Relato 13: El árbol de la vida

 

Se despertó al escuchar la alarma del reloj de abordo. Tras unos instantes regresó del mundo de los sueños y se levantó de la cama. Caminó hasta la cocina, con los largos mechones de cabello rojizo cayendo sobre su rostro, desayunó unos cereales con leche y los saboreó largo tiempo, mientras pensaba, como cada mañana al levantarse, cómo sería la vida en la Tierra. A continuación se aseó, se puso su traje EMU, que aún le quedaba un poco grande, y caminó, con una regadera llena de agua en la mano, hasta la puerta principal de la estación. Pulsó un botón, que la abrió al instante, y contempló la superficie llena de arena clara, con innumerables montañas en el horizonte, que se abría paso ante ella. Un enorme Sol calentaba el lugar y los anillos de Saturno podían verse a lo lejos. Descendió la rampa hasta pisar tierra y caminó unos cuantos metros más, hasta una pequeña zona con arena trabajada.

A través de la escafandra contempló, sonriente, el pequeño tallo que crecía fuerte y lleno de vida en aquel extraño paraje. Inclinó la regadera con ambas manos y vertió un poco de agua sobre la planta, que pareció moverse eufórica al sentirla sobre ella.

La niña se agachó y se sentó junto al tallo. Acercó su mano, envuelta con el guante del traje, y acarició las hojitas del pequeño árbol, delicadamente. Estuvo así largo tiempo y cuando el Sol comenzó a ocultarse volvió a la estación.

Se quitó el casco al cerrarse la puerta y observó la blanca estancia brillante en la que llevaba dos años viviendo sola. Se quitó el traje espacial y realizó un poco de ejercicio y unas cuantas posturas de yoga que había aprendido de su madre. Después se dirigió al baño y se dio una buena ducha (no podía creer que tras la explosión siguiera funcionando el agua corriente), enjabonándose fuertemente el cuerpo. Tras diez minutos cerró el grifo y se enrolló una toalla al cuerpo.

Se miró al espejo, como cada día, intentando descubrir nuevos signos de madurez en su rostro y, aunque veía un notable cambio, la expresión infantil de una niña de 10 años aún la miraba al otro lado del espejo. Observó sus largos cabellos ondulados y cansada de tener que estar siempre pendiente de que no se le enredaran dentro del casco, cogió unas tijeras de uno de los cajones del lavabo y mechón a mechón cortó su cabello, hasta que solo quedó de él una corta melena por debajo de las orejas.  Limpió el suelo del aseo y tiró los mechones en un contenedor de basura que trituraba y procesaba todo lo que ingería.

Después de eso estuvo realizando unas cuantas operaciones matemáticas, leyó varios capítulos más de su último libro sobre literatura inglesa, estudió el mapamundi que había abierto en la enorme pantalla de abordo, e intentó contactar, a través de los mandos de la estación, con la base en la Tierra. Ninguna respuesta obtuvo. Como siempre.

Se tumbó, agotada mentalmente, en la cama, y cerró los ojos, cayendo en un sueño profundo al instante:

La misión en busca de un nuevo planeta habitable había comenzado 5 años atrás. Ella formaba parte de una tripulación formada por 10 personas, entre las que se encontraban sus padres. Pero algo había ocurrido y al final todos, menos ella, habían muerto.

Una parte de la estación espacial había volado por el espacio hasta llegar a aquel extraño lugar, y durante dos años Eva había vivido sola en él.

La tripulación buscaba  un planeta en donde poder comenzar a vivir, pero antes había que asegurarse de que la tierra de aquel planeta fuera capaz de albergar vida. Para ello la tripulación se había llevado una gran diversidad de semillas, que se guardaban en unas cápsulas refrigeradas. Una vez llegado al planeta elegido se intentarían plantar.

Y eso era lo que Eva había estado haciendo durante ese tiempo.

Con el traje protector sobre su ropa, y el casco cubriendo su cabeza, había comprobado la extrañeza de aquel planeta, lleno de arena, pero sin vida aparente en él. Toda la superficie, al menos hasta donde ella había podido llegar, estaba compuesta por una especie de arena blanca y suave.

