Relato 10 - El Camino Tembloroso

 

Me senté en la misma mesa de siempre, en un rincón oscuro y lóbrego, alejado de la muchedumbre que frecuentaba la posada. Alcé la mirada como cada día y pude apreciar las mismas caras de siempre. Y me detuve a observarlas. Conocía bien sus costumbres, sus nombres, sus trabajos, sus objetivos, sus vicios, sus miedos, todo. La mayoría no conocería tan siquiera mi nombre, pero yo conocía perfectamente a cada uno de ellos.

 

En la primera mesa, la de enfrente de la barra, estaba sentado Ville. Un buen hombre desde mi punto de vista, un solitario, pero no porque él lo quiera. Lo único que le cambiaría es esa repugnante costumbre de mascar la hierba en vez de fumarla, la cual le proporciona unos dientes que parece que le hayan brotado musgo por todos ellos. Podría decirse que no posee esa encantadora sonrisa capaz de atraer a una mujer. Es un gran cazador, pero comenzó a desvariar desde que aquella tarde de invierno. Partió de caza más allá del rio, siguiendo su corriente, donde los campos se convierten en hielo. Un enorme lobo le atacó, dice que logró escapar de sus fauces y asegura que era el mismísimo Fenrir, aquel que cuando llegue el Ragnarök  engullirá a Odín. Desde aquel día no ha vuelto a ser el mismo.

 

Dos mesas más a su derecha, se encontraba Matla. Una esposa entrada en carnes y cansada de las tareas hogareñas; que prefiere quedar con su amiga, la cual es el vívido reflejo de ella, para hablar mal de sus respectivos maridos. Pero de momento no pasará nada interesante hasta que llegue su amiga Tavastia, para lo cual aún queda un buen rato; concretamente hasta que el sol que entra por la puerta comience a tocar el primer taburete de la barra.

 

Como gran sorpresa pude ver que Teemu, el molinero, hoy no había venido. La enfermedad que iba abriéndose paso en su interior debe de haber hecho ya su efecto, y estará reposando en su lecho esperando el fin de sus días. En verdad, me alegro que no haya seguido acudiendo aquí; ya que si esa enfermedad es lo que creo que es, será mejor que se aleje de esta gente, para que no sufra su mismo destino. Y en su solitario molino de al lado del río, y a medio día de camino de aquí, es el sitio idóneo. Para que esto no ocurra.

 

Pero la sorpresa, no era que Teemu no hubiese acudido hoy, cosa que se hacía más previsible con cada día que pasaba. La sorpresa era que tres hombres, tres soldados para ser exactos, habían usurpado su mesa y hablaban de sus hazañas, brindaban con cervezas, berreaban y alardeaban de futuras glorias.

Tarja, la posadera, hija de Burton el dueño de la posada, detuvo su mirada en mí. Terminó de limpiar la jarra de cerveza y se acercó a ver que quería tomar. Su belleza era abrumadora, sus ojos azules brillaban cuando el sol los alumbraba, y su larga cabellera rubia iba acariciando su cintura mientras andaba. Al pasar al lado de los soldados, uno de ellos se volvió a mirarla.

 

–Preciosa, porque no vienes aquí y te sientas con los futuros héroes. Aquellos a los que la misma Freyja en persona, vendrá a recoger para llevarlos al Valhalla. – Dijo el soldado que parecía curtido en más batallas.

 

–No gracias, tengo demasiado trabajo. – Le respondió con la voz de quien está acostumbrada a tratar con gente de semejante calaña.

 

Al llegar a mí, se apoyó sobre la mesa. La abertura superior de su vestido dejaba entrever cómo sus encantos parecían luchar entre sí por intentar escapar.

– ¿Te pongo lo de siempre Wotan? ¿Una jarra de cerveza? – Dijo con su melodiosa voz.

– Sí, por favor. Y un poco de maíz para Hugin si puedes.

– Claro, no vamos a dejar al pobre Hugin sin comer hoy.

–Creeeck–Graznó afectuosamente mi querido grajo. Hugin y Munin eran mis únicos compañeros, aquellos a los que les tocaba escuchar cada una de mis penas. Pero hoy, sólo Hugin tenía el dudoso placer de acompañarme. Los sabios consejos que Munin me ofrecía, sólo hacían que cabrearme más con él.

 

Al volver hacia la barra, uno de los soldados se volvió y le dio un pequeño azote en el trasero, lo cual provocó las risas de sus compañeros. Nadie pareció percatarse de la mirada asesina que lanzaba su padre desde el otro lado de la posada. Aunque creo, que no sería por lo que le habían hecho, sino porque él no podía hacer lo mismo con ella.

 

El sol llegó ya al primer taburete, y con él llegó la señora Tavastia. Se sentó al lado de su queridísima amiga, y comenzaron su habitual tertulia de todos los días. No sin antes comentarle que mañana, podrían ver a su querido príncipe Thorin partiendo a la batalla con su ejército. Thorin era el príncipe, alto, robusto, de cabello y barba dorada y encantaba a todas las mujeres.

 

Tarja llegó a mi mesa, con la cerveza y el maíz seco. Tras un largo recorrido por las mesas para lograr esquivar a los soldados. Lo dejó sobre mi mesa y se marchó rápidamente.

 

Me vino uno de mis ataques de tos. Me cubrí con la manga de la túnica, la cual manché de sangre. La enfermedad se iba apoderando de mí cada día, me encontraba ya en el anochecer de mi vida. Y moriría aquí sólo, sin pena ni gloria alguna.

 

El tiempo pasaba lentamente y yo me iba sumiendo en aquellos pensamientos que tanto me entristecían. Llevaba años viniendo a esta posada, desde que llegué a esta aldea hará varias décadas. La gente de aquí apenas me conoce, para ellos solo soy un viejo, el resto de un antiguo saber que se perdió en el olvido. Toda la sabiduría que intentamos traer de las tierras del sur nunca llegó a crecer en estas tierras heladas. No veían bien aquello que no podían llegar a comprender, y por ello, nunca llegamos a ser aceptados. En nuestras áridas tierras, los alquimistas gozábamos de gran popularidad. Y nuestro saber era uno de los más venerados y aclamados. Quisimos enseñar al resto del mundo, extender nuestro saber, que no conociera frontera alguna. El destino, nuestros pasos, nos llevaron a este gélido paraje. Aceptamos todas sus costumbres, su cultura, y acogimos a sus Dioses. Pero aquello no bastó para que nos aceptaran. Poco a poco fuimos envejeciendo y muriendo todos, sin nadie a quien poder transmitir nuestro saber, y ahora lo único que queda de todo aquello es este viejo decrépito. Al cual se le trata como un mero curandero de males menores.

