Relato 12 - Tal vez, tal vez

Como todas las mañanas, las dos campanillas del despertador repiquetearon a las seis menos cuarto como si fuesen a romperse. Sin embargo,  Braulio llevaba más de diez minutos despierto.  
Sentado sobre el borde de la cama, terminó de abrocharse los pantalones y de ceñirse el cinturón.
—¡Dios mío! ¡Qué tarde!—exclamó María, su mujer. Y al acabar la frase, saltó del lecho y se enfundó la bata con cuidado de que el cinto, medio deshilachado, no se rompiese.
Al salir del dormitorio, Braulio distinguió una pequeña sombra alargada que huía hacia el hueco que formaban la pared y el armario de la entrada.
—Cuando despiertes a la niña, échale un vistazo a las ratoneras. —dijo a María sin mirarla.
—Creo que habrá que poner también algún cebo —contestó ella mientras sostenía entre el pulgar y el índice de su mano derecha el cepo donde asomaban unas pequeñas patas y una cola.
—Bueno, no perdamos el tiempo con eso —dijo mientras se dirigía con celeridad hacia la puerta del dormitorio de sus hijos varones,  que estaba a su derecha.
—¡Venga, venga, dormilones! ¡Vamos, que es domingo!—gritó Braulio esforzándose por parecer gracioso.
Tras asomarse y comprobar que los tres muchachos ya se estaban vistiendo,  se contempló, como siempre hacía, en el espejo que había en el pasillo para atusarse su engominado cabello. Mientras pasaba por su cabeza el peine comenzó a silbar, presa del entusiasmo, la marcha del Coronel Bogey, el tema más conocido de El puente sobre el río Kwai.
—¡Pero mira que sois perezosos! ¡Que vais a llegar tarde al cole, gandules! —les recriminó con un gesto fingido de enfado que de inmediato arrancó la sonrisa de los chiquillos. —Deberíais tomar ejemplo de vuestra hermana. — dijo señalando a la niña que ya estaba en el pasillo aseada y vestida.
—Papá, ¿qué es esa música que siempre silbas los domingos? —preguntó Jorge, el  más pequeño de los chicos, que tenía seis años.
—Es de una pe… ¡nada, nada! Son tonterías de papá, que cuando está contento como hoy, silba como un pajarito: ¡pío, pío! —e imitó con los brazos el movimiento de las alas para alborozo de los niños.
—¡Hala! Y ahora todos a desayunar, que se nos echa el tiempo encima y llegamos tarde al colegio. Y  esta tarde… ¿a dónde vamos a ir?
—¡A tomar una naranjada! —contestaron a coro los cuatro niños llenos de entusiasmo.
—¿Cómo?—preguntó Braulio con gesto burlón— ¡No se oye!
—¡A tomar una naranjada! —volvieron a gritar más fuerte.
María, aún con la bata puesta, ya había dispuesto sobre la mesa de la entrada seis platos con tostadas, el mismo número de vasos y una jarra humeante de café con leche. Frente a la mesa, se encontraba un mueble con varios cajones sobre el que había un pequeño transistor. Detrás de él, una extraña mancha en la pared revelaba que allí había habido otro objeto más grande y con forma rectangular.
—Bueno, chicos. —dijo Braulio nada más sentarse a la mesa— Gracias a Dios, hoy es el día del Señor. Y esta tarde: ¡fiesta! Después de misa, eso sí, si os portáis bien, iremos a la cafetería de la Plaza Mayor y nos tomaremos… nos tomaremos una… —repitió ahuecando una mano sobre la oreja derecha fingiendo que no oía.
Y de nuevo, como había sucedido minutos antes, tuvo lugar el mismo juego de preguntas y de respuestas a voz en grito.
—Papá, ¿qué había sobre ese mueble? —preguntó Luis, el mayor que en abril cumpliría los trece.
—¡Cómo que qué había! Pues lo que siempre ha habido: la radio. —contestó Braulio con la sequedad de quien quiere pasar por alto un tema.
—Pero papá, la sombra que hay de…
—¡Venga! Termínate el desayuno, que no llegamos. —atajó el padre con brusquedad mientras se llevaba la taza a los labios.
Tras unos minutos de silencio, María tragó saliva y sonrió antes de hablar.
—El viernes vino Javier. Y…
—¿Qué pasa con tu hermano? — le atajó Braulio mientras masticaba un trozo de pan.