Intentó plantar muchos tipos diferentes de semillas durante el primer año y medio y nada había conseguido arraigar. Estuvo a punto de darse por vencida cuando una mañana salió al lugar y contempló fascinada el pequeño tallo verde que asomaba por entre la arena blanca. El tallo de un manzano pareció saludarla lleno de vida y alegría y fue entonces cuando supo que aún había esperanza.

No le importaba gastar parte del agua que tenía en regar aquel pequeño árbol, pues era su amigo y quería verle crecer, alto y fuerte.

Esa había sido su rutina durante los últimos dos años, y en especial durante los últimos meses: se levantaba, visitaba su árbol, lo regaba y volvía dentro de la estación para estudiar, ejercitarse e intentar contactar con la Tierra.

 

Se levantó de la cama, fue al baño y se miró al espejo. ¿Cuántos años habían pasado? Según el calendario de abordo 5. Vio su reflejo juvenil y sonrió al ver una espinilla en una de sus mejillas. Se puso el traje, que le quedaba como un guante, y el casco y salió al exterior. Visualizó el árbol de poco más de 3 metros de alto y sonrió orgullosa. Inclinó la regadera y bañó el suelo para que el agua llegara a las raíces. Fue entonces cuando el árbol pareció moverse, contento, y Eva lo miró fascinada. Se sentó, apoyada en él, y contempló el cielo raso, de color verdoso y el enorme Sol que estaba en lo más alto. Se levantó tiempo después hacia la rampa de la estación cuando un pensamiento la rondó la cabeza. Miró las hojas verdes y radiantes del árbol, su rugosa  madera, con resina cayendo por ella, y muy despacio se quitó uno de los guantes que habían resguardado sus manos de aquella desconocida atmósfera desde hacía 7 años. Sintió el pesado aire contra su piel, pero todo pareció ir bien. Alargó la mano hacia la corteza del manzano y la acarició, sintiendo el tacto vivo, de algo que no era ella, por primera vez en demasiados años. El abrazo de sus padres siendo una niña, antes de que murieran, llegó a su mente en aquel momento y las lágrimas se agolparon en sus ojos. Sin poder contenerse comenzó a llorar, experimentando más intenso y real el tacto del árbol bajo su mano. Fue entonces cuando sintió algo dentro del manzano, como si estuviera hablando, como si estuviera reaccionando a su dolor.  La muchacha se quedó allí quieta, con los ojos cerrados y la palma de la mano apoyada en el tronco.

Ya en la estación y bajo el agua de la ducha, observó su mano con atención. No parecía haber ningún signo de contaminación y se sentía realmente bien. Recordó la sensación que había experimentado al sentir el contacto con su árbol y notó como la piel se le erizaba mientras sonreía maravillada. Había conseguido que creciera y sabía que ambos tenían una conexión especial. Al tocarle la había sentido, como si pudiera escucharle de algún modo y como si el árbol pudiera saber lo que ella sentía.

Comió una lata de judías y después comenzó su rutina de estudio: matemáticas, literatura y un poco de geografía. La historia ya la tenía dominada, aunque repasaría unas cuantas fechas importantes. Después se puso frente al panel de control de abordo e intentó contactar con Tierra. Tras diez intentos lo dejó y se acercó a una enorme pantalla, que cubría una de las paredes de la estación, y apretó un botón de uno de sus paneles laterales. La pared, antes blanca, como el resto del lugar, mostró la imagen de un bosque nocturno. Los sonidos de búhos y grillos salieron por los altavoces del techo y laterales de la estación, dando al lugar a un ambiente totalmente distinto a lo que aparentaba la mayor parte del día.

La muchacha contempló la imagen de la gran pantalla y observó fascinada los árboles, arbustos, rocas y formas de vida animal que se mostraban en ella. Cerró los ojos y se durmió, sintiendo estar en un bosque real.

 

Algo había impactado sobre la estación y la tripulación había tenido que emprender acciones desesperadas para intentar salvar la vida, aunque eso era algo que parecía poco probable.

Unos habían salido a intentar arreglar la gran fuga que se había originado, mientras, otros, desde abordo, intentaban contactar con la base en la Tierra para dar noticia de lo sucedido. Ella se encontraba con su madre, quien estaba vistiéndola con su traje espacial, y con su padre, que hablaba con la mujer  y miraba a la niña a cada momento con claro gesto de miedo y desesperación. Al final su padre la había cogido en brazos y se la había llevado en volandas a gran velocidad a la zona de lanzamiento. Su madre, quien iba detrás de ellos con el casco del traje de su hija en la mano, la miraba sonriente mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

Cuando hubieron llegado a la zona de lanzamiento de las naves una explosión retumbo en el lugar, obligando a la familia a correr más deprisa.