 

Ya solo quedaba el culo de la cerveza en la jarra, que reflejaba el rostro y la mirada de un triste anciano. El largo pelo blanco y desastrado se juntaba con mis barbas a juego; y unas vendas, sucias por el tiempo, tapaban la cuenca del ojo que perdí aprendiendo mis saberes. Aun así, intentaba pasar desapercibido con mis largas y harapientas túnicas, con un sombrero de tela que cubría mi cabeza y parte de mi cara debido a su amplitud.

 

Estaba tan sumido en mis pensamientos que se había marchado casi toda la gente, únicamente quedaban los tres soldados, a los cuales la cerveza parecía que les estaba empezando a subir a la cabeza.

– Yo moriré en el campo de batalla como un héroe, y las valquirias vendrán a recogerme para llevarme al Valhalla. –Gritaba un soldado a otro.

 

–Oh, vamos Tuuka. Si Heimdall te viera poner tan solo un pie en el Bifrost, te echaría a patadas de allí enseguida–Le dijo el otro mientras estallaba en carcajadas.

 

Tuuka se cabreó y golpeó en la mesa con todas sus fuerzas.

 

–Tranquilízate Tuuka. Y tu Lyl, no le cabrees.–Dijo el tercer soldado intentando poner, algo de paz. –El puente del arcoíris, el camino hacia el Valhalla, es sólo para los grandes héroes, para las grandes leyendas. Nosotros no somos más que unos soldados, de los que no se va a preocupar nadie cuando muramos. La única que nos vendrá a recoger  será Hela para llevarnos a Hellheim, donde moraremos entre las tinieblas.

 

–Bueno… Sökö siempre podremos hacernos ricos tras miles de batallas, encontrar a una doncella de alta cuna y convertirnos en nobles. Y cuando la enfermedad llame a nuestras puertas, clavarnos una lanza en el pecho en honor a Odín. – Dijo Lyl volviendo a estallar en carcajadas. – Porque me parece que esa la única manera que alguno de nosotros pudiese acabar en el Valhalla.

 

Tuuka y Sökö se quedaron en completo silencio mientras Lyl reía, y al cabo de un segundo, le encontraron la gracia y comenzaron a reír los tres juntos. Se levantaron, empezaron a cantar y a bailar, mientras derramaban la cerveza con cada intento de baile.

 

–Me parece que por hoy ya hemos tenido suficiente Hugin. Vámonos a casa. – Le dí el último trozo de maíz y salimos por la puerta, en dirección a nuestro hogar.

 

La ciudad estaba ya prácticamente a oscuras y la gente empezaba a encender las velas en sus casas. No era una aldea muy grande, pero como el castillo del rey estaba prácticamente al lado, solían venir bastantes comerciantes y gente de otras aldeas.

 

Hugin estaba en mi hombro graznando, pero mi mente estaba inundada de pensamientos. El lamento de una vida que termina y de lo que nunca se llegó a conseguir. Un brote de tos me agitó y mi boca se llenó del sabor de la sangre, me llevé los dedos a los labios y vi la sangre cada vez más oscura; y supe que no me quedaba ya mucho tiempo. Volví a andar volviendo a mis pensamientos, Hugin intentaba reclamar mi atención estirándome del pelo con su pico; y de pronto algo cruzó mi cabeza, todo estaba claro, era posible. Una gran felicidad me embriagó y mi rostro recordó como era aquello de sonreir.

 

–Es posible Hungin, es posible. –Le dije entusiasmado. –Hay poco tiempo, pero aún hay una ligera esperanza para mí, no todo está perdido.

 

Sin perder ni un segundo, me dirigí hacia mi casa lo más rápido que me permitían mis enclenques piernas. El antiguo edificio de piedra y madera, aun lucía su cartel en la entrada de “Gremio de Alquimistas”. Cada vez que entraba me invadía un asfixiante aire, mezcla de polvo y humedad, un aire espeso que parecía poder cortarse. Su interior estaba completamente a oscuras y encendí una vela. Las escaleras que subían llevaban a las antiguas estancias de los miembros, donde ahora sólo yo vivía; pero esta vez me dirigía hacia abajo, donde antaño se trabajaba. Los escalones de madera crujían bajo mis pies, lanzando exclamaciones, admirados de que alguien los usase; yo casi nunca bajaba ya, únicamente cuando mi dinero se acababa y necesitaba transmutar más plomo en oro. El aire aquí abajo era muy distinto y podría oler perfectamente a todos los olores que hubiese en la faz del mundo. Había botes, cajas, tarros, cuencos, libros, metales, piedras, toda la cultura y la sabiduría de todos los territorios conocidos. Empecé a rebuscar por las estanterías, pero me quedé completamente en blanco.

 

Eché un vistazo a Hugin, el cual estaba posado en mi hombro, pero me devolvió una mirada cargada de desconcierto.

–Vamos, vete y descansa. –Cogí y lo bajé de mi hombro posándolo en una vara que sobresalía entre otras.

–Munin. –Grité hacia las escaleras. Se empozó a escuchar un revoloteo de alas y apareció Munin, un gran Grajo albino. Se posó sobre mi otro hombro y graznó a modo de saludo.

–Así está mejor, ahora si podemos empezar.

Busqué una pequeña caja de madera, fui abriendo todas con sumo cuidado, hasta que al abrir una gran luz iluminó la habitación.

–Vale, ya tenemos esto.

–Creeeccck–Respondió Munin.

Necesitaría papel de pergamino, tinta, guantes, mi máscara, y… Miré a mí alrededor intentando pensar qué podría faltarme, y mi vista se detuvo en el horno alquímico.

–Sí, es  verdad, tal vez necesitemos dinero. ¿No crees?

–Creeeeck.

