Relato 052- El último ciervo

El último ciervo

 

El bosque resonaba de vida sobre su cabeza. Daniel miró la luz moribunda del sol desaparecer poco a poco por entre el follaje apretado de los árboles y escupió al suelo con desprecio. Le quedaba menos de una hora para prepararse. Se secó el sudor producido por la carrera y buscó con la mirada el mismo punto de la vez anterior. Estaba seguro de estar en el lugar correcto, aunque quizás la hora no lo era del todo. Localizó después de pocos minutos el árbol de tronco corto y ramas desorganizadas, semejantes a anacondas que se extendían casi a la altura del suelo hasta rozar las aguas grises del río. Caminó hacia él con paso enérgico, aquel que siempre guía al hombre decidido a cumplir con lo que desea. Desató la cuerda que amarraba las ramas y hojas que llevaba a su espalda y se puso a ordenarlas en el hueco que dejaba el follaje, el mismo sitio donde se había echado a dormir la vez anterior. Sus manos experimentadas pronto terminaron de perfeccionar el escondite, tapando las aberturas de los costados y superiores.

Después, procedió con su vestimenta. Se restregó contra el musgo de los árboles y tomó el barro del río, ensuciándose con él el rostro y la ropa hasta que estuvo seguro de que su aroma no fuera más que un recuerdo. Sobre su cabeza, el crepúsculo espesaba las sombras y dejaba en libertad susurros y graznidos que danzaban a su alrededor, dándole la bienvenida a la noche.

Daniel se apresuró hacia el escondrijo, borrando sus huellas con una rama. Se tendió sobre las hojas que le harían de cama por algunas horas con el corazón acelerado, temeroso y excitado al mismo tiempo. Sus ojos grises fueron lo único que la oscuridad no pudo devorar; brillaban como trozos de hielo, animados por la codicia que corroía cada rincón de su interior y ponía en su rostro una sonrisa lobuna que hubiese hecho desviar la mirada al que la viera. Se acomodó sobre las hojas, apoyándose en los codos para no perder de vista el río, y esperó.

La luna fue subiendo sobre el cielo, y cuando iluminó las aguas a su derecha, le pareció escuchar un ruido. No era más que un murmullo de hojas, pero bastó para que se pusiese en alerta. El sonido fue acercándose y el instinto le indicó que era su presa. Con cuidado, casi sin atreverse a respirar, sacó el cuchillo de la funda de cuero que le colgaba en la cadera.

Los últimos matorrales se agitaron y el ciervo, el último que quedaba, apareció de las profundidades del bosque al igual que la vez anterior, cuando el sueño lo empujó bajo aquel árbol. Su cornamenta brillaba bajo la luz de la luna, grandiosa como la corona de un rey.

¿Cuánto se había rumoreado de que ya nunca más podría obtenerse ese fino material? ¿Cuánto no se había ofrecido por una última muestra? Todos sabían que las hembras se morían de viejas en el fondo del bosque, las últimas sobrevivientes de una raza en donde los machos fueron masacrados. Pero no todos. Todavía quedaba uno que, milagrosamente, le llevaba la riqueza y hasta la fama. Le darían oro por los cuernos, la carne e incluso las entrañas. Se secó con una mano el rastro de saliva que corría por su barbilla.

El ciervo bajó la cabeza y se puso a tomar agua del río, ofreciéndole otra perspectiva de sus cuernos, casi como si se los estuviese ofreciendo.

Ven, tómalos, son tuyos.

Sí, lo eran. No era casualidad que hubiese dado con su escondite. Y los cuernos, aquellos preciados cuernos, centelleaban a la luna que se elevaba por sobre los árboles.

Daniel comenzó a moverse despacio, sin producir el menor ruido sobre las mullidas hojas que había acomodado. El animal continuaba bebiendo del río, con la idiotez propia de su raza. La sonrisa lobuna de anticipación volvió a extender sus labios, dejando al descubierto sus maltratados dientes de cazador. Se incorporó y avanzó ocultándose entre los árboles, directo hacia la orilla del río y al último de los ciervos. Un repentino murmullo de hojas hacia la izquierda, muy cerca de su presa, lo hizo detener su marcha mortal. El ciervo giró su esbelto cuello y él contuvo la respiración.