— ¿Qué ocurre, papá?—preguntó la niña, aún en brazos del hombre. Este la depositó en el suelo, suavemente, y se acuclilló frente a ella.

—Tenemos que irnos de aquí, Eva, y lo haremos en una nave—respondió el padre.

— ¿Y los demás?—preguntó la niña, mirando la expresión atemorizada de su madre.

—No podrán venir. No hay espacio suficiente para todos—habló de nuevo el padre.

Otra explosión retumbó e hizo desprender pedazos de las paredes de la estación.

— ¡Tenemos que irnos, Ricard, por favor!—exclamó, ansiosa, la mujer. El hombre asintió y volvió a coger en brazos a la niña.

Corrieron hasta la nave, que yacía sobre un compartimento que sería abierto para dejarla salir y Ricard introdujo a la niña en la nave.

—Ponla el casco, por favor, Eli—le dijo Ricard a la madre, quien se acercó a la nave.

—Recuerdas tu entrenamiento, ¿verdad?—preguntó Eli a la niña, quien asintió con la cabeza, temblando de miedo.

Dos explosiones más hicieron tambalear la estación y en ese momento otro de los tripulantes, compañeros de Eva y sus padres, se abalanzó sobre Ricard y empezó a golpearlo.

— ¡Moriremos todos aquí!—exclamó el hombre, presa de la locura, mientras Eli intentaba quitárselo de encima a su marido.

La estación comenzó a explosionar por distintos puntos de su estructura y Ricard y Eli miraron a los demás compañeros, quienes se apresuraban a ellos con expresiones furiosas, y después miraron a su hija, quien les miraba aterrorizada y llorando.

— ¡Vete!—gritaron a la vez. Eva se quedó inerte, sin poder hablar y sin querer moverse.

— ¡Por favor, cariño, tienes que irte!—le gritó su madre.

— ¡Vamos, Eva!—gritó su padre, quien retenía a su compañero para impedirle llegar a la niña.

El resto de tripulación ya casi había llegado a ellos y la estación se deshacía por momentos.

Llorando sin control Eva apretó un botón del panel de control y la puerta de la nave se cerró, poniendo punto y final a aquel momento tan duro y doloroso.

Vio a sus padres mirarla y sonreír orgullosos y tras sonreírles ella también se ajustó al asiento y comenzó a pilotar la nave.

Eva se alejó de la estación instantes después y desde el espacio la vio explosionar 3 veces más. Los pedazos salieron despedidos a gran velocidad y uno de ellos impacto contra la nave, que comenzó a volar sin control. Intentó estabilizarla, pero tras unos momentos perdió el conocimiento.

 

Se despertó, sintiéndose mejor que en mucho tiempo. Caminó al baño y se miró en el espejo. La mirada llena de vida de una joven de veinte años le dio los buenos días. Observó sus largos cabellos, los cuales ahora le caían por debajo de su cintura, y tras desayunar cogió su regadera llena de agua y caminó hacia la puerta de la estación. Apretó el botón y descendió la rampa hacia tierra.

Sintió el frescor del aire acariciar su piel y sus cabellos ondearon con la brisa, libres y salvajes. Miró a su querido árbol, que ya medía más de 10 metros, y contempló las apetecibles manzanas que poblaban sus ramas mientras se mordía el labio inferior en un gesto de gula. Después observó los otros tres manzanos que había a su alrededor y el pequeño huerto con tomates y lechugas que habían conseguido crecer.

Tras regar las raíces de todos los árboles alzó el brazo lo más que pudo y cogió una manzana roja de su árbol. El más grande y bonito de todos. La observó sonriente y le dio un gran bocado, masticando y saboreando aquella fruta como si fuera el mayor de los manjares.

Se sentó apoyada en el árbol y le sintió en su interior, como si le estuviera hablando. Río contenta y acarició la corteza con su mano. Después se tumbó en el suelo y sintió la suave calidez de aquel enrome Sol en su rostro.

