Relato 10 - Fin del tiempo

Escribir un cuento de ficción. Tomo mi reloj y observo el tiempo, el reloj ahora experimenta una transformación que hace que se me erice la piel.

 

REMENDARREN

Remendarren se encontraba tendido de espalda en el frío y rocoso suelo, entre las colinas lunares de Tritón, tercera luna de un planeta anillado llamado Trexia. Entreabrió los ojos bicolor mientras se incorporaba en el suelo y echaba hacia atrás su blanca y larga cabellera observando el tono rojo del planeta que flotaba en el cielo. Se había mudado a la soledad de la luna, en la cual habitaban una fauna pequeña pero carnívora, al igual que la poca flora, que también era carnívora. Ya era viejo, durante medio siglo de exilio (contabilizados en años terrestres para el querido lector), se dedicó al tema que le dolía y apasionaba: el fin del tiempo.

De pie con su cuerpo esbelto y blanco, con vestimenta azul pálida y volteando al planeta rojo, le llegó el frescor de una brisa nocturna y el sonido de aves rapaces lunares que esperaban su muerte; un posible y exótico alimento para la vida local. Tenían oliéndolo con mucho interés desde hacía cien vueltas al planeta y Remendarren intuía que las aves no se equivocaban, incluso el no pasaba desapercibido el olor que emanaba su piel que se podría. «Moriré pronto», pensó. Entró en su nave: una pequeña cápsula esférica con apenas unas cuantas funciones activas. Tecleó su último informe y lo dirigió a los catedráticos de Trexia; eran solo unas cuantas palabras sin sentido.

No he encontrado la falla del tiempo, pero existe. Así como existe un ente opuesto a toda la creación, el cuál según los resultados de mis ecuaciones, está reclamando su lugar. Una era donde reinará la no creación es inevitable, pero no sé cuándo ocurrirá.

Salió de la esfera y observó sin nada de lástima su cuerpo viejo e inútil. En la llanura se dilataban reflejos de colores que venían del cielo, ya caía la noche. Una bruma nocturna traía murmullos y ruidos que Remendarren nunca había percibido en su estancia en la luna. Sintió la sensación colectiva que envuelve absolutamente a todos los seres vivos del universo antes de morir. Sonrió. Su ojo azul, el derecho, se cerró antes que el izquierdo de color verde cuando su corazón se detuvo. Azotó con la cara en el rocoso y frío suelo, la frente lechosa  crujió abriéndose. Decenas de aves esqueléticas se abalanzaron desde lo alto de las brumas sobre el largo cuerpo y comenzaron a devorar la poca carne que quedaba de él.

Los catedráticos de Trexia mandaron el informe al mismo centro del universo conocido, y el universo conocido se burló de Remendarren, excepto Hermac.

 

HERMAC

—¿Has comprado un maldito planeta? Increíble. —Dijo el sujeto pequeño y regordete  que no trataría de detenerlo.

—¡Así es! Hasta nunca —dijo Hermac. Renunciando a su puesto como dirigente evolutivo con un sistema de mil mundos a sus pies. Dio media vuelta dejando toda una sala abarrotada de nefastos ancianos con las caras de incomprensión, los cuales creen decidir el destino de cierto universo que lo envuelve un aura de estúpida decadencia. Caminó sin volver la vista atrás dirigiéndose  hacia el estacionamiento del palacio donde había ocurrido la aburrida reunión. Hermac arrancaba sus insignias de dirigente de mundos y dasabrochó un largo abrigo formal tirándolo todo al suelo y dejando ver debajo un oscuro y brilloso traje espacial. Subió a su nave y se largó a las estrellas y a su pasión…

Hermac, un ser parecido a un humano, solo que en otra galaxia y de otras costumbres, había encontrado una división que le daba nuevos horizontes sobre una ecuación que le parecía infinita. Se mudó a un planeta muerto ubicado muy cerca de un agujero negro. Hermac había encontrado un antiuniverso: se componía en su totalidad de antimateria donde el tiempo fluía en retroceso, y eso lo entusiasmó hasta gastar la enorme fortuna que poseía en comprar un planeta muerto al borde de una galaxia al borde de otras galaxias…

Hermac descendió a su propiedad mientras reía: se sentía un imbécil muy feliz en su planeta. Bajó una silla de la nave para sentarse en un suelo seco, terroso, de color café y sin vida: se sintió muy cómodo en su traje espacial. Inyectó un líquido parecido al alcohol terrestre en su casco y comenzó a beber. Observó el cielo desde un llano plano, sin árboles ni montañas muertas que estorbaran su vista.

—Te nombraré: planeta Hermac al borde del precipicio del universo. —Así pasó ese oscuro y frío día, observando en lo alto un agujero negro supermasivo que permitía la supervivencia de un observador. Y una especie de presencia murmurante le observaba desde una especie de bruma que emanaba del frío suelo.