 

Abrí la pesada tapa de piedra del horno, no quedaba plomo, pero si el resto de las aleaciones necesarias para el proceso. Cargué un cubo de plomo, ayudado con unas cadenas y una polea; y revisé los cristales a ver si los dejé en su sitio. En la parte de abajo del horno, la que daba el calor a la parte superior, había un pequeño sistema mecánico; el cual hacía entrechocar los dos cristales que sostenía mientras se movía la manivela del lateral del horno. Aquellos eran los únicos cristales que poseía y eran de gran valor, dada la dificultad de conseguirlos, no todos los días se podía matar a un dragón y extraerle los dos cristales de su garganta. Comencé a mover la manivela y los cristales chocaron entre si lanzando enormes llamaradas dentro del horno. Al cabo de un rato levanté la tapa y vi las pequeñas piezas de oro.

 

Antes de comenzar a explicarles a Hugin y Munin su cometido. Saqué el centro de todo esto, lo que podía hacer que todo esto se cumpliera, el corazón de este plan y la esperanza de mi destino. Abrí un gran cofre, el más robusto y fuerte de cuantos había en aquel sitio, de él, extraje un pequeño soporte; un finísimo tubo de vidrio, el cual era hueco por dentro, que puse horizontalmente en el soporte preparado para ello; una serie de vejigas sin usar, las cuales se iban colocando una por cada uso en el soporte, con la boquilla enfocando a el pequeño y frágil tubo de vidrio; un bote con Midel, cuya substancia no se posaba como cualquier otro líquido en el fondo del bote, esta se mantenía flotando exactamente en el centro de éste; y por último una pequeña caja de madera, completamente vacía, con distintos compartimentos.

 

–Parece que está todo. Bueno, ahora escuchadme bien, mañana tenéis una importante tarea que llevar a cabo. –Bajé a Munin de mi hombro y lo puse junto a Hugin, de manera que les mirase directamente a los ojos cuando les explicaba su cometido. –Es posible que al final, incluso yo pueda cruzar el camino tembloroso.

 

Aquella noche fue agotadora y no tuve tiempo ni de cenar. Pero este viejo se fue a dormir con la esperanza de un chiquillo.

 

Al cabo de unas horas, la luna se escondió tras las lejanas montañas y un sol radiante ocupó su lugar en el cielo.

 

Me desperté sobresaltado, un gran gentío de voces se oía fuera de la casa y yo estaba sumido en un profundo sueño. Eché mano de mis harapos, para vestirme y llamé a voces a Hugin y Munin.

 

– ¡Vamos, ya ha empezado! ¿Por qué no me habéis despertado? ¡Si ya han pasado, no tendremos ninguna oportunidad de conseguirlo!

 

Los grajos acudieron a su llamada y se posaron cada cual en un hombro. Cogí mi ancho sombrero y me lo puse, las levas golpearon sus cabezas y pude oír sus graznidos de queja.

 

Salí a la calle y vi el enorme gentío que estaba reunida en la calle principal, allí debían estar todas las personas de la aldea. Me abrí paso entre la muchedumbre y ahí estaban partiendo para la batalla todo el ejercito del rey, comandados por su hijo el príncipe Thorin. Las mujeres se excitaban al verle pasar, llevaba su barba rubia y rizaba muy arreglada, una gran armadura de placas con una cota de malla debajo, todo a juego con su capa roja color sangre. Portaba su gran martillo, al que él mismo llamaba Mjolnir, en honor al dios Thor. A uno de sus lados estaba Gungnir su mano derecha, llevaba también una gran armadura de placas de menor esplendor y una capa verde, su arma era una gran lanza que parecía capaz de cortar las nubes a su paso.

 

– ¿Dónde tendrá lugar la batalla? –Le pregunte a la eufórica señora que se encontraba a mi lado.

–Pasando el rio, llegando a los páramos helados. Por lo que se vé, las tribus de los páramos se están reuniendo allí, y si consiguieran agruparse podrían llegar a ser una amenaza. Es mejor cortar los problemas de raíz. –Me lo dijo con el corazón en la mano y creyendo cada una de las palabras que decía con fervor. Probablemente repetía lo que había dicho el rey días antes, cuando anunció que su hijo partiría hacia la batalla.

 

Las mujeres alzaban a sus hijos para mostrárselos a Thorin y este los bendecía con un leve gesto en la frente, trazando la forma de una runa. La gente hambrienta del pueblo se arrodillaba delante de su caballo interrumpiéndole el paso, a Gungnir le molestaba mucho esto y empuñaba su lanza más fuerte para aplacar su ira; Thorin por su parte se lo tomaba alegremente y les lanzaba pequeños puñados de monedas de plata, lo cual no hacía más que hacer que se repitiera esta situación constantemente.

Me adelanté y quedé en primera fila, Thorin y Gungnir ya casi se encontraban a mi altura, seguidos de un centenar de soldados.

 

–Vamos chicos, es vuestro turno, no me falléis y deseadme suerte. –Los grajos asintieron, levanté mis hombros y alzaron el vuelo. Hugin y Munin se lanzaron contra las cabezas de su majestad y su mano. Se posaron sobre sus cabezas y comenzaron a dar picotazos entre sus cabellos mientras movían sus patas como si escarbasen en la tierra. La gente se calló y se formó un silencio aterrador, interrumpido sólo por algún sonido de asombro, la gente se quedó atónita. Por su parte, el príncipe Thorin y Gungnir, comenzaron a dar manotazos por encima de sus cabezas, al poco tiempo los grajos cesaron en su intento y volvieron volando hacia mí.

 

Toda la gente se volvió a mirarme, empezaron a alzar sus brazos y a gritar.

 –Ese ha sido.

–Es él. –Gritaba alguien a mi lado agarrándome fuertemente el brazo.

–Son sus cuervos. –Oí al otro lado del camino.

 

El ambiente se tornó muy caldeado y la gente parecía escupir rabia por sus bocas.

–Vamos queridos, lo habéis hecho muy bien. Esperadme en casa, ahora es mi turno.

Los grajos alzaron el vuelo en dirección a casa, las miradas los siguieron durante un momento pero enseguida se  volvieron a posar en mí. Vi como Gungnir se había acabado de arreglar en pelo y comenzó a avanzar con su caballo hacia mí, Thorin iba en pos de él. Alguien en las filas traseras me pegó un empujón y caí de bruces contra el suelo. Cuando me levanté y alcé la mirada, vi una gran lanza apuntándome en el cuello, y a lo lejos, al otro extremo de ella, estaba Gungnir con el odio reflejado en su cara.
 

– ¡No le matéis! –Oí que gritaba el príncipe.