—… Yo había pensado… —trató de continuar adoptando un tono de voz más dulce.
—¡Tú no pienses nada! —exclamó al tiempo que volcaba uno de los vasos al dar un manotazo a la mesa —¡Lo único que tienes que hacer es dejar de mantener a ese parásito! ¿O es que acaso crees que no me he dado cuenta de que hay menos patatas y lentejas en la despensa? ¿Se las han comido los ratones? —preguntó en tono burlón— ¡Ah, no! Que los pobrecitos, como el que he visto esta mañana, no son tan voraces como para haberse zampado casi dos kilos de comida en menos de dos días. Yo más bien diría que ha sido obra de una enorme rata de dos patas que, como ya no puede recibir dinero del Estado por estar parada, como en los tiempos de Mari Castaña, acude a la casa de la idiota de su hermana para llenar la barriga a costa del imbécil de su cuñado.  
María, con la mirada baja, se esforzó por contener los hipidos y suspiros mientras limpiaba con un paño húmedo el café con leche derramado.
Braulio, miró su reloj de pulsera y sonrió al tiempo que apretaba los dientes.
—Bueno, y ahora, caballerete, —le dijo a Luis —como aún tenemos un poco de tiempo, me gustaría hablar de cierto asunto con usted. ¿Me puedes explicar qué es esto que he encontrado debajo de tu colchón, de dónde lo has sacado? —añadió levantando un viejo diario de tapas rojas en cuya portada había, pegada con cinta adhesiva, una fotografía de grupo donde destacaba un chico de unos veinte años con cazadora de cuero y luciendo un piercing de plástico en la nariz.— ¿Cuántas veces te he dicho que los únicos libros que puedes tener son tu catecismo y tus libros de texto? Vamos, ¡contesta!
—Es… un… —dijo titubeando el muchacho mientras se esforzaba por no romper a llorar.
—¡Calla! — le atajó su padre con un alarido. —Verás… —añadió en un tono más calmado tras una pausa,  al tiempo que miraba al techo tratando de encontrar la manera de explicarle qué era aquel diario. —Esto —dijo golpeando la encuadernación con el dorso de la mano derecha— es la mejor prueba que podéis encontrar —añadió dirigiéndose al resto de sus hijos—  para saber cómo era nuestro país hace cuarenta años. En aquel tiempo la gente como… —volvió a apretar los dientes con rabia y a guardar silencio unos segundos— como vuestro abuelo, sí, ese joven que veis ahí en esa fotografía con esa… inmundicia en la nariz y riéndose de todo y de todos, arruinaron nuestra patria. ¿Y sabéis cómo? Holgazaneando dos días a la semana, entre otras cosas. Sí, dos días. Los viernes, al salir de las fábricas, de las oficinas, de los talleres y de cualquier centro de trabajo, la gente como él se marchaba a sus casas dispuesta a beberse el jornal en los bares, a contonearse como monos en las discotecas, a ir al… —aunque quiso pasar por alto aquel lugar tabú, no tuvo más remedio que mencionarlo—cine, un lugar donde las personas pasaban las horas muertas viendo y oyendo bobadas.
Los chiquillos, para los que el joven de la fotografía era un desconocido del que nunca hasta ese momento habían oído hablar, se debatían entre el temor que les provocaba su padre y la curiosidad que les suscitaba aquel mundo lleno de bares, discotecas y cines. Pero lo que más les intrigaba era esa extraña costumbre de no hacer nada durante varios días.
—Un derroche de tiempo y de dinero — prosiguió Braulio—que causó estragos en la economía de nuestros jefes.
—¿Qué son estragos? —preguntó Luisa, la pequeña de cuatro años.
—Daño, mi cielo, el que se le hace a hombres tan buenos como don Gabriel, que es quien le paga a papá por su trabajo para que podamos desayunar, comer…
—… ¡Y tomarnos una naranjada! —exclamó entusiasmada la chiquilla provocándole una sonrisa a su padre.
—Sí, pero cuando se puede. Recuerda que la semana pasada no fue posible. Papá tenía que trabajar, y eso es lo más importante: cumplir con nuestros mayores cuando somos niños, como tú, y con nuestros jefes, como hacemos los hombres. Del mismo modo que cuando seas mayor, Luisa, tendrás que portarte bien con tu marido y obedecerle en todo.
—Pero los domingos por la tarde, cuando tienes que trabajar, don Gabriel no te paga más por ello, ¿verdad, papá? — preguntó Luis.
