó y le gritó enfurecida.

–¡Mal nacido! ¿no tienes respeto por los ancianos?. Te maldigo a pasar esta noche el mayor de los tormentos –dijo ella arrodillada y señalándole con un dedo que dejaba ver una uña larga y mugrienta.

Antonio siguió caminando mirando hacia atrás asustado por la reacción de la mujer, pero rápidamente se alejó de su vista doblando una esquina. Ella por el contrario, esperó en mitad de la calle de pie sin quitarle la vista de encima hasta que dobló la calle.

Llegó a su casa media hora más tarde. Después de darse una ducha y comer un poco de pasta del día anterior que sacó de la nevera, se sentó a descansar en el sofá mientras hacía zapping.

Aún recordaba a la vieja y su exagerada reacción, pero poco a poco se fue olvidando mientras pasaba los canales con cierto aburrimiento. Después de unos minutos viendo programas insulsos y anuncios que vendían productos milagrosos para cualquier tipo de problema, encontró con gran regocijo en uno de los canales El bueno, el feo y el malo. Era su película favorita. Se acomodó en el sillón, y vio como Clint Eastwood dominaba la situación.

Su vejiga comenzó a avisarle de que debía ser vaciada justo en el momento en el que los tres pistoleros se situaron en torno a un enorme círculo en mitad de un cementerio. Le encantaba esa escena. Se levantó de un salto y fue hasta el cuarto de baño corriendo con el objeto de no perderse el duelo.

Abrió rápido la puerta y encendió la luz, pero en vez de ver su lavabo de formica y su retrete algo desgastado por el uso, se encontró en una explanada desértica rodeado de lápidas.

 

*

 

El sol era abrasador. La tremenda luz hizo que cerrara los ojos dejándole sin ver nada durante unos segundos.

Un sombrero le tapaba ligeramente los ojos impidiendo que se deslumbrara y haciendo que pudiera ver a dos hombres, uno a su izquierda y otro a su derecha. Se percató de que iba ataviado con un cinto lleno de balas y una enorme Rémington colgaba de una de sus piernas. Un perro escuálido pasó aullando por en medio de los tres. Le resultaba tremendamente familiar.

–¿Pero qué coño....? –acertó a decir.

Entrecerró ligeramente los ojos para enfocar mejor a los dos hombres. Los reconoció al instante. A su derecha, Clint Eastwood echó su poncho hacia atrás dejando a la vista una pistola reluciente, al mismo tiempo que escupía media colilla que hacía rato se había apagado. A la izquierda Eli Wallach jugueteaba con las balas de su cinturón esperando el momento de desenfundar.

Eso solo le dejaba una opción, él era Lee Van Cleef. El malo.

Una música sonaba como si varios altavoces invisibles pusieran guión a la escena. Era atronadora, no dejaba concentrarse en nada.

Miraba a ambos lados esperando que uno de los dos le disparara. Conocía la escena, la había visto cientos de veces

–¿Cómo es posible? ¿De dónde sale esa música? –dijo mientras el Ectasy of Gold de Sergio Leone se adentraba en su cabeza sin dejarle pensar en nada.

Y tampoco tuvo tiempo para hacer nada. En menos de un segundo, “el manco” desenfundó en un grácil gesto, y una bala se empotró en su estómago sin darle tiempo a reaccionar. Cayó hacia atrás en un agujero en la tierra previamente cavado. Casi inmediatamente, un buen puñado de tierra cubrió sus ojos al caer, haciendo que todo se volviera negro.

No fue consciente del tiempo que estuvo en total oscuridad, pero si sabía que no estaba muerto. Seguía pensando y por raro que pareciera, notaba como si estuviera siendo transportado. Notaba un traqueteo, y algo se le clavaba en la espalda con cada sacudida que notaba su cuerpo. Sabía que se dirigía al baño de su casa cuando apareció en el desierto, pero su mente no era capaz de relacionar los hechos de manera coherente. Entonces algo se paró, ya no sentía nada. Intentó moverse y se dio cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda. Comenzó a gritar.

