Relato 1 - Desconsideración

Viajo a Buenos Aires en un autobús con olor a nuevo y alguna cucaracha desorientada recorriendo de cuando en cuando el pasillo. Lo sé porque me tocó el asiento del pasillo, porque el hombre del asiento de la ventanilla ocupa un espacio algo mayor al de su asiento y porque, receloso como soy en cuanto a mi espacio personal, me encuentro replegado sobre mí mismo contra el apoyabrazos, codo en el apoyabrazos, mentón en mano y mirada al suelo. Y ahí va la cucaracha.

Viajo a pasar fin de año con Belén, mi novia, o al menos eso se lee en la etiqueta. Nos conocimos un año atrás y nos distanciamos hace tres meses, llamada más, llamada menos. Las relaciones a distancia son difíciles por lo general, pero si ponés en ese laboratorio dos polos más bien negativos, y me refiero a dos entes dominados por los celos, no pretenderé subestimar a nadie explicando el remanente de la ecuación.

Sin embargo, mi noviazgo con Belén tiene el encanto de la dinámica pelea-reconciliación. De pronto éramos… somos miserables, de pronto somos la pareja más feliz de la historia. Aunque debo admitir que estamos abusando un poco del recurso. Sobre todo porque rondamos los 30 y ya no estamos para juegos.

¿Pero cómo cortar, si nos habíamos jurado envejecer juntos? ¿No le decía siempre que de eso se trataba el amor, de aceptar, comprender, perdonar y negociar? Hubiera sido estúpido rechazar su invitación, si bien no tenía la mínima intención de estar con su familia. Fue mágico; alguien podría decir: el ojo de la tormenta, cuanto más importante la tormenta, más hermoso. Entonces, cuando en medio de otra disputa telefónica Belén fue poseída por el ángel o el demonio del optimismo y soltó aquel “vení a pasar fin de año con nosotros, mi amor, quiero estar con vos”, todo sonó perfecto, el mundo tuvo sentido otra vez, nada estaba perdido.

Y acá estoy. El gordo del asiento de la ventanilla empezó a roncar. Cada vez que el autobús vira a la derecha me invade el horror: ¿y si termina recostado sobre mi hombro? Y falta medio viaje; unas tres horas. Llueve un poco. Si me asomo noto las hilachas de agua en el parabrisas. El gordo abre tanto las piernas que debo cruzar las mías para evitar el contacto. Y ronca. Y cuando aspira se advierte una nariz húmeda.

No sé. Ya no estoy tan seguro de que algo valga la pena. Quizás todo sea una gran pérdida de tiempo. Hablo de la vida en general. ¿Cuánto tiempo quedaba a nuestra relación? ¿Dos meses? ¿Medio año de montaña rusa? Porque incluso desde acá, desde lo más alto de este parque de diversiones emocional, veo esas sombras oscuras, esas siluetas irreconocibles a la distancia esperando, boleto en mano, que el tren se detenga, su turno. Y yo ya no estaría, o no estaría Belén, o ninguno de los dos. El tren se iría sin nosotros y nos miraríamos para decirnos sin hablar: “la vuelta iba a terminar tarde o temprano”.

Una frenada pone en vigilia al gordo que, dándome una mirada sorprendida de soslayo, imaginé, se reacomodó en el asiento y podría apostar mi celular (que en ese momento vibró en mi bolsillo) a que me creyó un imbécil Benjamín. En última instancia, solo me importó haber recuperado algo de espacio… ¿Me llama Belén? Sí, y antes de atender ya sé qué me va a decir. Era lo mismo en cada viaje. Si iba bien, cuánto faltaba, a qué hora llegaría. Resultaba un pormenor aburrido en sí mismo, pero tuve muchas ganas de escuchar su voz. La amaba. La amaba con todo mi corazón. ¿Y al fin y al cabo esa vuelta a la montaña rusa no es el sentido mismo de todas las cosas?

—Belu…

Esbocé y repetí un “hola” tres o cuatro veces; no hubo respuesta. Apretando el celular contra la oreja y tapándome la otra llegué a escuchar alguna voz; no la voz de Belén, voces de fondo, esas voces que se oyen en las oficinas, voces subrayadas por teléfonos que suenan, impresoras que imprimen y murmullos en ultimísimo plano. Más cerca, de pronto, tuvo acceso un ir y venir casi rítmico; pienso en una fotocopiadora. No. Era un sonido menos suave. Eso: me vino a la mente una fotocopiadora armada con maderos, húmedos e hinchados, clavados con clavos demasiado finos.

¿Sería posible que me hubiese llamado sin querer, si es que cabía tal posibilidad teniendo en cuenta que el celular de mi novia juntaba todas las medidas tecnológicas para evitar tales accidentes?

—Hola —repetí, subiendo el tono de voz—. Belén, ¿me escuchás?

Podría haber cortado, pero algo me inquietaba. Esas voces lejanas eran evidencia de que la oficina de Belén estaba cerrada, modo privado. Y ese sonido rítmico… la imposible fotocopiadora de madera chirriante...

El sonido del otro lado de la línea seguía y me pareció buena idea colocarme los auriculares, subir el volumen al máximo. Sí, oí una voz enseguida, un quejido fue, o una respiración, apenas audible pero definitivamente más cercana al micrófono de ese celular que flotaba en un vacío siniestro a tres horas de allí. En ese no-lugar, mi novia, por quien estaba viajando esas seis horas arrinconado por un cerdo sin ningún tipo de consideración, en un autobús con cucarachas que de tanto en tanto coleaba un poco sobre el asfalto cada vez más inestable bajo la lluvia, mi novia tenía las manos sobre su escritorio, o el torso entero, mientras un compañero de trabajo le había levantado la pollera y la bombacha. Le iba por atrás; ella hacía lo posible por no alertar al resto de la empresa, no obstante le era imposible no respirar. Lo que se movía, ese chirrido cadente: su escritorio bajo el empuje ondeante.

