Relato 10: El evento cardinal

Abrió los ojos, y nuevamente la gélida oscuridad de la penumbra se extendió por su alma. Esta vez despertó sobresaltada, suspiró y contuvo el llanto. Se apoderó de ella el desaliento: la añoraba tanto... Una vez más volvió a sentir que no se hallaba sola en su cuarto. Se sentía sitiada entre aquellas paredes, invadida por un sentimiento de zozobra, sin entender cómo había podido llegar a ese extremo; no obstante, esa percepción de ser observada es lo que mas la turbaba...

 Pronto lo supo: todo comenzó cuando ELLOS llegaron... Por un momento su cuerpo se estremeció y un escalofrío le aguijoneó las entrañas, como una daga de acero álgido penetrando su trémula carne, tan glacial como la invernal brisa de ultramar.

Altea, residía por entonces en un modesto pazo restaurado años atrás, cuando era solo una niña. Lo heredó recientemente al fallecer su madre de una agónica y larga enfermedad. Estaba situado en las inmediaciones de Ortegal, aledaño a la ría de Ortigueira, en la costa de A Coruña; un lugar obsequiado por la naturaleza con una extraordinaria belleza.

Se levantó de la cama con ímpetu, eran las tres de la madrugada, se encontraba sola, ya que Arturo: su padre adoptivo, dormía en casa algunas noches; pero últimamente el incremento de trabajo apenas le permitía regresar, para estar con ella los fines de semana. Llovía fuertemente, el estruendo del agua al golpear indómita el tejado y los cristales de las ventanas, invitaba al recogimiento. Se dirigió al vestidor de su habitación, en la pared lateral del fondo se situó frente al espejo que colgaba de la pared. Su cabello rúbeo, cobrizo y aterciopelado, se deslizaba largo sobre sus hombros, alcanzando hasta casi la mitad de su espalda. Unos ojos verdes aceitunados fascinantes resaltaban sobre su rostro, confiriéndole una faz felina. Unas facciones proporcionadas y dulces mitigaban en parte, cierto  aspecto irreverente en su expresión.

Aquella noche se vio retratada con ese aire de nostalgia y melancolía que ella misma percibía en su propia mirada. También se lo hizo notar El Morador, nombre con el que se presentó ante ella. «¿Qué quiere de mí?».—Reflexionó.

Apareció de la nada, en  una noche espectral como tantas otras y no se marchó, los demás moradores abandonaron el faro, pero él...; sin embargo, permaneció...

Se apresuró a vestirse, alcanzó unos pantalones vaqueros de color negro que rápidamente se enfundó, deslizó sobre su cintura un cinturón de cuero ceñido, también negro con incrustaciones metálicas. En la parte superior de su cuerpo se atavió con un corpiño oscuro, pero esta vez no reparó en el color.

Su mirada se transformó, sus pupilas transmitían una sensación distante algo más frívola y siniestra; pero a la vez furtiva y esquiva: estaban infiltradas de un matiz sombrío, funesto. En ese instante recordó a su madre y también a la hija del Señor do Castro.

Rememoró en ese momento, aquellos días de finales del otoño, que tanto le gustaban cuando era niña, comenzaba a hacer frío; pero a ella le encantaba jugar en aquellos prados de pastos, a veces se adentraba en el pequeño bosque que había junto a su casa, y se bañaba en la ría cuando llegaba el verano.

 Todos los años, aves migratorias venidas de todos los confines de Europa, llegaban buscando zonas más cálidas. Quedaba atónita divisando gaviotas y pardelas sobrevolar sobre ella en formación, eclipsando la luz del sol a su paso. Soñaba con poder volar como ellas, deslizarse con el fluir del viento bajo la crecida de unas alas, elevándose sobre el manto verde de la tierra, planeando dócilmente hasta llegar hasta los tres Aguillóns; a las rocas del fin de mundo, como las llamaba su padre. De niña él la llevó a cabo Ortegal, imponente frontera entre el mar Cantábrico y el océano Atlántico, región fascinante que funde en un mordaz y eterno abrazo, el fin de la tierra con las infinitas aguas del inmenso océano. Allí en lo alto del promontorio, contempló a sus espaldas el fastuoso faro rojo y blanco; sobrevolado por un halcón peregrino, quedando la impronta grabada en su retina con una huella indeleble. Las tres puntas afiladas de los antiquísimos e ignotos Aguillóns emergían de las profundidades, enormes riscos compuestos de eclogitas y granulitas; vestigios vetustos de la colisión de dos placas continentales, intentando alcanzar y abrazar el cielo sin conseguirlo, eternamente golpeados por enormes olas de espuma blanca.