 

*

 

De pronto la claridad hizo que cerrara los ojos de golpe. Los entreabrió poco a poco hasta darse cuenta de donde estaba. Se encontraba en un maletero, atado de pies y manos, y tres tipos con cara de malas pulgas le miraban desde arriba esbozando una sonrisa. Los reconoció enseguida. Eran Harvey Keitel, Steve Buscemi y Michael Madsen. No podía creerlo.

Le sacaron del maletero de un tirón. Quiso quejarse pero un trozo de cinta aislante le tapaba la boca. En volandas le metieron a una nave industrial mientras pataleaba y le sentaron en una silla atándole rápidamente.

Su mente trabajaba a un ritmo frenético. Su raciocinio pugnaba por salir a flote, pero no era capaz. Acababa de morir en un desierto mugriento del sur de Texas, y ahora estaba apunto de morir de nuevo a manos del Señor Rubio.

Rubio y Blanco le miraban con aire de superioridad mientras le acusaban de haber echado por tierra un plan perfecto para robar un almacén de diamantes. No podía verlo, pero sabía que a su izquierda estaba Tim Roth desangrándose en el suelo, que era por cierto el verdadero culpable del fracaso del golpe, no él. Se dio cuenta, aunque ya lo sabía de antemano, que iba vestido de policía.

Harvey Keitel se acercó, y de un fuerte tirón, arrancó la tira que le cubría la boca.

–¿Qué ha pasado?

–¿Cómo dice? –dijo Antonio con la voz del policía.

–¿Qué ha pasado en el banco? ¿Quién nos ha delatado?

–Toda la puta pasma estaba allí –está vez fue Madsen quien habló.

–No se nada señor. Solo llevo en la policía cuatro semanas.

Antonio no quería decir aquello. Abría la boca, y sus cuerdas vocales se tensaban y se contraían para emitir sonidos, pero aquello no era lo que su cerebro mandaba a su boca. Él quería decir que era un trabajador de una empresa de seguros. Que estaba en su casa viendo la televisión, y que había ido a echar una meada al cuarto de baño cuando se vio inmerso en mitad de una película. Pero no podía decir nada de aquello. Solo salía de su garganta, la voz de alguien que no conocía, y que repetía un guión seguramente mil veces estudiado y repetido.

–Y una mierda, no me lo creo –contestó el Señor Rubio.

–Quédate aquí con él, yo vengo ahora –dijo Keitel poniéndose la chaqueta mientras se daba la vuelta.

Salió por la puerta dejándoles solos. Antonio sabía lo que iba a pasar, y como si los astros se hubieran alineado y escucharan sus pensamientos, comenzó a sonar Stuck in the middle with you por toda la estancia.

–¿Sabes una cosa? –dijo divertido Madsen–. Me importa una mierda lo que sepas o no. Te voy a torturar igualmente.

Sacó una navaja de afeitar de uno de sus bolsillos, se quitó la chaqueta, y se arremangó la camisa hasta los codos.

Empezó a bailar de forma ridícula al ritmo de Stealers wheel mientras se acercaba a él con el filo de la navaja en alto. Antonio quiso hablar, pero no le dio tiempo, rápidamente volvió a ponerle la cinta adhesiva en la boca.

Danzaba alrededor suyo haciendo aspavientos y abriéndole tajos en la cara al ritmo de los acordes. Cada navajazo era un infierno de dolor en la cara de Antonio, que a esas alturas ya había perdido la esperanza de salvarse, y como de si un resorte se tratara, recordó las palabras de la vieja gitana en la calle aquella tarde al volver del trabajo.

–Pasarás esta noche el mayor de los tormentos –le había dicho cuando chocaron.

¿Todo esto sería obra suya? Pensó Antonio mientras Michael se le abalanzaba encima.

 Notó un fuerte tirón en la oreja y acto seguido la navaja hizo el resto. El cartílago se separó de la carne como la mantequilla. Un inmenso chorro de sangre caliente resbaló por su cara acompañado de los gorgoteos que le permitían emitir la mordaza.

–Eh ¿has oído eso? –dijo sonriendo el gangster a la oreja que Antonio acababa de perder y que sostenía en la mano–. Creo que no.

Tiró la oreja por los aires y se encaminó bailando al fondo de la habitación, donde recogió una lata de gasolina. Antonio estaba prácticamente inconsciente pero los chorros de combustible que empezó a arrojar sobre él le despertaron de nuevo.