– ¡Pero su majestad, las alimañas de este pordiosero nos han atacado! – Le recriminó mientras presionaba más su lanza contra mi cuello.

– ¡Dejadle os digo! – Gungnir separó un palmo la lanza de mi cuello, devolviéndole a mi corazón sus latidos. – ¿Quién sois? – Dijo dirigiéndose a mí.

– Me llamo Wotan el tuerto, último de los alquimistas que vinieron de las tierras más al sur a expandir sus saberes a tierras más lejanas. Mi gente ya desapareció de estas tierras, y yo solo soy la sombra de la intensa luz con la que un día brillamos.

Gungir estalló en carcajadas al oírme.

– No es más que uno de esos charlatanes que intentaban conseguirnos la vida eterna, poderes que nadie puede conseguir excepto los dioses. ¿Acaso te crees eso? ¿Te crees un Dios?

– No mi señor, ahora mismo soy solo un simple curandero, la gente acude a mí únicamente para que les intente curar sus enfermedades. – Le contesté de la manera más cortés posible.

– Harías bien en desaparecer como tus compañeros, aquí solo traes más mal que bien. – Y acercó su lanza contra mí nuevamente, noté como un pequeño hilillo de sangre empezaba a recorrerme el cuello.

– ¡Déjalo Gungnir! – Dijo Thorin con voz imperiosa. – Puede que su saber ya esté perdido, pero si aún es capaz de curar a alguien, es mejor que así sea.

Dicho esto, reemprendió su marcha a la batalla. Los soldados empezaron a moverse de nuevo y la gente volvía estar como si nada hubiera pasado. Gungnir se quedó rezagado, apartó su lanza de mí y me dijo. – Nos volveremos a ver, esto no va a quedar así. – Y se marchó rápidamente a ocupar su sitio al lado de Thorin.

 

Me levanté del suelo y me sacudí el polvo. La gente a mí alrededor me echó las últimas miradas de odio del día mientras pasaba junto a ellos en dirección a mi casa. Cuando entré, vi mis dos queridos grajos posados en la mesa, sus plumas estaban aún revoloteadas y en su pico tenían restos del pelo del príncipe y su acompañante.

 

– Muy bien, muy bien. – Les decía mientras arreglaba sus desordenadas plumas con cariño. Les quité cuidadosamente los pelos que tenían en sus picos y cogí la caja de madera con los compartimentos. En uno de los compartimentos deposité los pelos que llevaba Hugin y le puse un trozo de papel que ponía “Thorin”; y en el otro compartimento deposité los que llevaba Munin y escribí “Gungnir”. Y la caja quedó guardada.

 

– Ahora tengo que visitar a alguien antes de que cierre.

 

Salí a la calle y puse rumbo hacia el castillo, la muchedumbre había abandonado ya la calle y había vuelto a sus hogares. El castillo quedaba bastante cerca de la aldea y llegué a sus puertas al poco tiempo. A los pies de sus murallas había distintos comercios, con mercaderes que solían vender sus productos o servicios a la gente de palacio. Me acerqué a una herrería, que era la tienda más cercana, y le pregunté al herrero acerca de la casa del sanador.

 

– Es la de más a la izquierda, a veces están ocupados atendiendo a la gente de palacio, pero puedes probar a ver si están.

Cuando entré, un joven calvo y con una preciosa túnica impoluta salió a recibirme.

– El sanador jefe no se encuentra en este momento, está atendiendo a gente en palacio. Pero puedo atenderte yo si es algo leve. – Su voz y sus palabras sonaban como las de un aprendiz que aún no sabe llevar las riendas de su oficio. Pero para lo que me acometía necesitaba que me atendiera su maestro.

– No, me temo que no es algo liviano. – Forcé un poco de tos y le enseñe mi mano, que estaba toda ensangrentada. Aquel, al verla, le entró un mareo y estuvo a punto de desmayarse. – ¿No hay más aprendices que se puedan hacer cargo de la situación?

– No, sólo somos tres y el maestro. No se encuentra mucha gente con talento para el campo de la medicina. – Dijo con delirios de grandeza.

En ese momento la puerta se abrió y un señor con larga túnica y un cabello azabache y rizado entró, por su edad y su túnica debía de ser el Maestro.

– ¡Oh, Gracias a los dioses! – Dije mientras me tiraba a sus pies, fingiendo la desesperación de aquel que ve a su salvador ante él.

– Vamos levántese. – Su voz denotaba que no estaba de muy buen humor.

– Por favor ayúdeme, lo necesito, me estoy muriendo. – Me había puesto de pié y cogía su túnica con ambas manos zarandeándolo mientras se lo pedía. En ese momento tosí y manche su impoluta túnica de sangre.

Al ver lo que había ocurrido, enseguida reconoció la enfermedad. Se apartó de mí rápidamente, mientras comenzaba a quitarse la túnica con sumo cuidado; y mientras, yo le seguía desesperado. Su aprendiz miraba con miedo, pero por lo visto, estaba acostumbrado a estas situaciones.

– Vamos, ¿a qué estas esperando? Llévatelo  de aquí ahora mismo. – Le ordenó su maestro, mientras el terror y la furia se apoderaban de él.

El aprendiz se acercó a mí agarrándome fuertemente y forcejeé un poco con él. Cuando noté que me empezaba a arrastrar hacia la salida, alargué el brazo y agarré a su maestro por el pelo.

– ¡No me deje morir! – Le grité, interpretando lo mejor que podía. Como respuesta solo oí el chillido que dio cuando el aprendiz tiró fuertemente de mí, y me llevé parte de su pelo con el tirón.

El aprendiz me echó de allí de una patada.

– Lo lamento. – Me dijo desde el corazón a mi parecer, y cerró la puerta.

Miré mi mano llena de los pelos que me había llevado del tirón, y me dije. – Yo también lo lamento por tu maestro.

 

Ya estaba anocheciendo y regresé hacia mi hogar. Al llegar volví a abrir la caja y en un nuevo compartimento guardé los pelos que le había arrancado. Saqué un trozo de papel y me detuve al pensar en su nombre, al final escribí “Sanador”. Cerré la caja y la guardé. Me fui a la cama pensando en que mañana sería un día muy duro, y del puro agotamiento de pensarlo, el sueño me invadió rápidamente.