De entre los arbustos surgió un cervatillo, con la cola alzada y de patas tan frágiles que parecían sostener a duras penas el peso de su cuerpo. Avanzó a trompicones hacia el ciervo, oliendo con desconfianza la orilla y las aguas del río. El ciervo se le acercó y comenzó a darle breves golpes con el hocico.

Daniel sonrió aún más y continuó su avance. Dos por uno. Quien lo hubiese creído. La mayoría de las personas no solía disfrutar de la carne de crías, pero si las mezclaba con las del adulto nadie se enteraría. Lo hacía continuamente con las de los lobos; ojos que no ven, corazón que no siente. De vez en cuando uno notaba la ternura de la carne; sin embargo, si se le acercaban era para pedirle más. Y él siempre cumplía. Qué grato era para él cumplir con las necesidades de sus clientes. El cuchillo, su fuerza, y después el silencio. No había nada más grande que eso en la Tierra. Y aún cuando vendiera la cornamenta y se volviera rico continuaría saciando esa necesidad. Sacó la cuerda que providencialmente había echado en el bolsillo trasero y con rapidez hizo un nudo corredizo en uno de los extremos.

El ciervo y la criatura no notaron la presencia de Daniel hasta que se abalanzó sobre ellos desde las sombras del bosque.

Con mano segura echó el lazo en el cuello del cervatillo mientras con la otra enterraba el cuchillo en el costado del ciervo. El animal giró la cabeza, dispuesto a presentar pelea, así que Daniel volvió a herirlo, esta vez cerca del corazón. Y aún así continuó debatiéndose.

Qué bestia más idiota, pensó Daniel, empujando con más fuerza. A pesar del forcejeo no podía quitar sus ojos de los hermosos cuernos que tenía a escasos centímetros de su rostro. Resistió el impulso de sacar la lengua para saborearlos porque podría mordérsela en medio de la pelea que el ciervo sostenía por su vida. No podía negar que estaba disfrutando de notar cómo poco a poco las fuerzas del animal disminuían bajo sus manos, pero estaba más ansioso por tocar los cuernos. Así que usó el cuchillo hasta que el silencio nuevamente reinó sobre el bosque y las aguas bañadas por la luna.

Inspiró hasta llenar sus pulmones del frío aire nocturno. Estaba cansado. El ciervo se había resistido más de la cuenta en entregarle su tesoro. Se agachó a su lado y recorrió con dedos temblorosos las astas. Eran suaves, tal como las había imaginado, aunque las puntas estaban filosas, desgastadas por el roce. De inmediato se puso manos a la obra, temeroso del más mínimo ruido. El cervatillo daba débiles tirones del cordel atado a su cinturón mientras se dedicaba a cortar y guardar la carne con rapidez en su saco de cuero. Ya se encargaría de él. Cuando el saco se llenó de carne lo cerró y sacó las bolsas para echar las entrañas y demás restos.

Tomó un respiro al guardar el último trozo, y miró la pila que formaban el saco y las dos bolsas. Cansado, el cervatillo se había echado junto a ellas, y lo observaba con grandes ojos negros. Aunque tenía suficiente, no estaba dispuesto a dejarlo ir. Eso significaba la pérdida de algunas cuantas monedas; además, por algo se había presentado ante él. Y cuando lo estaba troceando y llenaba una tercera bolsa con su carne la ambición, lejos de disminuir, clamaba en todo su ser, creciendo mientras se imaginaba las ganancias que obtendría de cada trozo.

Al cerrar la última bolsa era ya medianoche.

La luna se perdía entre los árboles del oeste, dándole nuevamente el mando a la oscuridad. Daniel observó el bosque con ojos desconfiados mientras se secaba el sudor de la frente. No era buena idea caminar en la oscuridad por ese lado del bosque, pero si se iba a dormir su preciado botín estaría expuesto a los desgraciados que la encontraran y que no tendrían reparo en arrancárselo de las manos. Con un gruñido se echó el saco a la espalda y las tiras que aseguraban las bolsas sobre cada hombro. No tuvo más remedio que llevar la tercera colgando del cuello. Los cuernos eran demasiados valiosos como para perderlos de vista, así que con la misma cuerda con la que amarró al cervatillo se los ajustó al cinturón con los nudos más firmes que sabía hacer. Quedaron colgando sobre su muslo derecho, hasta la rodilla, y se sintió orgulloso al verlos. Los acarició con veneración antes de internarse en el bosque, inclinado por el peso que llevaba como una de esas criaturas corrompidas de las que tanto hablaban las viejas del pueblo.