Frente a la radio de la estación Eva recitó el mismo mensaje que llevaba recitando desde hacía más de diez años:

—Aquí Eva Gonagall, de la tripulación Tkl2030, de la estación Cosmos Cero. ¿Hay alguien? Por favor, ¿me escucha alguien?— tras diez intentos se alejó del panel y caminó hacia la cama.

Miró la gran pantalla blanca de la sala y al instante la imagen de una playa paradisiaca se apareció. El sonido de las olas y el del viento acompañaron la visión, que pasó del día a la noche de manera lenta y progresiva, como si se estuviera produciendo un anochecer real. La joven miró la escena y recordó la última vez que había estado en la playa con sus padres. Habían sido las mejores vacaciones de su corta vida.

Con este recuerdo se durmió, cayendo presa de nuevos y tormentosos sueños:

 

Cuando abrió los ojos se encontró en un paraje desconocido y bastante desolador. Todo parecía estar cubierto de arena, como en un desierto. Pero esta arena era blanca, como la sal, y no parecía albergar vida.

Tras mucho tiempo sin moverse ni saber qué hacer decidió apretar el botón que abriría la compuerta de la nave. Sintió la densidad del ambiente al instante y vio, a lo lejos, la presencia de un Sol que era 3 veces más grande al que se veía en la Tierra. Puso los pies sobre la superficie y se hundió ligeramente en ella. Se agachó para tocarla y sintió la arena deslizarse por entre sus dedos, enfundados en los guantes. Observó las partículas que formaban la arena, con detenimiento y vio unos diminutos cristales de colores en ellas.

Caminó durante horas hasta que, con las últimas fuerzas a punto de desaparecer, vio a lo lejos un pedazo gigante de lo que parecía ser la estructura de la estación espacial.

Corrió a ella a gran velocidad y observó la parte de la estación que había caído en aquel planeta. Se adentró, por una de sus compuertas, al interior, y comprobó que se trataba de la sala de mando y de una de las habitaciones de la tripulación.

La sala de mando era uno de los lugares de la estación más seguros y resistentes y todo parecía estar intacto.

—No puede ser…—dijo la niña, observando el panel de control, la habitación con una cama, y el aseo del lugar.

Recorrió la estancia y comprobó que otra de las puertas daba paso al exterior a través de una pequeña rampa que se aparecía apretando un botón. A través de ella había accedido a otra zona del planeta que aún no había llegado a ver. La superficie también era de arena blanca, pero a los lejos, en el horizonte, la presencia de varias mesetas habían añadido un marco distinto a aquel extraño y desolador cuadro. Eva miró a su alrededor y observó una pequeña caja tirada pocos metros delante de ella. La cogió con dificultad, pues pesaba bastante, y se la llevó al interior de la estación, en donde la abrió y estudió su interior. Varios frascos de cristal con distintas semillas se alojaban en una cámara frigorífica. La niña se quitó el traje y cogió con más agilidad uno de los frascos. Sobre un papel pegado a él se aparecía la palabra “Manzano”. La niña observó las semillas y recordó el porqué de la misión:

“La última pandemia. Ocurrida hacía más de 50 años había dejado a la Tierra desolada y con un índice de natalidad demasiado bajo. La flora y fauna cada vez se extinguían a más velocidad y los expertos sabían que la vida en la Tierra tenía los días contados”

Aquel primer día en ese extraño planeta había conseguido superarse gracias a una botella de agua y una barrita energética que Eva había encontrado alojados en uno de los compartimentos de la habitación de la estación. Pero tenía que encontrar algo más, o no aguantaría ni 3 días.

Al día siguiente volvió a equiparse con su traje EMU y salió al exterior a inspeccionar la zona. Regresó a su nave e intentó ponerla en funcionamiento. Al no conseguirlo se bajó de ella y abrió uno de sus cuadros de control. Ojeó los fusibles, cables y botones que había en él y tras unos cuantos toques volvió a la nave. Presionó el botón de arranque y la nave se puso en marcha.