Fue su abuelo, el que en algunas de esas noches de crudo invierno, le contó la leyenda de la villa, aquella que le cedió su afectuoso nombre:

«Cariño, fue alzado en las cercanías de la Punta do Castro, donde existió un asentamiento de castros. Cuenta una leyenda que en ese misterioso lugar habitaba el Señor do Castro, a quien le falleció la más hermosa y rubia de sus hijas; ella fue enterrada en una mámoa en la cumbre de la vecina sierra de A Capelada. Un buen día tiempo después, pasó navegando frente a Cabo Ortegal una expedición marina. Era Ith, el hijo del rey celta Breogán, quien iba acompañado de otros cuarenta y nueve jefes celtas en busca de las tierras de Irlanda. El Señor do Castro y sus hijos se unieron a Ith y, mientras marchaban por la bocana de la ría, miraron hacia la sierra para decir: ¡adiós, cariño!». Y de esta antigua leyenda surgió el nombre de la villa, así es como se lo contó su entrañable abuelo.

—Intuía que vendrías —murmuró Altea, mientras se colocaba el chubasquero.

—¿Acaso me esperabas? —interpeló con voz cavernaria y pausada.

—No, tal vez..., era más un presentimiento que una certeza...

—¿Querías que acudiese? —interrogó, con un timbre de voz  masculino, grave y gutural.

—No lo sé..., quizás sí..., pero no estoy segura... —dijo Altea, acercándose a la puerta de su habitación, traspasando el umbral.

Bajó las escaleras sin mirar atrás, quedó unos instantes frente a la puerta de la entrada principal, por un momento vaciló, titubeó, una insufrible incertidumbre invadió todo su ser.

—Mi único objetivo es evitar que pueda detenerse un Evento Cardinal —dijo el morador susurrando tras ella.

—¿Porqué aparecisteis aquí, en este lugar?

—El mandato es ineludible: el emisario nos envió.

—Tus acompañantes ya se han marchado, ¿qué te retiene aquí? —inquirió de nuevo  tratando de encontrar una razón a algo que aún no había logrado asimilar.

Tragó saliva, agarró el pomo de la puerta y sintió las vibraciones del viento sobre él. La respuesta del morador se hizo esperar,  entretanto, escuchaba tras la puerta los silbidos del aire, el susurrar de la lluvia, y unos ladridos de perros a lo lejos.

—Yo lo elegí —contestó el morador—. Esta vez su voz resonó cálida y quebrada.

—¡Ni siquiera puedo ver tu rostro! Todavía no se quién o qué eres, de dónde has venido ni qué haces aquí; el único sentido lógico es que me esté volviendo loca. ¡Esto es una paranoia disparatada! Cada día estoy mas segura de que no existes en realidad, y que toda esta locura es el resultado de algún trastorno mental, por el que estoy atravesando..., ¡Maldita sea!

—Mi faz no puedes verla, lo sé, es como una bruma difuminada para tus ojos, ves mi semblante pero no mis rasgos. No puedo cambiar esto, y es mejor así; pero no está en mi mano cambiar esta circunstancia.

Altea sujetó el tirador con fuerza, lo giró, y se arrojó a los brazos de la noche tempestuosa. Lo primero que recibió fue el azote de la lluvia en la cara, la capucha le cubría la cabeza, y el impacto del ímpetu del viento y del agua en él, producía un sonido a veces ensordecedor. «supongo que amainará pronto».—especuló, mientras trataba de alcanzar su coche en medio del temporal.

Rápidamente abrió las puertas del vehículo, y subió a él. Sus manos le temblaban, por momentos titubeó al introducir las llaves: sentía que su mundo se desmoronaba por completo ante ella.

Altea miró el retrovisor, y una punzada helada la atenazó, retuvo  el aliento; días atrás había logrado no atemorizarse al percibir su presencia, a pesar de que el morador la seguía con frecuencia desde que ellos llegaron, aún así, por ésta vez; no pudo eludir el temor que le produjo, ver su siniestra silueta situada en el asiento de atrás.