Desperté con mi cometido en mente. Tomé provisiones de comida y de bebida para casi un día a caballo. Y me dirigí abajo, al taller, a recoger toda la indumentaria y objetos que necesitaría hoy. En la mesa estaban todos los polvorientos aparatos que me harían falta, cogí los guantes de cuero, la máscara de pico curvo y largo, esencias, cuerdas, papel y tinta, y la caja con la bola que encierra la vida. Fui cargando con todo ello hacia la parte trasera de la casa, donde se encontraba mi único caballo, y lo fui cargando en las albardas. El pobre estaba ya tan viejo como yo, y no sé si resistiría este largo viaje, largo para ancianos como nosotros, ya que al atardecer deberíamos haber llegado ya. Una vez todos los preparativos estuvieron listos, les dije a mis grajos que cuidaran la casa y partí por donde partieron las tropas hacia la guerra.

 

El viaje fue largo y pesado, el caballo andaba a paso lento y pesado, mientras yo iba atando todos los cabos sueltos en mi mente. El camino atravesaba largos y frondosos bosques, helados por el frío y oscuros por sus follajes. La vegetación, recientemente aplastaba, daba a entender que un gran ejército había pasado por allí recientemente. Las paradas eran bastante frecuentes, la sed y el hambre se apoderaban rápidamente de un viejo que se pone en movimiento tras años de estar sumido en un largo letargo. El atardecer se cernió sobre nosotros y seguidamente el anochecer le siguió, no habíamos llegado aún donde queríamos, pero era de esperar. Cuando la noche se adueñó del mundo, algunas de sus criaturas durmieron, otras se alzaron a saludarla. Nuestros ojos se adaptaron con el tiempo a la absoluta oscuridad y nuestros oídos empezaron a escuchar en murmullo susurrante del agua que es llevaba hacia un lecho mayor.

 

Allí estaba el río. Cruzaba de este a oeste, todo cuanto alcanzaba la vista. Había un gran puente, siguiendo el camino, que lo cruzaba. Y más hacia su derecha, en sentido contrario a la corriente, se encontraba la casa del molinero. Me acerqué al puente y até mi caballo a su barandilla de madera.

 

– Será mejor que esperes aquí, no es bueno que nadie se acerque allí.

 

Me quité el sombrero y lo dejé donde estaba la máscara. Busqué las esencias y las dejé caer a través del pico curvo de la máscara, hasta que llegaron a la punta de la misma. Me puse un pañuelo negro alrededor de toda la cabeza y la túnica, de manera que todo quedaba cubierto excepto mi cara. Acto seguido me puse la máscara, el fuerte y cargado olor de las esencias me invadió cuando tocó mi cara, pero al cabo de un rato mi respiración se fue adaptando a ese olor tan fuerte; mientras mis ojos lo hacían al rojo de sus cristales. Me puse los guantes de cuero. Y con las cuerdas que había cogido, sellé todas las aberturas de mis ropajes, de manera que ninguna parte de mi cuerpo quedase expuesta al exterior. Cogí papel, tinta, y el orbe para más adelante y me dirigí hacia el molino.

 

El molino estaba completamente oscuro y parecía abandonado. La muerte parecía esperar en sus puertas.

– Teemu, soy Wotan, el tuerto. He visto que ya no vienes a la aldea y estaba preocupado por ti. He venido a verte. – Llamaba fuertemente a la puerta pero nada parecía moverse en su interior. Aunque hablaba gritando, la máscara frenaba mi voz y parecía salir débil y distorsionada. Mis ojos, que veían a través de los cristales rojos de la máscara, infundían terror a mi mente.

 

Empujé la puerta y entré. El molino estaba abandonado, las ratas cruzaban como por su casa, marcando sus patitas sobre el suelo de polvo. Los leves golpecillos de sus pisadas inundaban la estancia con un sonido que parecía aterrador. Más adentro pude ver una habitación en la que brillaba un leve resplandor.

– Estoy aquí. – Gritó una voz débil y ahogada.

 

Al entrar en la habitación vi a Teemu, sentado sobre su cama. Una vela iluminaba la estancia mientras su llama danzaba inquieta. Teemu se sobresaltó al verme, y por un momento tuve miedo de provocarle yo la muerte por miedo. Mi aspecto en ese momento era más bien aterrador, la máscara me hacía parecer un ave siniestra portadora de enfermedad y muerte.

 

– No te preocupes soy yo.  Sé que mis atuendos no son precisamente los más adecuados para una agradable velada, pero dada tu situación, toda precaución es poca.

 

– Lo sé. Y no deberías haber venido, tal y como estoy no tengo remedio, y solo puedo hacer más mal que bien.

– Tienes razón, pero no en todo. Lo tuyo puede tener cura, es difícil de creer, pero cierto. Pero algo te voy a decir, el remedio no es fácil. Puedo preparártelo, pero los materiales para prepararlo son muy costosos y no dispongo ahora mismo de ellos.

– Sabes que no me queda nada…

– Lo sé, por eso he venido aquí. Has servido bien en vida, por eso los dioses te proveerán. Mañana alguien vendrá, si entra, su destino quedará marcado al igual que el tuyo lo está ahora; a cambio, él te ayudará a librarte del tuyo. Cambiaréis vuestros destinos.

La duda recorrió su mente. Pero luego se fue despejando, y las ganas de vivir, las ganas de una segunda oportunidad en la vida aparecieron sobre su rostro. Asintió sin pronunciar palabra.

– Bien, así sea. Deberás adecentar un poco esto, y a ti mismo; que el pesado aire de la enfermedad no inunde esta estancia, y que parezca no cobijarse en tu corazón, o no se atreverá a entrar nadie. Pero ahora descansa, estás débil y necesitarás fuerzas para mañana. – Mientras le decía esto le ayudaba a tumbarse sobre su cama. Le acaricié la cabeza con ternura, el cabello, débil, caía sobre mis guantes mientras lo acariciaba. – Ya nos veremos.

– Sí, y muchísimas gracias. – De sus dolidos ojos brotaron las lágrimas de la esperanza.

Salí del molino y me alejé lo más rápido posible en dirección hacia el puente. Allí a orillas del río, me quité la máscara y todos mis atuendos; guardando especial cuidado con los guantes de cuero, los cuales llevaban el cabello desprendido de Teemu. Mi rostro estaba completamente empapado de sudor, vapor, y sangre de la tos que me había dado mientras llevaba la máscara. Dejé todas mis cosas bien recogidas más atrás y me acerqué a la orilla. Me limpié la cara y todas las partes que podían haber estado en contacto y una vez hecho esto, continué con mi cometido.