El bosque no tenía senderos por allí; parecía una muralla sólida de árboles y helechos. Por la tarde no había tenido problemas, mas ahora le parecía que el suelo estaba sembrado de trampas. Apenas lograba ver unos pocos metros frente a sus pies mientras se esforzaba en atravesarla; tropezaba continuamente con raíces y ramas, y se aferraba a los troncos murmurando maldiciones. De vez en cuando el apretado follaje dejaba espacios por donde asomaban las estrellas, brindándole la única orientación que tenía para llegar al pueblo. A pesar de todo esto, estaba convencido de que lo alcanzaría antes del amanecer, evitando así miradas demasiado interesadas a su cargamento.

Después de dos horas de dificultoso avance, se apoyó contra la corteza más cercana y se secó el sudor que le corría como un río por el rostro. Escupió al suelo, acertándole justo a una flor que se arrimaba tímidamente a su bota.

—Maldito bosque —dijo con voz ahogada, mirando con desprecio las raíces y helechos que se interponían en su camino. Gracias a esas estúpidas cosas le era imposible avanzar más rápido. Además, la carne pesaba más de lo que creía. Echó a caminar de nuevo, consciente que si no lo hacía no llegaría al pueblo antes que el sol.

Fue en ese momento, cuando intentaba abrirse camino con la espalda hundida por el peso, que escuchó las voces. Eran sonidos lejanos, pero se detuvo enseguida y miró hacia atrás, agudizando los oídos como un animal asustado. No se demoró en identificar que pertenecían a dos hombres que conversaban con fingida despreocupación. Escalofríos de terror le recorrieron la espalda al imaginar a los extraños que venían en busca de su botín. 

No son más que viajeros que les gusta la noche, se dijo para ahuyentar el pánico de la boca de su estómago. El cansancio le estaba haciendo pensar como una mujer.

Procuró seguir caminando con normalidad, sin hacer caso de los sonidos que le llegaban cada vez más cerca. Las voces eran graves, amenazadoras, y no pudo evitar imaginarse a dos hombres grandes y obesos de largas barbas, provistos de hachas. Aferró con mano temblorosa la cornamenta que colgaba de su cinturón a la vez que sacaba el cuchillo. Se esforzó por continuar caminando, agazapado para intentar fundirse entre los helechos a pesar del peso del saco y las bolsas.

¿Y si no son viajeros? ¿Y si vieron las cornamentas y ahora vienen a quitármelas? Aunque llevaba el cuchillo en la mano se sentía indefenso, expuesto como un niño. Temía demasiado perder su carga. Esas bolsas, especialmente los cuernos, lo significaban todo para él. Sin darse cuenta comenzó a correr, jadeando mientras tropezaba una y otra vez. Aunque ya estaba sin aliento las voces a sus espaldas parecían acercarse, acortar la distancia hasta el punto en que la intensidad de las mismas no le dejó duda de que pertenecían a hombres más grandes que él. Estaba perdido.

Como si Dios le hubiese mandado ayuda, percibió una leve claridad hacia su izquierda, y se lanzó con toda la energía que le quedaba hacia ella. Un claro era exactamente lo que necesitaba. En un claro podría tenderles una emboscada a los que venían a por su tesoro. Los mataría, podría deshacerse de ellos si tenía la ventaja de un ataque sorpresa. La claridad aumentaba conforme se acercaba y cuando ya imaginaba a sus pies pisando el espacio abierto y lo que haría con los intrusos, la tierra desapareció abruptamente. Alcanzó a divisar el resquicio que quedaba de la luna sobre los montes, tiñendo el horizonte de una fina franja de luz, y el bosque que se extendía como un manto allá abajo, a varios metros de distancia, antes de precipitarse por el risco que acababa de descubrir.

La tira de cuero de la bolsa que llevaba al cuello se enganchó en la rama baja de uno de los últimos árboles antes de que la gravedad lo arrastrara. El grito de horror que Daniel iba a proferir murió en sus labios, ahogado por la fuerza que lo tiró hacia atrás y lo salvó de la caída libre. Alcanzó a poner los dedos entre la cuerda y su cuello antes de que ésta se cerrara del todo, pero el cuchillo se le resbaló de la mano, cayendo por la empinada pendiente hasta el bosque. A pesar de sus dedos, la cuerda de la bolsa no dejaba pasar el aire; desesperado comenzó a patalear mientras su cara enrojecía.

