Relato 11 La Sombra que recubre el alma

 

La voz del confesor sonó enérgica, amenazante en los fríos muros de la aquella lúgubre mazmorra...

 

- Sir Eric de Longeur...¿estáis preparado para la muerte?...¡habéis sido juzgado y condenado por asolar las cosechas, matar campesinos, violar mujeres...como cabecilla de una banda asesina, apresada y ya extinguida...!

 

....no pudo acabar su discurso, Sir Eric, que estaba delante de él, de rodillas, indefenso, le espetó con firmeza:

 

- Vos conocéis la verdad y la ocultáis...es una patraña que habéis urdido para acrecentar vuestro patrimonio con mis bienes, deshonráis a ese dios al que decís representar de palabra y obra...y Él por ambas razones os lo hará pagar...¡y desde aquí os maldigo!

 

un golpe seco, le hizo callar, el abad Ieronimus, de pie, con una mano agarrando un crucifijo que sobresalía de su hábito, le abofeteó con ira...su mirada, fija, penetrante e hipnótica, escrutaba a la víctima a través de lo que se podía asomar tras su capucha, unos pequeños y oscuros ojos, en los que se adivinaban unas motas de luz mortecina....ni el mismísimo diablo había acumulado fama tan negativa, era cruel y despótico, y bien que lo habían sufrido y temido también los clérigos a su orden, que habían sido castrados tan solo por el deleznable delito de haberse revelado contra sus métodos...

 

Sir Eric, dolorido, restregó su mano en los labios y sin inmutarse le escupió una mezcla jugosa de saliva y sangre que indignó al monje, el cual hizo una seña y al instante un guardia se acercó y con una garrota le apaleó con saña en la cabeza, la espalda, el costado... quedó tan malherido que creyeron que le habían matado, pero no,... el noble se sobrepuso y a duras penas, dignamente volvió a enderezarse, con un semblante sereno y orgulloso, que pareció sacar nuevas energías de alguna extraña fuerza interior motivada por alguna convicción repentina que antes no parecía poseer...

 

-presto...limpiadle,- gritó el abad-...disimulad su faz...que el enviado del rey no aprecie ningún signo de tortura...

 

...minutos después, el abad sentenció:

 

-Sir Eric de Longeur...la voluntad del Señor quiere que vuestra cabeza ruede entre el fango y la mugre, para ejemplo y escarnio de quienes sigan vuestro camino...¡y así será!...'Ego te...'

 

La tarde se antojaba espesa, en el horizonte unas oscuras nubes amenazaban ya próximas con descargar un monumental aguacero, pero eso no impedía que un nutrido gentío de campesinos, doncellas, siervos, profesionales de las artes y los oficios más variados, el duque, su séquito, caballos y perros incluidos, la congregación de religiosos...acudieran a la plaza a presenciar el macabro espectáculo al que en los últimos tiempos, en aquel feudo, estaban más que acostumbrados...y hastiados...

 

y entonces, a la hora fijada, tras un breve murmullo, se hizo un silencio inquietante, aterrador...la gente abrió paso a un par de fornidos soldados, portaban al reo que forcejeaba cada vez con más fuerza, tuvieron que arrastrarle, había perdido la entereza y se resistía y revolvía con convulsos ademanes, soltaba incluso algunas patadas al aire, suspendido como un pelele, pero era inútil, y en su desesperación y miedo, su vientre flojeó y un olor nauseabundo de heces y orín invadió el ambiente, arrastrado aún más con los remolinos de aire que en ese momento se intensificaban...

 

en una sobria tarima, prepara al efecto, unos pocos pasos le separaban de su cruel destino...los dos verdugos le estaban esperando, se situaron tras de él, y esperaron pacientemente a que le pusieran de rodillas, para ello tuvieron que golpearle repetidamente las piernas, hasta vencer su férrea voluntad por sobrevivir, luego le inclinaron la cabeza contra el poyete circular de madera de roble...les costó vencer aquel manojo de nervios, que para entonces ya profería aullidos que se ahogaban entre abundantes espumarajos de sangre oscurecida...aquella escena era tan desagradable que hasta el propio duque, haciendo un ademán disimulado de atender a uno de sus consultores, dio unos cuantos pasos tras de sí, hasta hacerse poco menos que invisible a cualquier curiosa mirada...cerca de allí, el monje, que hasta esos momentos cruzaba los brazos devotamente entre sus anchas mangas, desnudó sus manos y se entretuvo en escurrir una masa informe adherida a lo que parecía ser una cruz metálica, manchada de sangre, y arrojó a la altura de los perros aquel trozo de carne tumefacta y pegajosa que gozosos pronto devoraron...

 

y sucedió justo cuando empezó a llover y el sonido metálico del vaivén del serrucho seccionaba los huesos a nivel de la nuca y la cabeza del infeliz que, con el resultado del tremendo esfuerzo, salía despedida y rodaba, y a su paso por entre las piernas de la muchedumbre, presa ya de la locura, se le iban desenrollando los vendajes que le cubrían hasta dejar ver un rostro familiar y odiado, era el del abad Ieronimus, que con los ojos desorbitados... y la cara desencajada,... reflejo de un miedo atroz, sin lengua, pagaba sin pretenderlo con su propio e insospechado asesinato a manos de la justicia por todos los pecados cometidos en varias décadas de terror.

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