 

A orillas del rio entre las piedras, comencé a sacar arcilla. Mis manos la sacaban en grandes cantidades y empezaban a ponerla en dos grandes montones sobre la hierba. El aire frio de la noche y el agua del río hacia que no notase las manos, y que mis huesos que contrajesen provocándome dolor. Aquellos dos montones de arcilla se fueron haciendo altos, hasta que se juntaron en uno solo más grande y ancho; de los laterales de este, brotaron otros dos montones que caían hacia abajo; y en lo alto del todo otro pequeño montón, que acababa de darle a la figura de arcilla la forma de un enorme cuerpo ancho, fuerte y robusto. No me di cuenta de la cantidad de tiempo que me llevó hasta que, absorto en mi tarea, vi que hacía muchísimo rato que había amanecido. Me puse de puntillas y alzando los brazos lo máximo que podía, moldeé la forma de una cabeza y tracé con mis dedos unos ojos y una boca. Y en su frente tallé unas runas.

 

El gólem de arcilla estaba ya casi listo, solo faltaba darme un empujón hacia la vida y un cometido para la misma. Saqué el trozo de papel y me puse a escribir en él.

 

“Busca a Fenrir siguiendo las corrientes del río, donde los campos se vuelven helados. Y tráeme un pequeño trozo de su pelaje. Vuelve a la aldea, a mi hogar, sin que nadie te vea. Y espérame junto al árbol frutal de mi casa, allí me harás entrega de ello.”

 

Una vez estuvo escrito, me alcé y le introduje el papel en su boca. Ahora ya tenía una misión. Abrí entonces la caja de manera, y un tremendo haz de luz me iluminó el rostro, un haz más intenso que el sol de esta mañana. El orbe brillaba intensamente, a través de su superficie de cristal, se podían ver montones de rayos que se estampaban contra sus paredes intentando escapar. Cogí y lo lancé todo lo fuerte que pude contra el gólem. La esfera estalló en mil pedazos, y los rayos culebreaban como gusanos escondiéndose dentro de la arcilla. Las runas de su frente se empezaron a iluminar poco a poco, hasta que se mantuvieron con un fuerte brillo azulado que emanaba de las grietas de sus trazos. Su boca empezó a moverse y sus ojos a girar. Ahora para él soy lo que yo a los dioses. Me contempló durante unos segundos y luego se giró y empezó a andar siguiendo el curso del río. Sus pisadas eran bastas y fuertes, y su andar lento.

 

Aquí ya he terminado, la suerte está echada. Tengo que volver e hilarlo todo, formar un uno con todo. Recogí todas mis cosas del suelo, teniendo mucho cuidado en los guantes. Me dirigí a mi caballo y nos pusimos en marcha hacia casa. El camino se me hizo eterno, la impaciencia brotaba en mi interior, como el amor en un corazón solitario. También tenía miedo de que las cosas no salieran como esperaba, pero era la única esperanza a la que agarrarme.

 

Llegamos ya entrada la noche, habíamos parado por el camino a descansar un poco y comer. Dejé el caballo en la parte trasera de la casa, y creo que antes de que yo entrase en ella, ya se había dormido de puro cansancio. Bajé al taller con mis cosas, mis grajos salieron a recibirme y viéndome tan cargado no me preguntaron tan si quiera si me podían ayudar. Dejé las cosas sobre la mesa con cuidado, y saqué muy despacio los guantes. Estos tenían enredados varios de los pelos de Teemu, agarré un par de ellos y los metí en otro de los compartimentos de la caja y escribí “Teemu”.

 

Había llegado la hora de cruzar los destinos, si bien yo no tengo la capacidad de decidir los destinos, si la tengo para poder hacer que se crucen e interactúen. El poder de decidir el destino es únicamente de las Nornas, Urðr ("lo que ha ocurrido"), Verðandi ("lo que está ocurriendo") y Skuld ("lo que debería suceder"), las cuales tejen nuestros destinos en las raíces de Yggdrasill, el árbol que sustenta los mundos.

Me dirigí al Hilador, el cual había dejado ya preparado el otro día, con mi caja de madera. Abrí el bote que contenía Midel, la substancia flotaba en su centro como una esfera y cuando movía el bote, esta hondeaba como un lago al que le están arrojando piedras. Con mucha delicadeza, agarré el tubo de cristal y toqué levemente la substancia con él, una pequeña gota de la misma quedó dentro del tubo.

 

Volví a dejarlo en su soporte y poco a poco la gota fue moviéndose lentamente, desde el extremo donde estaba, hasta el centro exacto del fino tubo. Abrí la caja de madera y de ella saqué el pelo de Thorin. Al ver su cabello dorado pensé en que era cierto que el destino de los héroes se hila con hilo de oro. Lo introduje por uno de los extremos del tubo hasta que llego a tocar el Midel, luego cogí el pelo de Teemu e hice lo mismo por el otro lado del tubo. Ahora, dada la finura del tubo no se podía distinguir apenas, pero ambas puntas de los pelos quedaron perfectamente alineadas la una frente a la otra tocándose. Cogí una de las vejigas y la coloqué en el soporte, encarada hacia el tubo, la presioné y una llama verdosa y translúcida atravesó el tubo. El Midel quedó evaporado, estiré de uno de los costados del tubo y los dos pelos eran ahora uno solo. A partir de hoy sus vidas se cruzarán, yo he preparado el camino, ahora el destino proveerá.

 

Di de comer a los grajos e hice yo lo mismo. La suerte estaba echada, ahora tocaba esperar hasta el próximo movimiento. Mi gólem tardará varios días en volver, y pese a que mi tiempo aquí está llegando a su fin, debo esperar.

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Así pasó el tiempo sin novedad. Un carro de oro fino cruzó el cielo dos veces portando la luna, mientras dos lobos le perseguían,  iluminado por un enorme manto de estrellas.

Pero a la tercera noche, los caminos se cruzaron.

En un viejo molino a las orillas de un río, un ejército atravesaba el puente dirigiéndose a su castillo tras una dura batalla. Muchos de sus hombres habían muerto en el campo de batalla, pero eso no importaba, ahora se encontraban en el Valhalla. Pero su príncipe estaba mal herido y sangraba.