Había escapado de una muerte para caer en otra.

Nunca antes en su vida había sentido la muerte tan cerca. Una desesperación intensa, que barrió cualquier otro sentimiento, lo hizo luchar contra la cuerda. Intentó meter los dedos de la otra mano, pero estaba tan metida en la carne que le fue imposible. Era tal la presión sobre su cuello que si no hubiese puesto los dedos se habría partido en dos. Sus pies golpeaban contra las piedras del risco, como ecos apagados del corazón que luchaba por mantenerse con vida. Con movimientos torpes se sacó las bolsas de los hombros sintiendo como se reducía ligeramente la presión. Hizo lo mismo con el saco, lo que le dio más segundos de vida. Debía cortar la cuerda de la última bolsa como fuera.

Sintió sobre su pierna el peso de la cornamenta, el último tesoro que le quedaba. La sangre le bombeaba en la cabeza con tal fuerza que los pensamientos se mezclaron, enturbiándose como agua embarrada en su cerebro moribundo. Con los ojos casi saliéndosele intentó enfocar la cornamenta, pero le fue imposible hacer algún movimiento. Todo se volvió borroso. Los segundos se le escapaban.

Bajó una mano hacia su cinturón, alcanzando los nudos del cordel que amarraba los cuernos del último ciervo. Las puntas filosas podrían ser su única salvación. Luchó con ellas, sintiendo cómo las fuerzas en su cuerpo se desvanecían. El dolor en su cabeza y pecho era insoportable. Con débiles tirones, similares a las que dio el cervatillo antes de que lo metiera en la bolsa que lo ahorcaba, fue deshaciendo los nudos hasta que los dos cuernos quedaron libres. Uno de ellos se soltó de su desfallecida mano, pero ni siquiera le importó. Alzó el otro y lo acercó a la cuerda. Aserró con él hasta que se sumergió en las profundas aguas de la inconsciencia. Ni siquiera vio cómo su mano soltaba la esplendida cornamenta, ni cómo ésta descendía hasta el bosque sin rozar  las rocas, lanzando destellos a los últimos rayos de una luna que observaba la escena convertida en una línea blanca, única testigo de cómo el silencio volvía a apoderarse del peñasco. Pronto su cuerpo quedó colgando inerte de la rama inclinada, sujeto al árbol que precariamente se asomaba por el peñasco. 

Cuando los hombres, dos leñadores extraviados, lo encontraron minutos después, la luna ya se había escondido del todo.

—¿Qué le habrá pasado a este? —preguntó uno cuando lograron bajarlo del árbol, utilizando hachas y cuerdas.

—Por lo que parece era un cazador—dijo el otro, examinando la bolsa y su ensangrentado contenido—. No puede ser, esto pertenecía a una cría...

El leñador soltó la bolsa como si fuese veneno. Su compañero arrugó la nariz. Se alejaron del cuerpo, mirándolo ahora con otros ojos.

—Mira esto, Tomás. ¿Es de un ciervo?

El leñador recogió la cornamenta que se había enganchado a las raíces expuestas del árbol.

—¿No sabía que esto ya no se puede vender?

—Quizás era un ermitaño, de esos que se la pasan por el pueblo a vender lo que sea.

—La cornamenta es preciosa.

—¿Cómo habrá encontrado por aquí un ciervo macho? Por lo que sé los grupos que se encontraron están en el bosque sur.

Tomás inspeccionó las astas mientras su compañero se agachaba junto a Daniel. Su rostro amoratado tenía una mueca que le hizo desviar la mirada.

—Dejemos que se pudra aquí —dijo, incorporándose—. Los animales se encargaran de él.

—¿Y qué hacemos con esto? —preguntó Tomás mientras levantaba la cornamenta.

—Ya no vale nada y hasta podrían llevarnos presos por eso. Déjasela; para él debió de ser la del último ciervo. Que le sirva de compañía siquiera. 

Los leñadores lanzaron la cornamenta, que fue a parar sobre el pecho de Daniel. Lo único que enterraron fueron los restos del cervatillo, cavando una fosa junto al árbol de la orilla del peñasco. Se alejaron dejando a Daniel junto a la cornamenta; cazador y cazado esperando la llegada del amanecer que ya nunca verían. Juntos, valiendo lo mismo en las últimas horas de la noche.  

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