La gasolina quemaba en su cara rajada por varios sitios. Las heridas eran como volcanes en erupción ante el contacto con el líquido que una y otra vez Michael Madsen tiraba sobre él. Creía que iba a volverse loco. En cualquier instante perdería la cabeza y nunca jamás recuperaría la razón.

–Ahora te voy a quemar vivo cabrón –dijo el actor.

Encendió una cerilla y se acercó a él sin dejar de bailar. Cuando estaba a punto de tirarsela encima, Tim Roth se incorporó en su gran charco de sangre y vació el cargador de su 9 milímetros en el cuerpo del Señor Rubio.

Antonio respiró aliviado, pero se desmayó antes de poderle dar las gracias al Señor Naranja.

 

*

 

Empezaba a abrir los ojos, despacio, dado que adivinaba más luz de la que quería soportar. Seguía sentado, de eso estaba seguro, pero las ataduras de las manos parecían haber desaparecido. También la mordaza de su boca y el agrio sabor a gasolina que le impregnaba minutos antes. Se llevó instintivamente una mano al lado derecho de su cabeza y notó no sin cierto alivio, que su oreja estaba donde tenía que estar.

–Por fin ha terminado –dijo para sí mesandose el pelo y casi riendo de alegría.

–¿Estás bien Kane? –dijo una voz de mujer a su izquierda.

¿Kane?, ¿quién coño era Kane?, pensó.

Abrió los ojos por completo y vio sentados a una mesa, él incluido, a toda la tripulación de la Nostromo. La que se había dirigido a él no era ni más ni menos que la archí conocida mata-aliens, teniente Ripley.

Dentro de su locura transitoria, esta nueva escena le gustó más que las anteriores. Si alguien le hubiera dicho por la mañana que iba a estar sentado al lado de una de sus musas tanto artísticas como eróticas como Sigourney Weaver, se hubiera reído hasta la saciedad. Lo que no le gustó tanto, bueno en realidad no le gustó en absoluto, fue caer en la cuenta de que tripulante era él. Ripley le había llamado Kane. Eso quería decir que en pocos minutos, un extraterrestre hijo de puta con sangre ácida saldría de su estómago rompiéndole el esternón y esparciendo sus tripas por toda la mesa.

–Estoy bien –dijo–. Con un apetito voraz.

En realidad quiso decir, que estaba mal, peor que mal, que se sentía como una mierda a la que hubieran disparado, rajado y rociado con gasolina, y que quería regresar a su casa, pero en lugar de eso se metió a la boca un pedazo de pan untado en una salsa mugrienta con sabor a manteca.

–Eh amigo, tranquilo. Come despacio si no quieres que te siente mal –espetó Dallas el capitán desde su silla.

Como si sus palabras fueran el discurso de un profeta, Antonio-Kane se llevó las manos al estómago fruto de un inmenso retortijón.

–Te lo dije, come despacio, acabas de salir de un largo letargo.

El retortijón se transformó en un intenso dolor que subía desde la base del vientre hasta la traquea. En un fuerte estertor, un chorro de sangre y mocos salió despedido de su boca haciendo que se doblara sobre su tripa.

–Mierda Ash, agarradlo –gritó Ripley al androide de abordo.

Ambos se abalanzaron sobre él y le tiraron sobre la mesa boca arriba sujetándole de manos y piernas. Dallas que se incorporó de inmediato, le introdujo una servilleta de trapo en la boca para evitar que se mordiera la lengua. Los zarandeos y los pataleos hicieron que vasos, platos y comida salieran despedidos por todos lados, mezclándose los restos de los alimentos con la sangre que escupía Kane como un sifón.

Su camiseta blanca comenzó a moverse. Todos miraban perplejos. La tela blanca se ondulaba como el mar en un día de tormenta. Sigourney le levantó la camiseta con cierta repugnancia y divisaron los movimientos de la carne de su cuerpo. Algo pugnaba por salir y después de unos segundos de calma donde parecía que todo hubiera pasado, una inmensa raja se abrió en su estómago. Kane gritó de agonía sacándose el trapo de la boca y más sangre salió despedida hacia arriba. La raja se convirtió en un agujero sanguinolento y pegajoso, donde las tripas se confundían con los excrementos de su intestino. Los que le sujetaban se alejaron de él, y vieron como un pequeño monstruo de cabeza reluciente y redondeada enseñaba una larga hilera de dientes diminutos y afilados a modo de sonrisa.