 

– Mi señor, debemos parar y miraros esa herida. Sangráis mucho y aún queda mucho camino por recorrer. – Le dijo Gungnir a Thorin.

– Estoy bien, gracias.

– No es verdad, esa herida del costado tiene muy mala pinta. Aquí mismo hay un molino, entrad y ordenad que os curen. Podemos continuar luego la marcha, la gente está también cansada de la batalla y además, ya es de noche. Descansad por hoy, os lo ruego.

– Está bien, lo haré. Ocúpate de las tropas. Yo me llevaré dos soldados al molino y descansaré, le pediré al molinero que me ayude a curarme las heridas. Mañana nos veremos.

Thorin llamó a las puertas del molino. Teemu salió a recibirlo y sus ojos quedaron sorprendidos ante quien era.

– Soy Thorin, tu príncipe y tu futuro rey. Ayúdame a curar mis heridas, a darnos cobijo esta noche y serás recompensado. – Thorin dejó caer un saco con varias monedas de oro.

Así pues Teemu abrió su casa al príncipe y sus dos soldados. Le ayudó a curarse la herida con los escasos medios que tenía. Hizo el esfuerzo de olvidarse de su enfermedad y mantenerse lo mejor posible, aun sabiendo lo que estaba haciendo en verdad.

A la mañana siguiente, Thorin partió con su ejército. Su herida estaba a medio sanar, ya no sangraba y se recuperaba lentamente. Pero no fue lo único que se llevó de aquel viejo molino. Teemu mientras tanto pese a lo que sabía que podía haber ocasionado, miraba a las monedas y veía la felicidad reflejada en ellas.

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Al mediodía de la tercera mañana, empecé a escuchar como el bullicio de gente salía a las calles. El estruendo de montones de caballos cruzando la calle hacía temblar el suelo. El ejército estaba regresando de la batalla. Los sollozos de las mujeres que iban descubriendo que ahora serían viudas cortaban los gritos de gloria del resto del gentío.

 

Yo como cada día desde entonces, cada vez que el cielo cambiaba su color; fui a la parte trasera de la casa, atravesé lo que antes fue un jardín y llegué a un enorme manzano. Mi gólem había llegado, o más bien dicho, lo que quedaba de él.  Todo su cuerpo de arcilla estaba lleno de marcas de arañazos y mordiscos, parte de sus miembros habían perdido grandes trozos; su brazo derecho había desaparecido por completo, pero de su otro brazo colgaba un pequeño trozo de cola.

 

– Has cumplido bien con tu cometido. – Le susurré mientras cogía el pequeño trozo de cola ensangrentada. – Ha llegado la hora de que descanses, pues tu cometido en la vida ha terminado y yo como tu dios, te doy el descanso.

 

Levanté mi brazo y borré la primera de las runas que  escribí en su frente. El resto de las runas fueron perdiendo el potente brillo azul que emanaba de ellas. El gólem exhaló su último momento de vida con un grave gemido que brotó dentro de aquella enorme roca. Su cuerpo sin vida se quedaría en aquella posición hasta el resto de sus días, o hasta que el caprichoso mundo lo erosionase de su faz.

 

Aquella noche volví al taller, era el momento de continuar. De La cola ensangrentada saqué uno de sus duros cabellos, de la caja saqué el del sanador. Preparé todo de nuevo con escrupuloso cuidado, y una nueva llama verde volvió a iluminar aquella estancia vieja y polvorienta. Pero esos no eran los únicos caminos que deberían cruzarse. Me quité el sombrero y cogí uno de mis propios pelos. Preparé todo de nuevo para volver a torcer el destino, y puse mi pelo en el tubo. Al otro extremo puse el pelo que ya utilicé días atrás, miré que estuviera por la parte de pelo dorada, la de Thorin. El Midel se evaporó e hice pensar al destino.

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Los días pasaron lentamente, trayendo esperanzas a unos y arrebatándoselas a otros.

En el castillo, Thorin se recuperó de sus heridas rápidamente. Pero al cabo de unos días algo negro, como un cielo sin estrellas, empezó a brotar en su interior y a cobrase su salud. Un día antes, dos de sus soldados ya empezaron a padecer del mismo mal. El rey, demasiado preocupado por si veía enterrar a su hijo, mandó buscar a los sanadores. Allí acudió el maestro de los sanadores de la aldea y del castillo, acompañado de sus mejores aprendices. Habían estado intentando ayudarle con todos los medios que tenían desde que empezó a brotar la enfermedad, pero no podían frenarla.

 

– Un gran pesar se cierne sobre este castillo. – Empezó a hablarles el rey con lágrimas en los ojos. – Thorin, el heredero está siendo devorado por dentro. Los dioses se han olvidado de él. Haced cuanto esté en vuestras manos y seréis recompensados con lo que queráis. Pero ¡Salvad su vida! ¡Os lo ruego!

El maestro ayudado de sus aprendices empezó a estudiar toda clase de libros. Empezó a buscar e intentar probar cualquier remedio que creyese funcionar. Uno de aquellos días, fueron lejos de la aldea a buscar las hierbas necesarias para una pócima. Mientras las recogían una gran sombra se cernió sobre el maestro y sus aprendices, lo último que vieron fue un enorme lobo abalanzándose sobre ellos; lo último que notaron, como sus mandíbulas se clavaban en ellos, como les desgarraba y eran engullidos.

 

Cuando la trágica noticia llegó a oídos del rey, este quedó desolado. Sus pocas esperanzas le fueron arrancadas y la tristeza se apoderó de él. A los pocos días, los soldados que habían enfermado murieron y la gente supo que ya no faltaría mucho para que le tocase a Thorin.

 

Gungir estuvo a su lado durante toda su enfermedad cuidándole. Había cambiado su armadura por un enorme traje de cuero que cubría todo su cuerpo y un velo que cubría su rostro, para evitar contagiarse.

 

– Gungir, no me queda mucho tiempo. – Dijo Thorin con voz débil.

– No digáis eso alteza, sois fuerte.

– ¿Te acuerdas de aquel viejo de los cuervos? Quiero que me lo traigas. Tengo… un presentimiento con él…

– Pero mi señor. No debéis aferraros a banas ilusiones, es un brujo, un charlatán. Estáis febril y no pensáis con claridad.

– Esta puede ser la última misión que te encargue. Cumple bien con ella. Mis esperanzas están perdidas, no pierdo nada por probarlo.