Cuando el Sol estaba comenzando a ocultarse en el horizonte vio en el suelo lo que parecían ser latas de conservas tiradas en un radio de 5 metros. Detuvo la máquina y se bajó rápidamente de ella. Cogió las latas de judías, lentejas y pimientos y los guardó en la nave, sonriendo gratamente. Cerca de este lugar pudo ver también algo que parecía ser otro pedazo de estación espacial. Se acercó a él y pronto se dio cuenta de lo grande que era. Observó sus casi 8 metros de altura por 4 metros de ancho y buscó algún lugar por el que poder acceder a su interior. Rodeó la estructura hasta que vio un pequeño resquicio en una de las esquinas de su base. Se asomó torpemente por él (el traje era pesado y nada práctico) y se introdujo en el agujero hasta adentrarse al interior de la estructura espacial. Todo estaba bastante oscuro, pero la luz que se filtraba por el hueco del suelo fue suficiente para que Eva viera el lugar al que había logrado llegar. La reservas de comida y agua de la tripulación habían llegado a aquel planeta como un regalo de un ser divino que la estaba dando otra oportunidad.

Eva vio los botes de melocotones, más latas de judías y lentejas, zumos, cartones de leche especiales, que caducaban mucho más tarde que las de los supermercados, bebidas de mango, sopas de vegetales, tortillas, cócteles de camarones… Un montón de alimentos normales y alimentos deshidratados, especiales para astronautas, que la salvarían de morir de hambre y sed durante largo tiempo.

La niña comenzó a reír sonoramente, y tras coger unas cuantas provisiones regresó a la nave y después a la estación.

Con su botín frente a sí se sintió mejor. Cenó una de las latas de garbanzos que había encontrado en el suelo de la arena, media lata de melocotones en almíbar y bebió un smoothie de frutas del bosque. Se tumbó en la cama y se quedó dormida rápidamente, con el estómago a punto de reventar.

Durante semanas estuvo explorando los alrededores del planeta, estuvo comiendo todo lo que pudo y durmió mucho. Pero un día, tras soñar con sus padres, se levantó y se estableció una meta: Descubrir si aquel planeta podría albergar vida.

Solo tenía 8 años, pero era la niña más inteligente de su país, por lo que podría sobrevivir en aquel lugar. De no haber creído nadie en ella no habría ido con sus padres a aquella misión. Se habría quedado viviendo en la Tierra con sus abuelos.

Comenzó a racionar la comida, a hacer ejercicio y a practicar yoga y meditación, tal y como le había enseñado su madre, y pasaba horas estudiando las distintas ciencias que hubiera tenido que estudiar en el colegio, instituto e incluso universidad.

Las primeras semillas que plantó fueron las de un limonero. Las había plantado a una profundidad adecuada, regado y cuidado lo mejor que pudo, pero al cabo de las semanas, de los meses, escogió otro frasco, en cuya etiqueta podía leerse: Mandarino. Lo plantó, regó y cuidó, pero al cabo del tiempo nada pasó.

Después optó por las peras. Tampoco.

Con el frasco de las semillas de manzano y una vieja regadera que había encontrado en la estación, caminó hacia el exterior, sintiendo que esa vez tendría suerte. Y así fue.

 El manzano comenzó a crecer, alto y fuerte, como si las condiciones de aquel planeta fueran las mejores para él.

 

Eva se levantó de la cama y caminó al baño. Observó las líneas de expresión y las primeras canas en el reflejo del espejo y sonrió a la Eva de 30 años que la miraba con sus grandes y expresivos ojos.

Se peinó su melena rojiza, que caía por encima de sus hombros, se puso una camiseta de tirantes y un pantalón corto y tras desayunar caminó hacia la puerta. Pulsó el botón y bajó la rampa hacia el exterior.

Como cada nuevo día contempló orgullosa y feliz el paraje lleno de árboles que había logrado hacer crecer. Pisó la fresca hierba con sus pies descalzos y caminó hasta un pequeño pozo, del cual sacó agua con un cubo, que comenzó a regar por encima de la hierba, árboles y vegetales del huerto.

Conseguir que creciera vida había sido trabajoso y duro, pero desde que su árbol había empezado a crecer cada cosa que Eva plantaba crecía rápida y fuerte.

 

Una nave comenzó a aproximarse hacia el planeta y una vez dentro de su atmósfera los tripulantes a bordo contemplaron asombrados el pequeño oasis que se visualizaba a lo lejos.

— ¡Aterriza allí abajo!—exclamó un hombre, sin poder apartar la mirada de la superficie.

La nave descendió hasta que aterrizó a escasos metros del hogar de Eva, quien observó a la gente que bajó de la nave con una mezcla de sentimientos que hacía años que no experimentaba.