Antonio quiso decir que no pasaba nada, que estaba bien, que sabía que iba a pasar aquello, que no debían preocuparse. Y de haber podido les hubiera dicho que todos iban a morir allí salvo Ripley, pero nada de eso salió de su boca, solo más sangre cuando intentó articular palabra. Entonces todo volvió a ser negro mientras cerraba los ojos.

 

*

 

No le apetecía moverse. Tenía el cuerpo entumecido y un dolor constante le atenazaba las piernas y los brazos.

¿Por qué le estaba pasando aquello? ¿Por qué no podía ser Michael Douglas en Instinto básico, recibiendo los castigos de la escritora Tramell? ¿Por qué no podía ser Paul Newman en El Golpe? ¿O incluso, el jodido Bud Espencer repartiendo mamporros con la mano abierta a decenas de camorristas italianos que se acercaban uno a uno con la cara ya preparada para recibir la bofetada?

Le hubiera valido cualquiera de ellos, pero en vez de eso la programación se empeñaba en darle papeles secundarios.

Escuchaba un murmullo de fondo, como si cientos de personas hablaran en voz baja entre ellas. Poco a poco las voces fueron aumentando de volumen y se atrevió a abrir los ojos que hasta ese momento habían permanecido cerrados.

Estaba tumbado, pero no notaba el frío del metal de la mesa de la nave espacial en la espalda. Notaba algo mas rugoso, como si estuviera acostado en una superficie de madera.

Cuando sus ojos enfocaron, vio a un hombre ataviado con una túnica que sostenía un inmenso y romo cuchillo en la mano. La barba blanca y la capucha negra que cubría su cabeza le daban un aspecto amenazador. Giró la cabeza y vio a la muchedumbre. Todos le miraban atónitos como si fuera la primera vez que veían a un hombre tumbado en una mesa. Aunque mas que una mesa, era un potro de tortura.

–¿Algo qué declarar el acusado? –dijo el verdugo sonriendo.

Antonio no sabía que decir, aunque tampoco iba a decir nada. El plan de Wallace para derrotar al rey de Inglaterra era aguantar estoicamente la tortura, y no darle la satisfacción de oírle ni verle sufrir.

–Decid clemencia, y todo habrá terminado en un momento –le susurró al oído el hombre.

La primera vez que vio Braveheart no le había gustado esa escena. Siempre quiso que los amigos de Wallace, escondidos entre el gentío, sacaran las espadas y le liberaran de los verdugos. Pero no. El bueno de Mel Gibson tenía que hacer de Mesías moderno y acudir a la cita de los nobles escoceses aun a sabiendas de que podía ser una trampa. No ir a la reunión le habría mejorado las cosas, tanto a él como al revolucionario, pero no era su noche de suerte.

–¿No vais a hablar? –gritó el matarife recogiendo de una mesa anexa una pequeña guadaña.

No. No iba a hablar. Aunque quería hacerlo. Pero no se molestaría en explicarle su triste y monótona vida vendiendo seguros de vida. Estaba empezando a estar de humor dada la situación, y hasta era posible que le contara un chiste. La idea de que alguien que estuviera viendo la tele en ese momento viera a William Wallace contar un chiste en su situación hizo que sonriera ligeramente.

El verdugo vio su sonrisa e hizo que se ofuscara aún más. Rasgó sus ropas con el filo de la guadaña y le dio la última oportunidad.

–Si decís clemencia será sin dolor. Si no prepárate para la purga.

Ahora si abrió la boca, y esto en verdad le gustó. Siempre quiso decirlo. Reunió todas las fuerzas con las que contaba y un feroz grito salió de su garganta.

–¡Libertaaaaaaad! –chilló

Entonces una enorme hacha cayó sobre su cuello.