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Una mañana alguien llamó fuertemente a mi puerta. Empecé a levantarme, pero cuando llegué a la puerta esta estaba ya en el suelo. Gungir estaba en la entrada.

 

– Mira charlatán. No me gustas, pero su alteza requiere tu presencia, piensa que le puedes curar. Y más te vale que así sea. –Dijo con la mala leche que le caracterizaba.

 

– Está bien, y tened por seguro que lo haré. Dejadme coger lo que necesito.

De un pequeño baúl cogí una piedra negra con betas doradas. Llamé a Munin, y se la até junto con un papel en el que escribí.

 

“Has obrado bien, y los dioses

han sido bondadosos contigo. Tomate esto y sanarás. Puedes quedarte con el oro, a mí ya me has pagado.”

 

– Ve al molino. – Le dije mientras lo soltaba por la ventana.

 

Me llevé otra de aquellas piedras y otra azul con betas doradas. Además de toda la vestimenta que requeriría.

– Antes de partir, necesito saber si has estado mucho tiempo a su lado, en cuyo caso deberías tomarte esto. – Le lancé la pequeña piedra azulada.

 

– Ya tomé todas las precauciones, no necesito la ayuda de un brujo. – Mientras lo dijo, me llevó a empujones a montar en su caballo y partimos hacia el castillo.

 

Las miradas de desconfianza y de tristeza se clavaban en mí cuando entre por el castillo. Ante la habitación donde yacía el príncipe, me vestí adecuadamente y entré acompañado por Gungnir. El príncipe no podía apenas pronunciar palabra.

 

– Tómese esto, y sanara en varios días. Pero Gungnir debe tomarse también esta. – El rey asintió, pero Gungnir se mostró reacio y desconfiado. El rey le miró con una mirada lastimera que removió algo en su corazón y se la tomó.

– Que conste que lo hago por vos alteza. – Dijo Gungir tomando la piedra azulada y tomándosela.

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A partir de aquel día la vida cambió para todos. El príncipe empezó a sanar con los días, ante los ojos atónitos de la gente. A la vez que el príncipe iba mejorando con los días, la salud de Wotan iba llegando a su fin. Por su parte, Gungnir, empezó a tener fuertes dolores de estómago que iban empeorando con los días, a lo cual no le dio importancia y mucho menos fue a pedir ayuda a Wotan.

 

El rey y el príncipe como muestra a su gran labor, decidieron concederle un título de noble; además de ofrecerle el servir como sanador, a lo cual aceptó de buena gana, pese al poco tiempo que le quedaba para disfrutar del cargo.

 

Wotan se trasladó a la antigua casa del sanador, y aceptó a los pocos aprendices que quedaban. Llevó todas las herramientas y materiales ayudado por los soldados del rey. Y comenzó su nueva y corta vida allí.

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Una vez estuve ya completamente instalado allí empecé a vivir allí. Las noches eran oscuras y extrañas, y el techo que me cubría mientras dormía me era desconocido. La salud y las fuerzas me abandonaron enseguida, en ese momento me levanté tambaleante y me preparé para hilar y terminar esto de una vez. Saqué el cabello de Gungnir y lo uní con el mío, aquella llama verde sería la última que verían aquellas tierras heladas hasta que dejaran de serlo.

 

Volví a mi cama temiendo que Hela llegase antes que Gungnir. La cuenta atrás había comenzado. Al dormirme perdí la noción del tiempo y no supe cuánto tiempo pasó, hasta que una gran tormenta me despertó. Oía como la lluvia caía fuertemente fuera de la casa y aquello que me había parecido un gran trueno, no lo fue. Una gran silueta cubierta de oscuridad se alzaba delante de mi lecho, llevaba una enorme lanza cuyo metal brillaba entre tanta penumbra.

 

– ¿Qué diablos me hiciste a mí? ¿Por qué desde que me tomé aquello me encuentro cada vez peor? – Dijo Gungnir mientras se llevaba un brazo a apretar su barriga, con cara de dolor.

 

– Únicamente hice lo que me pediste, le salvé la vida. – Dije con mis últimas fuerzas, cada palabra me costaba más pronunciarla. – Tal vez los dioses, cambiaran de opinión sobre qué vida llevarse y Hela esté viniendo en tu busca. – Le dije esto con una sonrisa aun a sabiendas que no era así.

 

– ¡Todo esto es obra tuya, maldito brujo!  ¡Pretendes acabar conmigo poniendo los dioses en mi contra! – Los ojos de Gungnir se inyectaron en sangre, levantó su lanza y me atravesó con ella hasta que su punta tocó el suelo.

 

Empecé a sangrar, empapando todo de sangre. Gungnir mantenía su lanza clavada en mí con un gran gesto de odio. Yo por mi parte sonreí y acepté la muerte de buena gana, lo había logrado.

– ¿Por qué ríes? ¡Maldito viejo senil! – Gungnir apretaba más la lanza, pero lo único que hacía era hincarla más en el suelo.

– Veo… Veo el camino tembloroso. Soy un noble, y me has marcado con tu lanza para Odín. Soy digno de entrar en el Valhalla. – Dicho esto, mis ojos se cerraron para no volverse a abrir más. Una intensa luz blanda me invadió y luego, fue definiéndose en varios colores.

 

El Bifrost, el puente del arcoíris, el camino tembloroso se hallaba delante de mí. Heimdall me dio paso. En Asgard, pude ver el Valhalla, sus quinientas cuarenta puertas, sus muros hechos de lanzas, un tejado a base de escudos y bancos cubiertos de armaduras. Las valquirias me guiaron hacia la enorme fortaleza, y Bragi me dio la bienvenida. Los héroes de las leyendas iban y venían por sus enormes salas.

 

Aquella primera noche y hasta que se nos reclamara a todos para el Ragnarök, disfruté de banquetes de jabalíes acompañados de hidromiel, además de la compañía de los mejores héroes que existieron, y de aquellos que existirán y aún están por llegar.

 

Mientras tanto, en Midgar, el odio y la envidia de Gungnir hacia los conocimientos de Wotan, le llevó a colgar el cadáver de Woltan de un árbol más allá del pueblo. A los nueve días vio que, lo que creía su enfermedad de muerte, desapareció; y a la novena noche, cuando comprendió que no había malicia sino conocimiento en su ser, fue al árbol y lo descolgó.

 

-FIN-

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