Antes de descansar en el interior de su nave colocó dos enormes relojes clavados en el suelo, uno que corría normal y otro en contra. Una vez dentro de su vehículo espacial hizo correr los datos de una ecuación.

—Al amanecer sabré cuando se termina el tiempo —dijo en voz alta para sí mismo.

 Se quitó su traje espacial para cenar y dormir. Conciliar el sueño se complicó pues una sensación colectiva que embarga a todos los seres... 

Las estrellas en lo alto brillaban de forma sarcástica alrededor del devorador de luz. El agujero, con su enorme ojo de antimateria, observaba el planeta habitado por un solo ser vivo. Antes de que Hermac despertara el agujero negro sufrió una explosión y aumentó considerablemente de tamaño. Hermac, su nave, los dos relojes y su planeta, fueron devorados.

CREADORES

Seres impensables pero imaginables, casi inmateriales en su mayoría, contemplaban el todo con sentimientos de añoranza; una tristeza y malestar infinitos los embargaba. Observaron con resistencia la creación. Habían nacido con una enorme explosión junto con las cosas que pueden existir pero, ahora, las malditas cosas que no existen quieren ocupar el lugar de la existencia.

En el paraíso (simbología para la imaginación de los lectores que también habitan lo creado) había una reunión, donde también acudieron los hijos principales de estos seres supremos: ángeles por ejemplo, y otras cantidades de seres de luz, líderes de universos, príncipes planetarios e incluso uno que otro demonio.

Uno de los demonios llamado Belfegor, al entregar un informe de un planeta y su habitante recién devorados, se aterrorizó al escuchar la discusión que aconteció despues de su informe; las historias de lo no creado eran reales después de todo.

—Es inevitable, nuestra era ha acabo —dijo el ángel llamado Mikael—. Lo no creado reclamará toda la existencia.

—Tiene que haber alguna forma de combatirlos —dijo Gabriel, un ángel que se mostraba con alas y objeto afilado en los mundos habitados.

—No seas necio…

El miedo creció dentro de Belfegor y huyó por un canal de comunicación que lo llevó al inframundo de un planeta nombrado Tierra por sus habitantes, por cierto, en el universo era un nombre popular ya que las razas de menor inteligencia optaban por nombrar a su planeta por la superficie que pisaban.

El demonio había perdido su cordura, la sensación de muerte lo hizo divagar. Fue a dar a un hogar habitado. El demonio atravesó una casa, una cocina, una habitación, un científico matemático dormido, incluso atravesó el sueño de Brad.

Después de que los creadores expusieran lo que estaba a punto de suceder, pero no sabían cuando, en todas las direcciones del universo se sintió una sensación colectiva que abarcó a todo lo creado…

 

 

 

BRAD

¿Creían que era eterno?

Pues claro que se acababa, y en muy poco tiempo. Brad echó una mirada más a su reloj de pulsera, la manecilla avanzaba sin dar tregua ante su mirada. Era víctima de un silencio aterrador. Él sabía: había sucedido como muchas de las aportaciones científicas a la humanidad, por accidente. Se obsesionó con el tema hasta que lo resolvió.

Lo había descubierto durante la noche, ante la falta de lucidez en la realidad. Bastó un solo sueño, más bien su inconsciente lo había resuelto gracias a una invisible interacción universal: los números desfilaron y danzaron ante su mirada en una habitación oscura formándose la terrible ecuación. Al despertar aún no amanecía; corrió a su estudio y a su pasión, las matemáticas.

Brad intentó encender la lámpara de su estudio pero algo lo había reventado. Intentó con la veladora que descansaba en su mesa, abrió el frasco de tinta y acomodó el contenedor de ceniza; una práctica no muy moderna que apreciaba. Mientras plasmaba los números y los convertía, la llama de la vela creaba sombras silenciosas en distintas dimensiones de la habitación: muchos Brad circulaban por las paredes, así como los números cobraban vida en su hoja. Lo tenía. Colocó la ceniza y sopló. La mirada se congeló en un silencio espectral contemplando la ecuación que rebelaba el fin en unas cuantas y nefastas horas más; no quedaba tiempo para nada.

Estaba afuera, en el porche, sentado en una mecedora, contemplando el frío amanecer. En una mano el café humeante, en la otra su reloj automático, esperando. Adentro se escuchó el normal ajetreo de la mañana: su esposa preparando el desayuno y regañando sin un motivo específico a sus dos hijos antes de llevarlos al colegio. Afuera, el frescor y el ruido de la humanidad.

Brad observó su reloj mientras surgía en él un malestar que invadía sus sentimientos, una sensación colectiva... Apreció el último instante en su reloj,  el segundero se detuvo, así como se detuvo el universo mismo.

 

 

 

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