 

*

 

El mareo le hizo sentir nauseas. No sabía si por haber perdido la cabeza recientemente, o por la marea de situaciones a las que se estaba enfrentando. Dentro de lo estrambótico y macabro de su situación empezaba a cogerle el gusto a aquello. Casi hasta tenía intriga por saber cual seria su desafortunado destino en la próxima película en la que aparecería. ¿Estaría ahí por siempre jamás? ¿Le quedarían horas? ¿Minutos? ¿Alguna muerte seria la definitiva? No lo sabía. En algún momento la locura ocupó todos los rincones de su cabeza desalojando por completo a la razón. Dudaba si había sido al ver salir al alíen de su estómago, o viendo como le degollaban unos ingleses ávidos de tierras y títulos. El caso es que ya nada le importaba. Pero estaba el dolor. El dolor si lo sentía, y aunque a su cuerpo no parecía impórtale, pues revivía una y otra vez en escenarios holywoodienses, empezaba a hacer mella en él.

Una voz le sacó de su ensimismamiento.

–¡Padre Karras! –dijo alguien con cierto apremio.

Tardó unos segundos en reaccionar.

–¡Karras! ¡Por dios! La respuesta, necesito la respuesta.

Alternó la vista entre una Biblia que sostenía abierta en las manos, y el viejo sacerdote que tenía delante. Una sustancia verdusca y pegajosa le resbalaba por la sotana hasta el suelo.

Ató cabos enseguida. Miró a la cama y vio a la niña Reagan, consumiéndose por dentro y por fuera por obra del maligno. Su aspecto era repugnante. La había visto en el cine cuando la estrenaron, pero al natural su aspecto era aterrador.

–¡Padre, la respuesta! –volvió a pedir indignado Max Von Sydow.

Antonio leyó con la voz de Karras el pasaje de la Biblia que daba respuesta al evangelio que Merrin estaba recitando. Continuaron así unos minutos hasta que el demonio se tranquilizó dentro del cuerpo de la niña.

–Vaya a por el agua bendita por favor.

–Enseguida.

Fue hasta el baño mirando de reojo a la niña. De camino buscaba cámaras o micros con la mirada, pero sus ojos solo miraban donde quería mirar el padre Karras. No había trampa ni cartón, como en las demás. Volvió, con un pequeño frasco y se lo entregó al viejo sacerdote de pelo blanco. Este lo destapó y volviendo a abrir la Biblia por una pagina previamente marcada, comenzó a rociar al demonio.

–Es nuestro señor Jesucristo quien te lo manda –gritó con energía–. Sal del cuerpo de esta niña y vuelve al averno. En el nombre del padre, del hijo, y del espíritu santo.

–¡El poder de cristo te obliga! –dijo Antonio, que se sorprendió incluso a si mismo con la energía con la que había hablado.

El padre Merrin se le unió y ambos al unísono entonaron el rezo.

–¡El poder de Cristo te obliga! ¡El poder de Cristo te obliga! ¡El poder de Cristo te obliga! –repetían una y otra vez.

Entonces el cuerpo de la muchacha empezó a elevarse en la cama. Levitaba suspendida en el aire como si unas cuerdas invisibles la levantaran del colchón en dirección al techo.

A cada palabra de los curas, Merrin regaba el cuerpo de Reagan con un chorro de agua bendita, e instantáneamente, un tajo se abría en la carne donde caía el agua. Después de unos segundos el cuerpo volvió a la cama. Karras se apresuró a atarla al cabecero justo cuando el demonio abría los ojos. Se quedaron mirando fijamente y este habló.

–Hola Timmy. ¿Por qué me dejaste morir? –dijo la niña con una voz que conocía bien.

Se separó de ella rápidamente y se fue hasta un rincón de la habitación.

–¿Por qué lo hiciste Timmy? Yo te quería, eras mi hijo.

–Tu no eres mi madre –dijo ofuscado Karras.

–Soy yo Timmy. Te estamos esperando.

–No le escuche Karras, quiere confundirle –espetó Merrin.

–¡Tu no eres mi madre! –grito casi llorando Antonio en la piel del sacerdote.

Max Von Sydow se acercó hasta él. Tenía las manos en las orejas como si aquello pudiera refugiarle del demonio que le estaba torturando.

–Salga de la habitación por favor. Yo terminaré el ritual.

–Pero padre...

–Salga Karras.