Cerró los ojos, respiró hondo y los abrió segundos después. Sintió la fresca hierba bajo sus pies, y saboreó el dulce olor de los cerezos, que ya estaban en flor y comenzando a dar frutos, y supo que no estaba soñando.

Observó a los cinco miembros de la tripulación, quienes iban ataviados con sus trajes espaciales, y se quedó quieta y en silencio.

Uno de ellos, el mismo que había indicado a su compañera que aterrizara en aquel lugar, se acercó a Eva.

— Mi nombre es Adán y estos son los miembros de mi tripulación. ¿Quién eres?—preguntó el hombre, asombrado, mirando a la mujer con incredulidad a través del casco.

—Eva. —  El resto de la tripulación se acercó a la mujer y observó el precioso lugar surgido de la nada.

— ¿Tú eres Eva?—volvió a preguntar el hombre—. Llevamos escuchando mensajes tuyos desde hace años.

—Podéis quitaros los cascos—dijo Eva, asintiendo con la cabeza.

— ¿Cuánto tiempo llevas aquí?—El hombre se quitó el casco y miró a la mujer de cabellos rojos con gran interés. Eva se quedó pensativa y tras mirar a su árbol respondió:

—Más de veinte años. —Los miembros de la tripulación se miraron los unos a los otros sin poder creérselo y Eva observó los ojos verdes del hombre con fascinación. Después se acercó a su querido árbol y eligió la mejor manzana, que había madurado pocos días atrás. Se la entregó al hombre y después miró al resto del grupo, quienes también se habían quitado los cascos.

—Maduran rápido. Este es el primer árbol que creció aquí. Yo le llamo el árbol de la vida.

 

Era el día de su décimo octavo cumpleaños y había salido a inspeccionar cuando contempló lo que parecían ser los cuerpos convertidos en carbón quemados de dos personas abrazadas. Se dejó caer al suelo, de rodillas, sintiéndose temblar.

Estaban irreconocibles, pero supo entonces que se trataba de sus padres. Habían sido lanzados por las explosiones de la estación a lo largo del espacio y al igual que ella, al igual que los pedazos de la estación y al igual que todas las reservas de agua y comida, habían acabado allí. Como si una fuerza oculta estuviera atrayendo todo a aquel planeta para comenzar algo desde cero.

Se llevó los cuerpos con sumo cuidado, cerca de la estación, y con piezas inservibles, que había ido encontrando con el paso de los años, construyó alrededor de los cuerpos una especie de mausoleo a donde iba cuando quería hablar con sus padres y contarles cómo estaba. Se sentaba junto al monumento y pasaba horas recordando su infancia, recordando el último día que habían pasado juntos y pensando en cómo habrían sido los años futuros si sus padres no hubieran fallecido por salvarla a ella.

Eva se despertó al sentir una presión en el cuerpo. Se tocó el estómago, magullado, y vio a una niña de unos 4 años, con cabellos rojos rizados y ojos verdes, que se había lanzado en la cama sobre ella.

— ¡Vamos, mamá! ¡Levántate, es tu cumpleaños!—exclamó la niña, emocionada, sin dejar de saltar en la cama.

—Está bien, Alma, cariño pero deja de saltar. Ya estoy mayor para estos juegos—dijo Eva, sonriendo ampliamente.

Dio un beso y un abrazo a su hija y sonrió con dulzura a Adán, quien corrió hacia ella para abrazarla tiernamente.

La mujer caminó hacia el baño, se lavó la cara y miró en el espejo. El rostro de una mujer de 40 años la sonrió agradecida por todo lo que había conseguido.

Salió de la estación, con su regadera en la mano, y caminó hasta su árbol, el cuál regó como cada día desde hacía más de tres décadas. Puso su mano sobre la corteza del tronco y sintió una multitud de sensaciones dentro del árbol. Le dio los buenos días y después miró a su alrededor, para observar las praderas verdes y los pequeños riachuelos que cruzaban el valle. Sonrió, cogió un par de margaritas que había junto a su árbol y caminó con ellas hasta que llegó al mausoleo de sus padres. Puso las flores sobre él y rezó para que allá donde estuvieran pudieran verla, a ella y a su familia.

—Lo he conseguido. He encontrado otra Tierra. —Eva sonrió y comenzó a reír al ver a Alma llegar corriendo hacia ella, sobre los hombros de Adán.

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