—No temas, no pretendo asustarte..., discúlpame... —señaló, ladeando la cabeza hacia un lado.

Consiguió tranquilizarse un poco y giró la llave, arrancó, y aceleró entrando con brusquedad en la carretera.

—Antes mencionaste algo así como un Evento Cardinal que tratabas de proteger, ¿a qué diablos te referías?

—Son hechos de especial trascendencia que ocurren en el mundo..., cada cierto tiempo —enfatizó el morador.

—¡Claro! ¡No me fastidies! —dijo en voz alta—: ¿no podrías haberte inventado algo menos surrealista? —Altea sonrió con una sonrisa histriónica e incrédula que no trató de disimular—. ¡Mierda! ¡Estoy jodida!, debo estar como una puta regadera; esto no está pasando, tengo que estar desvariando...

El coche se estaba acercando al final del trayecto, pudo atisbar el faro entre la penumbra y la lluvia que continuaba cayendo más debilitada. Detuvo el automóvil, se descalzó, y partió caminando en la lúgubre noche hacia Ortegal. En el trayecto, se trastabilló cayendo de bruces contra los adoquines de la entrada; en la caída se lastimó una ceja, y se laceró una rodilla sangrando profusamente, entretanto, la lluvia enjugaba las heridas. La ventisca le levantó la capucha y su pelo quedó batiéndose contra el viento, hasta que se plegó empapado y lacio sobre sus hombros. Contempló aquella formidable linterna, que giraba proyectando su luz a los confines del Océano, y sus ojos brillaron: estaba ante el ángel guardián de los marinos, el guía que les alumbra el camino a casa... También ella estaba llegando a su morada, el lugar que tanto la fascinó desde la niñez.

El morador seguía junto a ella, aunque él no caminaba, como una vez le aseveró: solo se desplazaba. En ningún momento se separó de su lado. Alcanzaron la explanada del faro, y ella se acercó  al muro de seguridad junto el espigón. Allí se quedó inmóvil, oteando las olas golpear con furia sobre los tres inconfundibles peñascos.

El tiempo quedó suspendido, la eternidad asomó a través de sus ojos, y estos se inundaron de lágrimas...

Subió al muro mirando el mar como hipnotizada. El acantilado se mostraba amenazador bajo sus pies.

Miró atrás y giró la cabeza a su derecha, donde se encontraba el morador.

—Siempre se está a tiempo de rectificar—apostilló, como intentando que la joven desistiera de hacer algo...—. Retroceder no siempre es una errónea decisión, en algunos casos puede ser la opción más acertada, aún puedes detener esta sinrazón —añadió—. Por favor Altea …, te lo ruego...   

«Su rostro está tan ensombrecido bajo esa oscura túnica...». —Pensó mirando al morador—. De súbito vio un destello extraño, emanar del lugar donde debían estar sus ojos.

Miró de nuevo hacia al frente, cerró los párpados, extendió los brazos. El agua embalsamaba su cara con dulzura, emulando diminutos arroyos...  Se lanzó al vacío.

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«9.00 A.M». Oyó una voz que la llamaba con vehemencia, era  Arturo, golpeando la puerta... Un rayo de luz acarició sus ojos entornados. Él entró apresuradamente en la habitación.

—¡Altea!, —vociferó exaltado—, han llamado de Harvard, han seleccionado tu tesis sobre Titán ¡Tendrás tu beca! ¡Es increíble! ¡Lo has conseguido! Ahora tengo que irme, sino llegaré tarde al trabajo, luego hablamos ¡Chao!

Ella continuaba aturdida intentando digerir miles de pensamientos que se agolpaban ante sí... De repente un mosaico de lágrimas desbordaron sus ojos; que caían como liberadas de una presa que acabase de aliviar la presión, abriendo sus compuertas. Sobrecogida, se incorporó; se llevó la mano a la ceja y palpó una magulladura todavía fresca, se estremeció a la vez que retiraba el edredón. Su rodilla contusionada mostraba hematomas y una herida reciente aún supurando. Se reclinó hacia atrás; entonces, una sola idea ocupó su pensamiento: Titán..., Saturno...

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