Braulio, que gracias a la pequeña de la familia había dulcificado sus formas, volvió a apretar la boca y a mirar al suelo mientras resoplaba profundamente como un toro antes de embestir.  Tras unos segundos de permanecer en ese estado de ira contenida, levantó la cabeza, inspiró profundamente, cerró los ojos y esbozó una amplia y forzada  sonrisa.
—Luis, papá, a diferencia de otros días, está un “poco” enfadado...
El chiquillo no precisó más explicaciones: siempre que su padre hablaba de sí mismo en tercera persona, en tono irónico y apretando los dientes, sabía que lo siguiente que ocurriría era que algún vaso se estrellase contra el suelo y que la mano de su progenitor estampase la huella de sus cinco dedos en su cara, en la de sus hermanos o incluso en la de su madre. Pero no solo Luis percibió esa señal de alerta: los demás miembros de la familia, cabizbajos y temblorosos guardaron silencio, todos menos la pequeña Luisa.
—¿Papá, qué era un televisor? —preguntó la chiquilla esperando con inocencia que la respuesta del padre fuese algo parecido a uno de los cuentos que le contaba de tarde en tarde.
El silencio, que hasta  ese momento se había vuelto tan denso que incluso se podía escuchar el correteo de los ratones a través de las paredes y el motor de algún vehículo lejano, adquirió un matiz más angustioso. La mujer de Braulio emitió un sollozo de desesperación similar al de un reo a muerte que, capturado tras su intento de fuga, sabe a qué destino se enfrenta.
—Creo que ya sé de dónde ha salido ese maldito diario. —susurró Braulio entre dientes, mientras miraba de soslayo a su mujer al tiempo que volvió a sonreír lleno de rabia.
Luis, que acostumbraba a dejar  la mochila del colegio en el suelo mientras desayunaba, deslizó su mano por debajo de la mesa y la agarró con fuerza, como si alguien fuese a arrebatársela de un momento a otro. Su madre, aprovechando que el padre había vuelto  a cerrar los ojos,  dirigió una mirada inquisitiva al chiquillo, ya que sabía que en la mochila ocultaba un viejo ejemplar de poesías de Miguel Hernández. Él, por su parte, contestó a su madre negando nervioso con la cabeza y con los ojos extraviados en una mirada de súplica con la que le rogaba que no le delatase ante su padre.
—¡Papá! —dijo Luisa tratando de atraer la atención de Braulio para que le contestase a su pregunta.
Y de nuevo, la cara del padre se relajó y adquirió ese aspecto de amable cuentacuentos al que la niña estaba acostumbrada cada vez que le relataba una historia o le daba su peculiar explicación sobre cualquier cosa, ya fuese sobre el vuelo de las aves o la creación del universo.
Pero en el momento en el que dirigió la mirada hacia la misteriosa mancha que había tras el transistor, y mientras  trataba de encontrar la manera de explicarle a sus hijos lo perniciosa que era la televisión y cómo, después de la rebelión militar, desapareció al igual que los cines, los fines de semana libres y, algo aún peor, las vacaciones, las campanillas del  teléfono sonaron más fuerte aún que las del viejo despertador.
Carlos, dos años menor que Luis, se dispuso a descolgar el auricular, pero Braulio lo contuvo con un gesto enérgico de la mano antes de lanzarse a la carrera hacia el aparato.
—Buenos días, Joaquín. —dijo esbozando una amplia sonrisa idéntica a las que obsequiaba a don Gabriel— ¿Qué si tengo algún inconveniente? ¡Pero qué preguntas, hombre! ¡Anda que no eres tú bromista ni nada!—añadió con una ruidosa carcajada.
Tras colgar, cerró los ojos, suspiró sonriendo y dio una palmada para reclamar la atención de los críos.
—Bueno, niños. ¿Os acordáis de aquella canción que cantamos la semana pasada? Venga, pequeñina —dijo a Luisa—, demuéstrales a tus hermanos que la recuerdas mejor que ellos.
—Si Dios nos da salud…—comenzó a cantar la chiquilla con voz desafinada al tiempo que se esforzaba, haciendo pucheros, por contener el llanto—… y nos portamos bien,  al parque nos iremos el próximo domingo y zumo beberemos… Tal vez, tal vez…  Tal…
Pero no pudo terminar el estribillo, porque rompió a llorar sin consuelo.

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