No fue que contuviera el aire, una voluntad o intención. Me quedé sin aire; sentí un calor, un fuego en las mejillas, me dolió el pecho. Claro, mi respiración se había interrumpido porque toda sangre y electricidad se me habían concentrado en el sistema auditivo. Trataba de encontrar ese sonido revelador, inapelable, la indudable prueba que necesitaba. Un nombre pronunciado, una palabra, una respiración (reconocible). De todas formas ya estoy seguro. Más no necesito.

Corto. Agenda. Belén. Llamar.

—Qué pasó… —le digo.

Hola, amor. ¿Qué pasó con qué? No supe si sonó sorprendida o asustada.

—Que llamaste y no sé. Qué pasó —trataba de sonar natural, genuinamente confundido.

No entiendo. ¿Yo te llamé a vos?

—Sí, fijate en el registro. —Hubo unos segundos de silencio y siguió:

Tenés razón.

—¿Dónde estás ahora? ¿Qué eran esos ruidos?

¿Qué ruidos?

Raro que no hubiera prestado ninguna atención a la primera pregunta; todo el foco en la segunda. Fue una prueba concluyente.

—Nada. No importa.

Bueno, amor. ¿Vas bien? ¿A qué hora llegarás?

—Bien, tranquilo. En un par de horas.

Que tengas buen viaje. Nos vemos en un rato.

 

Sabía lo que tenía que hacer: ponerme serio de una vez por todas. Estar bien con Belén. En paz. Dejarme de dar vueltas. Dejar cualquier fantasía de lado, abandonar sospechas, suspender los celos. Ya tenía treinta años.

El gordo desconsiderado de pronto fue un amigo de toda la vida; “cómo llueve, ¿ha visto?”, le comenté. Soltó un sonido parecido a otro sonido que podría haber sonado a un “sí”. Se dio vuelta. Siguió durmiendo. El viaje pasó lento. Es lo que ocurre cuando la ansiedad aturde. Más que ansiedad, necesidad. La necesidad de arreglar todo con Belén.

 

Caminé el kilómetro de la estación de Retiro hasta la bajada de la línea C del subterráneo, esquivando aquel sempiterno enjambre de transeúntes, vendedores, manteros y rayos de sol de fines de diciembre. Sol de tres de la tarde. Tenía tiempo.

Veinticinco minutos de subterráneo, diez artistas del subsuelo y cinco paradas después salía a las calles de Constitución. Si uno ha estado en el bello… en el pintoresco barrio de Constitución en la inolvidable ciudad de Buenos Aires, Argentina, sabrá que en las cercanías de la terminal de Plaza Constitución es un imposible no toparse con, al menos, una trabajadora del sexo cada cien, ciento cincuenta metros. Elegí a la que me pareció más limpia y le pedí que me acompañara unas cinco calles hasta el motel en la esquina de Juan de Garay y San José. Apagué el celular mientras el ascensor nos levantaba hasta el quinto piso.

 

Una hora después desandaba el camino a Retiro. Belén saldría del laburo a las cinco. Llegaría justo a tiempo y en paz para que me recibiera en la estación de San Miguel con uno de esos besos de labios finos y neutro aliento tibio que tanto extrañaba.

 

Una detrás de otra las estaciones de tren iban quedando detrás. Pensé en este tema de las dimensiones y encontré cierta respuesta a una de las tantas preguntas que me confundieron desde siempre: lo que pasa y va quedando centímetros, metros y kilómetros a nuestras espaldas es todo aquello que forma parte de nuestro día a día: lo espacial. Lo que pasa y que nunca volveremos a ver: el tiempo. Por alguna razón más sentía viajar en el tiempo que en el espacio. Aquello de “se viene un antes y un después”.

Sin embargo, no sentía culpa. Al contrario. Por primera vez había hecho algo concreto por la relación. Por Belén y por mí. Había puesto mi cuota de realismo. Basta de cuentos de hadas, de vivieron felices por siempre. Como antes dije, había llegado la hora de madurar. No sé qué habría estado haciendo Belén en su oficina cerrada cuando se disparó la llamada hacia mi teléfono. Pero con certeza puedo afirmar que en la vida todo es negociable, y una pareja, una relación sentimental, no es más que un negocio. De negociar se trata el amor.

En medio de estos pensamientos y cuestiones, subieron en Hurlingam más de, no sé, ¿cincuenta, cien personas? El vagón colapsó con el hedor y los cantos de la barra brava de algún club de los que nunca se escribe en los diarios. Dos estaciones más, una para llegar a San Miguel, cuando ya no pude resistir esa violación a mi espacio; los cantos atronadores, el tufo a verano rancio, la gente saltando, pisándome los pies, empujándome contra otra gente sobre un riel de aliento a vino y cerveza tibia.

 

Sentí náuseas a propósito de la desconsideración del ser humano en general. Me bajé en Bella Vista jurándome que tomaría el próximo tren.

 

Bueno, la verdad es que, en cualquier caso, debía tomar un tren.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

También en redes sociales :)

 
 

Error. Page cannot be displayed. Please contact your service provider for more details. (26)