Antonio salió de la habitación escuchando las risas del diablo a su espalda, le había ganado la batalla psicológica. Estaba realmente enfadado. Sabía que pasaría, pero no sabía que seria tan difícil echarle un pulso al demonio. Recordaba haberle dicho a su novia mientras veían la película, que él no habría sucumbido a Satán de haber tenido que enfrentarse a él. Se equivocó.

Fue hasta el baño de casa de los Reagan, y después de lavarse las manos, y echarse abundante agua por la cara regresó al cuarto de la niña.

Cuando entró, estaba sentada en la cama riéndose. Se había liberado de las ataduras y miraba impertérrita al desdichado Merrin que yacía muerto en el suelo. Una furia incontrolable se apoderó de él, que corrió hacia la chica con las manos en alto. La agarró del cuello haciendo toda la fuerza que pudo gritando como un poseso.

–¡Métete en mí! ¡Métete en mí! –decía una y otra vez consumido por la furia.

Y tan vehementemente lo pidió, que lo consiguió.

Satanás abandonó el cuerpo de la chiquilla y se introdujo en el suyo como quien mete un billete en un monedero. Notó un calor abrasador por dentro. Salía desde las entrañas de por todos y cada uno de sus poros. Sus ojos se tornaron rojos y un ligero color morado empezó a adueñarse de su cara. Con las últimas fuerzas que pudo reunir se acercó con paso lento a la ventana y se arrojó por ella hacia las interminables escaleras que se encontraban en la calle.

El impacto fue brutal, después de decenas de vueltas sobre sí mismo rebotando en los duros escalones de piedra, llegó al final doblándose el cuello de una manera inverosímil. Pero no fue la dura piedra lo que notó Antonio en la cara al quedar inmóvil en el suelo, sino las frías y limpias baldosas blancas de su cuarto de baño.

En su último aliento miró alrededor y divisó su lavabo, su retrete, y su estantería con la crema y la maquinilla de afeitar. Ya no tenía ganas de vaciar la vejiga, pero notó un consuelo tal que ninguna meada pudiera haberlo superado.

Se arrastró como pudo fuera del cuarto de baño hasta quedar en el pasillo que daba acceso desde el salón, pero no pudo pasar de ahí.

–Lo he conseguido –suspiró.

Acto seguido murió a causa de las decenas de heridas que presentaba su cuerpo.

 

*

 

Al cabo de varios días un olor nauseabundo hizo que un vecino llamara a la policía. Tiraron la puerta abajo, y encontraron el cuerpo de Antonio en el suelo. El forense miraba descompuesto y con cara de estupefacción.

Presentaba un disparo en el pecho. Vio una oreja cercenada a unos metros de su cabeza. En el estomago, un agujero enorme dejaba a la vista las vísceras del infeliz que se esparcían por todo el suelo y la cabeza parecía retorcida con un torno.

Decenas de cortes y rajas se extendían por todo su cuerpo, amen de varios hematomas morados y un penetrante olor a combustible que los agentes no podían adivinar de donde procedía. Varios insectos trabajaban en las heridas demasiado ocupados como para prestar atención a los flashes de las cámaras y a los conos con números que los policías depositaban en el suelo al lado de las pruebas.

–¿Qué desquiciado a hecho esto señor? –preguntó un joven agente poniéndose la mano en la nariz mientras rodeaba con tiza la oreja de Antonio.

El forense se agachó ligeramente haciendo un ruidito mientras crujía su espalda, y recogió del suelo una página rota de periódico. Estaba arrugada y rota por varios sitios, pero se podía ver claramente la programación de uno de los canales días atrás:

 

00:30 El bueno el feo y el malo

2:00 Reservoir dogs

3:30 Alien, el octavo pasajero

5:00 Braveheart

7:15 El Exorcista

 

El forense miró de nuevo los restos de Antonio, y la hoja de la programación. Abrió los ojos como platos y se lo guardó en el bolsillo.

–¿Señor? –llamó el joven policía.

–Perdona estaba distraído.

–¿Quién cree qué ha podido ser?

Sopesó sus palabras unos segundos y mientras se ponía la chaqueta para irse a tomar un café y fumar un cigarro le contestó.

–Un cinéfilo.

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Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

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